En el año 2024, durante una reunión técnica entre responsables de una gran operadora europea y un proveedor global de cloud e IA, el foco inicial era puramente operativo: capacidad de red, latencia y despliegue de fibra para alimentar un nuevo centro de datos de alta densidad. En un momento de la conversación, uno de los ingenieros de la teleco señaló que la red que iba a soportar toda esa infraestructura era crítica, costosa y regulada, y que su despliegue llevaba años de planificación e inversión. La respuesta del otro lado de la mesa fue tan sencilla como reveladora: “Lo entendemos perfectamente. Por eso necesitamos que funcione siempre. El valor lo generamos nosotros sobre la red.”
No hubo discusión posterior. Nadie cuestionó la afirmación. Era un hecho asumido por ambas partes.
La teleco era imprescindible, pero sustituible. El proveedor de IA era prescindible hoy, pero dominante mañana. La operadora asumía el riesgo regulatorio, el CAPEX, el mantenimiento y la responsabilidad ante el usuario final. La plataforma capturaba los datos, los márgenes crecientes y la narrativa de crecimiento que el mercado premia. Ambos necesitaban al otro, pero no estaban en la misma posición dentro de la cadena de valor.
Con la explosión de la inteligencia artificial, esa conversación se ha vuelto cotidiana. Las redes de telecomunicaciones son más críticas que nunca —sin ellas no hay IA, ni cloud, ni centros de datos—, pero su capacidad para apropiarse del valor generado sobre esas redes es cada vez menor. Mientras las Big Tech invierten para ganar tiempo, escala y opcionalidad, las telecos invierten para no fallar. Y esa diferencia, aparentemente sutil, es la que explica por qué unas compañías son percibidas como motores del futuro y otras como infraestructuras necesarias, pero estancadas.
La aceleración tecnológica que atraviesa la economía global ha dejado de ser un fenómeno sectorial para convertirse en un vector estructural que reordena poder, capital y expectativas. La inteligencia artificial no solo está redefiniendo productos y modelos de negocio, sino que está alterando de forma profunda la relación entre inversión y retorno, entre regulación y competitividad, y entre escala y capacidad real de creación de valor. En este contexto, los movimientos de las grandes tecnológicas, las reacciones de los mercados financieros y la respuesta —a menudo defensiva— de las infraestructuras críticas europeas no pueden analizarse de manera aislada.
El conjunto de hechos recientes dibuja un mismo paisaje desde distintos ángulos: una carrera global por no quedar fuera del nuevo núcleo tecnológico, impulsada por inversiones masivas en IA, una industria de semiconductores en expansión histórica y una creciente batalla regulatoria, especialmente intensa en Europa. Frente a este escenario, las grandes plataformas digitales han optado por asumir costes récord para ganar tiempo y opcionalidad, mientras sectores como el de las telecomunicaciones afrontan la transición con menos grados de libertad, atrapados entre obligaciones regulatorias, presión financiera y modelos de negocio maduros.
Este texto del post analiza ese contraste a partir de datos concretos y decisiones observables, poniendo el foco en Telefónica como caso paradigmático de una tensión más amplia que afecta a las telecos europeas. No se trata de anticipar escenarios ni de proyectar hipótesis, sino de ordenar la información disponible para entender qué está sucediendo, por qué ocurre ahora y cuáles son los límites reales del margen de maniobra del sector en un mundo donde la inteligencia artificial ha pasado de ser una promesa a convertirse en el eje central de la economía digital.
Durante el año 2025, las grandes tecnológicas han entrado en una fase de inversión casi defensiva: gastar más no es una opción estratégica, sino una condición para no quedarse fuera del mercado. Alphabet (Google) es uno de los ejemplos más claros. Esta compañía elevó su gasto en investigación y desarrollo (I+D) un 24% interanual, hasta 61.087 millones de dólares, una cifra que por sí sola supera el PIB de algunos países pequeños. Solo en el cuarto trimestre, el desembolso en I+D alcanzó 18.572 millones, un 42% más, reflejando una aceleración clara a medida que la competencia en IA se intensifica. Este aumento no es neutro: los costes totales del grupo crecieron un 15%, hasta 273.797 millones de dólares, presionando los márgenes pese al crecimiento de ingresos https://bit.ly/3Mvj22y
Buena parte de este esfuerzo se explica por la necesidad de competir directamente con ChatGPT mediante el lanzamiento de Gemini 3, por el desarrollo de TPU propias para reducir la dependencia de Nvidia y por inversiones colaterales en infraestructuras críticas, como el refuerzo del suministro energético de sus centros de datos. Incluso la movilidad autónoma entra en esta lógica: Alphabet cargó 2.100 millones de dólares en compensaciones de Waymo directamente a I+D, difuminando la frontera entre investigación, producto y estructura laboral.
Este patrón se repite en Meta, donde el gasto en I+D creció casi un 31%, hasta 57.372 millones de dólares, con un aumento trimestral superior al 40%. Apple, Microsoft y Amazon muestran dinámicas similares, con incrementos significativos en inversión tecnológica e infraestructura, incluso a costa de presionar márgenes en el corto plazo.
Este tsunami inversor tiene un reflejo directo en la industria de los semiconductores. En 2025, el sector alcanzó 791.700 millones de dólares en ventas, un 25,6% más que el año anterior, con previsión de superar el billón en 2026. El crecimiento es especialmente intenso en computación avanzada ligada a IA, mientras Europa apenas avanza un 6,3%, muy por detrás de Asia y Estados Unidos.
Es precisamente este riesgo de quedar rezagado es el que explica el creciente activismo político en Bruselas. Telefónica ha intensificado su actividad institucional con el objetivo de facilitar la consolidación del sector y ganar margen frente a las Big Tech. Sin embargo, las telecos europeas compiten en clara desventaja frente a plataformas que dedican decenas de millones anuales a lobby y cuentan con una capacidad de influencia muy superior https://bit.ly/4kswiBG
Este contexto se refleja con especial claridad en el caso de Telefónica. Citi ha rebajado su precio objetivo a 3,7 euros por acción, manteniendo una recomendación neutral. No se trata de un deterioro inmediato del negocio, sino de la constatación de una incertidumbre estructural ligada al entorno competitivo y a posibles decisiones corporativas futuras.
El banco señala que las expectativas para 2026 están ya descontadas tras el Capital Markets Day de noviembre, con una guía de crecimiento del 1,5%-2,5% hasta 2028. El sentimiento inversor, sin embargo, es mayoritariamente negativo por el temor a una ampliación de capital vinculada a operaciones de consolidación, en un entorno donde la dilución penaliza con fuerza al accionista.
Este escenario de inversión masiva en IA, presión competitiva y activismo regulatorio se refleja con especial claridad en el caso de Telefónica, que se encuentra en un punto delicado de equilibrio entre ambición estratégica y cautela financiera. La última pieza que completa este mosaico descrito es la valoración que ofrece el banco norteamericano Citi, que ha ajustado a la baja el precio objetivo de la operadora hasta 3,7 euros por acción, desde los 3,9 euros anteriores, manteniendo una recomendación neutral. El recorte no responde a un deterioro inmediato del negocio, sino a un contexto cargado de incertidumbre estructural, tanto por el entorno competitivo como por las posibles decisiones corporativas que la compañía podría adoptar en los próximos trimestres https://bit.ly/3McECZD
Según el banco estadounidense, los resultados anuales que Telefónica presentará el 24 de febrero no deberían traer grandes sorpresas, ya que buena parte de las expectativas del mercado quedaron redefinidas en el Capital Markets Day de noviembre, cuando la compañía ajustó su flujo de caja libre (FCF), revisó su política de dividendo y fijó una guía de crecimiento anual compuesto de entre el 1,5% y el 2,5% para ingresos, EBITDA y OpCFaL en el periodo 2025-2028. Esta horquilla, aunque modesta, busca transmitir estabilidad en un sector caracterizado por márgenes presionados y elevada intensidad de capital.
Sin embargo, Citi subraya que el sentimiento inversor es mayoritariamente negativo, no tanto por los resultados operativos como por el temor a que Telefónica recurra a una ampliación de capital para financiar futuras operaciones de fusiones y adquisiciones (M&A). Este riesgo es especialmente sensible en un momento en el que el sector europeo de telecomunicaciones persigue la consolidación como vía para ganar escala frente a las Big Tech, pero en el que los mercados castigan cualquier dilución potencial del accionista. La intensa actividad de lobby de Telefónica en Bruselas —con 35 reuniones desde 2025 y un gasto de hasta 2,25 millones de euros— se interpreta, en este contexto, como un intento a la desesperada de allanar el terreno regulatorio para esas operaciones corporativas, aunque sin garantías de éxito a corto plazo como puso de manifiesto la Comisaria de Competencia Teresa Ribera en el Financial Times.
El foco del mercado estará puesto también en la evolución de la competencia en Reino Unido y Alemania, dos de los mercados más exigentes y con mayor presión sobre precios, donde la compañía necesita defender cuota sin deteriorar aún más la rentabilidad. A ello se suma la atención sobre España, su principal mercado, donde el crecimiento del EBITDA será observado con lupa tras el acuerdo colectivo firmado en diciembre de 2025, cuyo impacto en costes laborales podría condicionar los márgenes en un entorno de ingresos todavía contenidos.
Todo ello encaja con la visión más amplia que dibujan las otras noticias: mientras las Big Tech destinan decenas de miles de millones a IA y refuerzan su dominio en servicios digitales, las telecos europeas como Telefónica se mueven en un terreno mucho más estrecho, atrapadas entre la necesidad de invertir, la presión regulatoria y la disciplina financiera exigida por los mercados. Para Citi, las expectativas del año 2026 ya están en gran medida descontadas, pero el verdadero riesgo no está en la estrategia definida, sino en su ejecución, en un entorno donde la competencia tecnológica avanza a mayor velocidad que la capacidad de adaptación del sector europeo de telecomunicaciones.
Así, la rebaja del precio objetivo no es un juicio definitivo, sino una señal de prudencia: Telefónica juega un papel clave en la infraestructura digital europea y en el debate regulatorio comunitario, pero su futuro bursátil dependerá de cómo gestione simultáneamente crecimiento limitado, presión inversora y ambiciones de consolidación, en un mundo dominado por gigantes tecnológicos que operan con escalas y recursos muy superiores.
El escenario que se está configurando en torno a la inteligencia artificial está actuando como un factor disruptivo exógeno para las operadoras de telecomunicaciones europeas, y muy especialmente para Telefónica, que afronta esta transición en pleno proceso de redefinición estratégica. A diferencia de las Big Tech, que han podido orientar su estructura de costes, su modelo de negocio y su gobernanza hacia una expansión agresiva basada en software, datos y escalabilidad global, las telecos llegan a este punto condicionadas por décadas de regulación, elevada intensidad de capital y retornos estructuralmente comprimidos.
La reciente valoración de Citi, con la rebaja del precio objetivo a 3,7 euros por acción y el mantenimiento de una recomendación neutral, debe leerse precisamente desde esta óptica. No hay un deterioro súbito de los fundamentales operativos, ni una revisión negativa del corto plazo, sino una constatación de que el marco estratégico en el que se mueven las telecos europeas es crecientemente incompatible con la velocidad y la escala que exige la economía de la IA. La guía de crecimiento del 1,5%-2,5% para ingresos, EBITDA y OpCFaL en el periodo 2025-2028 transmite estabilidad, pero también refleja un techo estructural difícil de superar sin cambios profundos en el modelo sectorial.
En este contexto, el temor del mercado a una ampliación de capital ligada a operaciones de consolidación no es una reacción emocional, sino una lectura racional del dilema al que se enfrenta el sector. La consolidación clásica —fusiones entre operadores dentro de un mismo mercado o a escala europea— persigue ganar tamaño, reducir duplicidades y mejorar márgenes. Sin embargo, esta estrategia no altera el desequilibrio de fondo frente a las Big Tech: no genera nuevas capacidades tecnológicas propias en IA, no reduce la dependencia de plataformas externas y, además, introduce riesgos financieros y de ejecución que penalizan al accionista, especialmente en un entorno de tipos aún restrictivo y elevada sensibilidad a la dilución.
La intensa actividad de lobby de Telefónica en Bruselas —35 reuniones desde 2025 y hasta 2,25 millones de euros anuales— debe entenderse como una respuesta defensiva a este encaje imposible entre ambición estratégica y realidad financiera. No obstante, las recientes declaraciones de la comisaria de Competencia, Teresa Ribera, subrayando las limitaciones regulatorias para una relajación automática de las normas de competencia, ponen de manifiesto que la consolidación no cuenta con un respaldo político claro ni inmediato, lo que reduce aún más su eficacia como palanca transformadora.
Este diagnóstico enlaza directamente con las conclusiones de los informes elaborados por Mario Draghi y Enrico Letta sobre la competitividad europea y mercado interior. Ambos coinciden en que la simple concentración empresarial no es el camino adecuado para cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos y China. En sus análisis, la figura que emerge como alternativa viable es la del consorcio, entendido no como una solución coyuntural, sino como un marco estructural de cooperación industrial.
El consorcio permite algo que la consolidación tradicional no ofrece: compartir riesgos, coordinar inversiones y poner en valor capacidades complementarias sin destruir valor financiero ni generar tensiones regulatorias inmediatas. Para las telecos, esto implica cooperar en ámbitos críticos como infraestructuras de IA, edge computing, cloud soberano, ciberseguridad o estandarización tecnológica, manteniendo al mismo tiempo la independencia operativa y el equilibrio financiero. En un entorno donde las Big Tech invierten decenas de miles de millones de dólares anuales en I+D y capacidad computacional, la cooperación de las compañías de telecomunicaciones se convierte en una condición de supervivencia, no en una opción estratégica secundaria.
Desde esta perspectiva, el hecho de que el auge de la IA haya “pillado a contrapelo” a las operadoras no es una cuestión de mala ejecución individual, sino el resultado de un desfase sistémico entre la velocidad de la innovación tecnológica y la arquitectura económica y regulatoria del sector europeo de telecomunicaciones. Telefónica encarna este dilema: es un actor clave para la soberanía digital europea y la infraestructura del continente, pero opera en un marco que limita su capacidad de capturar valor en la nueva cadena tecnológica dominada por la IA.
Así, la rebaja del precio objetivo por parte de Citi no debe interpretarse como un juicio definitivo sobre Telefónica, sino como un reflejo de la transición incompleta del sector. Mientras no se materialice un modelo cooperativo a escala europea —en línea con los consorcios defendidos por Draghi y Letta—, las telecos seguirán atrapadas entre crecimiento limitado, presión regulatoria y exigencias financieras estrictas, compitiendo indirectamente con gigantes tecnológicos que juegan en otra liga de escala, recursos y flexibilidad estratégica.
Este escenario de inversión masiva en IA, presión competitiva y activismo regulatorio se refleja con especial claridad en el caso de Telefónica, que se encuentra en un punto delicado de equilibrio entre ambición estratégica y cautela financiera. La última pieza que completa este mosaico descrito es la valoración que ofrece el banco norteamericano Citi, que ha ajustado a la baja el precio objetivo de la operadora hasta 3,7 euros por acción, desde los 3,9 euros anteriores, manteniendo una recomendación neutral. El recorte no responde a un deterioro inmediato del negocio, sino a un contexto cargado de incertidumbre estructural, tanto por el entorno competitivo como por las posibles decisiones corporativas que la compañía podría adoptar en los próximos trimestres https://bit.ly/3McECZD
Según el banco estadounidense, los resultados anuales que Telefónica presentará el 24 de febrero no deberían traer grandes sorpresas, ya que buena parte de las expectativas del mercado quedaron redefinidas en el Capital Markets Day de noviembre, cuando la compañía ajustó su flujo de caja libre (FCF), revisó su política de dividendo y fijó una guía de crecimiento anual compuesto de entre el 1,5% y el 2,5% para ingresos, EBITDA y OpCFaL en el periodo 2025-2028. Esta horquilla, aunque modesta, busca transmitir estabilidad en un sector caracterizado por márgenes presionados y elevada intensidad de capital.
Sin embargo, Citi subraya que el sentimiento inversor es mayoritariamente negativo, no tanto por los resultados operativos como por el temor a que Telefónica recurra a una ampliación de capital para financiar futuras operaciones de fusiones y adquisiciones (M&A). Este riesgo es especialmente sensible en un momento en el que el sector europeo de telecomunicaciones persigue la consolidación como vía para ganar escala frente a las Big Tech, pero en el que los mercados castigan cualquier dilución potencial del accionista. La intensa actividad de lobby de Telefónica en Bruselas —con 35 reuniones desde 2025 y un gasto de hasta 2,25 millones de euros— se interpreta, en este contexto, como un intento a la desesperada de allanar el terreno regulatorio para esas operaciones corporativas, aunque sin garantías de éxito a corto plazo como puso de manifiesto la Comisaria de Competencia Teresa Ribera en el Financial Times.
El foco del mercado estará puesto también en la evolución de la competencia en Reino Unido y Alemania, dos de los mercados más exigentes y con mayor presión sobre precios, donde la compañía necesita defender cuota sin deteriorar aún más la rentabilidad. A ello se suma la atención sobre España, su principal mercado, donde el crecimiento del EBITDA será observado con lupa tras el acuerdo colectivo firmado en diciembre de 2025, cuyo impacto en costes laborales podría condicionar los márgenes en un entorno de ingresos todavía contenidos.
Todo ello encaja con la visión más amplia que dibujan las noticias que se publican: mientras las Big Tech destinan decenas de miles de millones a IA y refuerzan su dominio en servicios digitales, las telecos europeas como Telefónica se mueven en un terreno mucho más estrecho, atrapadas entre la necesidad de invertir, la presión regulatoria y la disciplina financiera exigida por los mercados. Para Citi, las expectativas del año 2026 ya están en gran medida descontadas, pero el verdadero riesgo no está en la estrategia definida, sino en su ejecución, en un entorno donde la competencia tecnológica avanza a mayor velocidad que la capacidad de adaptación del sector europeo de telecomunicaciones.
Así, la rebaja del precio objetivo no es un juicio definitivo, sino una señal de prudencia: Telefónica juega un papel clave en la infraestructura digital europea y en el debate regulatorio comunitario, pero su futuro bursátil dependerá de cómo gestione simultáneamente crecimiento limitado, presión inversora y ambiciones de consolidación, en un mundo dominado por gigantes tecnológicos que operan con escalas y recursos muy superiores.
El escenario que se está configurando en torno a la inteligencia artificial está actuando como un factor disruptivo exógeno para las operadoras de telecomunicaciones europeas, y muy especialmente para Telefónica, que afronta esta transición en pleno proceso de redefinición estratégica. A diferencia de las Big Tech, que han podido orientar su estructura de costes, su modelo de negocio y su gobernanza hacia una expansión agresiva basada en software, datos y escalabilidad global, las telecos llegan a este punto condicionadas por décadas de regulación, elevada intensidad de capital y retornos estructuralmente comprimidos.
En este contexto, el temor del mercado a una ampliación de capital ligada a operaciones de consolidación no es una reacción emocional, sino una lectura racional del dilema al que se enfrenta el sector. La consolidación clásica —fusiones entre operadores dentro de un mismo mercado o a escala europea— persigue ganar tamaño, reducir duplicidades y mejorar márgenes. Sin embargo, esta estrategia no altera el desequilibrio de fondo frente a las Big Tech: no genera nuevas capacidades tecnológicas propias en IA, no reduce la dependencia de plataformas externas y, además, introduce riesgos financieros y de ejecución que penalizan al accionista, especialmente en un entorno de tipos aún restrictivo y elevada sensibilidad a la dilución.
La intensa actividad de lobby de Telefónica en Bruselas —35 reuniones desde 2025 y hasta 2,25 millones de euros anuales— debe entenderse como una respuesta defensiva a este encaje imposible entre ambición estratégica y realidad financiera. No obstante, las recientes declaraciones de la Comisaria de Competencia, Teresa Ribera, subrayando las limitaciones regulatorias para una relajación automática de las normas de competencia, ponen de manifiesto que la consolidación no cuenta con un respaldo político claro ni inmediato, lo que reduce aún más su eficacia como palanca transformadora.
Este diagnóstico enlaza directamente con las conclusiones de los informes elaborados por Mario Draghi y Enrico Letta sobre la competitividad europea y mercado interior. Ambos coinciden en que la simple concentración empresarial no es el camino adecuado para cerrar la brecha tecnológica con Estados Unidos y China. En sus análisis, la figura que emerge como alternativa viable es la del consorcio, entendido no como una solución coyuntural, sino como un marco estructural de cooperación industrial.
El consorcio permite algo que la consolidación tradicional no ofrece: compartir riesgos, coordinar inversiones y poner en valor capacidades complementarias sin destruir valor financiero ni generar tensiones regulatorias inmediatas. Para las telecos, esto implica cooperar en ámbitos críticos como infraestructuras de IA, edge computing, cloud soberano, ciberseguridad o estandarización tecnológica, manteniendo al mismo tiempo la independencia operativa y el equilibrio financiero. En un entorno donde las Big Tech invierten decenas de miles de millones de dólares anuales en I+D y capacidad computacional, la cooperación de las compañías de telecomunicaciones se convierte en una condición de supervivencia, no en una opción estratégica secundaria.
Desde esta perspectiva, el hecho de que el auge de la IA haya “pillado a contrapelo” a las operadoras no es una cuestión de mala ejecución individual, sino el resultado de un desfase sistémico entre la velocidad de la innovación tecnológica y la arquitectura económica y regulatoria del sector europeo de telecomunicaciones. Telefónica encarna este dilema: es un actor clave para la soberanía digital europea y la infraestructura del continente, pero opera en un marco que limita su capacidad de capturar valor en la nueva cadena tecnológica dominada por la IA.
En el escenario actual, Telefónica afronta la disrupción acelerada de la inteligencia artificial y la presión competitiva global en un momento particularmente delicado de su ciclo interno: con un ERE en marcha y una estrategia de ajuste de costes que profundiza en la externalización de funciones críticas y la reducción de capacidades internas. Este hecho no es accesorio ni coyuntural, sino estructural, y condiciona de forma directa la capacidad real de la compañía para reaccionar ante el nuevo entorno tecnológico.
Los datos disponibles muestran que el ajuste laboral no está acompañado, por ahora, de un vector claro de creación de valor alternativo. En términos bursátiles, Telefónica continúa moviéndose en un rango estrecho dentro de una atonía que exaspera a los inversores, con un comportamiento plano frente a un mercado que sí discrimina positivamente a compañías capaces de articular narrativas creíbles de crecimiento vinculadas a la IA, el software o la infraestructura digital avanzada.
Un ejemplo reciente y relevante es el de ADIF y RENFE. Tras años de contención de costes, externalización de servicios y envejecimiento de la plantilla técnica, el deterioro acumulado de la red ferroviaria ha obligado a lanzar un plan extraordinario de mantenimiento. En concreto, Adif ha anunciado una inversión adicional de 1.084,9 millones de euros entre 2026 y 2030, lo que supone un incremento del 15,35% respecto a lo inicialmente previsto para el quinquenio https://bit.ly/4ksEC4p
El paralelismo no es conceptual, sino funcional. Tanto el ferrocarril como las telecomunicaciones son infraestructuras críticas, intensivas en capital y altamente reguladas, donde la reducción sostenida de costes operativos sin reinversión proporcional en capacidades internas termina generando costes diferidos que emergen más adelante multiplicados varias veces.
Para terminar el post vuelvo a la anécdota con la que se abría este análisis —esa conversación en la que una operadora aportaba la red mientras otro actor “generaba el valor sobre ella”—. No es un episodio aislado ni una impresión subjetiva. Es el resumen más honesto del lugar que hoy ocupan las telecomunicaciones en la cadena de valor digital.
La política de refugiarse en la eficiencia puede ganar tiempo, pero no cambia la posición estructural. Y en la economía de la inteligencia artificial, confundir eficiencia con estrategia no es neutral: es perder el futuro con las cuentas bien ordenadas.
Ya lo dijo Michael Porter: “Cuando una industria confunde eficiencia con estrategia, no gana tiempo: lo pierde.”



