domingo, 8 de noviembre de 2026

TELEFÓNICA, LAS VERDADES DEL BARQUERO A BORJA OCHOA SOBRE LA IA: CUANDO LOS DATOS DESMONTAN EL DISCURSO… POR MUCHO QUE DUELAN

A comienzos del siglo XVII, Galileo Galilei utilizó el telescopio para observar fenómenos que cuestionaban algunas de las creencias astronómicas dominantes. Sus descubrimientos encontraron resistencia entre quienes defendían las explicaciones tradicionales del universo, hasta el punto de que la historia de la ciencia conserva relatos de eruditos que se mostraban reacios a aceptar las observaciones telescópicas. Aunque algunos detalles de esos episodios han sido simplificados con el paso del tiempo, la enseñanza sigue siendo extraordinariamente actual: cuando una afirmación se sostiene principalmente sobre la autoridad de quien la pronuncia, las pruebas pueden convertirse en una molestia para quienes prefieren mantener intacto su discurso. Galileo no tenía razón porque repitiera sus conclusiones con mayor insistencia que sus adversarios, sino porque sus observaciones podían examinarse, discutirse y contrastarse. La verdad no se decide por mayoría, por jerarquía ni por repetición. Se demuestra con hechos. Y cuando alguien pretende convertir una afirmación en una certeza indiscutible, la primera obligación de una sociedad crítica es pedirle que muestre las pruebas.

Borja Ochoa, presidente ejecutivo de Telefónica España, parece empeñado en repetir un discurso sobre la inteligencia artificial que los datos disponibles no permiten sostener en los términos en que lo presenta. Una y otra vez reclama operadores más grandes, fusiones empresariales y una regulación más favorable a la concentración del mercado, utilizando la necesidad de competir en inteligencia artificial como argumento central. Pero repetir que Europa necesita menos operadoras para competir en IA no demuestra que las fusiones vayan a generar más investigación, tecnología propia o una menor dependencia de las grandes plataformas estadounidenses. Mientras Ochoa insiste en ese relato, las cifras de inversión en I+D muestran la enorme distancia que separa a Telefónica de quienes desarrollan las principales tecnologías de inteligencia artificial, y los análisis financieros advierten de dificultades en sus negocios tradicionales. Lo verdaderamente preocupante no es que Ochoa defienda los intereses empresariales de Telefónica, sino que presente una reivindicación de concentración empresarial como si fuera una necesidad tecnológica demostrada, sin aportar pruebas suficientes de esa relación. Los ciudadanos merecen algo más que discursos reiterados: merecen respeto a la verdad, cifras contrastables, compromisos concretos y resultados verificables. Porque una afirmación no se convierte en verdad por repetirse mil veces, y el futuro tecnológico de Europa no puede construirse confundiendo los intereses particulares de una gran operadora con los intereses generales de la sociedad.

TELEFÓNICA Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL: LOS DATOS FRENTE AL DISCURSO DE SUS DIRECTIVOS

La dimensión empresarial, las fusiones y la soberanía tecnológica no pueden sustituir a la inversión en investigación, el desarrollo de tecnología propia y los resultados verificables

Una mentira, por mucho que se repita, no se convierte en verdad. Esta afirmación, frecuentemente asociada a los mecanismos de propaganda del régimen nazi y atribuida en distintas formulaciones a Joseph Goebbels, aunque sin una fuente histórica concluyente que confirme su autoría literal, expresa una idea que sigue siendo fundamental para analizar los discursos públicos: la repetición de una afirmación no constituye una prueba de su veracidad. Que un argumento se reproduzca constantemente en medios de comunicación, intervenciones empresariales o foros institucionales no demuestra que sea cierto. Tampoco significa necesariamente que quienes lo defienden estén mintiendo deliberadamente. Lo que exige un análisis riguroso es separar las afirmaciones comprobadas de las opiniones, las expectativas y los intereses de quienes las formulan. La verdad no depende del cargo de quien habla, de la dimensión de la empresa que representa ni del número de veces que se repite un mensaje, sino de su correspondencia con hechos contrastables. Este principio resulta especialmente pertinente cuando los responsables de grandes compañías presentan determinadas decisiones empresariales como condiciones indispensables para garantizar el progreso tecnológico, la competitividad o el bienestar de los ciudadanos.

El pasado 3 de noviembre publiqué en este blog el artículo «La IA deja desnudo a Murtra y a las grandes telecos europeas», dedicado a examinar la posición de Telefónica y de las principales operadoras europeas en la industria de la inteligencia artificial a partir de datos de investigación y desarrollo, inversiones tecnológicas, dependencia de proveedores y capacidad para generar propiedad intelectual. Cinco días después, el 8 de noviembre, EL PAÍS publicó la información de Nuria Díaz «Telefónica reclama empresas fuertes para competir en IA», que recoge las declaraciones de Borja Ochoa, presidente ejecutivo de Telefónica España, durante el foro internacional World in Progress, celebrado en Barcelona los días 2 y 3 de noviembre de 2026. El directivo defendió que Europa necesita compañías de telecomunicaciones de mayor dimensión, una regulación que facilite la consolidación empresarial y una capacidad inversora superior para competir con Estados Unidos y China. La cuestión que corresponde examinar no es si Telefónica tiene derecho a defender esa estrategia, sino si los datos disponibles permiten concluir que reducir el número de operadores europeos es una condición necesaria para desarrollar inteligencia artificial propia y superar la dependencia tecnológica. Porque disponer de millones de clientes y extensas redes de telecomunicaciones es una cosa; desarrollar y controlar los modelos, las plataformas, el software y la propiedad intelectual que están configurando la nueva economía digital es otra muy distinta.

EL DISCURSO DE OCHOA: MÁS DIMENSIÓN EMPRESARIAL PARA COMPETIR EN INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Según la información publicada por EL PAÍS, Borja Ochoa considera que la fragmentación del mercado europeo de las telecomunicaciones dificulta alcanzar el tamaño empresarial necesario para afrontar las inversiones que exige la transformación tecnológica. El directivo habló de aproximadamente cuarenta grupos de telecomunicaciones en Europa, frente a un número considerablemente menor de grandes operadores en otros mercados, y defendió que una mayor concentración permitiría generar más rentabilidad y destinar parte de ella a nuevas inversiones. También cuestionó que las normas de competencia respondan a una realidad sectorial de hace veinte años y reclamó una regulación adaptada a las necesidades actuales de conectividad, computación y servicios digitales. Esta posición aparece igualmente recogida en la información de EL PAÍS del 3 de noviembre, «Europa tiene que crecer en capacidades tecnológicas». Es razonable debatir si las operadoras europeas necesitan mayor capacidad financiera y si la regulación debe adaptarse a los cambios tecnológicos; lo que no puede darse por demostrado es que una mayor concentración empresarial se traduzca automáticamente en más investigación, tecnología propia o mejores servicios para los consumidores. Una fusión puede producir economías de escala, reducir determinados costes y modificar la estructura competitiva de un mercado, pero sus efectos sobre la innovación, la inversión y los precios dependen de las características concretas de la operación y de las decisiones posteriores de las empresas.

Ochoa también ha situado la inteligencia artificial en el centro de la transformación interna de Telefónica. Según explicó, la compañía había revisado entre el 85 % y el 90 % de sus procesos para identificar oportunidades de mejora mediante estas herramientas, con actuaciones relacionadas con la reorganización del trabajo, la automatización y la formación de los empleados. Estas declaraciones fueron recogidas por Europa Press el 3 de noviembre de 2026. La incorporación de inteligencia artificial puede contribuir a mejorar la eficiencia de una empresa, reducir tiempos de ejecución, detectar incidencias y facilitar determinadas tareas. Sin embargo, haber revisado entre el 85 % y el 90 % de los procesos no significa que ese porcentaje haya sido automatizado, ni permite conocer cuánto ha aumentado realmente la productividad. Para comprobar los resultados sería necesario disponer de indicadores comparables sobre costes, calidad de los servicios, tiempos de respuesta, ahorro efectivo y rentabilidad de las inversiones. Sin esa información, el porcentaje comunicado describe el alcance de una revisión organizativa, pero no acredita por sí solo sus resultados económicos.

Durante el Congreso de Directivos de APD, celebrado el 28 de octubre, Ochoa también afirmó que Europa representaba aproximadamente el 4 % de los ingresos mundiales relacionados con la inteligencia artificial, frente al 23 % que había llegado a representar en internet, el 19 % en telefonía móvil y el 15 % en servicios de computación en la nube. Asimismo, sostuvo que la inversión estadounidense en inteligencia artificial era once veces superior a la europea, según recogió Europa Press en su información sobre el retraso tecnológico europeo. Estas cifras expresan el diagnóstico defendido por el directivo, pero deben atribuirse a sus declaraciones mientras no se disponga de una metodología independiente que permita comprobar las categorías utilizadas, los períodos comparados y el alcance exacto de cada porcentaje. En cualquier caso, incluso aceptando que Europa presenta importantes debilidades frente a Estados Unidos en determinadas áreas tecnológicas, de esa constatación no se desprende necesariamente que la solución consista en reducir el número de empresas de telecomunicaciones.

LA PRIMERA REALIDAD: EUROPA INVIERTE MUCHO MENOS QUE ESTADOS UNIDOS EN INVESTIGACIÓN EMPRESARIAL

Para valorar la posición tecnológica de Europa conviene acudir a una fuente institucional: el EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025, elaborado por el Centro Común de Investigación de la Comisión Europea. Este informe analiza la inversión en investigación y desarrollo de las 2.000 mayores empresas inversoras del mundo, que en 2024 destinaron conjuntamente aproximadamente 1,446 billones de euros a I+D. Las empresas estadounidenses concentraron el 47,1% de esa inversión; las de la Unión Europea, el 16,2%; y las chinas, el 16,1%. El crecimiento anual de la inversión investigadora fue del 7,8% en Estados Unidos, frente al 2,9% en la Unión Europea. Las empresas estadounidenses incluidas en el informe concentraron prácticamente tres veces la participación de las europeas en la inversión mundial en I+D de este grupo de grandes compañías. La comparación no mide exclusivamente el gasto en inteligencia artificial, sino el conjunto de la investigación y desarrollo empresarial. Precisamente por ello permite identificar una diferencia estructural en los recursos destinados a generar conocimiento, productos y tecnologías.

TABLA 1. DISTRIBUCIÓN MUNDIAL DE LA INVERSIÓN EMPRESARIAL EN I+D

Indicador

Magnitud

Inversión conjunta de las 2.000 mayores empresas

1,446 billones de euros

Participación de empresas estadounidenses

47,1 %

Participación de empresas de la Unión Europea

16,2 %

Participación de empresas chinas

16,1 %

Crecimiento anual de la I+D mundial

6,3 %

Crecimiento de la I+D estadounidense

7,8 %

Crecimiento de la I+D europea

2,9 %

Participación del sector de software TIC

24,9 %

Participación del sector de hardware TIC

22,0 %

Fuente: Comisión Europea, EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025. Datos correspondientes a 2024. Los porcentajes territoriales se refieren a la participación de las empresas según la ubicación de su sede en la inversión del conjunto analizado.

La relevancia de estas cifras es evidente. La inteligencia artificial requiere investigadores, ingenieros, capacidad de computación, centros de datos, semiconductores, datos, algoritmos y recursos financieros sostenidos. No basta con incorporar herramientas desarrolladas por terceros ni con anunciar nuevas líneas de negocio. Las empresas que controlan tecnologías fundamentales pueden comercializar sus productos, conceder licencias, desarrollar ecosistemas propios y obtener ingresos de otras compañías que necesitan utilizarlos. Las operadoras de telecomunicaciones, por su parte, poseen infraestructuras indispensables para transportar información y prestar servicios de conectividad, pero la propiedad de las redes no implica automáticamente el control de las aplicaciones, los modelos de inteligencia artificial ni las plataformas que funcionan sobre ellas. Esta diferencia resulta esencial para comprender por qué el tamaño de una operadora y su posición en la industria mundial de la inteligencia artificial son cuestiones relacionadas, pero no equivalentes.

TELEFÓNICA FRENTE A LAS GRANDES TECNOLÓGICAS: LA DISTANCIA EN INVERSIÓN INVESTIGADORA

La comparación entre Telefónica y las principales compañías tecnológicas estadounidenses permite concretar esa diferencia. Según los datos recogidos en mi artículo del 3 de noviembre, procedentes del Scoreboard europeo y de la información financiera de la operadora, Amazon destinó 65.318 millones de euros a investigación y desarrollo en 2024; Alphabet, 46.131 millones; Meta, 41.986 millones; Microsoft, 31.272 millones; y Apple, 30.195 millones. Las cinco compañías sumaron 214.902 millones de euros en un solo ejercicio. Frente a estas cantidades, la cifra de I+D atribuida a Telefónica para 2024 fue de 619 millones de euros. La comparación debe interpretarse con cautela porque las cifras proceden de fuentes empresariales y estadísticas que pueden aplicar criterios contables diferentes, y porque no representan exclusivamente inversiones en inteligencia artificial. No obstante, la diferencia de magnitud es tan amplia que merece atención: la inversión en I+D atribuida a Amazon fue unas 105 veces superior a la de Telefónica; la de Alphabet, unas 75 veces; la de Meta, unas 68; la de Microsoft, unas 50; y la de Apple, unas 49.

TABLA 2. INVERSIÓN EN I+D EN 2024: TELEFÓNICA FRENTE A LAS GRANDES TECNOLÓGICAS

Empresa

I+D en 2024 (millones de euros)

Relación respecto a Telefónica

Amazon

65.318

105,5 veces

Alphabet

46.131

74,5 veces

Meta

41.986

67,8 veces

Microsoft

31.272

50,5 veces

Apple

30.195

48,8 veces

Telefónica

619

1 vez

Fuentes: EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025 e información financiera de Telefónica, según la comparación publicada en el artículo del 3 de noviembre. Las cifras no constituyen una medición homogénea de inversión específica en IA y pueden presentar diferencias metodológicas.

Estas diferencias no significan que Telefónica deba invertir necesariamente las mismas cantidades que Amazon o Microsoft, porque sus actividades, mercados y modelos de negocio son distintos. Tampoco demuestran, por sí solas, qué empresa desarrolla mejores productos o cuál obtiene una mayor rentabilidad de cada euro invertido. Lo que sí permiten afirmar es que Telefónica no dispone individualmente de una escala de inversión investigadora comparable a la de las principales compañías que desarrollan buena parte de las plataformas tecnológicas mundiales. Además, conviene evitar otra confusión frecuente: la inversión destinada a desplegar fibra óptica, antenas o redes móviles no equivale a la investigación necesaria para desarrollar modelos de inteligencia artificial, arquitecturas de computación o software propietario. Todas esas actividades pueden ser importantes, pero pertenecen a categorías económicas y tecnológicas diferentes. Si Telefónica aspira a adquirir un papel más relevante en la industria de la IA, la cuestión decisiva es qué tecnologías propias pretende desarrollar, qué recursos destinará a ellas y qué resultados podrá acreditar.

LA EXPANSIÓN DE LA IA MOVILIZA RECURSOS FINANCIEROS DE UNA DIMENSIÓN EXTRAORDINARIA

La diferencia de escala también aparece al examinar las operaciones de financiación y los programas de inversión de las grandes compañías tecnológicas. En mi artículo del 3 de noviembre recogí informaciones financieras publicadas por Cinco Días sobre Oracle, Meta, Alphabet y Microsoft. Según aquellas informaciones, Oracle había anunciado una operación de financiación de 20.000 millones de dólares, repartida entre deuda y capital, mientras que Meta estudiaba una emisión de bonos por al menos 20.000 millones de dólares. El gasto de capital trimestral atribuido a Meta alcanzaba los 34.910 millones de dólares, y la previsión de inversión anual para 2026 se situaba entre 175.000 y 179.000 millones de dólares. También se recogían operaciones de financiación mediante bonos de Alphabet y Microsoft. Estas magnitudes muestran la extraordinaria capacidad de movilización financiera de las grandes plataformas tecnológicas, aunque no todas corresponden a inversiones efectivamente realizadas ni pueden atribuirse exclusivamente a inteligencia artificial. Una emisión de deuda es una operación de financiación, el gasto de capital representa inversión en activos y la I+D constituye una categoría diferente. Confundirlas o sumarlas indiscriminadamente produciría una comparación engañosa.

TABLA 3. OPERACIONES FINANCIERAS E INVERSIONES TECNOLÓGICAS RECOGIDAS EN 2026

Compañía

Magnitud comunicada

Importe

Oracle

Operación de financiación mediante deuda y capital

20.000 millones USD

Oracle

Componente de emisión de bonos

10.000 millones USD

Oracle

Componente de colocación de acciones

10.000 millones USD

Meta

Posible emisión de bonos

Al menos 20.000 millones USD

Meta

Gasto de capital trimestral comunicado

34.910 millones USD

Meta

Previsión de inversión para 2026

175.000–179.000 millones USD

Meta

Flujo de caja libre trimestral comunicado

−2.120 millones USD

Alphabet

Emisión de bonos

6.000 millones EUR

Microsoft

Colocación de bonos

25.000 millones USD

Fuente: informaciones financieras de Cinco Días recogidas en el artículo del blog del 3 de noviembre de 2026. Las operaciones tienen distinta naturaleza, corresponden a períodos diferentes y no deben sumarse como si representaran inversión homogénea en IA. Los importes de esta tabla se mantienen conforme al artículo de referencia y requieren contraste con los anuncios financieros originales para una verificación documental completa.

La comparación resulta útil para comprender la dimensión económica de la transformación tecnológica, pero también exige prudencia. Las grandes tecnológicas están destinando recursos considerables a centros de datos, capacidad de computación e infraestructura, asumiendo riesgos financieros y expectativas de rentabilidad futura. Telefónica, por su parte, reclama una mayor dimensión empresarial para mejorar su capacidad inversora. La pregunta que debe responder la dirección de Telefónica no es únicamente cuánto podría crecer mediante fusiones, sino qué parte de los recursos adicionales se destinaría efectivamente a investigación, qué tecnología propia se desarrollaría y qué posición industrial permitirían alcanzar esas inversiones. Sin proyectos concretos, presupuestos identificables y compromisos verificables, no es posible determinar si una concentración empresarial contribuiría a reducir la dependencia tecnológica o si sus principales efectos se limitarían a reorganizar el mercado, reducir costes y aumentar la escala de los negocios existentes.

UTILIZAR INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES LO MISMO QUE DESARROLLARLA Y CONTROLARLA

La incorporación de inteligencia artificial a los procesos internos de Telefónica merece ser examinada sin descalificaciones ni exageraciones. Una operadora puede utilizar estas herramientas para gestionar redes, mejorar la atención al cliente, automatizar tareas administrativas, analizar incidencias o reforzar la ciberseguridad. Si esas aplicaciones producen mejoras reales, deben reconocerse. Sin embargo, ser usuario, integrador o comercializador de inteligencia artificial no equivale a desarrollar y controlar las tecnologías fundamentales que permiten su funcionamiento. Una empresa puede ofrecer servicios basados en plataformas externas y obtener ingresos legítimos de esa actividad sin ser propietaria de los modelos, algoritmos o infraestructuras esenciales utilizados. La diferencia no es meramente terminológica: determina qué parte de la cadena de valor controla cada compañía, de qué proveedores depende, qué capacidad tiene para modificar la tecnología y qué ingresos puede obtener mediante productos o licencias propios.

Por esa razón, las declaraciones sobre el porcentaje de procesos revisados o las posibilidades de automatización deben acompañarse de resultados verificables. Una revisión organizativa no es una automatización terminada; una automatización terminada no demuestra necesariamente una mejora económica; y una mejora de productividad no convierte automáticamente a la empresa en desarrolladora de tecnología propia. Son tres cuestiones diferentes que requieren indicadores distintos. Para conocer el alcance real de la transformación de Telefónica sería útil disponer de información pública sobre el número de procesos efectivamente automatizados, los costes de implantación, los ahorros obtenidos, la evolución de la calidad del servicio y la proporción de tecnología propia frente a soluciones adquiridas o licenciadas. La crítica constructiva no consiste en negar la utilidad de la inteligencia artificial, sino en exigir que sus beneficios se expliquen con datos y no únicamente mediante declaraciones de intención.

SOBERANÍA DIGITAL: CONTROLAR LOS DATOS NO SIEMPRE SIGNIFICA CONTROLAR LA TECNOLOGÍA

La soberanía digital constituye otro de los grandes argumentos utilizados por Telefónica para defender el desarrollo de capacidades tecnológicas europeas. Durante el foro World in Progress, Ochoa explicó que la compañía ofrece distintos grados de nube soberana, desde soluciones basadas en tecnología de proveedores externos, con mecanismos específicos de control y cifrado de los datos, hasta servicios prestados desde infraestructuras propias. También hizo referencia a la propuesta europea conocida como Cloud and AI Development Act (CADA), relacionada con el desarrollo de capacidades de computación y servicios tecnológicos. La información publicada por EL PAÍS recoge estas declaraciones y su vinculación con los criterios de soberanía que pueden adquirir relevancia en la contratación pública. Conviene precisar que una propuesta legislativa no equivale a una norma definitivamente aprobada, del mismo modo que alojar datos en territorio europeo no garantiza por sí solo el control europeo de todo el software y las tecnologías utilizadas. La soberanía de los datos, la autonomía operativa y la propiedad intelectual son dimensiones relacionadas, pero diferentes.

La colaboración de Telefónica con proveedores tecnológicos internacionales ilustra esa distinción. La utilización de tecnología de Google Cloud puede aportar capacidades de computación, herramientas y mecanismos de seguridad, pero también implica una relación de dependencia tecnológica cuya intensidad depende de las condiciones concretas del servicio. No sería correcto afirmar que cualquier solución basada en tecnología externa carece de soberanía, porque existen diferentes grados de control contractual, técnico y operativo. Tampoco sería riguroso sostener que una plataforma se convierte automáticamente en tecnología propia porque la comercialice una empresa española o porque los datos permanezcan en centros situados en España. La pregunta decisiva es quién controla el software, las actualizaciones, las interfaces, la continuidad del servicio y los activos de propiedad intelectual que hacen posible su funcionamiento. Esa información resulta imprescindible para evaluar el alcance real de cualquier estrategia de autonomía digital.

En este contexto, el artículo del 3 de noviembre recogía una información publicada por Cinco Días el 23 de octubre de 2026 sobre la evaluación de las ofertas para desarrollar la nube pública soberana de la Generalitat de Cataluña, un contrato valorado aproximadamente en 400 millones de euros durante ocho años. Según aquella información, T-Systems, filial de Deutsche Telekom, obtuvo 96,98 puntos, frente a los 75,18 puntos de Telefónica, una diferencia de 21,80 puntos. El dato corresponde a la fase de evaluación comunicada entonces y no debe confundirse necesariamente con una adjudicación definitiva. Tampoco permite atribuir la diferencia de puntuación a una causa concreta sin examinar todos los criterios aplicados. Lo que sí muestra es que, en aquella evaluación específica, Telefónica obtuvo una puntuación inferior a la de otra compañía europea, un resultado que debe incorporarse al análisis sin convertirlo en una conclusión general sobre todas sus capacidades tecnológicas.

TABLA 4. EVALUACIÓN DE LAS OFERTAS PARA LA NUBE SOBERANA DE CATALUÑA

Indicador

T-Systems

Telefónica

Puntuación comunicada

96,98

75,18

Diferencia de puntuación

+21,80

—

Posición en la evaluación publicada

Primera

Segunda

Fuente: información de Cinco Días del 23 de octubre de 2026, recogida en el artículo del blog del 3 de noviembre. Los datos se refieren a la evaluación publicada en aquella fecha, no necesariamente al resultado definitivo del procedimiento.

TELEFÓNICA TAMBIÉN DESARROLLA INICIATIVAS CONCRETAS QUE DEBEN RECONOCERSE

Un análisis crítico no debe omitir las actuaciones reales de la compañía. Telefónica está desarrollando actividades relacionadas con ciberseguridad, computación en la nube, comunicaciones por satélite, servicios digitales y soluciones tecnológicas para empresas y administraciones públicas. Durante el foro World in Progress, Ochoa explicó que la operadora pretende aprovechar su experiencia en la protección de redes para incorporar sistemas de inteligencia artificial capaces de mejorar la detección y respuesta frente a amenazas informáticas. También defendió la conveniencia de desarrollar alternativas europeas en comunicaciones por satélite y destacó la importancia de disponer de redes de respaldo cuando fallan las infraestructuras terrestres. Estas iniciativas responden a necesidades tecnológicas reales, aunque su existencia no permite conocer automáticamente su rentabilidad, el grado de tecnología propia incorporada ni la posición competitiva que Telefónica alcanzará en cada mercado. Para evaluar sus resultados hacen falta cifras sobre inversiones, productos desarrollados, contratos, ingresos y capacidades efectivamente controladas.

En el ámbito de la defensa, la información publicada por EL PAÍS señala que Telefónica ha creado una unidad especializada con más de 700 profesionales, orientada al desarrollo de soluciones de comunicaciones seguras, protección de datos y servicios tecnológicos para las Fuerzas Armadas. Además, el 26 de octubre de 2026, la compañía anunció la adquisición de una participación del 10 % en OGA, empresa especializada en inteligencia artificial, optimización matemática y simulación de procesos complejos. La operación, explicada en la comunicación oficial de Telefónica sobre su entrada en el capital de OGA, incluye una alianza comercial y tecnológica para incorporar esas capacidades a su oferta dirigida a empresas y administraciones. Esta inversión constituye una actuación empresarial concreta y verificable, pero una participación minoritaria del 10 % no equivale al control de la totalidad de la tecnología, la propiedad intelectual o la gestión de la empresa participada. Su contribución futura deberá valorarse a partir de los productos desarrollados, los contratos obtenidos y los resultados que puedan acreditarse.

La estrategia también ha sido trasladada a las instituciones españolas. Según informó Cinco Días el 22 de septiembre de 2026, Marc Murtra comunicó al Gobierno el interés de Telefónica en desempeñar un papel destacado en el despliegue de la inteligencia artificial en España. Esta aspiración empresarial es legítima, y la compañía dispone de infraestructuras, clientes y experiencia en servicios digitales que pueden resultar útiles para determinados proyectos. Sin embargo, aspirar a liderar el despliegue de una tecnología no equivale a liderar su investigación, su desarrollo ni el control de sus componentes fundamentales. Son funciones distintas dentro de la cadena de valor y deben evaluarse con indicadores diferentes. La posición de Telefónica como operadora e integradora puede ser relevante sin que ello demuestre una capacidad comparable a la de las principales empresas mundiales que desarrollan modelos y plataformas de inteligencia artificial.

LAS FUSIONES NO GARANTIZAN POR SÍ MISMAS MÁS INNOVACIÓN NI TECNOLOGÍA PROPIA

El principal argumento defendido por Ochoa es que Europa necesita compañías de telecomunicaciones de mayor dimensión para competir tecnológicamente. Una empresa más grande puede repartir determinados costes entre más clientes, obtener mejores condiciones de financiación y disponer de recursos adicionales para invertir. Es una posibilidad económica que merece analizarse. Pero ninguna fusión garantiza por sí misma que las compañías resultantes desarrollen modelos de inteligencia artificial, generen patentes, creen software propio o reduzcan su dependencia de proveedores tecnológicos externos. Esos resultados requieren decisiones empresariales concretas, presupuestos de investigación, personal especializado, infraestructuras, proyectos industriales y objetivos medibles. Una concentración puede aumentar el número de abonados, modificar la estructura del mercado o reducir duplicidades sin producir necesariamente un salto equivalente en capacidades tecnológicas. Tampoco puede darse por hecho que sus beneficios se trasladen a los consumidores mediante mejores precios o servicios de mayor calidad.

Existen, además, otras fórmulas para reunir recursos y desarrollar proyectos compartidos. Los consorcios de investigación, las sociedades conjuntas, los acuerdos industriales y las alianzas tecnológicas permiten distribuir inversiones y riesgos entre distintas empresas sin exigir necesariamente su integración societaria. La colaboración entre operadoras en proyectos de conectividad y comunicaciones por satélite muestra que la cooperación tecnológica no depende exclusivamente de las fusiones. Estas fórmulas tampoco garantizan resultados y deben respetar las normas de competencia, pero demuestran que alcanzar una escala suficiente para desarrollar tecnología y concentrar la propiedad de las empresas no son necesariamente el mismo objetivo. Por eso, la discusión no debería limitarse a cuántos operadores existen en Europa, sino extenderse a qué proyectos tecnológicos necesitan financiación, qué capacidades podrían desarrollarse conjuntamente y qué alternativa ofrece mejores resultados para la innovación y los usuarios.

Las preguntas que deberían responder Marc Murtra, Borja Ochoa y Emilio Gayo son, por tanto, concretas y perfectamente legítimas: ¿qué capacidades tecnológicas propias en inteligencia artificial permitirían desarrollar las fusiones que reclaman? ¿Cuánto capital adicional se comprometerían a destinar efectivamente a investigación y desarrollo? ¿Qué modelos, programas, patentes y activos de propiedad intelectual generarían? ¿Y por qué esos objetivos no podrían alcanzarse mediante alianzas industriales europeas sin necesidad de reducir el número de competidores? También deberían explicar qué compromisos verificables asumirían respecto a la inversión tecnológica, cómo se comprobaría su cumplimiento y qué consecuencias tendrían las operaciones sobre los precios, la calidad de los servicios, la innovación y la libertad de elección de los consumidores. Aumentar el tamaño de una empresa no significa necesariamente aumentar su capacidad tecnológica, del mismo modo que concentrar un mercado no garantiza más innovación ni mayor autonomía digital. Mientras no se aporten proyectos concretos, cifras contrastables y una explicación convincente de la relación entre las fusiones propuestas y el desarrollo efectivo de inteligencia artificial propia, la afirmación de que Europa necesita menos operadores para competir en este sector seguirá siendo una tesis empresarial cuya eficacia no ha quedado demostrada.

EL VERDADERO PROBLEMA: QUIÉN CONTROLA LA TECNOLOGÍA Y QUIÉN CAPTURA SU VALOR ECONÓMICO

La experiencia de las últimas décadas ayuda a comprender la diferencia entre disponer de infraestructuras y controlar los negocios que se desarrollan sobre ellas. Las operadoras de telecomunicaciones han construido redes indispensables para el funcionamiento de internet, las plataformas audiovisuales, los buscadores, las redes sociales y los servicios de computación en la nube. Sin embargo, buena parte de las aplicaciones, los ecosistemas digitales y las relaciones comerciales con los usuarios se han desarrollado bajo el control de empresas tecnológicas que no son operadoras tradicionales. La inteligencia artificial vuelve a plantear una cuestión semejante: quién desarrolla los modelos, quién controla las plataformas, quién posee la propiedad intelectual y quién obtiene los ingresos derivados de su utilización. Las redes continúan siendo esenciales, pero su importancia como infraestructura no implica automáticamente una posición equivalente en el mercado de los modelos, el software o los servicios avanzados de inteligencia artificial.

El ejemplo de ARM, mencionado en mi artículo del 3 de noviembre, resulta ilustrativo. La compañía británica construyó una posición estratégica en la industria de los semiconductores mediante el diseño de arquitecturas de procesadores y la comercialización de licencias de propiedad intelectual, sin necesidad de convertirse en uno de los mayores fabricantes de chips por volumen de producción. Su trayectoria muestra que una empresa puede ocupar una posición tecnológica relevante mediante el desarrollo de conocimientos y diseños que otras compañías necesitan utilizar. El control de una tecnología estratégica no depende exclusivamente del tamaño empresarial, sino también de la capacidad para crear productos, conocimientos y activos intelectuales con valor económico propio. Esta distinción es especialmente importante para Telefónica: una mayor dimensión puede facilitar determinados proyectos, pero no sustituye la necesidad de definirlos, financiarlos y ejecutarlos.

DEUTSCHE BANK ADVIERTE DE PROBLEMAS FINANCIEROS MIENTRAS TELEFÓNICA RECLAMA MAYOR DIMENSIÓN PARA COMPETIR EN IA

A este debate tecnológico se añade una cuestión económica que no puede ignorarse. El 6 de noviembre de 2026, apenas tres días después de la intervención de Ochoa en World in Progress, Bolsamanía publicó que Deutsche Bank había rebajado el precio objetivo de Telefónica de 3,20 a 3,10 euros por acción y mantenía su recomendación de vender. La entidad identificó tres problemas fundamentales en las perspectivas de la operadora: un elevado endeudamiento, una valoración bursátil exigente respecto a sus competidores y un crecimiento del negocio europeo inferior al esperado. Según sus estimaciones, la ratio de deuda financiera neta sobre EBITDA después de arrendamientos alcanzaría 3,5 veces en 2028, mientras que la rentabilidad del flujo de caja libre operativo prevista para 2027 sería del 4,9 %, frente al 6,6 % estimado para el conjunto del sector, y se situaría en el 3,1 % si se excluyera el negocio brasileño. Deutsche Bank también señaló que Telefónica había registrado un comportamiento bursátil un 23 % inferior al del sector desde su anterior presentación estratégica a los inversores y revisó a la baja un 8 % sus estimaciones de flujo de caja libre después de arrendamientos. Estas cifras deben atribuirse expresamente al análisis de la entidad financiera: son valoraciones y previsiones, no resultados futuros confirmados ni un diagnóstico compartido necesariamente por todos los analistas.

El informe, según la información publicada por Bolsamanía, también expresa cautela sobre la evolución de los negocios tradicionales de Telefónica. En España, Deutsche Bank señala que el resultado operativo subyacente disminuye si se excluyen los ahorros derivados de la reducción de plantilla, mientras que en Alemania persisten dificultades comerciales y presión sobre los ingresos. La entidad estima que el flujo de caja libre después de arrendamientos representa el 16 % del EBITDA después de arrendamientos, frente al 33 % de media entre las compañías comparables. Asimismo, calcula que refinanciar la deuda con vencimiento durante los próximos tres años a los costes actuales reduciría ese flujo de caja un 18 %, mientras que el impacto superaría el 30 % si toda la deuda se refinanciara en esas condiciones. Deutsche Bank reconoce que una eventual concentración del mercado podría favorecer la valoración bursátil de Telefónica, pero advierte de que sus efectos dependerían de las condiciones de las operaciones y de que podrían existir necesidades de capital y costes de reestructuración. La cuestión que merece una explicación es evidente: mientras la dirección de Telefónica reclama una mayor dimensión empresarial para competir en inteligencia artificial, este análisis financiero señala dificultades relacionadas con el endeudamiento, la generación de caja y el crecimiento de sus negocios europeos. Esas advertencias no demuestran que la estrategia tecnológica vaya a fracasar, pero sí hacen necesario preguntar con qué recursos adicionales, bajo qué compromisos y con qué resultados verificables pretende financiarse.

CONCLUSIÓN: LA COMPETITIVIDAD TECNOLÓGICA SE DEMUESTRA CON HECHOS, NO CON LA REPETICIÓN DE UN DISCURSO

Los datos examinados permiten formular una conclusión crítica sin negar las capacidades que Telefónica posee ni las iniciativas que está desarrollando. La compañía dispone de redes de telecomunicaciones, millones de clientes, experiencia en servicios digitales y actividades relacionadas con la nube, la ciberseguridad, las comunicaciones por satélite y la inteligencia artificial aplicada. También ha anunciado inversiones y alianzas concretas, como su participación en OGA. Todo ello debe reconocerse. Sin embargo, esas actividades no acreditan por sí mismas que Telefónica ocupe una posición de liderazgo comparable a la de las principales compañías mundiales que desarrollan y controlan modelos, plataformas y tecnologías fundamentales de inteligencia artificial. Las cifras de inversión en I+D muestran una distancia extraordinaria respecto a Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Apple, aunque no permiten calcular por sí solas la cuota de Telefónica en el mercado mundial de la IA. Por tanto, afirmar literalmente que Telefónica representa «la nada» en inteligencia artificial sería una simplificación que los datos no justifican. La crítica rigurosa es otra: Telefónica participa en actividades relacionadas con la IA, pero no ha acreditado, mediante las magnitudes aquí examinadas, una escala investigadora ni una posición de control tecnológico equiparables a las de las grandes plataformas mundiales.

Tampoco ha quedado demostrado que reducir el número de operadores europeos sea una condición necesaria o suficiente para superar esa situación. Una fusión puede facilitar determinadas inversiones, pero también puede perseguir objetivos financieros, comerciales u organizativos que no se traduzcan necesariamente en investigación o tecnología propia. Por eso, antes de reclamar cambios regulatorios que podrían modificar la competencia, los responsables de Telefónica deberían presentar proyectos industriales concretos, presupuestos verificables de I+D, objetivos tecnológicos medibles y compromisos transparentes sobre los beneficios esperados para los ciudadanos. La soberanía digital no se consigue únicamente alojando datos en Europa; la innovación no se garantiza aumentando el tamaño de una empresa; y la competitividad tecnológica no se acredita mediante titulares, declaraciones o promesas, sino mediante investigación, desarrollo de productos, propiedad intelectual y resultados comprobables.

La finalidad de esta crítica no es negar la importancia de Telefónica ni cuestionar por principio que sus directivos defiendan una estrategia de crecimiento. Es exigir que una compañía con una posición relevante en las telecomunicaciones españolas y europeas explique de manera transparente qué pretende conseguir, cómo piensa financiarlo y qué resultados permitirá verificar. Los ciudadanos tienen derecho a conocer si las fusiones que se presentan como necesarias para competir en inteligencia artificial contribuirán realmente a desarrollar tecnología propia o si sus efectos principales se producirán en la estructura empresarial y financiera del sector. Esa distinción no puede resolverse mediante la repetición de un argumento, por muy frecuente que sea su presencia en los medios de comunicación.

Porque una mentira no se convierte en verdad por repetirse mil veces, pero tampoco una afirmación empresarial se convierte en falsa simplemente porque la cuestionemos. La única forma rigurosa de distinguir entre ambas es contrastarla con hechos, datos y resultados verificables. Y esa es precisamente la exigencia que debe aplicarse a las declaraciones de Borja Ochoa, Marc Murtra y Emilio Gayo: menos afirmaciones sobre lo que las fusiones permitirían hacer y más información comprobable sobre la tecnología que Telefónica desarrolla, las inversiones que compromete y los resultados que obtiene. La inteligencia artificial representa una transformación económica de enorme importancia. Su desarrollo exige recursos, conocimiento y decisiones industriales consistentes. El futuro tecnológico de Europa no debería decidirse sobre la base de mensajes repetidos, sino mediante proyectos demostrables, compromisos verificables y un debate público informado.

EPÍLOGO: TELEFÓNICA, ENTRE LA DISTORSIÓN DE LA REALIDAD TECNOLÓGICA Y EL PESO DE SUS PROPIOS PROBLEMAS

Lo más preocupante de la situación de Telefónica no es únicamente la enorme distancia que la separa de las grandes compañías que desarrollan y controlan las tecnologías fundamentales de inteligencia artificial. Es la distancia que empieza a apreciarse entre esa realidad y el discurso público de algunos de sus máximos responsables. Marc Murtra, Borja Ochoa y Emilio Gayo tienen pleno derecho a defender una estrategia empresarial, reclamar cambios regulatorios, promover alianzas o considerar que las fusiones pueden mejorar la capacidad inversora de las operadoras europeas. Lo que no deberían hacer es presentar como una necesidad tecnológica demostrada aquello que, con la información disponible, continúa siendo una hipótesis empresarial pendiente de acreditación. La inteligencia artificial se ha convertido en un argumento recurrente para justificar una mayor concentración del sector, pero nadie ha demostrado que reducir el número de operadoras europeas sea una condición indispensable para desarrollar modelos propios, controlar plataformas tecnológicas o competir con las grandes compañías estadounidenses. Esa es la distorsión que merece una crítica especialmente severa: trasladar al debate público una relación entre fusiones y liderazgo tecnológico sin acompañarla de compromisos de investigación, presupuestos específicos, proyectos industriales y resultados que permitan comprobarla. No se trata de negar que Telefónica utilice inteligencia artificial, desarrolle soluciones digitales o participe en proyectos tecnológicos. Se trata de recordar que utilizar una tecnología, integrarla en servicios comerciales y desarrollar las capacidades fundamentales que permiten controlarla son actividades diferentes, y confundirlas contribuye a ofrecer una imagen de la posición internacional de la compañía que los datos examinados no respaldan.

Esta distancia entre el discurso y los hechos resulta todavía más inquietante cuando se examina la situación financiera y empresarial de Telefónica desde la llegada de Marc Murtra a su presidencia, el 18 de enero de 2025. Conviene ser rigurosos: el endeudamiento, las presiones competitivas y las dificultades de crecimiento de una compañía de estas características no aparecen de repente con el nombramiento de un nuevo presidente, ni sería razonable atribuirle automáticamente todos los problemas acumulados durante años. Pero reconocer la existencia de dificultades heredadas no significa eximir de responsabilidad a quien asume la dirección de la compañía, ni convertir esa herencia en una justificación permanente de los resultados de su gestión. Murtra aceptó la presidencia de Telefónica y, con ella, la responsabilidad de conocer su verdadera situación, identificar sus debilidades y adoptar las decisiones necesarias para corregirlas. Que hubiera realizado o no una auditoría previa de la compañía no altera esa responsabilidad: quien asume su máxima dirección debe responder por las decisiones que adopta, por las estrategias que impulsa y por la gestión de los problemas que encuentra, aunque no los haya originado. En este contexto, resulta especialmente significativo que el análisis de Deutsche Bank difundido el 6 de noviembre de 2026 mantuviera su recomendación de vender las acciones de Telefónica, rebajara su precio objetivo de 3,20 a 3,10 euros y señalara tres problemas fundamentales: un elevado endeudamiento, una valoración bursátil exigente frente a sus competidores y la debilidad del crecimiento de sus negocios europeos. La entidad también advertía, mediante estimaciones sujetas a incertidumbre, de las presiones sobre la generación de caja y de los posibles efectos del encarecimiento de la refinanciación de la deuda. Estas valoraciones no constituyen una sentencia definitiva sobre el futuro de Telefónica ni demuestran, por sí solas, que sus dificultades sean consecuencia de la gestión de Murtra. Pero sí representan advertencias suficientemente relevantes como para exigir a su presidente y a su equipo directivo explicaciones económicas precisas, decisiones contrastables y resultados verificables, en lugar de confiar en que las reiteradas declaraciones sobre inteligencia artificial, soberanía digital y concentración empresarial puedan sustituir a las respuestas que exige la situación real de la compañía.

La contradicción que debe aclarar la dirección es profunda. Mientras Telefónica reclama una mayor dimensión para competir en la revolución tecnológica, los datos de inversión en investigación y desarrollo examinados en este post muestran que su capacidad investigadora está muy lejos de la de las grandes plataformas internacionales. Esa comparación exige reconocer que las compañías analizadas tienen negocios y criterios contables diferentes, y que las cifras generales de I+D no equivalen a inversión específica en inteligencia artificial. Pero esas cautelas metodológicas no eliminan la diferencia de magnitud ni permiten convertir una aspiración estratégica en una posición tecnológica ya conquistada. Al mismo tiempo, la compañía debe atender las exigencias financieras de sus negocios tradicionales, sostener sus infraestructuras, afrontar sus obligaciones y generar recursos suficientes para invertir. ¿Cómo pretende Telefónica cerrar una brecha tecnológica de semejante dimensión? ¿Qué parte de su inversión futura se destinará a investigación propia? ¿Qué tecnologías concretas aspira a desarrollar y controlar? ¿Qué resultados medibles permitirán distinguir una transformación industrial auténtica de una ampliación de su catálogo de servicios basados en tecnologías de terceros? Estas preguntas no pueden responderse con referencias genéricas al tamaño empresarial. Tampoco con porcentajes de procesos internos revisados para incorporar inteligencia artificial, porque revisar procesos no equivale a automatizarlos, y automatizarlos no demuestra que la compañía haya desarrollado la tecnología utilizada. La dirección tiene la obligación de distinguir entre lo que Telefónica ya hace, lo que espera conseguir y aquello que todavía no ha demostrado poder alcanzar.

El riesgo para Telefónica no consiste solamente en quedarse rezagada en determinados segmentos de la inteligencia artificial, sino en que sus directivos terminen sustituyendo el diagnóstico de sus limitaciones por un relato de ambiciones que dificulte reconocerlas. Una compañía que no identifica con precisión sus debilidades difícilmente puede explicar cómo pretende corregirlas. Y una dirección que reclama cambios profundos en las reglas de competencia debería estar especialmente obligada a demostrar qué beneficios concretos producirían esos cambios para la innovación, la autonomía tecnológica y los consumidores. Las fusiones pueden aportar economías de escala, pero también pueden reducir la presión competitiva; pueden liberar recursos, pero no garantizan que esos recursos se destinen a investigación; pueden fortalecer balances, pero no generan por sí mismas investigadores, algoritmos, patentes ni propiedad intelectual. Presentar la concentración empresarial como respuesta casi inevitable a la debilidad tecnológica europea, sin demostrar el vínculo entre ambas, supone simplificar un problema industrial extraordinariamente complejo y desplazar la atención desde las decisiones que debe adoptar la dirección hacia las concesiones que reclama a los reguladores. Esa simplificación resulta particularmente cuestionable cuando se combina con advertencias financieras sobre la propia compañía, porque la necesidad de mejorar su rentabilidad o su posición bursátil no debe confundirse con una demostración de que Europa necesita menos competidores para desarrollar inteligencia artificial.

El cóctel es, efectivamente, explosivo: una compañía sometida a importantes desafíos financieros y competitivos, una transformación tecnológica mundial que exige recursos extraordinarios y una dirección de Telefónica que insiste en presentar las fusiones como una respuesta decisiva sin haber acreditado suficientemente su capacidad para convertirlas en tecnología propia. No significa que Telefónica esté condenada al fracaso, ni que carezca de activos valiosos, profesionales cualificados o posibilidades de desarrollar nuevos negocios. Significa algo más concreto y exigente: que la credibilidad de Murtra, Ochoa y Gayo debe medirse por la correspondencia entre sus afirmaciones y los resultados de la empresa, no por la frecuencia con la que sus mensajes aparecen en los medios de comunicación. Desde el 18 de enero de 2025, la presidencia de Murtra debe evaluarse atendiendo a decisiones, resultados y circunstancias verificables, distinguiendo los problemas heredados de las responsabilidades asumidas durante su mandato. Y en materia de inteligencia artificial, los directivos de Telefónica deben explicar con claridad qué tecnologías poseen, cuáles dependen de terceros, cuánto invierten realmente en desarrollar capacidades propias y qué beneficios concretos obtendrían los ciudadanos de las operaciones de concentración que promueven.

Porque el verdadero peligro comienza cuando una empresa deja de explicar su realidad y empieza a pretender que la realidad se adapte a su discurso. Telefónica no necesita que se confunda su importancia histórica con una posición de liderazgo mundial en inteligencia artificial que los datos examinados en este artículo no acreditan. Tampoco necesita que sus dificultades financieras queden relegadas a un segundo plano detrás de grandes promesas tecnológicas, ni que sus aspiraciones empresariales se presenten como si fueran automáticamente equivalentes al interés general. Necesita inversión eficaz, una estrategia industrial contrastable, capacidad para desarrollar tecnología propia, disciplina financiera y una dirección dispuesta a rendir cuentas con transparencia. Marc Murtra, Borja Ochoa y Emilio Gayo deberían comprender que la inteligencia artificial no es un argumento que pueda utilizarse para justificar cualquier reorganización del mercado, sino una transformación tecnológica cuya importancia se demuestra con conocimiento, investigación, productos y resultados verificables. Y, sobre todo, deberían asumir una evidencia elemental: ningún discurso, por insistente que sea, puede reducir la deuda de una empresa, multiplicar su inversión investigadora, generar propiedad intelectual o convertirla en líder tecnológico mundial. Eso solo pueden conseguirlo las decisiones acertadas, las inversiones efectivas y los hechos comprobables.

Y aquí conviene regresar a Galileo Galilei y a la anécdota con la que comenzaba este post. A comienzos del siglo XVII, sus observaciones astronómicas cuestionaron explicaciones que durante mucho tiempo habían gozado de una enorme autoridad. La resistencia que encontraron algunas de aquellas observaciones recuerda una enseñanza que trasciende su contexto histórico: cuando los hechos contradicen una convicción profundamente arraigada, siempre resulta más cómodo cuestionar las pruebas que revisar las propias certezas. Salvando las evidentes distancias entre una controversia científica de hace cuatro siglos y la estrategia empresarial de una operadora de telecomunicaciones, la comparación permite plantear una pregunta incómoda: ¿están los máximos responsables de Telefónica dispuestos a mirar por el telescopio de los datos, o seguirán insistiendo en un relato sobre inteligencia artificial y fusiones que todavía no han demostrado con resultados suficientes? Porque ese telescopio existe y está al alcance de cualquiera que quiera examinarlo: son las cifras de inversión en investigación y desarrollo, la dependencia de tecnologías externas, la capacidad real para generar propiedad intelectual, los resultados económicos y las advertencias financieras que afectan a la compañía. Ninguno de esos indicadores ofrece por sí solo una explicación completa, pero todos obligan a contrastar las grandes declaraciones con la situación efectiva de Telefónica. Y cuando los datos no respaldan suficientemente una afirmación, la respuesta responsable no consiste en repetirla con mayor insistencia, sino en aportar nuevas pruebas, corregir el diagnóstico o reconocer los límites de lo que se está defendiendo.

Telefónica no puede permitirse confundir lo que es con lo que sus directivos quisieran que fuese. La compañía afronta desafíos tecnológicos, financieros y competitivos que no desaparecerán porque sus responsables multipliquen las declaraciones sobre inteligencia artificial, soberanía digital o la necesidad de fusiones. Desde la llegada de Marc Murtra a la presidencia, el 18 de enero de 2025, corresponde a su equipo directivo gestionar esos desafíos, distinguir los problemas heredados de las decisiones adoptadas durante su mandato y explicar con hechos qué resultados está consiguiendo. Lo verdaderamente preocupante sería que la insistencia en construir un relato de liderazgo tecnológico terminara desplazando la obligación de reconocer las limitaciones actuales de la compañía y de explicar cómo pretende superarlas. Porque cuando el discurso empresarial se distancia demasiado de los hechos, el problema deja de ser exclusivamente de comunicación: se convierte en una cuestión de credibilidad, de estrategia y de responsabilidad ante los accionistas, los trabajadores, los clientes y la sociedad. Galileo nos recuerda que la autoridad no sustituye a la observación. Y Telefónica debería recordar que la autoridad de sus directivos tampoco sustituye a las cifras, a la investigación ni a los resultados.

Al final, la cuestión es tan sencilla como incómoda: no basta con hablar de inteligencia artificial para convertirse en una potencia tecnológica, del mismo modo que no bastaba con negar lo que mostraba el telescopio para cambiar la realidad del universo. Los hechos seguirán ahí, aunque el discurso insista en mirar hacia otro lado. Y cuanto más tiempo se tarde en reconocerlos, más difícil será corregir aquello que revelan.

Ya lo dijo Aldous Huxley: «Los hechos no dejan de existir porque se los ignore».