Cuando Europa decidió desplegar el sistema satelital Galileo, su sistema propio de navegación por satélite, no lo hizo porque el GPS estadounidense funcionara mal. Lo hizo porque entendió que una infraestructura crítica no podía depender por completo de una potencia externa. La cuestión no era solo técnica, sino estratégica: tener capacidad propia para no quedar condicionado por decisiones ajenas. Ese ejemplo encaja perfectamente con el debate actual sobre telecomunicaciones, datos, nube e inteligencia artificial: la soberanía tecnológica no consiste únicamente en tener empresas más grandes, sino en controlar las infraestructuras esenciales sobre las que funciona la economía europea.
Las declaraciones realizadas hoy por el presidente de Telefónica España, Borja Ochoa, durante el desayuno informativo organizado por la APD Canarias vuelven a colocar sobre la mesa uno de los grandes debates estratégicos que atraviesan actualmente a Europa: cómo reducir la dependencia tecnológica exterior y cómo competir frente a gigantes como Estados Unidos y China en un contexto marcado por la inteligencia artificial, la ciberseguridad, los datos y las infraestructuras digitales críticas. El discurso de Ochoa conecta con una preocupación real de las instituciones europeas: la pérdida de capacidad industrial y tecnológica del continente, la fragmentación del mercado europeo y la creciente dependencia de proveedores extranjeros para servicios esenciales.
Sin embargo, las reflexiones planteadas por el directivo de Telefónica también abren importantes interrogantes sobre el modelo que Europa debe seguir para recuperar escala, reforzar su soberanía tecnológica y proteger su autonomía estratégica. Porque detrás de conceptos como “inversión”, “soberanía”, “escala” o “competitividad” aparecen cuestiones mucho más profundas: quién controla las infraestructuras críticas, quién gestiona los datos europeos, quién fija las reglas tecnológicas y, sobre todo, quién acaba asumiendo el coste económico de ese proceso.
El debate no es menor. Europa se encuentra en una encrucijada donde confluyen seguridad, industria, regulación, competencia y derechos de los consumidores. Y precisamente por eso resulta necesario analizar con detalle hasta qué punto las declaraciones de Ochoa encajan realmente con la estrategia europea impulsada por informes como los de Mario Draghi, Enrico Letta o Sauli Niinistö, así como con determinadas decisiones empresariales adoptadas por la propia dirección de Telefónica. Porque entre el discurso de la soberanía tecnológica y la práctica empresarial comienzan a aparecer contradicciones que merecen ser examinadas con detenimiento.
Hoy se celebró un desayuno informativo organizado hoy por la APD Canarias, en el cual estuvo el presidente de Telefónica de España, Borja Ochoa, donde ha señalado que, debido al conflicto bélico, se ha empezado a potenciar la búsqueda de “soberanía tecnológica” en la UE y empieza a priorizarse desde el punto de vista presupuestario, aunque no oculta que la situación es “complicada”. Ha puesto como ejemplo que mientras en China y Estados Unidos hay tres operadores, en la UE son más de 40 y además “se ha ido degradando” el valor de la tecnología, con una pérdida de 17 puntos en una década.
Con todo, ha apuntado que se empieza a trabajar en “no ser dependientes” de terceros a la hora de “gestionar tecnologías clave para el día a día” ya que hay aspectos que no se pueden controlar si se depende de otros agentes externos, aparte de que hay “mucha normativa” que habilita el acceso a datos europeos, lo que introduce “inseguridad y poco control”.
De hecho, ha comentado que en los concursos públicos ya se introducen indicadores que respalden la apuesta por la “soberanía” e insistido en que hay trabajar en una “línea de inversión constante” en tecnologías clave, en fortalecer la “colaboración” entre grandes empresas y entre empresas y administraciones públicas publico-privada y modificar el marco regulatorio para que las empresas ganen capacidad inversora ya que ahora “está muy orientado a favorecer al consumidor” y las empresa quedan “sometidas a tensión de precios” y les cuesta “generar rentabilidad”. “Tienes que salir de ese círculo”, ha agregado.
Ochoa ha apuntado también que la tecnología ya no es solo una “herramienta de competitividad” sino que tiene que impregnar toda la estructura de una empresa porque si no, muchas ni siquiera van a “poder operar a medio plazo”. “Es así, lo vamos viendo, los tiros van a ir por ahí”, ha comentado.
En esa línea se ha referido especialmente a la gestión de los datos y su explotación, porque es clave “para la toma de decisiones” y ahí entra en juego la Inteligencia Artificial (IA) porque “nunca” se había dispuesto de una tecnología de “tanto impacto”. Igualmente ha insistido en el desarrollo de las tecnologías de gestión y almacenamiento porque dan más “flexibilidad” y “cambian la perspectiva” de las empresas, y “todo envuelto” en la eficacia de la ciberseguridad ante el incremento “exponencial” de ataques https://bit.ly/4wG3taF
Lo primero que quiero manifestar respecto a lo dicho por el presidente de la división española de Telefónica, Borja Ochoa, es que su planteamiento no es erróneo al vincular escala, inversión y soberanía tecnológica, pero sí queda incompleto si no se incorpora la consecuencia directa para el cliente. Un mercado con menos operadores puede facilitar compañías más grandes, con mayor músculo financiero y más capacidad para invertir en redes, ciberseguridad, datos o inteligencia artificial; sin embargo, también puede reducir la competencia y encarecer los servicios. En el año 2023, el ingreso medio mensual por cliente móvil fue de 14,8 euros en Europa, frente a 41,7 euros en Estados Unidos, es decir, casi 27 euros más al mes y aproximadamente 2,8 veces superior en el mercado estadounidense. Por tanto, el dilema real no es elegir entre “más soberanía” o “más competencia”, sino encontrar una fórmula que permita aumentar la inversión y la autonomía tecnológica sin trasladar todo ese coste al usuario mediante precios más altos.
Europa sí tiene un problema de escala, pero no está demostrado que la única solución sean las fusiones entre operadores. El argumento de Ochoa y Murtra parte de un hecho real: el mercado europeo está más fragmentado que el estadounidense o el chino, y esa fragmentación puede reducir la capacidad de inversión en redes, ciberseguridad, inteligencia artificial, nube o infraestructuras críticas. La Comisión Europea también ha situado la modernización de las infraestructuras digitales como una prioridad estratégica https://bit.ly/4dZvsdS
El problema está en presentar la fusión empresarial como el “santo grial”. En telecomunicaciones, menos operadores pueden significar más escala financiera, pero también menos competencia y precios más altos para el cliente. Europa ha mantenido precios más bajos que Estados Unidos precisamente por una regulación y una competencia más intensas. Por tanto, copiar el modelo estadounidense puede aumentar la rentabilidad de las operadoras, pero también trasladar parte del coste al consumidor.
La alternativa consorcial tiene sentido porque encaja mejor con la realidad europea. En sectores estratégicos, los Estados europeos tienden a proteger sus activos nacionales, por lo que las grandes fusiones transfronterizas suelen chocar con intereses políticos, regulatorios y de soberanía. En cambio, un consorcio permite sumar capacidades industriales, tecnológicas y financieras sin borrar por completo la identidad ni el control nacional de cada actor.
Airbus es el ejemplo más claro: Europa consiguió crear un campeón industrial mundial no simplemente eliminando competidores mediante fusiones, sino coordinando capacidades de varios países para competir frente a gigantes estadounidenses. Ese modelo demuestra que la escala europea puede construirse mediante cooperación industrial organizada, no solo mediante concentración empresarial.
Aplicado a las telecomunicaciones, la escala podría venir de consorcios europeos para redes críticas, nube, centros de datos, ciberseguridad, inteligencia artificial, cables submarinos, satélites u Open RAN. Eso permitiría reforzar la soberanía tecnológica y compartir inversión sin reducir necesariamente la competencia en el mercado minorista.
Por tanto, la crítica es sólida: Ochoa y Murtra aciertan al diagnosticar la falta de escala, pero es totalmente discutible y erroneo que las fusiones sean la mejor respuesta para Europa. Por factores como su estructura política, su defensa de los activos estratégicos y su prioridad histórica de protección al consumidor, el modelo consorcial puede ser una vía más equilibrada para ganar soberanía tecnológica sin sacrificar competencia ni encarecer de forma directa los servicios.
Los informes de Mario Draghi y Enrico Letta no plantean que Europa cierre su brecha con Estados Unidos y China únicamente mediante grandes fusiones empresariales, sino mediante más integración europea, coordinación industrial, inversión común y creación de escala a nivel continental. El Informe Draghi parte de una idea clara: los países europeos, actuando por separado, son demasiado pequeños para competir con Estados Unidos y China en tecnologías estratégicas. Por eso reclama una estrategia europea común, más inversión conjunta, integración del mercado único y cooperación en sectores clave como energía, defensa, telecomunicaciones, digitalización e inteligencia artificial. Su lógica no es simplemente “fusionar empresas”, sino evitar que cada país actúe por su cuenta en mercados fragmentados.
El Informe Letta va en la misma dirección. Su propuesta central es reforzar el mercado único para que Europa pueda ganar escala en sectores estratégicos. Letta insiste en que la fragmentación europea limita la competitividad y que la respuesta debe pasar por más integración, financiación europea y políticas comunes en ámbitos como telecomunicaciones, energía, finanzas, innovación y defensa.
Por tanto, el análisis que propongo de integración consorcial tiene sentido: si Europa necesita escala, esa escala no tiene por qué venir necesariamente de reducir operadores mediante fusiones. Puede venir de modelos consorciales, plataformas comunes, inversiones compartidas, infraestructuras europeas y cooperación público-privada entre empresas de distintos países. Ese camino encaja mejor con la realidad europea, donde los Estados tienden a proteger activos estratégicos nacionales y donde la competencia ha permitido mantener precios más bajos para los consumidores.
El ejemplo de Airbus es relevante porque demuestra que Europa puede crear escala industrial sin limitarse a copiar el modelo estadounidense de concentración empresarial. La enseñanza aplicable a telecomunicaciones es que Europa puede construir soberanía tecnológica mediante consorcios en redes críticas, nube, ciberseguridad, inteligencia artificial, satélites, cables submarinos u Open RAN, manteniendo al mismo tiempo competencia en el mercado minorista.
La conclusión es que Ochoa y Murtra aciertan al diagnosticar la falta de escala, pero el salto lógico hacia las fusiones como solución principal es erroneo. Los informes Draghi y Letta apuntan más bien a una escala europea organizada desde la integración, la cooperación industrial y la inversión común (consorcios). En ese marco, el modelo consorcial no es una ocurrencia: es una vía coherente con la tradición europea y con la necesidad de reducir el gap tecnológico frente a Estados Unidos y China sin sacrificar automáticamente competencia ni encarecer los servicios al cliente.
La evolución comparable disponible sobre la inversión de las compañías de telecomunicaciones en Europa, la inversión total de las telecos fue de 56.300 millones de euros en el año 2021, 59.100 millones de euros en el año 2022 y bajó a 57.900 millones de euros en el año 2023. En inversión por habitante, Europa quedó en 117,9 euros en 2023, frente a 226,4 euros en EE.UU y 36,3 euros en China en dato nominal; ajustado por PIB per cápita, Europa queda en 117,9 euros, EE. UU. en 134,9 y China en 75,7 https://bit.ly/3Pi0lB1
En ingresos, Europa muestra una evolución débil: el crecimiento de ingresos minoristas de telecomunicaciones fue solo del 1,7% en 2023 y, descontando inflación, cayó un 4,4%. Ese crecimiento fue inferior al de China, EE.UU y Corea del Sur. En servicios digitales B2B no ligados directamente a conectividad, los ingresos de los operadores europeos sí crecieron con fuerza: aumentaron a una tasa anual compuesta del 16,5% entre 2014 y 2023, y se esperaba otro 10,7% en 2024 https://bit.ly/4urk1l9 Las telecos europeas invierten bastante en términos absolutos, pero menos por habitante que EE. UU.; sus ingresos tradicionales crecen poco o caen en términos reales, mientras que los servicios digitales B2B son la parte que más ha crecido en la década.
Borja Ochoa manifestó en la comparecencia de hoy, la existencia de una preocupación europea por la dependencia tecnológica exterior, especialmente respecto a empresas y plataformas de Estados Unidos y China. Lo que quiere decir es que Europa considera arriesgado que tecnologías esenciales para el funcionamiento diario de empresas, administraciones o infraestructuras estratégicas dependan de compañías extranjeras sobre las que no tiene capacidad real de control político, jurídico o tecnológico.
Cuando mencionó “gestionar tecnologías clave para el día a día”, se refería a ámbitos como la nube, los centros de datos, la inteligencia artificial, las redes de telecomunicaciones, el almacenamiento de información o los servicios digitales críticos. Si esas tecnologías están controladas por empresas externas, Europa puede quedar expuesta a decisiones comerciales, regulatorias o geopolíticas tomadas fuera de la Unión Europea.
Sin embargo las declaraciones de Ochoa chocan con una dura realidad que hoy tiene Telefónica. La contradicción está en que Borja Ochoa defiende la necesidad de no depender de terceros para gestionar tecnologías críticas, pero el caso analizado muestra que Telefónica Alemania está llevando una función esencial de red —la voz 4G y 5G sobre IMS— a una plataforma de Mavenir alojada en Amazon Web Service (AWS), es decir, a una nube pública controlada por un hiperescalador estadounidense. No se trata de una aplicación secundaria, sino de una parte sensible de la red, con impacto en llamadas, continuidad del servicio, emergencias y obligaciones regulatorias https://bit.ly/4dmL1w4
Por tanto, el discurso de soberanía tecnológica de Ocha entra en tensión con la práctica empresarial. Mientras Ochoa advierte de los riesgos de depender de proveedores externos para tecnologías clave, Telefónica está trasladando parte de su infraestructura crítica a un ecosistema donde depende a la vez de Mavenir como proveedor de software telco y de AWS como infraestructura cloud. Esa doble dependencia puede reducir el control operativo, aumentar el bloqueo tecnológico y desplazar poder negociador hacia terceros.
La contradicción no significa necesariamente que Telefónica incumpla una norma, sino que su estrategia se aleja del principio político que dice defender: reducir dependencias críticas y reforzar la autonomía europea. La modernización tecnológica puede aportar velocidad, flexibilidad y automatización, pero si se construye sobre proveedores no europeos en funciones nucleares, la soberanía queda debilitada. En resumen, Ochoa reclama autonomía tecnológica para Europa, mientras decisiones como la migración de Telefónica Alemania a AWS muestran que la compañía sigue profundizando en una dependencia exterior que precisamente dice querer evitar.
La referencia de Ochoa a que existe “mucha normativa” que habilita el acceso a datos europeos apunta principalmente a leyes extraterritoriales de otros países, especialmente de Estados Unidos. El ejemplo más citado en este debate es el Cloud Act estadounidense, que permite a autoridades de EE.UU solicitar acceso a datos gestionados por empresas estadounidenses incluso aunque esos datos estén almacenados físicamente en Europa. Desde la perspectiva europea, eso genera preocupación sobre privacidad, soberanía de los datos y control efectivo de información sensible.
Por eso Ochoa habla de “inseguridad y poco control”. No está diciendo que haya una falta total de seguridad técnica, sino que Europa no controla plenamente el marco jurídico, tecnológico y estratégico de herramientas fundamentales para su economía y sus administraciones cuando dependen de proveedores externos. En el fondo, el mensaje conecta con la idea de “soberanía tecnológica”: desarrollar capacidades propias europeas en nube, datos, inteligencia artificial, ciberseguridad o redes para reducir dependencias y aumentar el control sobre infraestructuras consideradas estratégicas.
Las declaraciones de Borja Ochoa encajan, en términos generales, con el diagnóstico del Informe de Sauli Niinistö: Europa debe reducir vulnerabilidades estratégicas, reforzar su capacidad de preparación ante crisis y proteger mejor las infraestructuras y datos que sostienen funciones esenciales. El Informe Niinistö no trata la seguridad de los datos como una cuestión aislada, sino como parte de la resiliencia general de la Unión Europea frente a ciberataques, sabotajes, espionaje, amenazas híbridas y dependencias externas https://bit.ly/4tMI2BV
Cuando Ochoa advierte de los riesgos de depender de terceros para gestionar tecnologías clave, está utilizando una lógica muy próxima a la del informe: si una infraestructura crítica, una red, un centro de datos o un sistema digital esencial depende de actores externos, Europa pierde margen de control en una situación de crisis. Niinistö insiste precisamente en que la UE y los Estados miembros deben poder seguir funcionando bajo cualquier circunstancia, incluso ante grandes crisis transfronterizas, ciberataques o amenazas híbridas https://bit.ly/4wPpnIE
La coincidencia más clara está en la idea de que los datos son un elemento de seguridad. El informe afirma que la disponibilidad de datos y la capacidad de compartir información fiable son esenciales para tomar decisiones rápidas en situaciones de crisis. También señala que las brechas de información en sectores críticos reducen la preparación europea. Por tanto, cuando Ochoa habla de “inseguridad y poco control” si los datos europeos quedan sometidos a marcos jurídicos o tecnológicos externos, está alineándose con esa preocupación: sin control efectivo sobre datos e infraestructuras digitales, la autonomía europea queda limitada.
Ahora bien, hay una diferencia importante. Niinistö plantea la seguridad de los datos desde una visión pública y estratégica: preparación civil y militar, protección de infraestructuras críticas, cooperación entre Estados, sector privado y UE, y capacidad de respuesta ante crisis. Sin embargo, Ochoa lo formula desde la perspectiva de una gran operadora que pide más capacidad inversora y un marco regulatorio menos presionante para las empresas. Ambas posiciones pueden coincidir en el diagnóstico, pero no son idénticas en sus intereses.
La conclusión es que las declaraciones de Ochoa encajan con el espíritu del Informe Niinistö cuando advierten sobre dependencia tecnológica, control de datos y vulnerabilidad estratégica. Pero ese encaje solo es sólido si se traduce en decisiones empresariales coherentes: reforzar infraestructuras europeas, proteger datos críticos, evitar dependencias excesivas de proveedores externos y construir capacidades propias. Si el discurso de soberanía tecnológica se acompaña de externalización de funciones críticas como sucede con Telefónica en Alemania hacia plataformas no europeas, entonces entra en contradicción con la lógica de seguridad y preparación que defiende el informe Niinistö.
En definitiva, el debate planteado por Borja Ochoa refleja una contradicción cada vez más visible en Europa entre el discurso político de la soberanía tecnológica y determinadas dinámicas empresariales que continúan profundizando dependencias externas. Ochoa tiene razón al señalar que Europa necesita más capacidad inversora, mayor coordinación y una estrategia tecnológica común para competir con Estados Unidos y China. También acierta cuando advierte de los riesgos asociados al control extranjero de datos, infraestructuras digitales y servicios críticos. Sin embargo, el problema aparece cuando ese diagnóstico se utiliza para justificar automáticamente más concentración empresarial, menos presión regulatoria o una mayor dependencia de proveedores tecnológicos no europeos.
La regulación europea que Ochoa considera excesivamente orientada al consumidor es precisamente la que ha permitido que Europa mantenga unos costes de telecomunicaciones muy inferiores a los estadounidenses. En el año 2023, el ingreso medio mensual por cliente móvil fue de 14,8 euros en Europa frente a 41,7 euros en Estados Unidos. Es decir, el modelo europeo ha protegido competencia y precios más accesibles, mientras que el modelo más concentrado estadounidense ha favorecido mayores márgenes empresariales, pero también servicios considerablemente más caros. Por tanto, reclamar “salir de ese círculo” sin explicar el impacto que ello tendría sobre los ciudadanos europeos deja incompleto el análisis.
Fuente: KPMG
Además, la propia Unión Europea ya está avanzando en una dirección distinta a la mera concentración empresarial. La Comisión Europea no plantea únicamente crear grandes compañías mediante fusiones, sino desarrollar capacidad tecnológica común, interoperabilidad, infraestructuras compartidas y reducción del bloqueo tecnológico frente a hiperescaladores extranjeros. Instrumentos como el Data Act, las iniciativas europeas de nube soberana, los proyectos IPCEI o las políticas industriales impulsadas tras los informes de Mario Draghi, Enrico Letta y Sauli Niinistö muestran una lógica diferente: ganar escala europea mediante integración, cooperación y consorcios, no necesariamente mediante la reducción de operadores y competencia.
Ahí es donde la contradicción de Telefónica resulta más evidente. Mientras Ochoa alerta de los riesgos que supone depender de terceros para tecnologías críticas y denuncia la inseguridad derivada del control externo de los datos, Telefónica Alemania traslada una función nuclear de red como IMS a una plataforma de Mavenir alojada en AWS. Es decir, una parte sensible de las comunicaciones europeas pasa a depender de un proveedor cloud estadounidense sometido a legislación extraterritorial como el Cloud Act. La cuestión no es únicamente técnica, sino estratégica: Europa habla de autonomía digital mientras parte de sus infraestructuras más sensibles continúan desplazándose hacia ecosistemas tecnológicos que escapan a su control jurídico y político.
La misma contradicción aparece en el ámbito de la inteligencia artificial (IA) y la gestión de datos. Ochoa presenta la IA como una tecnología transformadora y estratégica, algo plenamente coherente con el diagnóstico europeo. Pero la cuestión central no es solo utilizar IA, sino quién controla los datos, la capacidad de computación, las plataformas cloud y la infraestructura donde esa inteligencia artificial opera. Si Europa quiere reducir vulnerabilidades estratégicas, la soberanía tecnológica no puede limitarse a un discurso sobre inversión y tamaño empresarial; exige también construir capacidades propias en nube, procesamiento de datos, ciberseguridad, centros de datos y software crítico.
Por eso, el verdadero debate europeo no es simplemente si hacen falta más fusiones o menos operadores. El debate real es si Europa quiere construir autonomía tecnológica reproduciendo el modelo de concentración estadounidense o si, por el contrario, quiere desarrollar un modelo propio basado en cooperación industrial, consorcios estratégicos, integración continental y protección del interés público. Airbus demostró que Europa puede generar escala global sin necesidad de copiar exactamente el modelo estadounidense. Esa experiencia es especialmente relevante en un momento en el que la soberanía tecnológica ya no afecta solo a la competitividad económica, sino también a la resiliencia, la seguridad y la capacidad de decisión estratégica del continente.
Para terminar el post quiero manifestar, que quizá ahí sea donde convenga volver al ejemplo con el que comenzaba este análisis. Europa creó Galileo no porque el GPS estadounidense fuera ineficiente, sino porque comprendió que ninguna potencia puede considerarse plenamente soberana si depende de terceros para operar infraestructuras críticas. La lección de Galileo nunca fue tecnológica en sentido estricto; fue estratégica. Europa entendió que controlar sistemas esenciales significaba preservar capacidad de decisión, resiliencia y autonomía política frente a escenarios de crisis o tensiones geopolíticas.
Precisamente por eso, las declaraciones realizadas hoy por Borja Ochoa en Canarias dejan una sensación de profunda contradicción cuando se comparan con determinadas decisiones adoptadas por la propia Telefónica en Alemania. Porque mientras el presidente de Telefónica España advierte sobre los riesgos derivados de depender de terceros para gestionar tecnologías críticas, Telefónica traslada funciones nucleares de red hacia plataformas cloud estadounidenses sometidas a legislación extraterritorial como el Cloud Act. Es decir, el discurso público reclama soberanía tecnológica europea mientras la práctica empresarial incrementa la dependencia operativa, tecnológica y jurídica respecto a actores no europeos.
La contradicción adquiere todavía mayor relevancia si se observa desde la óptica de la estrategia europea actual. Los Informes de Mario Draghi, Enrico Letta y Sauli Niinistö coinciden en una idea central: Europa necesita reducir vulnerabilidades estratégicas, construir capacidades tecnológicas propias y reforzar el control sobre infraestructuras críticas, datos y sistemas digitales esenciales. La lógica comunitaria no apunta únicamente a invertir más, sino a hacerlo reduciendo dependencias estructurales frente a terceros países y fortaleciendo capacidades industriales europeas.
Sin embargo, decisiones como la externalización de funciones críticas de red hacia ecosistemas cloud estadounidenses van exactamente en la dirección contraria. No se trata únicamente de una cuestión técnica o empresarial, sino de una cuestión estratégica: si las infraestructuras esenciales europeas continúan dependiendo de proveedores externos para operar servicios críticos, almacenar datos o ejecutar funciones sensibles de telecomunicaciones, la soberanía tecnológica europea queda inevitablemente limitada.
Ahí es donde el discurso de Ochoa pierde coherencia. Porque no basta con reclamar soberanía tecnológica en el plano político mientras las decisiones corporativas profundizan la dependencia que precisamente se denuncia públicamente. No basta con hablar de resiliencia europea mientras funciones críticas terminan bajo infraestructuras sometidas a jurisdicciones ajenas a la Unión Europea. Y no basta con reclamar más concentración empresarial o menos regulación europea si la consecuencia final es reforzar ecosistemas tecnológicos externos en lugar de construir capacidades propias.
Galileo representó la decisión europea de no depender completamente de otros para una tecnología crítica. El debate actual sobre telecomunicaciones, nube, inteligencia artificial y datos debería partir exactamente de la misma lógica. La cuestión de fondo no es únicamente cuántos operadores necesita Europa ni cuánto deben crecer sus empresas, sino quién controla realmente las infraestructuras digitales que sostendrán la economía, la seguridad y la autonomía estratégica europea durante las próximas décadas.
Cuando Europa decidió desplegar el sistema satelital Galileo, su sistema propio de navegación por satélite, no lo hizo porque el GPS estadounidense funcionara mal. Lo hizo porque entendió que una infraestructura crítica no podía depender por completo de una potencia externa. La cuestión no era solo técnica, sino estratégica: tener capacidad propia para no quedar condicionado por decisiones ajenas. Ese ejemplo encaja perfectamente con el debate actual sobre telecomunicaciones, datos, nube e inteligencia artificial: la soberanía tecnológica no consiste únicamente en tener empresas más grandes, sino en controlar las infraestructuras esenciales sobre las que funciona la economía europea.
Ya lo dijo Thierry Breton: “La dependencia de tecnologías críticas ajenas no es solo una cuestión económica, sino una cuestión de soberanía.”







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