martes, 14 de abril de 2026

TELEFÓNICA Y SUS DIRECTIVOS ANTE EUROPA: FUSIONES, DOGMA Y FRACASO DE VISIÓN INDUSTRIAL

 

Conviene recordar el caso de ASML. Europa no logró situarse en una posición estratégica en una tecnología crítica porque una gran empresa absorbiera al resto del mercado ni porque redujera drásticamente la competencia interna para crear un gigante por decreto. Lo hizo a través de una combinación mucho más compleja y más inteligente: especialización, cooperación industrial, cadenas de valor compartidas e inversión acumulada durante años. ASML no es el resultado de una lógica simple de concentración, sino de un ecosistema tecnológico capaz de coordinar conocimiento, proveedores, investigación y visión de largo plazo. Esa es la lección que hoy parece olvidarse en parte del debate sobre telecomunicaciones: la escala no siempre nace de hacer menos actores, sino de conectar mejor las capacidades existentes.

 

En las últimas semanas, el debate europeo sobre telecomunicaciones, competencia y soberanía tecnológica ha vuelto a ocupar un lugar central en la conversación pública. Las posiciones expresadas por Sebas Muriel y Borja Ochoa, junto con el reciente nombramiento de Anthony Whelan al frente de la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea, han reactivado una cuestión de fondo que trasciende el sector telco: cómo debe construir Europa la escala necesaria para competir en la nueva economía digital. El diagnóstico sobre la fragmentación del mercado europeo es ampliamente compartido, pero no ocurre lo mismo con la solución. Frente a quienes defienden que la vía principal pasa por facilitar fusiones y concentraciones para crear grandes campeones continentales, este texto del post sostiene que esa lectura es incompleta. La cuestión decisiva no es solo aumentar el tamaño empresarial, sino definir de qué modo puede Europa articular una verdadera capacidad estratégica a través de mercado único efectivo, cooperación industrial, inversión en I+D e infraestructuras federadas a escala continental. En ese punto se sitúa la discrepancia de fondo que este post pretende analizar. 

El artículo de Sebas Muriel, publicado el 7 de abril en El Economista, y las declaraciones de Borja Ochoa difundidas el 13 de abril en la prensa comparten una misma idea de fondo: Europa no está rezagada por falta de talento, tecnología o capacidad industrial, sino por un problema de escala, fragmentación y escasa ambición inversora. Ambos dirigentes de Telefónica coinciden en que el gran obstáculo para la competitividad europea en la nueva economía digital no es técnico, sino estructural y económico, y que si Europa quiere asegurar su soberanía tecnológica tendrá que transformar su mercado de telecomunicaciones y su modelo de inversión.

Sebas Muriel sitúa su reflexión en un contexto geopolítico y económico más amplio. Parte del diagnóstico de Mario Draghi sobre la pérdida de competitividad europea y lo conecta con las advertencias del CEO de Anthropic, Dario Amodei, sobre la concentración de poder tecnológico en torno a la inteligencia artificial durante la próxima década. Desde esa perspectiva, Muriel sostiene que Europa sí dispone de capacidades en telecomunicaciones, edge computing, cloud e IA, pero no logra convertirlas en infraestructuras de gran escala con la rapidez y el volumen de inversión que exige el momento. Para él, la infraestructura de la economía de la IA no puede reducirse al cloud, sino que debe entenderse como una arquitectura distribuida basada en conectividad, procesamiento en tiempo real y proximidad al usuario. En teoría, Europa tendría una ventaja por su geografía densa y por el despliegue de fibra, pero esa ventaja sigue siendo solo potencial porque el continente continúa funcionando como una suma de mercados nacionales fragmentados, con operadores dispersos y capacidades tecnológicas poco articuladas.


En ese marco, Muriel valora iniciativas como EURO-3C, presentada en el Mobile World Congress, porque representan un esfuerzo relevante por federar capacidades europeas en telecomunicaciones, nube, edge e inteligencia artificial. Sin embargo, insiste en que este tipo de proyectos, aunque importantes, no bastan por sí solos. A su juicio, la inversión pública puede servir para crear ecosistemas paneuropeos y conectar actores diversos —grandes operadores, tecnológicas, fabricantes, centros de investigación y pymes—, pero no puede sustituir la necesidad de generar grandes campeones empresariales europeos impulsados por inversión privada. El problema, dice, es que la regulación actual impide a las compañías alcanzar el tamaño necesario para liderar esa transformación. Por eso defiende que no habrá soberanía digital europea sin consolidación del sector de las telecomunicaciones, sin operadores con escala suficiente para invertir de forma sostenida y sin una infraestructura robusta sobre la que pueda asentarse una IA realmente competitiva. Su razonamiento es claro: sin escala no hay inversión, sin inversión no hay infraestructura, y sin infraestructura no hay liderazgo en IA ni soberanía digital.

Las declaraciones de Borja Ochoa refuerzan ese mismo argumento, pero desde una óptica más empresarial y sectorial. El presidente de Telefónica España subraya que en Europa existe una excesiva fragmentación del mercado de telecomunicaciones, con más de 40 operadores, frente a los tres o cuatro grandes actores que predominan en economías tecnológicamente avanzadas como Estados Unidos, China, India o Japón. Para Ochoa, esta dispersión limita la rentabilidad y, en consecuencia, reduce la capacidad inversora del sector. De hecho, señala que en Europa se ha destruido valor en los últimos diez años, mientras que en Estados Unidos y Asia se ha producido el fenómeno contrario, con creación de valor. Su tesis enlaza directamente con la de Muriel: existe una relación directa entre tamaño, rentabilidad e inversión, y sin una simplificación del número de actores será muy difícil que Europa avance con la intensidad necesaria en tecnologías críticas.

Ochoa plantea que el sector debería evolucionar hacia un marco más simple y estable, apoyado en tres pilares permanentes: una política constante de inversión en tecnologías estratégicas, alianzas entre grandes operadores para afrontar los retos tecnológicos y una regulación que favorezca ese escenario. En otras palabras, no basta con reconocer el problema; es necesario crear las condiciones para que las empresas puedan invertir, cooperar y crecer. Frente a una visión cerrada de la soberanía tecnológica, además, Ochoa introduce un matiz relevante: Europa debe colaborar con compañías no europeas que hoy disponen de tecnologías avanzadas y piezas críticas para el funcionamiento de los ecosistemas digitales. Considera positivo que esas tecnologías puedan “europeizarse” y combinarse con iniciativas continentales basadas en consorcios, de forma que, a medio plazo, Europa pueda desarrollar ecosistemas de datos e infraestructuras parcialmente autónomos. Es decir, no propone un aislamiento tecnológico, sino una soberanía construida mediante cooperación, adaptación y desarrollo progresivo de capacidades propias.

Otro punto de coincidencia entre ambos discursos es la centralidad de la inteligencia artificial. Muriel la presenta como el gran eje de reorganización de la economía global y como la razón por la que Europa no puede permitirse seguir operando con lentitud y fragmentación. Ochoa, por su parte, insiste en el carácter excepcional de esta tecnología, señalando que nunca antes se había vivido una innovación con un impacto tan profundo, una capacidad de disrupción tan alta y una evolución tan rápida. Esa velocidad refuerza la urgencia del diagnóstico de Muriel: Europa no dispone de tiempo ilimitado para reaccionar, y la próxima década no se decidirá en los márgenes, sino en la escala.

Finalmente, Ochoa amplía el foco al terreno de la defensa y la ciberseguridad, donde considera que Telefónica tiene una posición sólida y capacidades diferenciales. Recuerda la larga trayectoria de la compañía en ese ámbito y subraya las oportunidades que se abren en comunicaciones estratégicas y ciberseguridad, especialmente por la evolución del 5G y por el valor de gestionar infraestructuras críticas. Este añadido conecta con la idea de soberanía defendida por Muriel: la competitividad tecnológica europea no solo afecta al crecimiento económico o al liderazgo empresarial, sino también a sectores estratégicos como la seguridad y la defensa.


En conjunto, tanto Muriel como Ochoa trazan un mismo mensaje: Europa comprende ya el desafío de la nueva economía digital, pero todavía no ha reunido las condiciones necesarias para responder con eficacia. Ambos sostienen que el continente necesita menos fragmentación, más escala empresarial, más inversión privada, una regulación más valiente y una ejecución mucho más rápida. También coinciden en que la soberanía tecnológica no se logrará únicamente con planes públicos o declaraciones estratégicas, sino con empresas capaces de crecer, invertir y competir globalmente en telecomunicaciones, infraestructuras digitales e inteligencia artificial. Los dos, en definitiva, plantean que el futuro tecnológico europeo dependerá de si la Unión es capaz de pasar del diagnóstico a decisiones estructurales que permitan crear verdaderos campeones continentales. Fuente original de Sebas Muriel: El Economista  Fuente de las declaraciones de Borja Ochoa: prensa / cobertura del foro

Lo primero que quiero manifestar es que puede parecer, a primera vista, que la Comisión Europea no dispone de una guía clara al leer las posiciones defendidas por, Sebas Muriel y Borja Ochoa. Sin embargo, esa impresión no se sostiene si se atiende al trabajo previo que subyace en el informe de Mario Draghi sobre competitividad europea y en el informe de Enrico Letta, Much more than a market. Ambos documentos parten de un diagnóstico trabajado durante meses y coinciden en señalar que Europa necesita más escala, más velocidad y más recursos para completar de verdad su mercado interior. En el caso de las telecomunicaciones, el informe Letta subraya expresamente que la Unión sigue operando con 27 mercados nacionales de comunicaciones electrónicas, una fragmentación que limita el crecimiento, la inversión y la capacidad competitiva de los operadores europeos; y el informe Draghi, por su parte, propone revisar la posición europea sobre escala y consolidación para construir un verdadero mercado único, sin sacrificar el bienestar del consumidor ni la calidad del servicio https://bit.ly/47XNw4R

Sobre esa base, el texto sostiene que Muriel y Ochoa aciertan en el diagnóstico general, porque identifican correctamente la fragmentación del mercado europeo como un obstáculo estructural. No obstante, reinciden en una solución muy concreta y equivocada: presentar las fusiones como vía principal para alcanzar la escala necesaria. Frente a ello, se defiende que la escala no tiene por qué construirse únicamente mediante concentración societaria, sino también a través de consorcios paneuropeos capaces de coordinar inversión, conocimiento e infraestructuras sin eliminar la competencia. Desde esa perspectiva, el ejemplo de Airbus aparece como referencia central: no como una simple suma de balances empresariales, sino como una arquitectura industrial común que permitió centralizar I+D, repartir riesgos y acumular capacidad estratégica a escala europea. El propio informe Letta, además, no se limita a hablar de consolidación, sino que menciona también alianzas estratégicas y fórmulas de inversión compartida en elementos clave de red, lo que abre la puerta a una lectura menos reduccionista del problema de la escala https://bit.ly/4vsodlt  

Desde esta óptica, el axioma formulado por Muriel —según el cual sin escala no hay inversión, sin inversión no hay infraestructura y sin infraestructura no hay liderazgo en IA ni soberanía digital— partiría de una premisa incompleta. La escala, sostiene el texto, ya puede estar contenida en un consorcio que opere realmente a nivel continental. En ese sentido, el post del 6 de marzo que escribí en este blog desarrolla la idea de una arquitectura construida sobre tres capas integradas: la capa Telco, formada por las redes de conectividad; la capa Edge, orientada al procesamiento cercano al usuario y a la reducción de latencia; y la capa Cloud, encargada del almacenamiento, el procesamiento masivo y la computación de mayor potencia. Lo relevante no es solo la existencia de esas capas, sino su orquestación conjunta dentro de una infraestructura federada e interoperable. Esa lógica es precisamente la que inspira EURO-3C, proyecto presentado por la Comisión Europea en el Mobile World Congress de 2026, dotado con 75 millones de euros de Horizonte Europa y concebido como una infraestructura Telco-Edge-Cloud federada, abierta y paneuropea https://bit.ly/3OoEEi7  

El segundo eje del argumento consiste en rechazar que la reducción del número de operadores sea, por sí sola, la respuesta al retraso europeo. Una menor competencia puede mejorar cuentas y balances de las compañías resultantes, pero no corrige automáticamente la brecha tecnológica con Estados Unidos y China. El verdadero caballo de Troya del sector europeo sería, más bien, la debilidad de la inversión en I+D. En el siguiente enlace que escribí en el blog dedicado al ranking EU Industrial R&D Investment Scoreboard, se subraya que Estados Unidos concentra el 47,1 % de la I+D corporativa mundial, mientras la Unión Europea se queda en el 16,2 %, y que el núcleo digital de esa inversión —software, hardware, cloud, IA— está dominado por las grandes tecnológicas estadounidenses. Desde esta lectura, el problema no es tanto un supuesto exceso de competencia minorista como la incapacidad europea para sostener programas de I+D de magnitud comparable. A ello se añade que los datos disponibles sobre precios no avalan sin más la idea de que menos operadores generen un mercado mejor para el usuario: el estudio de BestBroadbandDeals sobre el coste mundial del dato móvil sitúa el coste medio de 1 GB en Europa occidental en 2,08 dólares, frente a 4,59 dólares en Norteamérica y 6,00 dólares en Estados Unidos https://bit.ly/3Q3TiMh 


A todo ello se suma un factor político que, según el texto y argumentos de, Muriel y Ochoa no incorporan con suficiente profundidad: el peso del nacionalismo económico en la Unión Europea. El obstáculo no es solo regulatorio o financiero, sino también político, porque los Estados miembros desean participar en proyectos de escala continental, pero no aceptan con facilidad perder soberanía sobre activos estratégicos. En esa clave se interpreta el movimiento reciente en Italia en torno a TIM: Reuters informó el 13 de abril de 2026 de una oferta de 10.800 millones de euros de la estatal Poste Italiane para excluir a la operadora de bolsa y reforzar el control público sobre activos considerados críticos, como la red de centros de datos y la unidad de ciberseguridad Telsy. Este tipo de operaciones refuerza la idea de que las grandes fusiones transnacionales chocan con límites políticos profundos, mientras que la fórmula del consorcio resulta más compatible con la preservación de soberanías nacionales dentro de una construcción europea compartida https://bit.ly/4tGimY4  

En definitiva, se concluye que la Comisión Europea sí dispone de un horizonte estratégico claro, apoyado en los trabajos de Draghi y Letta, pero que ese horizonte no obliga a aceptar que la fusión empresarial sea la única vía hacia la escala. La tesis central es que Europa necesita construir capacidad estratégica real mediante cooperación industrial, interoperabilidad, inversión conjunta e I+D, no mediante una simple relajación competitiva que pudiera mejorar la rentabilidad de las telecos sin resolver el desfase tecnológico de fondo. Por eso, frente a la visión de una parte de los directivos del sector como la hoy manifestada en mayor medida mor Muriel y en menor por Ochoa, que siguen viendo en las fusiones el camino casi exclusivo para alcanzar campeones continentales, se defiende aquí que la vía más realista para la soberanía tecnológica europea pasa por consorcios paneuropeos, infraestructuras federadas y una política industrial que sitúe la escala en el sistema, y no solo en el tamaño jurídico de las empresas https://bit.ly/3OgZD6u

Ayer 13 de abril de 2026 se publicaba en el diario El Confidencial la noticia donde se explica que la Comisión Europea ha nombrado al irlandés Anthony Whelan nuevo director general de Competencia, un puesto de gran peso dentro del Ejecutivo comunitario y situado bajo la responsabilidad política de Teresa Ribera, vicepresidenta ejecutiva encargada de Competencia y Transición. El artículo subraya que Whelan es una figura próxima a Ursula von der Leyen, de cuyo gabinete formó parte como asesor principal en política digital, competencia, mercado interior y política industrial. Antes de este nombramiento había sido designado director general adjunto de Competencia en septiembre de 2025, y ahora sustituye al francés Olivier Guersent, retirado tras una larga trayectoria en esta área. Reuters también recoge que Whelan, de 57 años, asume el cargo en un momento especialmente delicado por la presión para flexibilizar las normas de fusiones y por las tensiones regulatorias con Estados Unidos en materia tecnológica.

El noticia destaca además el perfil jurídico e institucional de Whelan. Recuerda su paso por el gabinete de la comisaria Neelie Kroes entre 2006 y 2010 y señala, con referencia de Cecilio Madero, que fue uno de los juristas encargados de defender ante los tribunales europeos la histórica multa de 497 millones de euros contra Microsoft. En paralelo, recoge el mensaje público de Ribera, quien sostuvo que su profesionalidad será clave para preservar la objetividad, la independencia y la igualdad de trato en la aplicación de las normas de competencia. El retrato que ofrece la información es el de un funcionario con experiencia técnica, criterio político y amplio conocimiento interno de la institución.

La parte central de la noticia sitúa este nombramiento en medio de un debate de fondo sobre el rumbo de la política de competencia europea. Según el artículo, la Dirección General de Competencia es hoy uno de los principales escenarios de confrontación entre dos enfoques: uno favorable a flexibilizar las normas para facilitar la creación de gigantes europeos y ampliar el margen de intervención de los Estados, y otro más apegado a una visión clásica de la competencia. En ese contexto, se recuerda que Whelan formó parte del entorno de Von der Leyen durante la flexibilización extraordinaria de las ayudas de Estado tras la pandemia y la guerra derivada de la invasión rusa, y que la presidenta de la Comisión ha anunciado ahora un nuevo esquema temporal relacionado con la crisis de Irán.

Por último, la noticia remarca que el nombramiento puede influir de forma directa en la discusión sobre fusiones y concentración empresarial. El artículo señala que Von der Leyen viene impulsando una revisión de las reglas para permitir mayor concentración y reforzar la “resiliencia” europea frente a Estados Unidos y China, mientras que Ribera ha defendido en público una posición distinta, al advertir que las fusiones pueden reducir la resiliencia cuando disminuyen el número de proveedores de bienes esenciales. En ese marco, se apunta que las grandes operadoras de telecomunicaciones, entre ellas Telefónica y Vodafone, siguen presionando para que Bruselas flexibilice sus reglas de concentración, por lo que Whelan pasa a convertirse en una figura clave dentro de ese debate https://bit.ly/4cIj7Kt 

 

Dicho nombramiento de Anthony Whelan no convierte a la DG Competencia en un “coladero” para autorizar fusiones. El marco jurídico no ha cambiado con su llegada: la Comisión sigue revisando formalmente las guías de fusiones mediante consultas y talleres ya en marcha, y en esa revisión afirma expresamente que la misión principal del control europeo de concentraciones sigue siendo preservar un mercado interior “vibrante y competitivo” que ofrezca productos innovadores, asequibles y de alta calidad. Es decir, cualquier relajación real tendría que plasmarse en nuevas guías, criterios y decisiones motivadas, no solo en un relevo de nombres https://bit.ly/3Oh35Ou  

Dicho eso, sí es una señal política importante. Whelan llega al puesto en un momento en que algunas empresas como Telefónica y varios gobiernos, piden a Bruselas que dé más peso a la escala, la innovación, la sostenibilidad y la resiliencia al analizar fusiones, y él es un perfil muy cercano al entorno de Ursula von der Leyen, con experiencia en política digital y competencia. Por eso, su nombramiento puede leerse como un refuerzo del ala que quiere que DG COMP sea más receptiva a los argumentos de “campeones europeos” y menos rígida en una lectura puramente centrada en precios a corto plazo. Pero “más receptiva” no es lo mismo que “automáticamente permisiva” https://bit.ly/4cEgNUR

Además, el cargo tiene otras connotaciones que van más allá de las fusiones. Whelan no solo aterriza en medio del debate sobre concentración; también asume funciones clave en la aplicación general de las normas de competencia, en el pulso regulatorio con Estados Unidos sobre las grandes tecnológicas, y en un contexto donde DG COMP está lidiando con expedientes sensibles sobre Google y Meta. Teresa Ribera, de hecho, presentó su nombramiento subrayando la necesidad de aplicar las reglas con integridad, sin presiones distorsionadoras y con equidad, lo que apunta a una doble lectura: más sensibilidad estratégica, sí, pero también continuidad en la exigencia institucional y en la defensa de la autonomía del regulador https://bit.ly/47YALHc

Una lectura ajustada a lo publicado, sería que dicho nombramiento no prueba una rebaja automática de las reglas, pero sí aumenta la probabilidad de que la revisión de la política de competencia se incline un poco más hacia los argumentos de escala y resiliencia, siempre dentro del procedimiento formal y del marco legal europeo vigente https://bit.ly/4mvGVVi

El error de fondo de la posición defendida por Sebas Muriel y, en menor medida, por Borja Ochoa no está en el diagnóstico inicial sobre la fragmentación europea, sino en identificar casi de forma automática la escala con la concentración societaria. Los propios trabajos de referencia de la Unión apuntan a una realidad más compleja. El informe Letta reconoce que la UE sigue operando con 27 mercados nacionales de comunicaciones electrónicas y que esa fragmentación frena la inversión, la innovación y el crecimiento de operadores paneuropeos; pero al mismo tiempo recuerda que la regulación pro competitiva europea ha aportado beneficios claros a los usuarios, entre ellos una caída de precios, y sitúa el verdadero problema también en la persistencia de reglas nacionales divergentes. Dicho de otro modo, antes de fusionar empresas, Europa necesita fusionar de verdad su mercado y su marco regulatorio https://bit.ly/4taBeOX

Además, el propio informe Letta no sostiene una lógica de “fusiones o nada”, sino una lógica abierta de construcción de escala. Junto a una posible consolidación limitada y respetuosa con el derecho de la competencia, el texto menciona expresamente las alianzas estratégicas entre actores del mercado y el reparto pro competitivo de inversiones en elementos clave de red. A eso se añade otra idea decisiva: la evolución tecnológica está desacoplando cada vez más infraestructuras y servicios, hasta el punto de que el informe habla ya de operadores mayoristas centrados solo en infraestructuras pasivas y de una trayectoria hacia el modelo de neutral host. Esa evolución refuerza la tesis de que la escala puede construirse a nivel de sistema, de interoperabilidad y de arquitectura industrial compartida, sin necesidad de reducir drásticamente la competencia en el mercado minorista. Ahí es precisamente donde la figura del consorcio europeo resulta más coherente con la realidad tecnológica y política de la Unión que la simple fusión empresarial https://bit.ly/4svZlXa  

A todo ello se suma un dato empírico que conviene no ignorar. El informe de BEREC sobre los efectos de varias fusiones móviles de 4 a 3 operadores en Austria, Irlanda y Alemania concluyó que debía mantenerse un enfoque prudente, porque incluso con remedios esas operaciones ofrecían evidencia de aumentos de precios en el corto y medio plazo. En paralelo, la propia Comisión Europea, en la revisión actualmente abierta de sus guías de fusiones, insiste en que la misión principal del control de concentraciones sigue siendo preservar un mercado interior vibrante y competitivo, capaz de ofrecer productos innovadores, asequibles y de alta calidad. Por eso, la cuestión no es elegir entre competencia o soberanía, sino entender que una soberanía tecnológica duradera no puede construirse debilitando sin más la competencia, sino corrigiendo primero el verdadero déficit europeo: la falta de mercado único efectivo, la insuficiencia de I+D y la ausencia de mecanismos estables de cooperación industrial a escala continental. Confundir tamaño empresarial con capacidad estratégica es, en última instancia, el punto en el que la propuesta de Muriel y Ochoa queda conceptualmente incompleta https://bit.ly/4dMjBjY  

En definitiva, el debate europeo no debería plantearse como una elección entre fragmentación o fusiones, sino entre dos formas distintas de construir escala: una basada en la concentración societaria y otra en la integración industrial, regulatoria y tecnológica. Ese es el punto en el que Muriel y Ochoa reducen en exceso el problema: Europa no necesita solo empresas más grandes, sino un sistema más coordinado, más innovador y más capaz de convertir su mercado común en verdadera soberanía estratégica.Final del formulario

Para terminar el post quiero manifestar que el caso de ASML, con el que se abría este texto, debería servir como recordatorio final de lo que de verdad significa construir escala en Europa. No se llega a una posición estratégica en una tecnología crítica simplemente dejando que unos pocos actores concentren mercado, sino articulando un ecosistema capaz de coordinar especialización, inversión, conocimiento, proveedores y visión industrial de largo plazo. Esa es precisamente la gran carencia del discurso que hoy representan Sebas Muriel, Borja Ochoa y, de forma todavía más insistente, Marc Murtra en su formulación más reciente sobre el sector: han convertido la fusión en un mantra, como si reducir el número de operadores fuese por sí mismo una política industrial. Y no lo es. Es, en el mejor de los casos, una herramienta posible dentro de un marco mucho más amplio; en el peor, una coartada para evitar el debate verdaderamente incómodo, que es el de la falta de ambición industrial, la debilidad de la I+D europea y la ausencia de iniciativas empresariales serias para construir capacidades compartidas a escala continental.

Resulta difícil no hacer una valoración crítica de que dos altos directivos del principal operador español hayan salido en tromba a defender la consolidación vía fusiones justamente cuando la Comisión Europea dispone ya de una guía estratégica bastante clara, apoyada en meses de trabajo plasmados en los informes de Draghi y Letta. Ambos documentos parten de un diagnóstico exigente y complejo sobre mercado único, inversión, escala, innovación y autonomía estratégica. Sin embargo, una parte de la gran industria telco europea parece haberse quedado con una lectura interesada y parcial de ese debate: la que reduce el problema a una simple relajación de las reglas de competencia para ganar tamaño. Lo llamativo no es solo la insistencia en esa tesis, sino la pobreza de la alternativa que ofrecen. Mientras reclaman a Bruselas que les facilite fusiones, apenas se percibe un esfuerzo equivalente por explorar con seriedad la formación de consorcios paneuropeos, estructuras compartidas de inversión, plataformas comunes o arquitecturas industriales cooperativas que permitan ganar escala sin destruir competencia. Ahí es donde el contraste con Airbus, y también con otros casos europeos de éxito industrial, resulta especialmente incómodo.

En el fondo, lo que revela esta posición es una visión excesivamente estrecha del problema europeo. Se pide a las instituciones que allanen el camino para concentrar mercado, pero no se observa una movilización comparable para construir de verdad capacidad estratégica compartida. Se invoca la soberanía tecnológica, pero se trabaja mucho más en el discurso de la consolidación que en la tarea de levantar instrumentos industriales comunes. Se habla de campeones europeos, pero no se actúa como si esos campeones tuvieran que nacer también de la cooperación, de la integración tecnológica y de la inversión coordinada. Por eso el problema de esta corriente de opinión no es solo que sea discutible; es que resulta intelectualmente pobre y políticamente cómoda. Confunde tamaño con estrategia, concentración con escala y alivio regulatorio con política industrial.

Ese es, en última instancia, el núcleo del desacuerdo. Europa no necesita que el sector teleco repita una y otra vez que todo se resolverá con menos operadores. Necesita que sus grandes directivos demuestren que son capaces de pensar y construir algo más ambicioso que una simple concentración de balances. Mientras eso no ocurra, seguir defendiendo las fusiones como única tabla de salvación no será una muestra de liderazgo, sino la confirmación de una renuncia: la renuncia a hacer el trabajo difícil de imaginar y poner en pie una verdadera arquitectura europea de cooperación industrial. Y esa, más que la fragmentación del mercado, es hoy una de las debilidades más evidentes de quienes dicen hablar en nombre del futuro tecnológico de Europa.

Ya lo dijo Robert Schuman: “Europa no se hará de una vez ni en una construcción de conjunto: se hará mediante realizaciones concretas, que creen en primer lugar una solidaridad de hecho.”Principio del formulario

 

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