Existe una conocida anécdota empresarial atribuida a Thomas J. Watson, histórico presidente de IBM. Según la historia, uno de sus ejecutivos tomó una decisión que provocó a la compañía pérdidas de varios millones de dólares. Convencido de que sería despedido, acudió al despacho de Watson y prácticamente dio por hecho su cese. La respuesta que tradicionalmente se atribuye al presidente de IBM fue aproximadamente ésta: «¿Despedirle? Acabamos de gastar varios millones de dólares en su formación».
La anécdota probablemente ha sobrevivido durante décadas porque plantea una cuestión mucho más interesante que su literalidad: ¿cómo se mide realmente el desempeño de un directivo? Un mal resultado puede no significar necesariamente que exista un mal directivo y, de la misma manera, una decisión sobre su continuidad puede obedecer a factores que no aparecen inmediatamente en una cuenta de resultados. Pero precisamente por eso, cuando una compañía invoca el “desempeño” para cuestionar a uno de sus principales ejecutivos, resulta razonable preguntar qué desempeño está midiendo, cuáles eran los objetivos, qué resultados se esperaban y si esa misma vara se utiliza para evaluar a quienes toman la decisión de destituirlo.
La historia de Watson contiene además una enseñanza particularmente incómoda: evaluar no consiste simplemente en buscar a quién atribuir un resultado, sino también en examinar las decisiones de quienes nombran, supervisan y finalmente juzgan a los demás. Y ése es precisamente el interrogante que plantea el caso que nos ocupa hoy en él post.
La posible salida de Borja Ochoa de la presidencia de Telefónica España, apenas año y medio después de su nombramiento, plantea una pregunta difícil de evitar. Si, como se ha publicado, el argumento para justificar su relevo es que su desempeño no habría cubierto las expectativas, ¿qué dicen realmente los números?
En este post analizo la evolución de Telefónica España durante la etapa de Ochoa y aplico después exactamente la misma vara de medir a Marc Murtra y Emilio Gayo al frente del Grupo Telefónica: ingresos, EBITDA, caja, deuda, inversión, clientes, plantilla y remuneración al accionista. Sin atribuir a ningún directivo resultados que no puedan demostrarse y sin elucubraciones: únicamente comparando los datos públicos disponibles.
Porque si el argumento es el desempeño, lo razonable es que el desempeño pueda medirse. Y que la misma vara sirva para todos.
Hoy podemos leer en la prensa nacional que Telefónica prepara un nuevo cambio en su cúpula directiva. Borja Ochoa dejará próximamente la presidencia de Telefónica España, puesto que ocupa desde marzo de 2025, según publica este 15 de septiembre El Debate, que atribuye la información a fuentes conocedoras de primera línea. La información original puede consultarse en la noticia de El Debate sobre la salida de Borja Ochoa.
La salida supondría el final de una etapa particularmente breve. Ochoa llegó a la presidencia ejecutiva de Telefónica España en marzo de 2025, después de una larga trayectoria profesional en Indra, compañía en la que había coincidido con Marc Murtra. Murtra había dejado la presidencia de Indra para convertirse, en enero de aquel mismo año, en presidente de Telefónica y, pocas semanas después, impulsó una profunda reorganización de la dirección de la operadora. Dentro de esos cambios, Emilio Gayo abandonó la presidencia de Telefónica España para convertirse en consejero delegado del Grupo y Borja Ochoa asumió la máxima responsabilidad sobre el negocio español.
La información publicada ahora apunta directamente al desempeño del ejecutivo como motivo de su relevo. Según El Debate, el trabajo de Ochoa no habría cubierto las expectativas depositadas en él. El periódico asegura, citando fuentes internas, que hace unos meses ya se planteó al directivo la conveniencia de abandonar el puesto. Ochoa habría llegado a considerar su dimisión, aunque posteriormente reconsideró esa posibilidad.
Esta circunstancia plantea ahora a Telefónica la necesidad de determinar la fórmula con la que ejecutará el cambio. Según las mismas fuentes citadas por el periódico, si la compañía decide prescindir definitivamente de Ochoa tendría que afrontar su correspondiente indemnización; otra posibilidad sería reubicar al ejecutivo en otra responsabilidad dentro del Grupo manteniendo sus condiciones salariales.
Telefónica estaría estudiando además cómo comunicar un movimiento especialmente sensible debido a la corta permanencia del ejecutivo en el puesto. Ochoa lleva solamente alrededor de un año y medio como presidente de Telefónica España, una de las filiales más importantes del Grupo, y su salida se produciría después de haber llegado al cargo de la mano de la nueva dirección encabezada por Murtra.
La cuestión que permanece abierta es quién asumirá sus funciones. El Debate recoge que en determinados ámbitos se ha apuntado el nombre de Óscar Candiles, actualmente Chief Revenue Officer de Telefónica España y responsable de las áreas generadoras de ingresos. Candiles lleva vinculado a Telefónica España desde 1999 y es considerado uno de los directivos próximos al consejero delegado del Grupo, Emilio Gayo. El periódico presenta esta posibilidad como una especulación y no como una decisión adoptada por Telefónica.
La otra posibilidad señalada por las fuentes consultadas por el medio tendría un alcance organizativo mayor: el puesto de presidente de Telefónica España podría desaparecer y sus funciones pasar directamente al consejero delegado del Grupo, Emilio Gayo. Tampoco esta alternativa figura como una decisión confirmada, sino como uno de los escenarios contemplados alrededor de la reorganización.
El eventual relevo de Ochoa se produciría, además, dentro de un proceso de reestructuración más amplio en Telefónica. La compañía ha reducido considerablemente su perímetro después de vender buena parte de sus filiales iberoamericanas, circunstancia que está modificando el peso de sus diferentes mercados y su propia estructura corporativa. Según las fuentes recogidas por El Debate, se esperan nuevas reorganizaciones debido tanto al menor tamaño actual del Grupo como a una situación económica heredada de la etapa anterior que habría resultado peor de lo esperado.
En este nuevo mapa de Telefónica, España continúa siendo absolutamente estratégica. Al cierre de 2025, según las cifras recogidas por el periódico, el negocio español generaba 13.102 millones de euros de ingresos, equivalentes al 37% de la facturación del Grupo, y aportaba 4.691 millones de euros de EBITDA, el 39,3% del total.
Durante el primer semestre de 2026 el peso relativo de España aumentó todavía más. Telefónica obtuvo en el país 6.513 millones de euros de ingresos, el 39,7 % del total del Grupo, y 2.301 millones de EBITDA, equivalentes al 39,8 %. España continúa así junto a Brasil como uno de los dos pilares fundamentales de la operadora después de la reducción de su presencia en Hispanoamérica.
Precisamente estos datos introducen un elemento importante a la hora de interpretar el relevo. La información de El Debate no atribuye la salida de Borja Ochoa a una caída de los ingresos o del EBITDA de Telefónica España. Lo que afirma el periódico, sobre la base de sus fuentes, es que su desempeño no habría respondido a las expectativas de la dirección, dentro de un contexto en el que Telefónica continúa reorganizando su estructura tras la llegada de Marc Murtra y la reducción del perímetro internacional del Grupo.
De hecho, las cifras españolas recogidas en la propia información muestran que España mantiene un peso creciente dentro de Telefónica. Por eso, con los datos actualmente publicados, no puede establecerse que el relevo se deba a un deterioro financiero del negocio español. El motivo concreto que aporta El Debate es otro: la dirección no estaría satisfecha con el rendimiento de Ochoa respecto de las expectativas que acompañaron su nombramiento.
La decisión supondría también otro movimiento relevante en el equipo configurado por Marc Murtra desde su llegada a Telefónica. Ochoa procedía de Indra, donde había trabajado desde 2002 y había ocupado, entre otras responsabilidades, las direcciones generales de Minsait y de Defensa y Seguridad. Su nombramiento en marzo de 2025 formó parte de una remodelación en la que también entraron en puestos relevantes otros ejecutivos procedentes de Indra.
A fecha de publicación de la información, Telefónica no ha comunicado oficialmente ni la salida de Borja Ochoa, ni su sustituto, ni la eventual desaparición de la presidencia de Telefónica España. Lo que publica El Debate es que el relevo está siendo preparado y que la compañía analiza cómo materializarlo. Por tanto, hasta que exista una comunicación corporativa, lo confirmado por el medio a través de sus fuentes es la preparación de la salida; las fórmulas para ejecutarla y la identidad de quien asumiría posteriormente las funciones permanecen abiertas.
Borja Ochoa fue nombrado presidente ejecutivo de Telefónica España el 6 de marzo del año 2025. Ese día, el Consejo de Administración de Telefónica, a propuesta de Marc Murtra, aprobó su nombramiento para sustituir a Emilio Gayo, que pasó a ser consejero delegado del Grupo. A partir de esa fecha, la evolución de Telefónica España presenta una característica bastante clara: el negocio español ha pasado de una recuperación moderada de los ingresos a crecer simultáneamente en ingresos, EBITDA y actividad comercial, y esa aceleración se ha mantenido hasta el último dato publicado, correspondiente al primer semestre del año 2026. Al mismo tiempo, la compañía ha iniciado un ajuste laboral muy importante que todavía no aparece completamente reflejado en las cifras anuales de plantilla disponibles ya que el mismo no está concluido.
El punto de partida: Telefónica España cuando llega Borja Ochoa
Para medir correctamente su evolución hay que partir del cierre de 2024, porque es la fotografía inmediatamente anterior a su nombramiento. Telefónica España terminó aquel ejercicio con 12.791 millones de euros de ingresos, frente a 12.654 millones en 2023, lo que suponía un crecimiento del 1,1%. Excluyendo la venta de terminales, los ingresos fueron 12.259 millones, un 1,0% más. El negocio minorista alcanzó 10.092 millones, creciendo un 2,2%, mientras que los ingresos mayoristas y otros retrocedieron un 4,3%, hasta 2.167 millones.
En clientes, la situación era igualmente bastante definida. A diciembre del año 2024 Telefónica España tenía 21,1 millones de accesos móviles, un 4,7% más; 6 millones de accesos minoristas de banda ancha fija; 5,6 millones de accesos FTTH, un 5,1% más; 3,5 millones de accesos de televisión de pago, un 2,7% más, y 3,4 millones de accesos mayoristas. La fibra llegaba a 30,8 millones de unidades inmobiliarias.
Por tanto, Ochoa recibe en marzo de 2025 un negocio que ya había vuelto al crecimiento, pero a un ritmo relativamente reducido: +1,1% en ingresos en 2024.
2025: primer ejercicio bajo la nueva dirección
El cambio más significativo durante 2025 es que Telefónica España consigue extender el crecimiento a las principales variables financieras y comerciales. El ejercicio terminó con 13.012 millones de euros de ingresos, frente a los 12.791 millones de 2024. Eso representa aproximadamente 221 millones adicionales y un crecimiento del 1,7%.
La secuencia resulta relevante:
2023: 12.654 M€ → 2024: 12.791 M€ (+1,1%) → 2025: 13.012 M€ (+1,7%).
Es decir, durante 2025 no solamente continúa creciendo la facturación, sino que la velocidad de crecimiento aumenta alrededor de seis décimas.
El cuarto trimestre resulta especialmente significativo. Entre octubre y diciembre de 2025 los ingresos de Telefónica España crecieron un 1,8% interanual, mientras que el EBITDA ajustado aumentó un 1,1%. Telefónica calificó 2025 como su mejor ejercicio comercial en España desde 2018. Además, ingresos, EBITDA ajustado y flujo de caja operativo ajustado después de arrendamientos crecieron simultáneamente en el conjunto del ejercicio por primera vez desde 2008.
Este último dato es probablemente uno de los más relevantes para evaluar el período: no se trata únicamente de crecimiento de ventas; durante 2025 Telefónica España consiguió crecimiento simultáneo de ingresos, EBITDA y generación operativa de caja.
2026: el crecimiento se acelera
El primer trimestre de 2026 muestra una aceleración adicional. Telefónica España obtuvo 3.233 millones de euros de ingresos, un 2,0% más interanual, y un EBITDA ajustado de 1.150 millones, también un 2,0% superior.
La progresión de ingresos, por tanto, pasa aproximadamente de:
+1,1% en 2024 → +1,7% en 2025 → +2,0% en el primer trimestre de 2026.
Pero el segundo trimestre mejora todavía más. Entre abril y junio de 2026, Telefónica España obtuvo 3.279 millones de euros de ingresos, +2,9%, mientras que el EBITDA ajustado alcanzó 1.151 millones, +2,3%.
En el conjunto del primer semestre, Telefónica España acumuló 6.513 millones de euros de ingresos, +2,5%, y 2.301 millones de EBITDA ajustado, +2,1%.
La trayectoria desde el nombramiento de Ochoa es, por tanto, bastante nítida:
Ingresos: +1,7% en 2025 → +2,0% en T1 2026 → +2,9% en T2 2026.
EBITDA ajustado: +1,1% en T4 2025 → +2,0% en T1 2026 → +2,3% en T2 2026.
Esto significa que el crecimiento del negocio español no solamente se mantiene en 2026 sino que, hasta junio, se está acelerando.
Rentabilidad: aproximadamente un 35% de EBITDA ajustado sobre ventas
Los 2.301 millones de EBITDA ajustado obtenidos sobre 6.513 millones de ingresos durante enero-junio de 2026 equivalen a aproximadamente un 35,3% de EBITDA ajustado sobre ingresos. En el segundo trimestre aislado son 1.151 millones sobre 3.279 millones, aproximadamente un 35,1%.
Por tanto, el crecimiento de ingresos del período no se está produciendo a costa de una reducción visible de la rentabilidad operativa; ingresos y EBITDA están creciendo simultáneamente.
ARPU: alrededor de 91 euros por cliente
Otro indicador significativo es el ingreso medio por cliente. En el primer trimestre de 2026 el ARPU de Telefónica España alcanzó 91,5 euros. En el segundo trimestre fue de 91,1 euros. Por tanto, durante el último semestre publicado se mantiene alrededor de 91 euros por cliente, sin que la aceleración comercial esté asociada a un deterioro apreciable de esta métrica.
Churn: mínimo histórico
Probablemente uno de los mejores indicadores operativos del período es el churn, es decir, el porcentaje de clientes que abandonan la compañía. En el primer trimestre de 2026 descendió hasta el 0,7%, mínimo histórico, y en el segundo trimestre se mantuvo en ese mismo 0,7%. Es importante porque significa que la mejora comercial coincide con la tasa de abandono más baja registrada por Telefónica España.
Líneas móviles: supera los 16 millones de contrato
En marzo de 2026, Telefónica España superó por primera vez los 16 millones de líneas móviles de contrato. Tres meses después, en junio, esa base continuaba por encima de los 16 millones. Como referencia, al terminar 2024 la planta móvil total era de 21,1 millones de accesos y ya crecía un 4,7%. El dato confirma que la base móvil de mayor valor —el contrato— ha continuado creciendo durante la etapa Ochoa.
IoT: el crecimiento más espectacular
Donde se produce un cambio cuantitativamente extraordinario es en las líneas IoT. En marzo de 2026 Telefónica España había superado los 25 millones de líneas IoT, aproximadamente cuatro veces la cifra de marzo de 2025. En junio alcanzó 25,82 millones, lo que representa un crecimiento interanual del 197,9%. Por tanto, IoT es con diferencia una de las áreas con mayor expansión en número de conexiones durante este período.
Fibra y 5G
Al llegar Ochoa, Telefónica España tenía al cierre de 2024 5,6 millones de accesos minoristas FTTH, un 5,1% más que un año antes, y una red de fibra que alcanzaba 30,8 millones de unidades inmobiliarias.
En 2025 continuó la inversión en infraestructura. La inversión en inmovilizado material de Telefónica España ascendió a 899 millones de euros, frente a 1.052 millones en 2024, una reducción aproximada del 14,5%, manteniéndose el despliegue de fibra y el desarrollo de 5G. Al terminar 2025 la cobertura 5G en España alcanzaba el 95% de la población, nivel que se mantenía en marzo de 2026. Aquí se aprecia otro elemento: Telefónica España ha conseguido aumentar ingresos y EBITDA mientras reduce la inversión material anual, después de años de despliegues muy intensivos de fibra y redes móviles.
Plantilla: aquí está produciéndose el cambio estructural más importante
Conviene distinguir dos cifras que suelen confundirse. La plantilla del segmento Telefónica España no es lo mismo que todos los trabajadores del Grupo Telefónica físicamente ubicados en España.
En el segmento Telefónica España, la plantilla media pasó de 19.055 empleados en 2024 a 18.318 en 2025, una reducción de 737 personas, aproximadamente un 3,9%. Sin embargo, la plantilla a cierre de ejercicio pasó de 18.305 personas en diciembre de 2024 a 18.396 en diciembre de 2025.
Por tanto, no sería correcto afirmar que durante 2025 la plantilla final de Telefónica España cayó significativamente: la plantilla media sí disminuyó, pero la fotografía a 31 de diciembre quedó prácticamente estable e incluso ligeramente por encima de 2024.
Ahora bien, a finales de 2025 se toma una decisión que cambia radicalmente esta variable a partir de 2026. Telefónica acordó con los sindicatos mayoritarios: UGT, CCOO Y Sumados, planes de salida para alrededor de 5.500 empleados en siete sociedades españolas. El acuerdo incluye a: Telefónica de España, Telefónica Móviles España, Telefónica Soluciones, Movistar Plus+, Telefónica Global Solutions, Telefónica Innovación Digital y Telefónica S.A.
Las salidas comenzaron a ejecutarse desde el primer trimestre de 2026. Telefónica estimó una provisión de alrededor de 2.500 millones de euros y unos ahorros recurrentes próximos a 600 millones de euros anuales a partir de 2028, de los cuales aproximadamente 500 millones corresponderían a Telefónica España y Movistar Plus+. El efecto sobre generación de caja se esperaba positivo ya desde 2026.
Por ello, la gran reducción de plantilla asociada a la etapa iniciada en 2025 todavía no puede medirse correctamente con una cifra anual de empleados comparable, porque el último cierre auditado disponible es diciembre de 2025, justo antes de que comenzaran buena parte de las salidas.
La fotografía de plantilla española más amplia
Si en vez del segmento operativo se consideran todas las empresas del Grupo Telefónica basadas en España, la propia compañía informa actualmente de 25.516 empleados, de los que el 99,4% tienen contrato indefinido. Esta cifra tiene un perímetro distinto y por ello no debe compararse directamente con los 18.396 empleados del segmento Telefónica España.
Ese matiz es importante: 18.396 corresponde al segmento Telefónica España a cierre de 2025; 25.516 comprende todas las empresas del Grupo radicadas en España.
Qué ha sucedido con los costes laborales
La reestructuración tendrá inicialmente un efecto contable negativo muy elevado, porque Telefónica ha tenido que provisionar aproximadamente 2.500 millones de euros antes de impuestos por los planes de salida.
Sin embargo, la compañía calcula que el coste se transforma posteriormente en ahorro estructural: aproximadamente 600 millones anuales desde 2028, con efecto positivo sobre caja ya desde 2026.
Esto significa que 2025-2026 constituye un período de coste extraordinario por reestructuración, mientras que el ahorro recurrente se materializará progresivamente. No es correcto, por tanto, comparar el resultado neto de 2025 con ejercicios anteriores sin separar este efecto.
Evolución resumida desde marzo de 2025
Tomando exclusivamente datos publicados y sin atribuir causalidad personal a Borja Ochoa, la fotografía hasta el último resultado disponible, junio de 2026, es la siguiente:
|
Métrica |
Situación previa / 2024 |
2025 |
Último dato 2026 |
|
Ingresos España |
12.791 M€; +1,1% |
13.012 M€; +1,7% |
6.513 M€ S1; +2,5% |
|
Crecimiento trimestral ingresos |
— |
+1,8% T4 |
+2,0% T1 / +2,9% T2 |
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EBITDA ajustado |
— |
crecimiento anual |
2.301 M€ S1; +2,1% |
|
EBITDA ajustado T2 |
— |
— |
1.151 M€; +2,3% |
|
ARPU |
— |
— |
91,1 € T2 |
|
Churn |
— |
— |
0,7%, mínimo histórico |
|
Móvil contrato |
crecimiento |
crecimiento |
>16 millones |
|
IoT |
— |
— |
25,82 M; +197,9% interanual |
|
Cobertura 5G |
despliegue |
95% |
≈95% |
|
Plantilla segmento |
18.305 final 2024 |
18.396 final 2025 |
salidas en ejecución |
|
Plantilla media |
19.055 |
18.318 (-3,9%) |
sin cierre anual comparable |
|
Capex material España |
1.052 M€ |
899 M€ (-14,5%) |
— |
|
Plan de salidas España |
— |
≈5.500 acordadas |
ejecución desde T1 2026 |
|
Ahorro previsto del ajuste |
— |
— |
≈600 M€/año desde 2028 en las 7 sociedades |
Fuentes principales para seguir la serie directamente: resultados trimestrales de Telefónica 2025 y resultados trimestrales de Telefónica 2026. Para plantilla y cuentas auditadas, la referencia más sólida es la Memoria Anual Consolidada 2025 de la CNMV.
Balance hasta hoy
Desde el nombramiento de Borja Ochoa, Telefónica España ha mejorado progresivamente su ritmo de crecimiento de ingresos. El negocio venía de crecer un 1,1% en 2024; creció un 1,7% en 2025 y ha pasado a +2,5% en el primer semestre de 2026, con una aceleración hasta +2,9% en el segundo trimestre.
La mejora no se limita a facturación. El EBITDA ajustado crece un 2,1% en el primer semestre de 2026, mientras que el churn se encuentra en mínimo histórico del 0,7%, las líneas móviles de contrato han superado los 16 millones, el IoT alcanza 25,82 millones de líneas y la cobertura 5G se sitúa alrededor del 95% de la población española.
También se observa una mejora en eficiencia de capital: la inversión material descendió de 1.052 millones en 2024 a 899 millones en 2025 (-14,5%), al tiempo que crecían ingresos y resultados operativos.
La variable que todavía está en plena transformación es la plantilla. A cierre de 2025 el segmento Telefónica España tenía 18.396 empleados, prácticamente igual que un año antes, pero el acuerdo posterior contempla unas 5.500 salidas en siete sociedades españolas, iniciadas en 2026. El impacto final todavía no puede medirse con datos anuales auditados comparables.
En consecuencia, hasta el último dato oficial disponible, la etapa iniciada en marzo de 2025 coincide con una aceleración observable de los ingresos, crecimiento del EBITDA, mínimos históricos de abandono de clientes, expansión de las líneas de contrato e IoT y menor intensidad inversora. Paralelamente, Telefónica ha emprendido una reducción estructural de costes y plantilla cuyo efecto completo todavía está por materializarse.
Hay además un límite temporal importante: a 15 de septiembre de 2026 todavía no existen resultados de Telefónica correspondientes al tercer trimestre de 2026. La compañía tiene prevista su publicación para el 12 de noviembre de 2026, por lo que junio de 2026 es el último punto financiero oficial comparable disponible hoy.
El desempeño de Marc Murtra y Emilio Gayo al frente de Telefónica desde su llegada
Si para valorar el desempeño de Borja Ochoa al frente de Telefónica España utilizamos la evolución de los ingresos, EBITDA, generación de caja, deuda, inversión, clientes y plantilla, resulta razonable aplicar exactamente el mismo criterio al equipo que dirige el conjunto del Grupo Telefónica. En este caso, Marc Murtra asumió la presidencia ejecutiva de Telefónica el 18 de enero de 2025, mientras que Emilio Gayo fue nombrado consejero delegado el 6 de marzo de 2025, por lo que ambos constituyen los dos principales responsables ejecutivos de la compañía durante prácticamente todo el período objeto de análisis. La comparación, no obstante, exige una cautela metodológica importante: Telefónica ha cambiado considerablemente su perímetro desde comienzos de 2025, especialmente como consecuencia de las desinversiones realizadas en Hispanoamérica. Por ello, una simple comparación de ingresos, clientes o empleados absolutos entre 2024 y 2025 podría ofrecer una imagen distorsionada. Para evitarlo, siempre que resulta posible es necesario utilizar las tasas comparables proporcionadas por la propia compañía y diferenciar entre operaciones continuadas y discontinuadas.
El punto de partida es especialmente relevante para valorar la evolución posterior. Marc Murtra llega a la presidencia de un Grupo Telefónica que acababa de cerrar 2024 con 41.315 millones de euros de ingresos, un crecimiento orgánico del 1,6%, y con un EBITDA que también crecía orgánicamente un 1,2%. El flujo de caja libre alcanzaba 2.634 millones de euros, un 14,1% más que el año anterior, y la compañía había cumplido todos los objetivos financieros establecidos para aquel ejercicio. La deuda financiera neta se situaba en 27.161 millones de euros, después de haberse reducido en 1.537 millones durante 2024, mientras que el apalancamiento se encontraba en 2,58 veces EBITDAaL. La inversión, excluyendo espectro, había sido de 5.318 millones, un 1,4% inferior a la del ejercicio anterior, y representaba el 12,9% de los ingresos. En clientes, el Grupo cerraba 2024 con aproximadamente 390 millones de accesos, un 1% más, 84,6 millones de unidades inmobiliarias pasadas con fibra y una importante presencia de redes 5G en sus principales mercados. Por tanto, Murtra no recibe en enero de 2025 una compañía cuyos principales indicadores operativos estuvieran cayendo: el ejercicio inmediatamente anterior había terminado con crecimiento de ingresos, EBITDA, caja operativa y flujo de caja libre, reducción de deuda y cumplimiento de los objetivos financieros anunciados por Telefónica. (resultados de Telefónica correspondientes a 2024)
El primer ejercicio de Murtra y Gayo, 2025, ofrece una fotografía bastante más compleja de lo que permitiría afirmar simplemente que Telefónica creció o decreció. Los ingresos reportados del Grupo fueron de 35.120 millones de euros, frente a los 41.315 millones comunicados para 2024. Esta caída nominal, sin embargo, no representa por sí misma un deterioro del negocio, porque durante 2025 Telefónica vendió diversas operaciones en Hispanoamérica y modificó sustancialmente su perímetro de consolidación. Utilizando la comparación homogénea que proporciona la propia compañía, los ingresos crecieron un 1,5% en términos constantes durante 2025, el EBITDA ajustado aumentó un 2,0% y el flujo de caja operativo ajustado después de arrendamientos creció un 5,9%. Desde esa perspectiva, el negocio operativo del Grupo continuó creciendo durante el primer ejercicio de Murtra y Gayo, aunque el ritmo de crecimiento de los ingresos no representa una aceleración significativa respecto al ejercicio inmediatamente anterior: Telefónica crecía orgánicamente un 1,6% en 2024 y lo hizo un 1,5% en términos constantes durante 2025. Lo que sí puede afirmarse es que la compañía mantuvo el crecimiento operativo pese a la profunda reorganización de su perímetro internacional. (resultados de Telefónica correspondientes a 2025)
El resultado neto introduce, sin embargo, otra variable que necesariamente debe formar parte de cualquier valoración del ejercicio. Telefónica terminó 2025 con unas pérdidas netas de 4.318 millones de euros. La propia compañía explica que 2.049 millones correspondieron a pérdidas de operaciones continuadas afectadas por factores extraordinarios, entre ellos costes de reestructuración y deterioros de activos, mientras que otros 2.269 millones de pérdidas procedieron de operaciones discontinuadas, fundamentalmente como consecuencia de las minusvalías asociadas a las desinversiones realizadas en Hispanoamérica. Al eliminar estos efectos extraordinarios, el beneficio neto ajustado de las operaciones continuadas fue de 2.122 millones de euros. Por tanto, las dos cifras deben presentarse conjuntamente para realizar una comparación rigurosa: Telefónica perdió contablemente 4.318 millones de euros en 2025, pero sus negocios continuados generaron un beneficio neto ajustado de 2.122 millones. Presentar exclusivamente las pérdidas daría una imagen incompleta, pero omitirlas y mostrar solamente el resultado ajustado tampoco reflejaría fielmente las cuentas publicadas por la compañía. (resultados anuales de Telefónica de 2025)
El EBITDA presenta una evolución más favorable. En 2024 había aumentado orgánicamente aproximadamente un 1,2%, mientras que durante 2025 el EBITDA ajustado creció un 2,0% en términos constantes, hasta alcanzar 11.918 millones de euros. Aquí sí aparece una mejora del ritmo en las cifras publicadas por la compañía, aunque las definiciones utilizadas por Telefónica han evolucionado y, por tanto, la comparación debe hacerse con cierta cautela. Más significativa resulta la evolución del flujo de caja libre. Telefónica había generado 2.634 millones de euros en 2024, un 14,1% más que en 2023, mientras que en 2025 el flujo de caja libre de las operaciones continuadas se situó en 2.069 millones de euros. Nuevamente existe una diferencia de perímetro que impide equiparar ambas cantidades mecánicamente, pero la cifra absoluta publicada pasa de 2.634 millones en 2024 a 2.069 millones en 2025. Telefónica había previsto inicialmente para 2025 una generación de caja similar a la del ejercicio anterior, posteriormente revisó su objetivo y finalmente terminó superando los 2.000 millones correspondientes a operaciones continuadas.
La deuda ofrece inicialmente uno de los indicadores favorables durante la etapa de Murtra y Gayo, aunque la fotografía resulta menos positiva cuando incorporamos las obligaciones por arrendamientos. Marc Murtra recibió Telefónica con una deuda financiera neta de 27.161 millones de euros a 31 de diciembre de 2024, que un año después había descendido hasta 26.824 millones y que, a 30 de junio de 2026, se situaba en 25.278 millones de euros. Vista exclusivamente desde esta métrica, la evolución es favorable: desde el cierre de 2024 hasta junio de 2026 la deuda financiera neta se ha reducido en 1.883 millones de euros, aproximadamente un 6,9%. Sin embargo, para obtener una visión más completa del endeudamiento conviene incorporar también los arrendamientos, obligaciones que Telefónica incluye expresamente entre sus medidas alternativas de deuda y solvencia. A finales de 2024, los arrendamientos netos ascendían a 8.275 millones de euros, de manera que la deuda financiera neta más arrendamientos alcanzaba realmente los 35.436 millones. Al cierre de 2025, los arrendamientos netos se habían reducido hasta 7.920 millones, situando la deuda financiera neta incluyendo arrendamientos en 34.744 millones. A 30 de junio de 2026, sin embargo, los arrendamientos habían aumentado ligeramente hasta 8.004 millones, mientras que la deuda financiera neta incluyendo arrendamientos descendía hasta 33.282 millones de euros. La secuencia completa es, por tanto, 35.436 millones en diciembre de 2024 → 34.744 millones en diciembre de 2025 → 33.282 millones en junio de 2026.
Esta medida permite matizar considerablemente la primera lectura. Si observamos únicamente la deuda financiera neta, la reducción desde la llegada de Murtra es de 1.883 millones, un 6,9%; si incorporamos los arrendamientos, la reducción del endeudamiento pasa de 35.436 a 33.282 millones, es decir, 2.154 millones de euros, aproximadamente un 6,1%. Por tanto, también incluyendo arrendamientos existe una reducción real y apreciable del endeudamiento, aunque Telefónica continúa soportando a junio de 2026 más de 33.000 millones de euros de deuda financiera neta incluyendo obligaciones por arrendamientos. Además, los arrendamientos han dejado de descender: pasan de 7.920 millones en diciembre de 2025 a 8.004 millones en junio de 2026, un incremento de 84 millones durante el primer semestre.
Existe todavía una tercera medida que ayuda a completar la fotografía: los compromisos relacionados con prestaciones a empleados. A finales de 2024, Telefónica presentaba una deuda financiera neta más arrendamientos y compromisos de 39.225 millones de euros. Al terminar 2025 esta magnitud había aumentado hasta 39.799 millones, a pesar de que la deuda financiera neta había disminuido. La explicación está en que los compromisos netos por prestaciones a empleados aumentaron desde 3.789 millones en 2024 hasta 5.055 millones en 2025, en un ejercicio marcado por los nuevos planes de reestructuración de plantilla. Por ello, si ampliamos todavía más el concepto de endeudamiento e incorporamos no solamente los arrendamientos sino también los compromisos netos con empleados, la posición al cierre de 2025 era 574 millones de euros superior a la existente al cierre de 2024.
Por último, esta evolución debe ponerse en relación con el apalancamiento. Telefónica presentaba una ratio de 2,58 veces deuda financiera neta sobre EBITDAaL al cierre de 2024; terminó 2025 en 2,78 veces y en junio de 2026 había mejorado hasta 2,68 veces. Por consiguiente, la deuda absoluta ha disminuido tanto excluyendo como incluyendo arrendamientos, pero la ratio de apalancamiento de junio de 2026 continúa por encima de la existente cuando Murtra llegó a la presidencia. La conclusión más precisa no es, por tanto, limitarse a afirmar que Telefónica ha reducido su deuda: desde finales de 2024 hasta junio de 2026 la deuda financiera neta ha bajado un 6,9% y la deuda financiera neta incluyendo arrendamientos un 6,1%, pero el apalancamiento continúa por encima del nivel de diciembre de 2024 y, si se añaden también los compromisos con empleados, al cierre de 2025 las obligaciones agregadas eran superiores a las existentes un año antes. La evolución oficial de estas magnitudes puede consultarse directamente en la página de deuda y financiación de Telefónica.
La plantilla constituye otra de las grandes transformaciones de Telefónica durante este período, pero las cifras necesitan ser interpretadas teniendo en cuenta las desinversiones. Las cuentas consolidadas muestran que Telefónica tenía una plantilla final de 100.870 trabajadores en 2024 y que al finalizar 2025 había descendido hasta 82.655 empleados. La reducción nominal es de 18.215 trabajadores, aproximadamente un 18,1% en un solo ejercicio, pero sería incorrecto identificar esa cifra directamente con despidos o bajas producidas dentro de las mismas sociedades. Una parte muy importante procede de la salida del perímetro de las operaciones vendidas en Hispanoamérica. La contabilidad permite comprobarlo: la plantilla final correspondiente a las operaciones continuadas pasó de 78.248 trabajadores en 2024 a 77.252 en 2025, una reducción de 996 personas, aproximadamente un 1,3%, mientras que los empleados correspondientes a operaciones discontinuadas pasaron de 22.622 a solamente 5.403. En consecuencia, la reducción del 18,1% de la plantilla total está explicada fundamentalmente por la disminución del perímetro del Grupo y no por 18.215 salidas laborales dentro de las mismas sociedades. (cuentas consolidadas de Telefónica correspondientes a 2025)
En España, de hecho, el número de empleados del Grupo pasó de 25.086 en 2024 a 25.516 en 2025, según la información social publicada por Telefónica. Esta situación comienza a cambiar sustancialmente en 2026 porque, ya bajo la dirección de Murtra y Gayo, la compañía acordó aproximadamente 5.500 salidas en siete sociedades españolas. El proceso implica una provisión próxima a 2.500 millones de euros y Telefónica calcula que producirá unos importantes ahorros recurrentes una vez completado. Es una transformación de suficiente magnitud como para que sus efectos sobre costes, productividad, plantilla y generación de caja tengan que analizarse durante varios ejercicios antes de poder determinar su resultado definitivo. (acuerdo sobre los planes de salidas en España)
La inversión también se ha reducido durante la nueva etapa. En 2024 Telefónica había invertido 5.318 millones de euros excluyendo espectro, mientras que durante 2025 la inversión correspondiente a las operaciones continuadas ascendió aproximadamente a 4.340 millones, con una reducción del 7,2% en términos comparables, y la ratio CapEx sobre ingresos quedó situada en el 12,4%. La compañía, por tanto, ha conseguido mantener crecimiento de ingresos y EBITDA mientras reduce la intensidad inversora, circunstancia que contribuye a explicar la estrategia de mejora de generación de caja y reducción de deuda que está desarrollando la nueva dirección.
Algo similar sucede con los clientes. Telefónica cerró 2024 con aproximadamente 390 millones de accesos y a finales de 2025 comunicaba 326,1 millones, pero nuevamente sería incorrecto concluir que Telefónica perdió simplemente unos 64 millones de clientes. La reducción del perímetro provocada por las desinversiones en Hispanoamérica altera radicalmente la comparación. Lo relevante es observar la evolución del negocio que permanece dentro de Telefónica. A junio de 2026, el Grupo tenía 299,8 millones de accesos, un 5,3% más que un año antes en términos comparables. Los accesos FTTH aumentaron un 8,3%, hasta 14,2 millones, mientras que la red propia y participada alcanzaba 76,6 millones de unidades inmobiliarias FTTH, un 7% más. Por tanto, el Grupo Telefónica es considerablemente más pequeño en número absoluto de accesos como consecuencia de las desinversiones, pero la base comparable de clientes está creciendo. (resultados del primer semestre de 2026)
Existe otra decisión especialmente relevante para valorar la gestión desde la perspectiva del accionista: la reducción del dividendo. En febrero de 2025 Telefónica había anunciado 0,30 euros por acción correspondientes a 2025, cantidad que se mantuvo y fue abonada en dos pagos de 0,15 euros. Sin embargo, con el nuevo plan estratégico presentado por Murtra en noviembre de 2025, Telefónica estableció para 2026 un dividendo de 0,15 euros por acción, pagadero en junio de 2027. Esto supone reducir a la mitad, un 50%, el dividendo anual por acción respecto a los 0,30 euros anteriores. La explicación oficial de Telefónica es que la nueva política pretende vincular la remuneración al flujo de caja libre, garantizar las inversiones necesarias y facilitar la reducción del apalancamiento dentro del plan estratégico. Independientemente de la valoración que pueda hacerse de esa estrategia, el hecho cuantificable es que durante la presidencia de Murtra se ha aprobado una reducción del dividendo de 0,30 a 0,15 euros por acción para 2026. (política de remuneración al accionista de Telefónica)
Los resultados del primer semestre de 2026 muestran una mejora de las principales variables operativas, pero esta evolución debe interpretarse teniendo muy presente que la comparación se realiza sobre un perímetro de Telefónica sustancialmente más reducido que el existente cuando Marc Murtra llegó a la presidencia en enero de 2025. Telefónica obtuvo durante los seis primeros meses de 2026 16.392 millones de euros de ingresos, un 1,7% más a tipos de cambio reales pero solamente un 0,4% más a tipos de cambio constantes, mientras que el EBITDA ajustado alcanzó 5.768 millones, un 3,8% más. El beneficio neto ajustado de las operaciones continuadas fue de 954 millones y el flujo de caja libre de las operaciones continuadas alcanzó 944 millones de euros. El segundo trimestre mostró una aceleración, con un crecimiento del EBITDA ajustado del 6,4% a tipos de cambio reales y del flujo de caja operativo ajustado después de arrendamientos del 6,7%, lo que llevó a Telefónica a elevar su previsión de crecimiento del OpCFaL ajustado para 2026 desde más del 2% hasta más del 3%. Sin embargo, estas tasas de crecimiento no comparan la Telefónica de 2026 con todo el Grupo que Murtra recibió a comienzos de 2025, sino fundamentalmente con un 2025 reexpresado y adaptado al perímetro de operaciones que continúan formando parte del Grupo. Durante este período Telefónica ha ejecutado una profunda retirada de Hispanoamérica: en 2025 completó las ventas de Argentina, Perú, Uruguay y Ecuador, mientras que durante el primer trimestre de 2026 cerró las salidas de Colombia y Chile y posteriormente avanzó en la venta de México. La propia compañía proporciona en sus resultados de 2026 datos financieros de 2025 reexpresados precisamente para permitir una comparación homogénea después de estos cambios de perímetro. Por ello, afirmar simplemente que Telefónica crece un 1,7% en ingresos en el primer semestre de 2026 puede resultar incompleto si no se explica simultáneamente que se está midiendo el crecimiento de una Telefónica considerablemente más pequeña que la que existía al comienzo de la presidencia de Murtra. De hecho, una de las cifras más ilustrativas de esta reducción de tamaño es que el Grupo que cerró 2024, inmediatamente antes de su llegada, había generado 41.315 millones de euros de ingresos, mientras que en 2025 Telefónica reportó 35.120 millones, aunque esta caída tampoco puede interpretarse íntegramente como deterioro operativo porque está afectada precisamente por las desinversiones y por los tipos de cambio. La lectura más rigurosa es, por tanto, doble: el núcleo de negocios que Telefónica conserva está mejorando operativamente y en el primer semestre de 2026 crecen ingresos, EBITDA y generación operativa de caja; pero ese crecimiento se produce sobre un perímetro reducido tras la salida de buena parte de Hispanoamérica y no significa que el Grupo, considerado con el tamaño y las filiales que tenía cuando Murtra asumió la presidencia, haya crecido en términos absolutos. Por eso, para valorar el desempeño de Murtra y Gayo desde su llegada deben contemplarse conjuntamente ambas realidades: mejora de las métricas comparables del negocio que permanece y, simultáneamente, una reducción muy significativa del tamaño y del perímetro del Grupo mediante desinversiones. Los resultados y las series reexpresadas pueden consultarse en los resultados oficiales de Telefónica del primer semestre de 2026 y en la documentación financiera de 2026, donde Telefónica publica expresamente los datos de 2025 reexpresados.
Si agrupamos todas estas cifras para valorar objetivamente la gestión de Murtra y Gayo, el resultado es necesariamente mixto. Desde su llegada, Telefónica presenta resultados positivos en diferentes indicadores operativos y financieros: los ingresos comparables continúan creciendo; el EBITDA ajustado aumentó un 2% en 2025 y un 3,8% durante el primer semestre de 2026; la deuda financiera neta ha descendido desde 27.161 millones al cierre de 2024 hasta 25.278 millones en junio de 2026; la intensidad inversora se ha reducido y la base comparable de accesos crece actualmente un 5,3%. Frente a estas mejoras existen otros datos menos favorables: Telefónica cerró 2025 con unas pérdidas contables de 4.318 millones de euros, aunque una parte sustancial responde a desinversiones, deterioros y reestructuraciones; el flujo de caja libre publicado pasó de 2.634 millones en 2024 a 2.069 millones en las operaciones continuadas de 2025, aunque el perímetro no es idéntico; el apalancamiento se encuentra en 2,68 veces frente a las 2,58 veces existentes al cierre de 2024; y el dividendo anual previsto para 2026 se ha reducido un 50%, desde 0,30 hasta 0,15 euros por acción.
También se ha producido una contracción extraordinariamente importante del tamaño nominal del Grupo. Los ingresos reportados pasan de 41.315 millones en 2024 a 35.120 millones en 2025, mientras que la plantilla final desciende desde 100.870 hasta 82.655 trabajadores. Sin embargo, ninguna de estas dos reducciones puede utilizarse aisladamente como indicador de deterioro operativo, porque ambas están fuertemente condicionadas por la venta de negocios en Hispanoamérica. Exactamente el mismo criterio debe aplicarse a las pérdidas de 2025: los 4.318 millones de pérdidas constituyen el resultado contable publicado y no deben ocultarse, pero tampoco equivalen a una pérdida recurrente del negocio de esa magnitud, ya que Telefónica declara simultáneamente 2.122 millones de beneficio neto ajustado de las operaciones continuadas.
La comparación adquiere especial interés cuando estas cifras se confrontan con las obtenidas por Telefónica España durante la presidencia de Borja Ochoa. El negocio español pasó de crecer un 1,1% en ingresos en 2024 a un 1,7% en 2025 y un 2,5% durante el primer semestre de 2026, con una aceleración hasta el 2,9% durante el segundo trimestre. El EBITDA ajustado de España aumentó un 2,1% en el primer semestre de 2026, el churn alcanzó un mínimo histórico del 0,7%, se superaron los 16 millones de líneas móviles de contrato y durante el segundo trimestre los ingresos crecieron un 2,9% y el EBITDA ajustado un 2,3%. La documentación analizada anteriormente muestra precisamente esta aceleración del negocio español durante el período.
Además, la propia Telefónica reconoce que España constituye uno de los motores de sus resultados, junto con Brasil, dentro del nuevo perímetro del Grupo. Esto resulta especialmente relevante porque permite separar dos cuestiones que no son equivalentes: una cosa es que la dirección pueda considerar que un ejecutivo no ha cumplido determinadas expectativas internas y otra diferente es que las cuentas públicas demuestren un deterioro del negocio bajo su responsabilidad. Los datos disponibles no muestran un deterioro financiero de Telefónica España durante la presidencia de Borja Ochoa. Al contrario, muestran crecimiento simultáneo de ingresos y EBITDA y mejoras en diversos indicadores comerciales. Naturalmente, esto no demuestra que Ochoa haya cumplido cualquier otro objetivo interno establecido por la dirección de Telefónica, porque esos posibles objetivos no son públicos. Lo único que permite establecer es qué muestran las métricas financieras conocidas y qué no puede concluirse a partir de ellas.
Exactamente el mismo criterio debe aplicarse a Marc Murtra y Emilio Gayo. Los datos tampoco permiten calificar globalmente su gestión como un deterioro de Telefónica, porque bajo su dirección existen crecimiento comparable de ingresos y EBITDA, reducción de deuda y una mejora reciente de la generación operativa de caja, pero con un perímetro mucho menor. Al mismo tiempo, existen hechos cuantificables menos favorables: pérdidas contables extraordinarias durante 2025, reducción del dividendo, un flujo de caja libre publicado en 2025 inferior en términos absolutos al de 2024, una ratio de apalancamiento todavía superior a la existente al cierre de 2024 y una profunda reducción del perímetro y de la plantilla del Grupo. La fotografía financiera de la etapa Murtra-Gayo es, por tanto, una combinación de mejoras y deterioros dependiendo de la métrica utilizada, mientras que los principales indicadores públicos correspondientes específicamente al negocio dirigido por Ochoa presentan hasta junio de 2026 crecimiento de ingresos y EBITDA y una evolución comercial favorable.
En consecuencia, si el argumento utilizado para cuestionar a Borja Ochoa es exclusivamente su “desempeño”, las cuentas públicas no permiten identificar qué indicador financiero u operativo de Telefónica España justificaría por sí solo esa valoración. La información periodística sobre su posible relevo tampoco especifica cuál sería esa métrica concreta. Esto no permite concluir que no existan otros motivos internos para sustituirlo, porque podrían existir criterios de gestión, organización o estrategia que no sean públicos. Significa exclusivamente que esos motivos no pueden deducirse de los resultados financieros publicados de Telefónica España.
Y este es probablemente el elemento más relevante que deja la comparación. Si se utilizan exclusivamente las cifras públicas, no existe una correspondencia evidente entre un supuesto mal desempeño de Borja Ochoa y la evolución económica de Telefónica España. Si se somete a Marc Murtra y Emilio Gayo al mismo examen cuantitativo, su gestión tampoco puede resumirse mediante una única etiqueta: presentan mejoras claras en EBITDA, deuda y crecimiento operativo reciente con un perímetro de compañía menor, pero también unas pérdidas contables extraordinarias en 2025, menor flujo de caja libre publicado ese ejercicio, reducción del dividendo y una profunda reestructuración de la compañía. La diferencia es que Telefónica España, precisamente el negocio situado bajo la responsabilidad directa de Ochoa, aparece hasta el último período publicado como uno de los negocios que están contribuyendo positivamente a la evolución del Grupo.
Hasta hoy, 15 de septiembre de 2026, el último período financiero publicado por Telefónica corresponde al primer semestre de 2026. En consecuencia, cualquier valoración que pretendiera incorporar resultados del tercer trimestre sería prematura y tendría que esperar a la publicación oficial de esas cuentas.
La pregunta que queda pendiente: ¿quién examina a quienes examinan?
Después de recorrer las cifras, la pregunta verdaderamente incómoda ya no es únicamente por qué puede salir Borja Ochoa de Telefónica España. La cuestión empieza a ser otra: ¿quién examina a quienes han decidido que Ochoa no supera el examen? Porque si la información publicada por El Debate es correcta y la razón esgrimida internamente para preparar su relevo es que su desempeño no habría cubierto las expectativas, estamos ante una situación difícil de explicar utilizando precisamente el criterio elegido por quienes aparentemente cuestionan al directivo. No porque Borja Ochoa pueda considerarse intocable, ni porque año y medio al frente de Telefónica España permita atribuirle personalmente todos los resultados de ese negocio, sino porque las cifras públicas no muestran el fracaso que permitiría comprender de manera inmediata una decisión basada precisamente en el desempeño. La información periodística sostiene que su trabajo no habría cubierto las expectativas, pero no identifica qué objetivo financiero, comercial u operativo concreto habría incumplido.
Y ahí aparece la primera paradoja. Se cuestiona por desempeño al responsable de un negocio que está creciendo. Telefónica España pasó de aumentar sus ingresos un 1,1% en 2024 a hacerlo un 1,7% en 2025 y un 2,5% durante el primer semestre de 2026; en el segundo trimestre el crecimiento alcanzó el 2,9%, mientras el EBITDA ajustado aumentaba un 2,3%. El churn se encuentra en el 0,7%, las líneas móviles de contrato superan los 16 millones y España representa alrededor del 40% de los ingresos y del EBITDA del nuevo perímetro del Grupo. No son cifras que conviertan automáticamente a Ochoa en responsable de esos resultados, pero tampoco son cifras que permitan construir, por sí mismas, la imagen de un ejecutivo cuyo negocio se haya deteriorado. Si el argumento es el desempeño, el problema no es que falte una opinión sobre Ochoa; lo que falta públicamente es la métrica que explique por qué ese desempeño merece su salida. La documentación analizada muestra, por el contrario, que durante su etapa se ha producido una aceleración observable de ingresos y crecimiento simultáneo de diferentes indicadores operativos.
La situación recuerda entonces a un tribunal que suspende a un alumno que presenta mejores notas que quienes redactaron el examen, pero se niega a enseñar cuál era la respuesta correcta. La comparación tiene un límite evidente —una compañía no es un aula y el desempeño directivo comprende factores que no aparecen necesariamente en una cuenta de resultados—, pero sirve para señalar el problema esencial: si existen otros criterios para considerar insuficiente la gestión de Ochoa, deberían ser esos criterios, y no una vaga apelación al desempeño, los que permitan entender la decisión. De lo contrario se produce una inversión difícil de explicar: los resultados objetivos dejan de ser suficientes para valorar al subordinado, mientras la dirección que lo evalúa conserva para sí una definición mucho más amplia y flexible del éxito.
Puede utilizarse otra asociación todavía más gráfica. Sería como destituir al entrenador de la única línea de producción de una fábrica que aumenta ventas, margen y fidelidad de clientes porque la dirección considera que “no cumple las expectativas”, mientras el conjunto de la fábrica se hace más pequeño, vende instalaciones, reduce plantilla, recorta el dividendo y registra pérdidas contables extraordinarias. Naturalmente, ninguna de esas circunstancias demostraría por sí misma que la dirección general estuviera gestionando mal la empresa; algunas podrían formar parte de una reestructuración necesaria. Pero precisamente por eso resultaría extraño que a la dirección se le concediera toda la complejidad del contexto para explicar sus resultados y al responsable de una división rentable se le resumiera simplemente en que no ha cumplido las expectativas. O el desempeño requiere contexto para todos, o las cifras deben servir para todos. Lo difícil de defender es utilizar un criterio flexible para la cúspide y otro aparentemente sumario para quien está debajo.
Porque Marc Murtra y Emilio Gayo también tienen un desempeño susceptible de ser medido. Y cuando se hace, la fotografía no es un desastre, pero tampoco constituye una sucesión incontestable de éxitos. Telefónica mantiene crecimiento comparable de ingresos y EBITDA y ha reducido deuda financiera neta, pero lo hace después de una profunda contracción del perímetro internacional; cerró 2025 con pérdidas contables de 4.318 millones de euros; el flujo de caja libre publicado de las operaciones continuadas fue inferior en términos absolutos al flujo de caja libre publicado en 2024; el dividendo previsto para 2026 se ha reducido a la mitad; el apalancamiento de junio de 2026 permanece por encima del existente al cierre de 2024 y el Grupo es considerablemente más pequeño que el que Murtra recibió. Ninguna de estas magnitudes permite afirmar por sí sola que Murtra o Gayo estén gestionando mal Telefónica, porque cada una necesita contexto. Pero precisamente ahí reside la contradicción: si concedemos ese contexto a Murtra y Gayo —como debemos hacerlo para ser rigurosos—, exactamente el mismo derecho al contexto debe concederse a Ochoa.
La comparación puede formularse todavía de otra manera. Sería como evaluar al capitán de un barco después de haber vendido una parte considerable de la flota y felicitarle porque los barcos que conserva navegan algo más deprisa, mientras se cuestiona al capitán de uno de los buques que mejores registros presenta dentro de la flota restante. No significa que vender barcos sea necesariamente una mala decisión: puede ser imprescindible para concentrar recursos, reducir riesgos o mejorar la rentabilidad. Tampoco significa que el capitán del buque con mejores números sea necesariamente el mejor directivo. Significa algo mucho más sencillo: cuando se invoca el desempeño como argumento, debe explicarse qué desempeño se está midiendo y con qué vara se está midiendo.
La propia historia reciente de los nombramientos aumenta la extrañeza. Borja Ochoa no apareció accidentalmente en Telefónica España. Fue colocado al frente del negocio español dentro de la reorganización impulsada por la nueva presidencia. El 6 de marzo de 2025 el Consejo aprobó el nombramiento de Emilio Gayo como consejero delegado y simultáneamente nombró a Ochoa presidente de Telefónica España. La propia comunicación corporativa destacó entonces su experiencia en transformación, tecnología e innovación y su capacidad para escalar negocios y generar valor. Es decir, si apenas dieciocho meses después aquel nombramiento se considera fallido, también existe una responsabilidad de selección que necesariamente apunta hacia quienes propusieron, informaron favorablemente y aprobaron aquella elección. Telefónica comunicó expresamente que aquellos cambios fueron aprobados por el Consejo, tras recomendación favorable de la Comisión de Nombramientos y a propuesta de Marc Murtra.
Esto conduce a una segunda pregunta que resulta todavía más incómoda: si Ochoa fue una elección de la nueva dirección y ahora la nueva dirección considera que no ha cumplido las expectativas, ¿quién evalúa el acierto de quienes lo eligieron? En cualquier sistema serio de gestión, el fracaso de un nombramiento relevante no puede imputarse exclusivamente al nombrado. Si un presidente selecciona a un ejecutivo para dirigir uno de los principales mercados del Grupo y dieciocho meses después concluye que aquel ejecutivo no sirve para la función, existen solamente dos hechos constatables: que se cuestiona al ejecutivo y que la decisión original de colocarlo allí fue adoptada por quienes ahora tendrían que explicar por qué aquella elección dejó de ser adecuada tan rápidamente. Esto no prueba mala gestión ni permite conocer las razones internas del cambio, pero convierte el relevo en algo más que un examen sobre Ochoa: también es, inevitablemente, un examen sobre el proceso que condujo a su nombramiento.
Aquí aparece una asociación empresarial bastante elemental: si un director deportivo ficha personalmente a un jugador, proclama públicamente sus cualidades y dieciocho meses después decide prescindir de él pese a que sus estadísticas son razonablemente buenas, la pregunta no puede terminar en el jugador. También alcanza al director deportivo que lo seleccionó. En una empresa sucede exactamente lo mismo con los altos ejecutivos. Una dirección no puede apropiarse exclusivamente de los aciertos de sus nombramientos y externalizar íntegramente sus errores. Si Ochoa ha cumplido, habrá que explicar por qué sale. Y si realmente no ha cumplido, habrá que explicar también por qué se equivocaron quienes lo eligieron para una responsabilidad de esa magnitud. En ambos escenarios existe una cuestión que alcanza a la dirección que realizó el nombramiento.
Y entonces llegamos al núcleo del problema: ¿quién examina a Marc Murtra y Emilio Gayo? Desde el punto de vista formal, la respuesta no ofrece dudas. No corresponde al Gobierno evaluar la gestión empresarial cotidiana de Telefónica ni existe base pública para afirmar que Manuel de la Rocha sea quien determine el desempeño de Murtra o Gayo. El máximo órgano de administración y supervisión es el Consejo de Administración donde el gobierno de España está presente a través de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). Además, la Comisión de Nombramientos, Retribuciones y Buen Gobierno tiene atribuida expresamente la coordinación de la evaluación periódica del Consejo y del desempeño y aportación de cada consejero, así como la evaluación específica del desempeño del presidente del Consejo, bajo la dirección del consejero independiente coordinador. También informa las propuestas de nombramiento y separación de altos directivos.
Por tanto, la pregunta correcta no es si Manuel de la Rocha examina a Murtra, porque no tenemos base para afirmarlo; la pregunta correcta es, ¿cómo está funcionando el mecanismo de contrapesos que formalmente debe examinarlo? Y aquí la cuestión de los consejeros dominicales adquiere relevancia, pero debe formularse con precisión. Un consejero dominical representa una participación accionarial significativa, pero una vez sentado en el Consejo sus deberes societarios no desaparecen: forma parte de un órgano cuya función declarada es supervisar y controlar la gestión. Por eso el interrogante legítimo no consiste en atribuirles instrucciones que no podemos demostrar, sino en preguntar, ¿con qué intensidad está ejerciendo el conjunto del Consejo su obligación de supervisar a los máximos ejecutivos y con qué criterios evalúa sus resultados?
Hay incluso un elemento documental particularmente interesante. Cuando Telefónica sometió a ratificación el nombramiento de Murtra en 2025, la Comisión de Nombramientos realizó formalmente una “valoración del desempeño” y consideró positiva su contribución desde su nombramiento en enero de aquel año. Es decir, los mecanismos formales de evaluación existen. La cuestión relevante ahora, transcurrido un período mucho más significativo de gestión (20 meses), es qué indicadores utilizará ese mismo sistema de gobierno corporativo para evaluar al presidente y al consejero delegado cuando ya existe una trayectoria cuantificable que analizar: pérdidas contables, evolución del flujo de caja, deuda y apalancamiento, dividendo, desinversiones, reducción del perímetro, evolución bursátil, ingresos, EBITDA y cumplimiento del nuevo plan estratégico.
Porque de lo contrario aparece una tercera asociación difícil de evitar: la del árbitro que exige al jugador explicar cada error mientras nadie revisa sus propias decisiones. Un buen sistema de gobierno corporativo existe precisamente para impedir esa situación. La dirección ejecutiva gestiona, pero el Consejo supervisa; la Comisión de Nombramientos evalúa; los independientes deben aportar criterio propio; los dominicales representan participaciones significativas sin dejar de formar parte del órgano de administración; y finalmente los accionistas disponen de la Junta General para pronunciarse sobre determinadas decisiones y nombramientos. De hecho, Murtra fue ratificado como consejero ejecutivo en abril de 2025 con un 90,75% de respaldo, mientras Gayo obtuvo un 98,95%. Esos porcentajes demuestran que ambos llegaron a esta etapa con un respaldo accionarial muy amplio. Pero un respaldo otorgado en abril de 2025 no constituye un cheque en blanco sobre la gestión posterior. Precisamente para eso existe la rendición periódica de cuentas.
Lo verdaderamente desconcertante, por tanto, no es que Telefónica pueda cambiar al presidente de su filial española. Una compañía tiene perfecto derecho a reorganizar su dirección y sustituir a un ejecutivo aunque sus resultados financieros sean buenos. Puede considerar que no encaja en la estrategia, que existen problemas organizativos, que necesita otro perfil o que quiere eliminar directamente el puesto. Lo que resulta cuestionable es presentar —si finalmente ésa es la explicación— el “desempeño” como una especie de palabra mágica que hace innecesario explicar qué ha fallado, especialmente cuando las cifras públicas del área gestionada por ese ejecutivo no proporcionan una respuesta evidente.
Y aquí es donde la situación empieza a parecer un auténtico aquelarre corporativo, pero conviene precisar qué significa esa expresión para no convertirla en una acusación sin pruebas. No podemos afirmar que exista una conspiración contra Borja Ochoa, que alguien desde el Gobierno haya ordenado su salida, que los consejeros dominicales estén obedeciendo instrucciones externas o que exista una operación personal contra él. No tenemos pruebas públicas de nada de eso. Lo que sí podemos afirmar es que se produce una circunstancia objetivamente llamativa: un ejecutivo nombrado hace apenas año y medio por la nueva dirección puede ser apartado alegándose insatisfacción con su desempeño mientras el negocio que dirige presenta crecimiento de ingresos, EBITDA y buenos indicadores comerciales, y mientras quienes promovieron su nombramiento gestionan un Grupo sometido a una transformación mucho más traumática y con un balance de resultados bastante más complejo. La propia información periodística reconoce que Telefónica España continúa siendo uno de los pilares esenciales del Grupo.
Por eso la imagen que termina proyectándose es casi kafkiana: el ejecutivo cuyo negocio funciona tiene que demostrar que merece permanecer, mientras quienes lo nombraron, lo evalúan y eventualmente pueden destituirlo no parecen sometidos públicamente al mismo interrogatorio sobre sus propios resultados. Y no porque formalmente no exista evaluación —existe—, sino porque el criterio que supuestamente conduce al relevo de Ochoa no ha sido hecho público con una precisión que permita contrastarlo. Es como entrar en un examen en el que conocemos las notas, conocemos quién corrige, conocemos quién nombró al profesor y conocemos el resultado final, pero nadie nos enseña el baremo con el que se ha decidido que uno de los examinados ha suspendido.
Eso es precisamente lo que hace que la palabra “expectativas” resulte tan problemática. Las cifras financieras son verificables; las expectativas no publicadas son infinitamente elásticas. Si el objetivo era aumentar ingresos, España los aumenta. Si era mejorar EBITDA, lo mejora. Si era reducir churn, está en mínimos. Si existían otros objetivos estratégicos, organizativos o personales que Ochoa no alcanzó, la información disponible no permite conocerlos. Y cuando una organización sustituye métricas verificables por expectativas no explicitadas para justificar la valoración de un directivo, se crea inevitablemente una asimetría: quien evalúa puede mover la portería después de que haya terminado el partido.
La contradicción se vuelve todavía mayor si finalmente se materializara uno de los escenarios que recoge El Debate: que desaparezca la presidencia de Telefónica España y sus funciones terminen dependiendo directamente de Emilio Gayo. El periódico presenta esta posibilidad como un escenario señalado por algunas de sus fuentes, no como una decisión confirmada. Pero, si llegara a producirse, surgiría una paradoja evidente: se cuestionaría el desempeño del ejecutivo que dirige España para que la responsabilidad terminara ascendiendo hacia uno de los máximos responsables del Grupo cuyo desempeño global presenta una combinación mucho más compleja de resultados positivos y negativos. Eso no demostraría que la reorganización fuera equivocada, pero obligaría todavía más a explicar qué problema concreto pretende solucionar.
Quizá la asociación más sencilla sea también la más contundente. Si en un hospital se destituye al responsable de la unidad cuyos indicadores mejoran mientras el conjunto del hospital atraviesa una profunda reestructuración, la primera pregunta no debería ser por qué ese médico no cumplió las expectativas, sino qué expectativa concreta incumplió y quién está evaluando a la dirección general. Si en una fábrica se aparta al responsable de una planta que aumenta producción y margen, la pregunta inmediata es qué variable distinta de producción y margen ha motivado la decisión. Y si en un equipo deportivo se despide al entrenador de una sección que mejora sus resultados, mientras la dirección general vende activos, reduce presupuesto y redefine el proyecto, resulta inevitable preguntar por qué la responsabilidad se concentra precisamente allí donde los números menos parecen justificarla. Ninguna de estas asociaciones demuestra qué está sucediendo dentro de Telefónica. Lo que muestran es por qué la explicación pública resulta insuficiente si todo termina reducido a una cuestión de “desempeño”.
Por eso el verdadero debate no debería centrarse únicamente en Borja Ochoa. Debería centrarse en la calidad del sistema de rendición de cuentas de Telefónica. Si Ochoa no ha cumplido sus objetivos, que se identifiquen esos objetivos y se explique, en la medida compatible con la confidencialidad empresarial, dónde ha fallado. Si su relevo responde a una reorganización y no a sus resultados, que se denomine reorganización. Si la presidencia de Telefónica España deja de tener sentido en la nueva estructura, que se explique así. Pero utilizar el desempeño como explicación cuando los indicadores públicos del negocio no muestran un deterioro convierte una decisión empresarial perfectamente legítima en una decisión difícil de comprender desde fuera.
Y finalmente la pregunta regresa al lugar del que partíamos, pero adquiere ahora una dimensión mucho mayor: ¿quién examina a quienes examinan? Sabemos formalmente quién debe hacerlo: el Consejo de Administración, sus comisiones y, en último término dentro de las competencias que le corresponden, la Junta General de Accionistas. Sabemos también que la Comisión de Nombramientos tiene expresamente encomendada la evaluación del desempeño del presidente. Lo que corresponde preguntar, por tanto, no es quién tiene jurídicamente la competencia, sino si se está aplicando a la cúspide de Telefónica una exigencia de resultados comparable a la que aparentemente se está utilizando para juzgar a uno de sus principales ejecutivos.
Porque si el desempeño es realmente la vara de medir, la vara tiene que medir en las dos direcciones. Tiene que medir a Ochoa, pero también a Gayo. Tiene que medir a Gayo, pero también a Murtra. Y tiene que permitir que el Consejo explique ante los accionistas cómo determina que unos resultados son suficientes y otros no. De otro modo se corre el riesgo de convertir el gobierno corporativo en una extraña geometría en la que la responsabilidad siempre cae hacia abajo mientras la capacidad de juzgar permanece arriba.
Ese es el absurdo que dejan las cifras sobre la mesa. No que Borja Ochoa tenga necesariamente razón ni que Marc Murtra y Emilio Gayo estén necesariamente equivocados. El absurdo consiste en que, con la información pública disponible, resulta mucho más fácil identificar los resultados positivos del ejecutivo cuestionado que identificar el indicador concreto por el que se le cuestiona. Y cuando una organización llega a ese punto, la pregunta deja de ser solamente qué ha hecho mal el examinado. La pregunta verdaderamente importante pasa a ser, ¿qué criterios están utilizando los examinadores, quién controla esos criterios y quién exige responsabilidades a quienes los aplican?
Al final, todo se reduce a una cuestión extraordinariamente sencilla. Nadie discute el derecho de Telefónica a sustituir a Borja Ochoa, reorganizar Telefónica España o elegir otro modelo de gestión. Lo que resulta legítimo discutir es la coherencia del argumento utilizado para hacerlo. Si la razón es el desempeño, que se explique qué desempeño ha fallado. Si son las expectativas, que se conozca qué expectativas no se han cumplido. Y si existen otras razones, que no se disfracen bajo una palabra tan cómoda como imprecisa. Porque después de revisar los números queda una paradoja difícil de ignorar: el directivo cuestionado dirige uno de los negocios que mejores señales ofrece dentro de la Telefónica actual, mientras quienes aparentemente cuestionan su desempeño presentan una gestión del conjunto del Grupo mucho más discutible cuando se somete exactamente al mismo examen.
Y quizá ahí se encuentre la cuestión verdaderamente relevante de todo este episodio. El problema ya no es solamente quién evalúa a Borja Ochoa, sino quién evalúa a Marc Murtra y Emilio Gayo, con qué criterios lo hace y si esos criterios son los mismos que se utilizan para juzgar a quienes dependen de ellos. Porque en una compañía cotizada la responsabilidad no debería funcionar como la gravedad, cayendo siempre hacia abajo. Cuanto mayor es el poder para nombrar, evaluar y destituir, mayor debería ser también la obligación de explicar las decisiones y responder por sus resultados.
Si la vara de medir es el desempeño, que se mida a todos. Y, sobre todo, que se mida con la misma vara.
Para terminar el post quiero manifestar que después de todo lo expuesto queda una sensación difícil de ignorar: en la Telefónica actual, la evaluación del desempeño parece desplazarse con mucha mayor facilidad hacia abajo que hacia arriba. Se cuestiona a un ejecutivo por no haber cumplido unas expectativas que públicamente no conocemos, mientras los indicadores del negocio situado bajo su responsabilidad muestran crecimiento de ingresos y EBITDA y una evolución comercial favorable. Al mismo tiempo, quienes ocupan la máxima responsabilidad ejecutiva del Grupo administran una compañía que ha atravesado pérdidas contables extraordinarias, reducción del dividendo, desinversiones, disminución del perímetro, reestructuración laboral y un apalancamiento que, pese a la reducción de la deuda absoluta, continúa por encima del existente al cierre de 2024. También existen resultados positivos bajo su gestión y sería incorrecto ignorarlos; precisamente por eso el balance que muestran los datos es mixto, no incontestablemente positivo.
El problema no consiste, por tanto, en sostener que Borja Ochoa no pueda ser cesado ni en afirmar que Marc Murtra o Emilio Gayo deban serlo. Los datos analizados no permiten llegar responsablemente a ninguna de esas conclusiones. El problema es mucho más elemental: si el desempeño constituye la medicina prescrita para evaluar a quienes se encuentran por debajo de la cúspide, resulta difícil comprender por qué esa misma medicina parece administrarse con mucha menos visibilidad a quienes ocupan la cúspide. Y cuanto mayor es la responsabilidad de un directivo, menos razonable resulta que disminuya la exigencia sobre sus resultados.
Porque una organización entra en un terreno peligroso cuando el éxito se atribuye hacia arriba y la responsabilidad se distribuye hacia abajo. Si una decisión funciona, pertenece a la estrategia; si no funciona, aparece el responsable de una división, de un área o de una filial. Ese mecanismo puede resultar cómodo para cualquier estructura de poder, pero difícilmente constituye una cultura exigente de rendición de cuentas. Quien tiene capacidad para nombrar también debe responder por sus nombramientos; quien fija objetivos debe responder por la calidad de esos objetivos; y quien juzga el desempeño de los demás debe aceptar que su propio desempeño sea sometido, como mínimo, al mismo rigor.
Eso es quizá lo más inquietante de la situación descrita en estas páginas. No sabemos qué razones internas pueden existir para sustituir a Borja Ochoa y sería una elucubración inventarlas. Lo que sí sabemos es qué muestran las cifras públicas, y esas cifras no ofrecen una explicación evidente para presentar su gestión como un fracaso. También sabemos que quienes pueden cuestionarlo tienen detrás decisiones y resultados suficientemente importantes como para merecer preguntas igualmente incómodas. La rendición de cuentas pierde buena parte de su credibilidad cuando parece terminar exactamente en el escalón inmediatamente anterior a quienes la administran.
Telefónica no necesita directivos inmunes a la evaluación. Necesita exactamente lo contrario: que nadie lo sea, empezando por el presidente Murtra y su consejero delegado Emilio Gayo. Porque cuando el criterio de desempeño solamente funciona en una dirección, deja de parecer un sistema de evaluación y empieza a parecer simplemente un mecanismo para justificar decisiones tomadas desde arriba.
Y ésa es quizá la paradoja más dura con la que puede cerrarse este análisis: en una compañía que está evaluando quién cumple y quién no cumple las expectativas, quienes más capacidad tienen para formular esa pregunta son también quienes, por la magnitud de las decisiones adoptadas y de las transformaciones emprendidas, más explicaciones deben ofrecer sobre su propio desempeño.
La responsabilidad no debería disminuir a medida que se asciende en el organigrama. Debería ocurrir exactamente lo contrario.
Ya lo dijo Peter Drucker: «No hay nada tan inútil como hacer con gran eficiencia algo que no debería hacerse en absoluto.»











