martes, 23 de junio de 2026

TELEFÓNICA ANTE LA EUROPA ESTRATÉGICA: MIENTRAS FRANCIA Y ALEMANIA LIDERAN, LA SEPI MIRA Y MURTRA PIERDE EL RUMBO

 

Principio del formulario

Final del formulario

Hay momentos en los que Europa deja de ser una idea abstracta y empieza a comportarse como una necesidad práctica. No ocurre en los grandes discursos ni en las fotografías oficiales, sino cuando los Estados descubren que por separado pesan menos, invierten peor y dependen más. Esa corriente europeísta que vuelve a recorrer el continente no nace solo del ideal comunitario, sino de una constatación mucho más concreta: frente a Estados Unidos y China, ningún país europeo dispone por sí solo de tamaño suficiente para sostener todas las capacidades industriales, tecnológicas y estratégicas que exige el nuevo tiempo. Por eso, la palabra Europa vuelve a pronunciarse menos como consigna y más como condición de supervivencia.

Mientras Europa redefine su política industrial para competir con Estados Unidos y China, los gobiernos europeos parecen haber asumido una conclusión que hace apenas unos años resultaba impensable: la escala importa, pero el control estratégico también. Desde la defensa hasta la inteligencia artificial, pasando por el ferrocarril, la energía o la construcción naval, las grandes economías europeas están impulsando fórmulas de cooperación industrial, consorcios, participaciones públicas y mecanismos de gobernanza compartida para construir campeones continentales sin renunciar a la soberanía sobre activos considerados críticos.

El reciente acuerdo entre Francia y Alemania para controlar conjuntamente KNDS, uno de los mayores fabricantes europeos de armamento terrestre, constituye un ejemplo especialmente revelador de esta tendencia. Lejos de optar por una simple operación financiera o una integración guiada exclusivamente por el mercado, ambos gobiernos han decidido intervenir directamente para preservar capacidad de decisión, garantizar influencia estratégica y dotar a la compañía de la escala necesaria para competir en un entorno geopolítico cada vez más complejo.

Sin embargo, mientras sectores estratégicos europeos avanzan en esa dirección, el debate en las telecomunicaciones parece discurrir por un camino diferente. Los grandes operadores reclaman consolidación, menos regulación y mayor tamaño para competir globalmente, pero la Comisión Europea está construyendo una respuesta más compleja, basada en la integración del mercado único, la cooperación industrial y la protección de infraestructuras críticas. En este contexto surge una pregunta inevitable: ¿Está Telefónica alineada con la dirección que está tomando Europa o corre el riesgo de quedarse al margen de una transformación que ya ha comenzado?

La cuestión adquiere una dimensión aún más relevante si se tiene en cuenta que el Estado español, a través de la SEPI, se ha convertido en accionista de referencia de la compañía precisamente por su carácter estratégico. Y ahí aparece la gran incógnita que sobrevuela todo este debate: Si Europa está definiendo una nueva política industrial para sus sectores críticos, ¿Cuál es exactamente la estrategia que España y Telefónica pretenden seguir en los próximos años?

Ayer se publicaba en un diario nacional la noticia donde se informaba sobre un acuerdo estratégico entre Alemania y Francia para controlar conjuntamente KNDS, uno de los fabricantes de armamento terrestre más importantes de Europa. KNDS produce carros de combate como el Leopard 2 alemán y el Leclerc francés, además de obuses Caesar, vehículos blindados, artillería y munición. La empresa nació en 2015 de la unión entre la alemana Krauss-Maffei Wegmann y la francesa Nexter https://tinyurl.com/bdehn776

Hasta ahora, el Estado francés tenía una posición muy fuerte en KNDS, mientras que la parte alemana estaba en manos privadas, principalmente de las familias propietarias de la sociedad Wegmann. Ahora, esas familias quieren salir del capital y facilitar una salida a Bolsa. Para evitar que Alemania pierda influencia en una empresa clave para su defensa, el Gobierno alemán ha acordado comprar el 40% de KNDS https://tinyurl.com/y7jfp6ft  El resultado será un nuevo equilibrio: Francia tendrá el 40%, Alemania tendrá otro 40% y el 20% restante se colocará en Bolsa. La empresa cotizaría previsiblemente en los mercados de Fráncfort y París, en una operación prevista para julio de 2026 https://tinyurl.com/mrxjss9a 

La importancia del acuerdo es doble. Por un lado, Alemania se asegura poder influir directamente en una empresa que fabrica sistemas esenciales para la Bundeswehr, como carros de combate y blindados. Por otro, Francia acepta compartir el control de KNDS en igualdad de condiciones, lo que refuerza la cooperación franco-alemana en defensa terrestre. El Elíseo presentó el pacto como un paso decisivo para reforzar la soberanía común europea en defensa terrestre https://tinyurl.com/ypdd3p5p El contexto geopolítico es fundamental. Europa sigue aumentando su gasto militar por la guerra en Ucrania, la amenaza rusa y la incertidumbre sobre el papel futuro de Estados Unidos en la seguridad europea. Por eso, los blindados, la artillería y la munición han vuelto a ser sectores estratégicos. KNDS, con más de 11.000 empleados, es una pieza central en ese rearme europeo https://tinyurl.com/bdehn776

La operación también tiene una lectura política. Hace poco, Francia y Alemania sufrieron tensiones por el proyecto FCAS, el futuro avión de combate europeo. Ese programa ha estado marcado por desacuerdos industriales y tecnológicos. En cambio, con KNDS, ambos países intentan demostrar que todavía pueden cooperar en grandes proyectos militares, al menos en el terreno de los sistemas terrestres https://tinyurl.com/nb3zmkym Según Reuters, la valoración de KNDS podría situarse entre 15.000 y 18.000 millones de euros, lo que convertiría su salida a Bolsa en una de las grandes operaciones europeas del sector defensa. La compra alemana del 40% supondría una inversión aproximada de 6.000 a 7.000 millones de euros, aunque las cifras finales dependen de la valoración definitiva https://tinyurl.com/y7jfp6ft  

El diario alemán Handelsblatt destaca que este acuerdo no solo permite a Alemania entrar en el capital, sino que le da el mismo poder que Francia dentro de KNDS. También señala que la decisión desbloquea la salida a Bolsa, aunque todavía quedaban cuestiones abiertas relacionadas con la valoración y los derechos de control https://tinyurl.com/y9wr8ffx Además de comprar acciones ordinarias, Alemania recibirá mecanismos especiales de control. Entre ellos están las llamadas “acciones de oro” en filiales alemanas de KNDS, derechos de veto y capacidad para bloquear decisiones sensibles. Esto significa que Berlín podrá impedir movimientos que afecten a activos estratégicos, sedes importantes, tecnología militar o cambios estructurales que considere contrarios a sus intereses de seguridad https://tinyurl.com/mrxjss9a

En la práctica, Alemania no quiere que una compañía tan importante para su defensa quede sometida solo a decisiones privadas o a posibles compradores extranjeros. Por eso entra directamente en el accionariado. La Comisión Europea ya había autorizado el movimiento al no ver problemas de competencia en la entrada del Estado alemán https://tinyurl.com/ye2b4epx

 

El diario francés Le Monde interpreta el acuerdo como una forma de que París y Berlín “decidan la estrategia como iguales”. También subraya que la salida a Bolsa podría dar a KNDS más capacidad financiera para crecer, invertir, comprar otras empresas y completar la integración interna entre sus ramas francesa y alemana.

En resumen, la operación convierte a KNDS en una especie de campeón industrial franco-alemán de la defensa terrestre. Francia y Alemania se reparten el control, el mercado entra con una participación minoritaria y la empresa gana músculo financiero para competir en un momento de fuerte demanda militar en Europa.

Ideas clave del acuerdo:

·         KNDS pasa a estar controlada por dos Estados: Francia y Alemania.

·         Alemania compra el 40% para no perder influencia estratégica.

·         Francia reduce su peso hasta el 40%, pero conserva igualdad de poder.

·         El 20% restante saldrá a Bolsa en París y Fráncfort.

·         La operación está ligada al rearme europeo, la guerra en Ucrania y la amenaza rusa.

·         El acuerdo compensa, en parte, las tensiones franco-alemanas por el caza europeo FCAS.

·         KNDS queda reforzada como gran fabricante europeo de tanques, blindados, artillería y munición.

La operación de KNDS puede analizarse también dentro de una tendencia más amplia que se observa en varios sectores estratégicos europeos. No se trata únicamente de defensa. Cuando Europa considera que una tecnología, una infraestructura o una capacidad industrial son críticas para su autonomía económica o su seguridad, la solución predominante no suele ser una gran fusión que implique la desaparición de actores nacionales, sino la creación de consorcios, joint ventures, participaciones cruzadas o estructuras de control compartido.

El propio caso KNDS es ilustrativo. Francia y Alemania no han optado por dejar que el mercado absorba completamente el fabricante ni por una privatización total. Han construido un esquema de gobernanza en el que ambos Estados conservan un 40% del capital cada uno, mantienen derechos políticos reforzados y preservan capacidad de veto sobre decisiones estratégicas. El objetivo es obtener escala industrial sin renunciar al control soberano de un activo considerado esencial para la defensa europea.

Esta lógica es similar a la que históricamente ha seguido Europa en la industria aeronáutica con Airbus y que hoy vuelve a observarse en otros sectores. Diversos análisis sobre la política industrial europea señalan que, cuando se trata de capacidades estratégicas, el modelo preferido es la cooperación entre empresas y Estados antes que la absorción completa de unos actores por otros. La prioridad es crear tamaño suficiente para competir globalmente sin que desaparezcan los centros nacionales de decisión.

El ejemplo ferroviario resulta especialmente relevante. Tal y como se expone en el artículo “Del GSM al ferrocarril: Europa solo sabe construir campeones mediante consorcios” https://tinyurl.com/289rkwjt, Europa ha desarrollado históricamente sus grandes proyectos ferroviarios a través de alianzas industriales multinacionales. La industria ferroviaria europea se ha articulado mediante grupos con una fuerte presencia transnacional, donde la cooperación tecnológica y productiva ha prevalecido sobre la absorción completa de competidores nacionales. El objetivo ha sido preservar capacidades industriales repartidas por distintos países, compartir inversiones y generar escala suficiente para competir con fabricantes estadounidenses o asiáticos. Esta visión coincide con el debate actual sobre la necesidad de proteger la base industrial ferroviaria europea mediante políticas que valoren la innovación, la seguridad de suministro y el retorno tecnológico, y no únicamente el precio de adjudicación

 

Algo similar ocurre en el sector naval, donde los grandes programas europeos se han desarrollado tradicionalmente mediante fórmulas de cooperación entre astilleros nacionales. Los Estados han sido reacios a permitir la desaparición de campeones nacionales porque consideran que la construcción naval militar forma parte de su soberanía industrial y de defensa. Por ello, la integración suele materializarse a través de acuerdos industriales, programas conjuntos y consorcios, pero manteniendo centros de decisión repartidos entre los distintos países participantes https://tinyurl.com/4fp5evwv

Esta realidad contrasta con las tesis defendidas por algunos directivos de telecomunicaciones. Marc Murtra, Tim Höttges o Margherita Della Valle llevan tiempo argumentando que Europa necesita operadores más grandes y menos fragmentados para competir con Estados Unidos y China y para financiar las enormes inversiones necesarias en redes digitales. Las grandes telecos europeas han intensificado su presión sobre Bruselas para lograr una mayor flexibilidad regulatoria en materia de consolidación. Sin embargo, la posición de las instituciones europeas es más matizada. La Comisión Europea reconoce que la excesiva fragmentación del sector constituye uno de los principales obstáculos para la competitividad digital del continente. Frente a mercados como Estados Unidos, China o India, Europa sigue operando en la práctica como una suma de 27 mercados nacionales con normativas, licencias, procedimientos administrativos y obligaciones regulatorias diferentes. Precisamente por ello, Bruselas trabaja en la futura Digital Networks Act (DNA), una iniciativa destinada a avanzar hacia un auténtico mercado único europeo de las telecomunicaciones. Entre las medidas analizadas figura la creación de una especie de “pasaporte único europeo” para operadores, que permitiría prestar servicios en varios Estados miembros bajo un marco regulatorio más armonizado y con menores barreras administrativas. El objetivo no es únicamente facilitar fusiones, sino reducir costes regulatorios, impulsar las inversiones en infraestructuras digitales y favorecer la aparición de operadores con escala paneuropea por medio de consorcios u otras figuras asociativas. No obstante, la estrategia comunitaria distingue entre la integración del mercado y la concentración empresarial. Mientras Bruselas muestra una creciente disposición a eliminar las barreras que fragmentan el mercado europeo de telecomunicaciones, sigue manteniendo una especial vigilancia sobre aquellas operaciones corporativas que puedan reducir significativamente la competencia efectiva en los mercados nacionales. En consecuencia, la prioridad actual de la Unión Europea parece orientarse más hacia la construcción de un verdadero mercado único de telecomunicaciones que hacia una liberalización generalizada de las grandes fusiones entre operadores https://tinyurl.com/6b3rb43n

Sin embargo, incluso en telecomunicaciones, la evolución reciente apunta más hacia esquemas de cooperación que hacia una liberalización plena de las grandes fusiones. Resulta significativo que muchos de los proyectos considerados estratégicos por la Unión Europea estén adoptando estructuras consorciales. Un ejemplo reciente es la futura gigafactoría europea de inteligencia artificial impulsada desde España, donde participan Telefónica, ACS, Santander y otras entidades mediante un consorcio público-privado, sin que ninguna compañía aspire a controlar el conjunto del proyecto. Telefónica ha explicado expresamente que su papel sería tecnológico y de desarrollo, manteniendo una participación minoritaria https://tinyurl.com/mra3v42j

Además, la tendencia europea hacia la protección de infraestructuras críticas se ha reforzado en los últimos años. Las telecomunicaciones son consideradas ya un activo estratégico equiparable a la energía o la defensa. La propia Unión Europea ha respaldado la capacidad de los Estados para limitar proveedores considerados de riesgo en las redes de telecomunicaciones por motivos de seguridad nacional https://tinyurl.com/yk8zdyf8

 

Incluso cuando se plantean grandes operaciones corporativas, el factor estatal sigue ganando protagonismo. El caso de la OPA de Poste Italiane sobre TIM muestra cómo un Estado puede reforzar su influencia sobre infraestructuras de telecomunicaciones consideradas estratégicas. El movimiento ha sido interpretado por diversos analistas como una forma de proteger activos nacionales frente a inversores externos y garantizar capacidad de decisión sobre infraestructuras críticas https://tinyurl.com/4sw9wyvb

Por ello, el acuerdo de KNDS encaja dentro de una pauta que se repite en defensa, ferrocarril, naval, inteligencia artificial y, cada vez más, telecomunicaciones. Europa busca escala industrial, pero procura alcanzarla mediante fórmulas que preserven la soberanía de los Estados sobre los activos estratégicos. Los consorcios, las joint ventures, las participaciones públicas, las acciones de oro y los acuerdos de cooperación aparecen como instrumentos compatibles con ese objetivo. La gran fusión clásica, en la que desaparecen centros nacionales de decisión y el control se desplaza completamente al mercado, encuentra más dificultades cuando están en juego sectores considerados esenciales para la seguridad, la autonomía tecnológica o la resiliencia económica europea. KNDS constituye, en este sentido, un ejemplo particularmente claro de esa orientación industrial y estratégica https://tinyurl.com/yk8zdyf8

La entrada de la SEPI en Telefónica no fue presentada como una inversión financiera ordinaria, sino como una decisión de Estado. El Consejo de Ministros ordenó comprar hasta el 10% de Telefónica con “vocación de permanencia” para dar estabilidad accionarial y salvaguardar capacidades estratégicas de una compañía clave para las telecomunicaciones y la defensa. La SEPI completó esa participación en mayo del año 2024, con la compra de 567 millones de acciones y un precio medio de 4,0295 euros por acción https://tinyurl.com/35m9a4cp

Ahí nace la contradicción principal. Si el Estado español entró en Telefónica porque la empresa es estratégica, su papel no puede limitarse a ser un accionista silencioso. La comparación con KNDS es útil porque Francia y Alemania no se han limitado a tomar participaciones: han definido un esquema de poder, equilibrio accionarial, derechos de control y orientación industrial. En Telefónica, en cambio, la SEPI ha adquirido el 10%, ha obtenido presencia en el consejo y Carlos Ocaña ha sido nombrado vicepresidente, pero no se conoce una posición pública equivalente sobre qué papel debe desempeñar Telefónica en la nueva configuración europea de las telecomunicaciones https://tinyurl.com/ynn53989

El error del gobierno español no está en haber entrado en Telefónica. El error está en que esa entrada corre el riesgo de quedarse en una operación defensiva frente a STC, y no en una verdadera política industrial. La compra se justificó para contrapesar la entrada saudí, que llegó al 9,9%, y para proteger capacidades estratégicas. Pero una vez estabilizado el accionariado, la cuestión central ya no es solo quién posee Telefónica, sino para qué se utiliza esa posición pública https://tinyurl.com/2pf3bwu3

El contexto europeo que estamos viendo en este momento, exige algo más que la vigilancia pasiva que está realizando la SEPI. Los informes Draghi y Letta insisten en que Europa pierde competitividad por la fragmentación del mercado único, por la falta de escala empresarial y por la dependencia tecnológica frente a Estados Unidos y China. Letta reclama profundizar el mercado único en sectores como telecomunicaciones, energía y finanzas, mientras Draghi sitúa la autonomía estratégica y la reducción de dependencias como prioridades industriales europeas https://tinyurl.com/2mc97cnw

La Comisión Europea también ha movido ficha con la Digital Networks Act, que busca armonizar las reglas de conectividad, reducir la fragmentación regulatoria y facilitar operaciones paneuropeas. La propuesta introduce un “pasaporte único” para que un operador pueda notificar su actividad en un solo Estado miembro y operar en varios países, en vez de enfrentarse a 27 regímenes nacionales distintos https://tinyurl.com/bdd8ckc9 Por eso la inacción de SEPI resulta problemática. Europa está pasando de la simple defensa de campeones nacionales a la construcción de escala europea. Mientras defensa, ferrocarril, naval o energía buscan fórmulas de cooperación, consorcios o control compartido, Telefónica aparece atrapada entre un discurso de consolidación europea y una estrategia corporativa todavía poco aterrizada en una arquitectura industrial europea concreta.

Marc Murtra ha defendido públicamente que Telefónica necesita escala, regulación pro-tecnología y consolidación europea. También ha advertido del riesgo de que satélites, hiperescaladores e inteligencia artificial queden en manos de grandes actores tecnológicos estadounidenses https://tinyurl.com/38a5a73m Sin embargo, la propia Telefónica mantiene acuerdos relevantes con Microsoft, incluyendo colaboración para impulsar Open Gateway y migrar capacidades tecnológicas a Azure https://tinyurl.com/39sfrdtj Esa tensión no es menor: se invoca soberanía digital europea mientras parte de la estrategia tecnológica se apoya en hiperescaladores no europeos.

La SEPI debería mantener una posición clara y activa ante esta realidad. No se trata de cuestionar la colaboración de Telefónica con Microsoft, Google Cloud o AWS, algo difícilmente evitable en el contexto tecnológico actual debido al peso que los hiperescaladores tienen en ámbitos como la nube, la inteligencia artificial o los servicios digitales avanzados. La cuestión de fondo es que estas alianzas deben servir para reforzar las capacidades propias de Telefónica y del ecosistema tecnológico europeo, y no para sustituirlas. Si Telefónica es considerada un activo estratégico para España, el Estado debe velar por que su evolución tecnológica no derive hacia un modelo en el que la compañía actúe únicamente como distribuidor o integrador de tecnologías desarrolladas fuera de Europa. La colaboración con los grandes proveedores tecnológicos puede ser necesaria, pero debería estar acompañada de una estrategia orientada a preservar capacidades propias, fomentar el desarrollo de tecnologías europeas y reducir dependencias en áreas consideradas críticas para la soberanía digital.

El plan estratégico de Telefónica bajo la presidencia de Murtra ha sido recibido con dudas por el mercado. Reuters informó de una caída cercana al 10% tras anunciar el recorte del dividendo y un plan centrado en reducir deuda, ganar eficiencia y preparar futuras operaciones corporativas. Cinco Días señaló que la inversión de la SEPI entró en pérdidas latentes tras esa reacción bursátil https://tinyurl.com/2d8dhvsn Esta situación refuerza la necesidad de que el Estado explique qué espera de su participación: rentabilidad financiera, defensa del centro de decisión español, liderazgo europeo, soberanía digital o una combinación coherente de todo ello.

La crítica, por tanto, no debe plantearse como si la SEPI hubiera permanecido al margen. Su intervención ha sido relevante: ha entrado en el capital de Telefónica hasta convertirse en uno de sus principales accionistas, ha reforzado la presencia del Estado en el consejo de administración y ha desempeñado un papel decisivo en la configuración de la actual presidencia de la compañía. Sin embargo, estas actuaciones, siendo importantes, resultan insuficientes si no van acompañadas de una estrategia industrial clara, explícita y reconocible.  En sectores considerados estratégicos como las telecomunicaciones, la mera presencia accionarial no garantiza por sí sola la defensa de los intereses nacionales ni la creación de valor a largo plazo. Sin una visión definida sobre el papel que debe desempeñar la compañía en el nuevo escenario europeo de las telecomunicaciones, la participación pública corre el riesgo de limitarse a una función meramente institucional, más orientada a la estabilidad accionarial que a la orientación estratégica de un activo considerado esencial para la economía, la seguridad y la soberanía tecnológica de nuestro país.

La comparación con KNDS muestra el camino contrario. Allí el Estado alemán entra para condicionar la gobernanza, proteger activos, asegurar derechos de veto y participar en la definición del futuro industrial de la compañía. En Telefónica, la SEPI debería aclarar qué líneas rojas existen sobre activos críticos, centros de decisión, alianzas con hiperescaladores, participación en consorcios europeos, consolidación paneuropea y papel de Telefónica en defensa, ciberseguridad, nube soberana, inteligencia artificial y redes críticas.

La inacción difícilmente puede considerarse una estrategia adecuada en un momento en el que el mercado europeo de las telecomunicaciones está experimentando una transformación profunda. La futura Digital Networks Act (DNA) pretende avanzar hacia la integración efectiva del mercado único digital y reducir la fragmentación que supone operar en 27 marcos nacionales distintos; los grandes operadores europeos reclaman mayor escala para competir globalmente; los hiperescaladores continúan ampliando su influencia en ámbitos estratégicos como la nube, la inteligencia artificial, el edge computing y los servicios digitales empresariales; y los Estados europeos están reforzando su papel en sectores considerados críticos para la soberanía económica y tecnológica. En este escenario, resulta difícil justificar que el gobierno español, pese a ser accionista de referencia de Telefónica a través de la SEPI, no haya articulado públicamente una visión clara sobre el papel que debe desempeñar la compañía en la nueva arquitectura digital europea. La ausencia de una posición definida no implica neutralidad: supone aceptar que las decisiones estratégicas sobre el futuro de un activo considerado esencial para España terminen condicionadas por dinámicas externas, ya provengan de Bruselas, de la dirección de la propia compañía, de los grandes proveedores tecnológicos estadounidenses o de las iniciativas impulsadas por otros Estados europeos que sí están definiendo activamente sus prioridades industriales y tecnológicas. En un momento de redefinición del sector, el silencio estratégico puede acabar teniendo consecuencias tan relevantes como una decisión equivocada.

El error de la SEPI consiste, por tanto, en confundir estabilidad accionarial con política industrial. Estabilizar Telefónica era solo el primer paso. El segundo debería ser mucho más ambicioso: utilizar esa posición para orientar a Telefónica hacia una estrategia europea de soberanía digital, participar en consorcios industriales, reducir dependencias críticas y asegurar que cualquier consolidación futura no sea solo una operación financiera, sino una operación coherente con los intereses estratégicos de España y de Europa.

Principio del formulario

Por otro lado voy a ampliar el argumento con cuestiones concretas: gobernanza, credibilidad ante el mercado, alianzas tecnológicas, papel europeo, dividendos, deuda, activos críticos y responsabilidad de los accionistas dominicales. Hay varias cuestiones que pueden ponerse encima de la mesa para reforzar hoy la crítica a lo que sucede en Telefónica con la presidencia de Marc Murtra y al papel de la SEPI sin caer en el terreno de la especulación.

El primer punto es que Telefónica no está en un momento ordinario, sino en una fase de redefinición estructural del sector europeo de telecomunicaciones. La futura Digital Networks Act (DNA) plantea armonizar el mercado, reducir la fragmentación de los 27 marcos nacionales e introducir un “pasaporte único europeo” para facilitar operaciones paneuropeas. Es decir, Europa está señalando que el problema ya no se resuelve solo país por país, sino con escala continental https://tinyurl.com/bdd8ckc9

En ese contexto, el principal problema de Telefónica no es únicamente bursátil, sino estratégico. El mercado castigó con dureza el plan de Murtra porque percibió sacrificios inmediatos —recorte del dividendo, reducción de deuda, eficiencia operativa— sin una visibilidad equivalente sobre el crecimiento futuro. Reuters informó de una caída cercana al 10% tras la presentación del plan y vinculó la reacción al recorte del dividendo y a la falta de claridad sobre la creación de valor a largo plazo https://tinyurl.com/2d8dhvsn Financial Times también recogió una fuerte caída tras el anuncio del recorte del dividendo a 0,15 euros por acción en 2026 https://tinyurl.com/4zsr7cj7

Aquí aparece una cuestión central: estrategia no es administrar el deterioro, sino anticiparse a él. Reducir deuda, vender activos no estratégicos o recortar dividendos puede ser necesario, pero no constituye por sí solo una visión industrial. Son medidas defensivas. Pueden aliviar el balance, pero no responden a la pregunta decisiva: qué papel quiere jugar Telefónica en la futura arquitectura europea de redes, nube, inteligencia artificial, edge computing, ciberseguridad y servicios digitales críticos.

El segundo punto es la contradicción entre el discurso de soberanía tecnológica y la dependencia creciente de los hiperescaladores. Telefónica mantiene una colaboración relevante con Microsoft para impulsar Open Gateway mediante Kernel, su plataforma basada en inteligencia artificial para desarrollar productos digitales https://tinyurl.com/krk373ma Además, Telefónica Tech ofrece servicios sobre Microsoft Azure bajo modelos de gestión e integración cloud https://tinyurl.com/522a5a55 Esto no es censurable en sí mismo, porque ninguna gran teleco europea puede prescindir hoy de Microsoft, Google Cloud o AWS. El problema aparece cuando esas alianzas no se compensan con una estrategia europea propia que preserve capacidades críticas. Si Telefónica termina siendo principalmente un canal de distribución, integración o comercialización de plataformas ajenas, el discurso sobre soberanía digital queda en palabrería.

 

El tercer punto afecta directamente a los accionistas dominicales. La SEPI, CriteriaCaixa, STC y el resto de accionistas relevantes no pueden limitarse a esperar que el mercado “entienda” el plan. Telefónica tiene un consejo reconfigurado, con Marc Murtra como presidente ejecutivo y Carlos Ocaña como vicepresidente dominical en representación de la SEPI. La propia compañía identifica a ambos en su estructura de gobierno corporativo https://tinyurl.com/3kfj8trn Por tanto, la responsabilidad ya no puede atribuirse solo a una dirección heredada. La nueva gobernanza tiene que responder con hechos a una pregunta básica: cuál es la hoja de ruta industrial de Telefónica en Europa.

El cuarto punto es que la entrada de la SEPI en Telefónica respondió a una lógica estratégica y no exclusivamente financiera. El Estado decidió adquirir el 10% del capital para reforzar la estabilidad accionarial y preservar la capacidad de decisión sobre una compañía considerada esencial para las telecomunicaciones, la seguridad, la defensa y la soberanía tecnológica de España. Precisamente por ello, la participación pública no puede limitarse a una función testimonial o institucional. Si Telefónica es un activo estratégico, la presencia del Estado debe traducirse en una visión clara sobre su papel en la nueva configuración del sector europeo. De lo contrario, la intervención corre el riesgo de quedarse en una mera operación defensiva frente a determinados movimientos accionariales, sin una verdadera política industrial detrás.

Desde esta perspectiva, el silencio de la SEPI resulta cada vez más difícil de justificar. Una vez asegurada la estabilidad del accionariado, la cuestión fundamental deja de ser quién controla Telefónica y pasa a ser hacia dónde se dirige la compañía. Si el Estado interviene para proteger un activo estratégico pero no define prioridades industriales, tecnológicas o europeas, genera un vacío de liderazgo que inevitablemente será ocupado por otros actores. Bruselas avanza con su agenda de integración del mercado digital a través de la Digital Networks Act; los hiperescaladores continúan ampliando su influencia sobre la nube, la inteligencia artificial y los servicios digitales; otros gobiernos europeos están definiendo activamente el papel de sus campeones nacionales; y los mercados emiten diariamente su valoración sobre la credibilidad de las estrategias empresariales. En este escenario, la ausencia de una posición clara por parte de la SEPI no equivale a neutralidad, sino a una renuncia de facto a influir en el futuro de una de las compañías más estratégicas del país. El problema no es únicamente la falta de discurso, sino la falta de dirección en un momento en el que Europa está redefiniendo el papel de sus infraestructuras críticas y de sus grandes operadores tecnológicos.

El quinto punto es la comparación europea. Alemania y Francia, en KNDS, no se han limitado a comprar o vender acciones: han definido gobernanza, control, derechos políticos y orientación industrial. En telecomunicaciones, la Comisión Europea no está diciendo simplemente “fusionen empresas”; está planteando integración de mercado, “pasaporte único europeo” y reducción de barreras regulatorias. Telefónica, si quiere estar alineada con ese movimiento, debería liderar propuestas concretas de cooperación europea: consorcios de nube soberana, edge europeo, ciberseguridad, redes críticas, Open Gateway bajo control europeo, infraestructura de IA y acuerdos industriales con otras telecos sin pérdida de control estratégico.

El sexto punto es que los accionistas dominicales tienen un problema creciente porque el tiempo juega en contra. Cada jornada de indefinición erosiona la credibilidad del plan. Una empresa puede pedir paciencia al mercado si ofrece una narrativa clara de creación de valor. Pero si el mercado ve recorte de dividendo, deuda elevada, dependencia tecnológica exterior y ausencia de operaciones industriales concretas, la paciencia se agota. La sentencia bursátil no siempre acierta a largo plazo, pero sí refleja una percepción inmediata: el plan estratégico todavía no ha demostrado dónde está la luz al final del túnel.

El séptimo punto es laboral e industrial. Una estrategia basada solo en eficiencia, automatización, inteligencia artificial y reducción de costes puede mejorar márgenes, pero no basta para construir liderazgo europeo. Telefónica necesita explicar qué capacidades quiere conservar, cuáles quiere desarrollar y qué papel tendrán sus plantillas, sus centros tecnológicos y sus filiales industriales. Sin esa respuesta, la transformación corre el riesgo de parecer un ajuste financiero más que un proyecto de país y de Europa.

La crítica de fondo, por tanto, es que Telefónica parece moverse con una lógica defensiva cuando Europa está entrando en una fase ofensiva de política industrial. El problema no es que Murtra haya tomado medidas duras; el problema es que esas medidas todavía no se han traducido en una estrategia reconocible de liderazgo europeo. Y el problema de la SEPI es aún más grave: si el Estado es accionista para proteger un activo estratégico, no puede actuar como un inversor pasivo mientras la compañía pierde visibilidad, el mercado castiga su rumbo y Europa marca un camino de integración al que Telefónica debería estar contribuyendo de forma activa.

En síntesis: mirar no es gestionar, esperar no es estrategia y estabilizar el capital no equivale a orientar el futuro. En un sector donde se cruzan soberanía tecnológica, seguridad nacional, infraestructuras críticas y competencia global, la pasividad puede terminar siendo una forma de renuncia.

El verdadero debate ya no es si Telefónica necesita más escala, más regulación favorable o más consolidación. El debate es si la compañía está preparada para ocupar una posición relevante en la nueva arquitectura digital que Europa está intentando construir. Mientras Bruselas impulsa la integración del mercado, los Estados refuerzan su presencia en activos estratégicos y sectores como defensa, ferrocarril, energía, inteligencia artificial o construcción naval avanzan mediante fórmulas de cooperación industrial, Telefónica sigue sin presentar una propuesta reconocible sobre cuál debe ser su papel en esa transformación.

La cuestión resulta especialmente relevante porque España no es un observador externo. A través de la SEPI, el Estado es accionista de referencia de la compañía y, por tanto, corresponsable de su orientación estratégica. La participación pública solo tendrá sentido si sirve para influir en las decisiones que marcarán el futuro de la empresa durante la próxima década. De lo contrario, la entrada del Estado quedará reducida a una operación de estabilización accionarial sin una verdadera política industrial detrás.

La experiencia reciente de Europa demuestra que los activos considerados estratégicos no se están dejando evolucionar únicamente bajo la lógica de los mercados. Francia y Alemania han actuado sobre KNDS; Italia ha reforzado su influencia sobre TIM; Bruselas trabaja para crear un auténtico mercado único de telecomunicaciones; y los informes Letta y Draghi reclaman más escala, más integración y una menor dependencia tecnológica exterior. La pregunta que sigue sin respuesta es cuál es la posición de España y cuál es el proyecto que la SEPI y Telefónica quieren defender en ese nuevo escenario.

Porque, en última instancia, el problema no es que el mercado cuestione una estrategia. El problema es que, a día de hoy, resulta difícil identificar una estrategia capaz de situar a Telefónica entre los actores llamados a liderar la próxima fase de construcción digital europea. Y cuando Europa está definiendo su futuro tecnológico e industrial, permanecer a la expectativa puede convertirse en el mayor de los riesgos.

Para terminar el post quiero manifestar que al comienzo de este análisis se señalaba que Europa está dejando de ser una idea abstracta para convertirse en una necesidad práctica. Esa es, probablemente, la principal enseñanza que dejan movimientos como el acuerdo franco-alemán sobre KNDS, los nuevos proyectos industriales europeos en inteligencia artificial, los consorcios ferroviarios o la creciente intervención de los Estados en infraestructuras consideradas estratégicas. Europa ya no discute si debe ganar escala; está decidiendo cómo alcanzarla sin perder soberanía industrial, tecnológica y económica.

El problema para Telefónica es que el tiempo no se ha detenido mientras se desarrolla ese proceso. La consolidación industrial europea ya está en marcha. Los gobiernos se están posicionando, las instituciones comunitarias están diseñando nuevas reglas para integrar mercados y los grandes sectores estratégicos están definiendo alianzas, consorcios y estructuras de cooperación para competir en un escenario global cada vez más exigente. Sin embargo, resulta difícil identificar cuál es la posición concreta que Telefónica pretende ocupar en esa nueva arquitectura europea.

Tras más de dieciséis meses de presidencia de Marc Murtra en Telefónica, los hechos conocidos muestran una compañía centrada en la reducción de deuda, la eficiencia operativa, la reorganización interna y la revisión de activos. Son objetivos legítimos y, en algunos casos, necesarios. Pero ninguna de esas medidas responde por sí sola a la cuestión fundamental: cuál es el proyecto industrial europeo de Telefónica y cómo piensa participar en la construcción del mercado único digital que la propia Comisión Europea está impulsando.

La realidad es que Europa está avanzando hacia una mayor integración mientras Telefónica continúa sin presentar una iniciativa equivalente a la ambición que hoy muestran otros sectores estratégicos. No existe una propuesta reconocible de liderazgo en materia de nube soberana, inteligencia artificial, ciberseguridad, infraestructuras digitales críticas o cooperación paneuropea que permita situar a la compañía en el centro de esa transformación. Y cuando la estrategia no se define, son otros quienes terminan definiéndola.

Por eso la cuestión ya no afecta únicamente a la dirección de Telefónica. También interpela directamente a la SEPI y al Gobierno español. Si el Estado decidió en su momento convertirse en accionista de referencia porque consideraba que Telefónica era un activo estratégico para España, resulta difícil sostener que su papel deba limitarse a garantizar estabilidad accionarial. Francia y Alemania han demostrado con KNDS que la presencia pública en empresas estratégicas no consiste únicamente en proteger el capital, sino en orientar el futuro industrial de esas compañías. La diferencia entre proteger un activo y liderar una estrategia es precisamente la diferencia entre gestionar el presente y construir el futuro.

A estas alturas, el debate ya no es si hay que actuar, sino cuánto tiempo más puede permitirse España no hacerlo. Porque mientras Europa acelera, los mercados siguen evaluando diariamente la credibilidad del proyecto Telefónica. Y porque, en un entorno donde la escala, la soberanía tecnológica y la capacidad de influencia vuelven a ser factores determinantes, permanecer inmóvil no equivale a conservar una posición: equivale a perderla.

Ya lo dijo Séneca: “No hay viento favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.”


 

Final del formulario

 

 

Final del formulario

 

 

Principio del formulario

 

Final del formulario