domingo, 4 de octubre de 2026

EUROPA MUEVE FICHA: TELEFÓNICA Y LAS GRANDES TELECOS SIGUEN A REMOLQUE

Hay una imagen que resume bien hasta qué punto ha cambiado la percepción europea sobre las telecomunicaciones. Tras el sabotaje de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022, Europa empezó a mirar de otra manera las infraestructuras que discurren bajo el mar. No sólo los gasoductos: también los cables submarinos de telecomunicaciones, por los que circula una parte esencial del tráfico internacional de datos. Lo que durante años había sido contemplado principalmente como infraestructura técnica pasó a analizarse también desde la seguridad y la defensa. La lección era incómoda: Europa podía disponer de excelentes redes y, sin embargo, seguir siendo vulnerable si no era capaz de proteger físicamente las infraestructuras que las conectaban. Esa preocupación ayuda a entender el cambio que recorre hoy la política europea. La soberanía digital ya no consiste únicamente en fabricar tecnología o disponer de operadores competitivos; implica también tener alternativas, redundancia y capacidad europea para mantener las comunicaciones cuando una parte de la infraestructura falla, es atacada o queda fuera de control. En cierto sentido, los cables del Báltico y los satélites sobre Ucrania terminaron planteando la misma pregunta desde lugares opuestos: ¿quién garantiza que Europa pueda seguir comunicándose cuando realmente lo necesita?

Europa está redefiniendo qué significa controlar sus telecomunicaciones. La experiencia de Starlink en Ucrania, el desarrollo de IRIS² y GOVSATCOM, la integración de satélites con 5G y futuras redes 6G y la nueva arquitectura europea de comunicaciones críticas están convirtiendo la conectividad en algo mucho mayor que un mercado de servicios digitales. Las redes empiezan a ser consideradas simultáneamente infraestructura económica, tecnológica, de seguridad y de soberanía. Este cambio obliga también a revisar uno de los grandes debates del sector: si Europa necesita compañías más grandes para competir globalmente o si parte de esa escala puede construirse mediante consorcios, alianzas e infraestructuras compartidas. Y sitúa a Telefónica y a Marc Murtra ante una cuestión especialmente relevante: en la Europa que se está construyendo hacia 2030, quizá importe tanto el tamaño de una operadora como la posición que consiga ocupar dentro de la arquitectura tecnológica común. 

Europa despierta ante Starlink: de la dependencia tecnológica a la soberanía de sus comunicaciones críticas

Durante muchos años Europa contempló las telecomunicaciones, el espacio y la conectividad digital como sectores relacionados, pero esencialmente diferenciados. Las redes móviles estaban en tierra; los satélites constituían una infraestructura especializada; y la seguridad y la defensa disponían de sus propios sistemas de comunicaciones. Ese modelo está desapareciendo. La convergencia entre 5G, redes de fibra, constelaciones de satélites de órbita baja, cloud, inteligencia artificial y sistemas de defensa está convirtiendo las telecomunicaciones en una infraestructura estratégica comparable a la energía, el transporte o la propia defensa.

La guerra de Ucrania hizo visible esta transformación de una manera que probablemente ningún documento estratégico habría conseguido. Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, la destrucción y degradación de las redes terrestres convirtió la conectividad satelital en un elemento fundamental para mantener comunicaciones civiles y militares. Starlink, la constelación de órbita baja desarrollada por SpaceX, demostró entonces algo extraordinariamente importante: una infraestructura comercial privada podía convertirse rápidamente en una pieza crítica para el funcionamiento de un Estado en guerra. La tecnología funcionó. Y precisamente por eso apareció el problema.

Starlink permitió mantener comunicaciones donde las infraestructuras terrestres habían sido destruidas o interferidas. La experiencia ucraniana demostró el enorme valor de disponer de miles de satélites LEO (Low Earth Orbit, u órbita terrestre baja) capaces de proporcionar conectividad de baja latencia prácticamente desde cualquier lugar.

Pero también dejó al descubierto una vulnerabilidad estratégica: una capacidad esencial para las comunicaciones de un país europeo podía depender de las decisiones de una empresa privada estadounidense y, en último término, del entorno político y regulatorio de Estados Unidos.

El problema adquirió una dimensión mucho mayor en febrero de 2025. Reuters informó entonces de que funcionarios estadounidenses habían planteado la posibilidad de utilizar el acceso de Ucrania a Starlink como elemento de presión dentro de las negociaciones entre Washington y Kiev sobre minerales estratégicos. Starlink se había convertido para entonces en una infraestructura extremadamente relevante para las comunicaciones ucranianas. La información puede consultarse en el análisis de Reuters sobre Starlink y Ucrania.

Independientemente de cómo terminase aquella negociación, para Europa la cuestión estratégica estaba planteada.

¿Puede la Unión Europea permitir que comunicaciones esenciales para su seguridad, defensa, protección civil o gestión de crisis dependan estructuralmente de una infraestructura sobre la que Europa no tiene control soberano?

La respuesta europea a esa pregunta, sin embargo, no nació en 2025. Ya se estaba construyendo.

En realidad, Bruselas llevaba años detectando el problema. Las comunicaciones gubernamentales por satélite aparecían en la agenda europea desde la década anterior y, tras la aceleración tecnológica de las constelaciones de órbita baja, la Comisión Europea comenzó a diseñar una arquitectura propia de conectividad segura.

En febrero de 2022, prácticamente coincidiendo con el comienzo de la guerra de Ucrania, la Comisión presentó el proyecto que terminaría convirtiéndose en el Union Secure Connectivity Programme. Posteriormente, el Reglamento (UE) 2023/588 estableció formalmente el programa europeo de conectividad segura. Y resulta especialmente significativo leer hoy lo que Europa escribió entonces.

El propio Reglamento establece entre sus objetivos proporcionar comunicaciones satelitales gubernamentales seguras, autónomas, fiables e ininterrumpidas, reforzar la base tecnológica e industrial europea y evitar una dependencia excesiva de soluciones procedentes de fuera de la Unión, especialmente cuando se trate de infraestructuras críticas y acceso al espacio.

El texto legal completo puede consultarse en EUR-Lex — Reglamento (UE) 2023/588.

Europa había identificado el riesgo antes de que Starlink demostrara hasta qué punto ese riesgo podía convertirse en una cuestión geopolítica.

De aquella estrategia nació IRIS² — Infrastructure for Resilience, Interconnectivity and Security by Satellite, la futura constelación europea de comunicaciones seguras.

IRIS² no debe entenderse simplemente como "el Starlink europeo". Su lógica es diferente y considerablemente más amplia. El objetivo europeo combina comunicaciones gubernamentales, protección de infraestructuras críticas, defensa, gestión de crisis y servicios comerciales dentro de una arquitectura multi-orbital.

El Joint Research Centre de la Comisión Europea explica IRIS² como una infraestructura destinada precisamente a aumentar la soberanía digital europea y reducir la dependencia de sistemas externos. Y aquí comienza a aparecer algo todavía más interesante para el sector de las telecomunicaciones. IRIS² está evolucionando hacia una arquitectura donde el satélite deja de ser una red independiente y comienza a integrarse tecnológicamente con las redes móviles terrestres. El propio JRC trabaja en estándares 5G Non-Terrestrial Networks (5G NTN) para integrar comunicaciones espaciales y terrestres.

La frontera entre "operador móvil" y "operador satelital" empieza, por tanto, a desaparecer.

Mientras Europa desarrollaba IRIS², apareció una solución intermedia. En febrero de 2026 entró en funcionamiento EU GOVSATCOM, que permite agrupar capacidades satelitales gubernamentales existentes de los Estados miembros y ponerlas a disposición de usuarios públicos autorizados. La Comisión explica que esta infraestructura permite que incluso Estados que carecen de capacidad satelital propia puedan disponer de comunicaciones seguras sin depender necesariamente de proveedores comerciales o externos a la Unión.

La propia Comisión define las comunicaciones satelitales seguras como un elemento central de la autonomía estratégica europea. Más información en EU GOVSATCOM — Comisión Europea.

Pero el siguiente paso acaba de producirse.

El 30 de septiembre de 2026, la Comisión Europea presentó formalmente el European Union Critical Communication System — EUCCS. Y este proyecto cambia considerablemente la escala del planteamiento. Hasta ahora Europa estaba construyendo soberanía satelital. Con EUCCS empieza a construir soberanía sobre la arquitectura completa de las comunicaciones críticas.

Actualmente, policías, bomberos, servicios médicos de emergencia y organismos de protección civil utilizan numerosos sistemas nacionales de comunicaciones críticas. Muchos funcionan correctamente dentro de sus respectivos países, pero no siempre son técnicamente compatibles entre sí. Eso constituye un problema evidente cuando una crisis atraviesa fronteras.

Incendios forestales, inundaciones, atentados terroristas, sabotajes, ciberataques o amenazas híbridas pueden afectar simultáneamente a varios Estados miembros. En esas circunstancias, equipos de emergencia de distintos países necesitan comunicarse inmediatamente.

La propuesta del EUCCS pretende precisamente conectar estos sistemas nacionales y permitir que los servicios de emergencia europeos puedan comunicarse y colaborar en tiempo real y a través de las fronteras. La propuesta oficial puede consultarse en European Commission — New EU Critical Communication System for first responders. Pero tecnológicamente el proyecto es todavía más relevante.

Europa pretende evolucionar desde los tradicionales sistemas de radio crítica de banda estrecha hacia comunicaciones broadband basadas en tecnologías como 5G, complementadas por comunicaciones satelitales.

Esto significa que un policía, un bombero o un equipo médico ya no necesitará únicamente transmitir voz. Podrá intercambiar vídeo, imágenes, datos, geolocalización y potencialmente información procedente de drones, sensores o sistemas de inteligencia artificial. Y cuando la infraestructura terrestre deje de funcionar, la conectividad espacial podrá proporcionar redundancia.

5G + satélite + redes críticas interoperables.

Esa es la arquitectura hacia la que apunta Europa. Pero existe un elemento especialmente relevante: los Estados miembros conservarán el control de sus redes nacionales y participarán directamente en la gobernanza del sistema europeo. Esta condición introduce un matiz de enorme calado en el debate sobre la consolidación del sector. Si las redes de telecomunicaciones pasan a formar parte explícita de la arquitectura europea de seguridad, resiliencia y comunicaciones críticas, su control deja de ser únicamente una cuestión empresarial o de competencia para adquirir una dimensión estratégica nacional. Esto podría elevar considerablemente el listón político y regulatorio para aquellas operaciones transfronterizas en las que un gran operador europeo pretendiera hacerse con las redes de un incumbente de otro Estado miembro, precisamente el tipo de consolidación paneuropea que grupos como Vodafone, Deutsche Telekom, Telefónica u Orange llevan tiempo reclamando para ganar escala frente a sus competidores estadounidenses y asiáticos. No significa necesariamente el final de las fusiones transfronterizas, pero sí apunta hacia una posible contradicción que Bruselas tendrá que resolver: cómo impulsar operadores europeos de mayor escala sin diluir el control nacional sobre unas redes que, al mismo tiempo, está elevando a la categoría de infraestructura estratégica y de seguridad. La Comisión plantea un despliegue progresivo del EUCCS a partir de 2030, una vez que el Parlamento Europeo y el Consejo adopten la legislación correspondiente.Aquí aparece la conexión con Starlink.

Sería incorrecto afirmar que la Comisión ha creado EUCCS exclusivamente "contra Starlink". No existe en la propuesta una declaración de ese tipo. EUCCS responde también a problemas internos europeos de interoperabilidad, resiliencia frente a desastres, amenazas híbridas, terrorismo y cooperación transfronteriza. Pero sería igualmente difícil ignorar el contexto estratégico en el que se produce.

La experiencia de Ucrania ha demostrado que quien controla la infraestructura de comunicaciones puede disponer de una capacidad de influencia extraordinaria durante una crisis. Y Europa está reaccionando a esa realidad construyendo redundancia. No se trata necesariamente de romper la relación tecnológica con Estados Unidos ni de excluir servicios estadounidenses. Se trata de evitar que exista un único punto de dependencia estratégica.

La diferencia es fundamental.

La soberanía tecnológica no significa hacerlo absolutamente todo dentro de Europa. Significa conservar alternativas europeas suficientes para poder decidir. Eso explica por qué IRIS², GOVSATCOM y ahora EUCCS empiezan a entenderse mejor cuando se observan conjuntamente.

GOVSATCOM proporciona capacidad gubernamental satelital segura disponible actualmente.

IRIS² construye la futura infraestructura espacial soberana europea.

EUCCS conectará las redes críticas nacionales y permitirá utilizar tecnologías broadband como 5G, incorporando comunicaciones satelitales como elemento de resiliencia.

Son piezas diferentes, pero forman parte de una misma transformación. Y esta transformación tendrá consecuencias profundas para la industria europea de telecomunicaciones. Durante décadas, las grandes operadoras europeas —Telefónica, Orange, Deutsche Telekom, Vodafone y otras— han construido su negocio alrededor de espectro móvil, fibra y redes terrestres. El nuevo escenario introduce una cuarta infraestructura: el espacio.

Las futuras redes ya no serán exclusivamente terrestres. La evolución de los estándares 5G NTN y, posteriormente, 6G permitirá que satélites, antenas móviles, dispositivos IoT y potencialmente teléfonos convencionales formen parte de una arquitectura de conectividad cada vez más integrada. Eso abre un mercado completamente nuevo, pero también obliga a Europa a replantearse quién desarrolla, suministra y, en última instancia, controla las tecnologías sobre las que funcionarán esas redes.

Fabricantes de redes, operadores móviles, empresas espaciales, fabricantes de satélites, compañías de defensa, proveedores cloud y empresas de ciberseguridad comenzarán a competir —y también a colaborar— dentro de una misma cadena tecnológica. En este escenario, la formación de grandes consorcios europeos puede convertirse en uno de los principales instrumentos para articular una autonomía estratégica que ningún operador, fabricante o Estado miembro podría alcanzar por separado. Agrupar capacidades industriales, tecnológicas y financieras permitiría repartir las enormes inversiones necesarias para desplegar constelaciones, redes 5G/6G, infraestructuras cloud y sistemas de ciberseguridad, pero también construir una cadena de suministro europea capaz de reducir dependencias críticas de proveedores situados fuera de la Unión. No se trataría necesariamente de excluir a compañías estadounidenses o de otros países, sino de garantizar que Europa disponga de alternativas propias en cada uno de los eslabones esenciales de la infraestructura. Frente a un modelo en el que capacidades estratégicas pueden quedar concentradas en actores extranjeros —como ha puesto de manifiesto el extraordinario peso adquirido por Starlink en las comunicaciones satelitales—, el modelo de consorcios permitiría combinar la escala industrial de compañías europeas de telecomunicaciones, espacio, defensa, cloud y tecnología. La respuesta europea a la dependencia exterior podría construirse así no alrededor de un único “campeón europeo”, sino mediante ecosistemas y consorcios capaces de competir globalmente manteniendo dentro de Europa el conocimiento, la capacidad industrial y el control de las infraestructuras críticas.

La reciente alianza anunciada entre Nokia e ICEYE para desarrollar sistemas europeos de comunicaciones satelitales de órbita baja orientados a gobiernos, seguridad y defensa es una buena muestra de hacia dónde se dirige el mercado. Reuters informó el 1 de octubre de 2026 de que los primeros satélites de esta cooperación están previstos para 2028 y que el objetivo es ofrecer sistemas construidos sobre tecnología europea y bajo control de sus usuarios. Reuters — Nokia e ICEYE desarrollarán sistemas satelitales LEO.

Mientras tanto, operadores europeos como Eutelsat y SES están adquiriendo una importancia estratégica creciente. En 2025, cuando aumentó la preocupación sobre la dependencia de Starlink, comenzaron a estudiarse alternativas europeas para garantizar comunicaciones en Ucrania y otras aplicaciones críticas. Reuters analizó entonces las posibilidades de Eutelsat/OneWeb como alternativa europea a Starlink y posteriormente informó de conversaciones de SES con instituciones europeas para complementar Starlink. Por tanto, estamos ante algo bastante mayor que una nueva red para bomberos y policías. Europa está comenzando a tratar las telecomunicaciones, el espacio y las comunicaciones críticas como partes de una misma infraestructura estratégica. Y probablemente ésa sea la verdadera lección que deja Starlink.

La cuestión no es si Starlink es una buena o mala tecnología. Técnicamente, su despliegue ha demostrado precisamente el enorme potencial de las constelaciones LEO. La cuestión es quién controla la infraestructura cuando esa infraestructura deja de transportar únicamente Netflix, videollamadas o tráfico empresarial y empieza a transportar órdenes militares, comunicaciones policiales, información de inteligencia, coordinación de emergencias o datos de infraestructuras críticas. En ese momento, la conectividad deja de ser simplemente un servicio comercial. Se convierte en poder estratégico.

Europa parece haber llegado a esa conclusión.

La secuencia resulta reveladora:

GOVSATCOM → IRIS² → 5G NTN → EUCCS.

·         Primero compartir capacidad satelital europea existente.

·         Después construir una constelación soberana.

·         Después integrar espacio y redes móviles.

·         Y finalmente conectar mediante esa nueva arquitectura a los servicios públicos que deben seguir funcionando precisamente cuando todo lo demás falla.

El horizonte de 2030 empieza así a adquirir un significado diferente. No estamos hablando únicamente de tener más cobertura 5G o más satélites.

Estamos hablando de construir una infraestructura europea capaz de seguir funcionando durante guerras, catástrofes naturales, grandes apagones, ciberataques, sabotajes o crisis internacionales, reduciendo dependencias externas en aquellos elementos que Bruselas considera críticos.

La gran batalla tecnológica de la próxima década puede no ser simplemente quién ofrece la conexión más rápida. Puede ser quién controla la red cuando esa conexión se convierte en imprescindible. Y en ese escenario Europa ha decidido que depender exclusivamente de infraestructuras ajenas ya no es una opción suficiente. No significa una ruptura con Estados Unidos. Tampoco significa que Starlink vaya a desaparecer del mercado europeo. Significa algo más estructural:

Europa quiere disponer de capacidad propia para que una decisión tomada fuera de Europa —por un gobierno o por una compañía privada— no pueda dejar sin comunicaciones esenciales a sus instituciones, infraestructuras críticas o servicios de emergencia.

Ese es el escenario que conecta la experiencia de Starlink en Ucrania con IRIS², GOVSATCOM y la propuesta del nuevo EUCCS.

Y posiblemente estemos viendo solamente el comienzo.

Después de décadas construyendo el mercado único de las telecomunicaciones, Europa está empezando a construir algo diferente: una arquitectura común para la soberanía de sus comunicaciones.

Cuando la escala cambia de significado: el dilema estratégico de las grandes telecos europeas

Todo este proceso obliga a volver la mirada hacia las grandes operadoras europeas y, especialmente, hacia el discurso que sus máximos responsables llevan años defendiendo ante Bruselas. Porque si las telecomunicaciones pasan definitivamente de ser una infraestructura económica esencial a convertirse, además, en una pieza integrada de la seguridad, la defensa, la protección civil y la autonomía estratégica europea, la discusión sobre el tamaño óptimo de las compañías cambia inevitablemente de naturaleza. Durante los últimos años, buena parte del diagnóstico de Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone ha sido relativamente coincidente: Europa tiene demasiados operadores, una regulación excesivamente fragmentada y compañías con una escala inferior a sus grandes competidores estadounidenses y asiáticos. La solución propuesta ha sido facilitar la consolidación para obtener eficiencias, mejorar la rentabilidad del capital invertido y liberar una mayor capacidad de inversión en redes y tecnología.

Telefónica lo formula abiertamente en su posición sobre Consolidación y Escala: considera que la fragmentación del mercado europeo debilita la capacidad inversora del sector y reclama una política de competencia que reduzca las barreras a la consolidación. Marc Murtra ha llevado ese razonamiento un paso más allá vinculándolo directamente con la soberanía tecnológica. En marzo de 2026 afirmó en el Mobile World Congress que Europa necesita “escala, una regulación favorable a la tecnología y más velocidad”, defendiendo que la consolidación permitiría incrementar las inversiones y reforzar la autonomía estratégica europea. La propia Telefónica recoge aquí el planteamiento de Murtra. El argumento resulta sencillo de entender: si las empresas europeas son demasiado pequeñas respecto a sus competidores globales, dispondrán de menos capacidad para afrontar las enormes inversiones que exigirán fibra, 5G, 6G, inteligencia artificial, cloud, ciberseguridad y, ahora también, las redes no terrestres.

El Plan Estratégico Transform & Grow 2026-2030 de Telefónica mantiene esa lógica, aunque introduce una precisión fundamental para interpretar correctamente su posición: no incorpora operaciones concretas de consolidación y habla expresamente de impulsar la consolidación in-market y capturar sus sinergias. Murtra ya había delimitado esa estrategia en 2025 al afirmar ante los accionistas de Telefónica que la consolidación europea “debe comenzar dentro de los países”, con el objetivo de generar una escala rentable que permita incrementar la inversión en redes avanzadas, innovación y talento. Por tanto, sería incorrecto presentar la estrategia actual de Telefónica como una propuesta explícita para crear una única gran operadora paneuropea mediante la adquisición de incumbentes nacionales en distintos Estados. Su tesis documentada es más concreta: reducir la fragmentación dentro de cada mercado nacional para ganar capacidad inversora y tecnológica. Sin embargo, es precisamente ahí donde aparece uno de los principales límites de esa estrategia: cuanto mayor sea la concentración dentro de un mercado nacional, mayor será también el escrutinio de las autoridades encargadas de preservar una competencia efectiva. El reciente caso británico de Netomnia y Nexfibre ilustra esta tensión: la búsqueda de mayor escala y eficiencia mediante la concentración de infraestructuras puede encontrarse con la oposición del regulador cuando éste considera que la operación puede reducir la presión competitiva. Se dibuja así una contradicción difícil de resolver para las grandes operadoras: la consolidación in-market que reclaman para obtener escala es precisamente la que puede encontrar mayores obstáculos cuando amenaza con reducir el número de competidores o debilitar las infraestructuras alternativas. Y el nuevo carácter estratégico que Europa está atribuyendo a las redes añade una segunda capa al problema: ya no se trata únicamente de garantizar competencia, sino también de preservar resiliencia, diversidad de infraestructuras y capacidad de control sobre redes que empiezan a integrarse en la arquitectura europea de comunicaciones críticas.

Deutsche Telekom comparte buena parte del diagnóstico. Tim Höttges ha defendido que “no puede haber soberanía europea sin economías de escala” y ha criticado la acumulación regulatoria que, a su juicio, limita la capacidad competitiva de las empresas tecnológicas europeas. La discusión sobre futuras operaciones corporativas de Deutsche Telekom continúa igualmente abierta, con alternativas de crecimiento mediante adquisiciones en determinados mercados europeos, como analizaba recientemente Reuters Breakingviews al estudiar las posibles vías de crecimiento de Deutsche Telekom en Europa. La posición tampoco es exclusiva de Telefónica y Deutsche Telekom. Christel Heydemann, consejera delegada de Orange, ha defendido la necesidad de contar con operadores europeos fuertes y ha relacionado la consolidación con la recuperación de capacidad para invertir en redes, ciberseguridad e inteligencia artificial, mientras Margherita Della Valle ha planteado desde Vodafone un argumento semejante, reclamando reformas regulatorias que permitan aumentar la escala de las infraestructuras digitales europeas y señalando la fusión de Vodafone con Three en Reino Unido como ejemplo de esa estrategia. Reuters recogió aquí la defensa de Della Valle de una mayor escala para el sector europeo.

Hasta aquí, el razonamiento industrial mantiene una lógica perfectamente reconocible: más escala puede proporcionar mayores eficiencias, esas eficiencias pueden aumentar la capacidad de inversión y una mayor inversión puede reforzar la capacidad tecnológica europea. El problema es que el tablero sobre el que se construyó ese razonamiento está cambiando. Cuando una red de telecomunicaciones se integra en una arquitectura destinada a garantizar comunicaciones gubernamentales, seguridad, defensa, emergencias y resiliencia nacional, la propiedad y el control de esa red adquieren una relevancia estratégica que trasciende el cálculo tradicional de sinergias empresariales. Y eso es precisamente lo que introduce el European Union Critical Communication System — EUCCS, dentro de un proceso europeo mucho más amplio que incluye GOVSATCOM, IRIS² y la progresiva integración de las redes terrestres y satelitales.

La Comisión establece expresamente que, aunque las redes nacionales estarán interconectadas a escala europea, los Estados miembros mantendrán el control de sus redes nacionales y participarán en la gobernanza del nuevo sistema. La Comisión lo especifica en la presentación oficial del EUCCS. Esa condición introduce una variable que difícilmente puede quedar al margen del debate sobre la consolidación. La cuestión deja de ser únicamente cuántos operadores necesita Europa y empieza a incluir otra pregunta: quién controla las redes que Europa está incorporando progresivamente a su arquitectura de seguridad, resiliencia y comunicaciones críticas. No existe en la propuesta del EUCCS una prohibición de las fusiones entre operadores ni una disposición que impida que una compañía de un Estado miembro adquiera activos de telecomunicaciones en otro. Afirmarlo iría más allá de lo aprobado por la Comisión. Pero sí aparece una tensión objetiva entre dos prioridades europeas: por una parte, las grandes operadoras reclaman escala y consolidación; por otra, Europa está reforzando la importancia del control nacional sobre infraestructuras consideradas críticas. El debate regulatorio de la próxima década tendrá que encontrar una fórmula capaz de hacer compatibles escala empresarial europea y soberanía sobre las redes nacionales.

Es precisamente aquí donde el modelo que está emergiendo alrededor del satélite resulta especialmente revelador. Porque cuando Europa ha tenido que afrontar uno de los problemas de escala más ambiciosos de su historia reciente —construir una infraestructura satelital capaz de reducir dependencias exteriores y proporcionar comunicaciones seguras a gobiernos, empresas e infraestructuras críticas— no ha elegido concentrar toda esa capacidad en una única compañía. Ha elegido un consorcio. La Comisión adjudicó el desarrollo, despliegue y explotación de IRIS² al consorcio SpaceRISE, formado por SES, Eutelsat e Hispasat (Indra) y acompañado por un núcleo industrial en el que participan Thales Alenia Space, OHB, Airbus Defence and Space, Telespazio, Deutsche Telekom, Orange, Hisdesat y Thales SIX. El contrato articula una asociación público-privada destinada a desplegar una constelación multi-orbital y su correspondiente infraestructura terrestre. La Comisión describe aquí la estructura de SpaceRISE e IRIS².

El precedente es importante porque proporciona escala sin exigir necesariamente concentración societaria en un único operador. SES continúa siendo SES, Eutelsat continúa siendo Eutelsat, Hispasat mantiene su identidad y Deutsche Telekom y Orange pueden participar en la cadena industrial sin necesidad de fusionarse con los operadores satelitales. Empresas que compiten en determinados mercados pueden compartir inversiones, tecnología e infraestructura cuando existe un objetivo estratégico común. Europa está demostrando con IRIS² que escala y concentración empresarial no son necesariamente conceptos equivalentes. Esa diferencia adquiere todavía mayor importancia cuando las infraestructuras que deben alcanzar esa escala no son exclusivamente comerciales, sino que forman parte de la política europea de seguridad, autonomía tecnológica y resiliencia.

Y la paradoja aumenta cuando observamos qué están haciendo ahora las propias operadoras. En septiembre de 2026, Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone iniciaron conversaciones preliminares para estudiar la creación de un consorcio europeo de conectividad satelital directa al móvil, destinado a participar en la futura asignación europea de espectro de 2 GHz y desarrollar una alternativa europea en un mercado donde Starlink ha adquirido una posición tecnológica de enorme relevancia. No existe todavía una decisión definitiva sobre la constitución de ese consorcio, pero las conversaciones están documentadas. Reuters informó sobre las negociaciones entre las cuatro grandes operadoras europeas. Los mismos grupos que llevan años explicando a Bruselas que necesitan consolidarse para obtener escala están explorando ahora obtener parte de esa escala mediante una alianza cuando la infraestructura en cuestión adquiere una dimensión estratégica europea.

Eso no invalida el argumento económico de las fusiones. Una joint venture y una integración societaria persiguen objetivos diferentes y generan estructuras de costes, incentivos, riesgos y capacidad inversora distintas. Pero sí demuestra que existe otra herramienta para construir escala. Consorcios, joint ventures, infraestructuras compartidas, acuerdos mayoristas, proyectos industriales conjuntos, estándares tecnológicos comunes y asociaciones público-privadas permiten agregar capacidad sin que esa agregación tenga que traducirse necesariamente en la desaparición de uno de los actores participantes. En un sector en el que la soberanía empieza a adquirir tanta importancia como la rentabilidad, esta diferencia puede convertirse en una de las claves del modelo europeo para la próxima década.

Telefónica, de hecho, ya se está moviendo en esa dirección pese a la defensa de las fusiones. En marzo de 2026 anunció una colaboración con Satellite Connect Europe para estudiar conectividad Direct-to-Device integrada con sus redes 4G y 5G en España y Alemania, buscando complementar las redes terrestres y aumentar su resiliencia. Telefónica explica aquí el acuerdo y sus objetivos. Posteriormente, Telefónica España y Sateliot avanzaron en otro modelo colaborativo para desarrollar 5G NTN, destinado entre otros usos a comunicaciones críticas de seguridad y defensa. Telefónica participa además junto a Hispasat, empresas industriales, pymes y centros de investigación en ENTENTE, un proyecto europeo orientado a integrar redes terrestres y no terrestres y desarrollar comunicaciones seguras y resilientes para aplicaciones críticas, concebido para contribuir a los objetivos de IRIS² y reforzar la autonomía estratégica europea. CORDIS detalla aquí la composición y objetivos del consorcio ENTENTE.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que Telefónica permanece ajena al nuevo paradigma. Al contrario, está participando activamente en su construcción. La cuestión verdaderamente relevante aparece al observar cómo pretende alcanzar la escala que considera imprescindible para competir en Europa. Telefónica está operando simultáneamente con dos modelos diferentes: la consolidación cuando aborda la estructura de los mercados tradicionales y la colaboración mediante alianzas, consorcios o proyectos compartidos cuando entra en algunas de las nuevas infraestructuras estratégicas. Ambos modelos pueden coexistir, pero la tensión entre ellos resulta cada vez más evidente a medida que las telecomunicaciones dejan de ser consideradas únicamente un mercado y pasan a integrarse en la arquitectura europea de seguridad, resiliencia y autonomía estratégica. Esta dualidad merece ser examinada porque puede anticipar el dilema al que se enfrentarán no sólo Telefónica, sino también Deutsche Telekom, Orange, Vodafone y las propias autoridades europeas durante los próximos años. Si las redes terrestres, satelitales, cloud, de ciberseguridad y, progresivamente, las capacidades asociadas a 5G NTN y 6G terminan formando parte de una infraestructura estratégica común, la cuestión ya no será únicamente cuánta escala necesita Europa, sino mediante qué modelo debe alcanzarla y cuánto control está dispuesta a concentrar para conseguirla. En ese nuevo escenario, el mecanismo utilizado para obtener escala puede terminar siendo tan importante como la propia escala conseguida.

La propia Telefónica reconoce que la conectividad ya no constituye una infraestructura aislada. En su reflexión sobre Connectivity for European Strategic Autonomy, la compañía describe un ecosistema donde fibra, 5G, cloud, edge computing, inteligencia artificial, cables submarinos y satélites de órbita baja forman una estructura progresivamente interdependiente. Ahí aparece el verdadero cambio de paradigma. Si fibra, móvil, cloud, edge, satélite, ciberseguridad e inteligencia artificial empiezan a formar parte de una misma infraestructura estratégica, la escala futura puede no depender exclusivamente del tamaño del balance de una compañía ni del número de operadores que consiga absorber. Puede depender también de la capacidad de coordinar recursos europeos manteniendo distintas capacidades empresariales y nacionales.

Europa dispone ya de precedentes suficientes para demostrar que ese mecanismo es posible. Airbus representa desde hace décadas una cooperación industrial multinacional; IRIS² se articula mediante SpaceRISE; las redes satelitales avanzan mediante consorcios; los proyectos europeos de investigación 5G y 6G se desarrollan mediante alianzas industriales; y ahora las propias Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone estudian una fórmula conjunta para competir en conectividad satelital directa al dispositivo. El modelo que empieza a emerger no elimina necesariamente la competencia entre operadores: permite separar competencia y cooperación allí donde compartir infraestructura estratégica puede generar una escala europea que ninguna compañía estaría en condiciones de construir por sí sola.

Esto obliga a reconsiderar parte del discurso tradicional de los grandes ejecutivos europeos. No porque Marc Murtra, Tim Höttges, Christel Heydemann o Margherita Della Valle se equivoquen al identificar el problema de escala. Sus compañías llevan años señalando las dificultades de inversión de un mercado europeo fragmentado y comparando su situación con la dimensión alcanzada por determinados operadores estadounidenses y asiáticos. La cuestión es qué instrumento debe utilizarse para resolver ese problema. Durante años, la respuesta predominante de las grandes operadoras ha sido la consolidación. El nuevo escenario europeo está poniendo sobre la mesa una respuesta adicional: cooperación estructural sin desaparición de los centros nacionales de control. Quizá la discusión ya no deba plantearse exclusivamente como “Europa necesita operadores más grandes”, sino también como “Europa necesita una infraestructura tecnológica más grande que cualquiera de sus operadores”.

La diferencia es sustancial. Una adquisición concentra activos, clientes, espectro, infraestructura y capacidad de decisión dentro de una compañía. Un consorcio permite agregar capacidades manteniendo separadas la propiedad y determinadas responsabilidades nacionales. Una joint venture puede crear una plataforma común sin exigir la desaparición de sus participantes. Una red compartida permite obtener determinadas eficiencias sin transferir necesariamente todo el control estratégico de la infraestructura. Y una asociación público-privada permite combinar capital y capacidad industrial privados con mecanismos públicos de gobernanza. Ninguno de esos modelos constituye por sí mismo una solución universal, pero el desarrollo de IRIS² demuestra que Europa ya está utilizando estas estructuras para afrontar proyectos donde escala, soberanía y seguridad tienen que convivir simultáneamente.

Ese modelo encaja de una manera especialmente interesante con la arquitectura que Europa está construyendo hacia 2030. IRIS² aporta la futura infraestructura espacial; EUCCS interconecta las comunicaciones críticas; 5G NTN empieza a unir redes terrestres y satelitales; los Estados mantienen el control sobre sus redes nacionales dentro del sistema europeo de comunicaciones críticas; y operadores, fabricantes, compañías espaciales y empresas de defensa pueden aportar tecnología y capacidad mediante consorcios y asociaciones. La escala deja entonces de ser únicamente corporativa y empieza a convertirse en escala sistémica europea. Ese cambio conceptual puede acabar teniendo consecuencias importantes para la manera en que Bruselas analice la estructura futura del mercado de telecomunicaciones.

Porque la pregunta para Murtra, Höttges, Heydemann y Della Valle ya no puede limitarse a cómo conseguir que sus compañías sean mayores. El nuevo escenario obliga a añadir otra: ¿cómo conseguir que Europa sea tecnológicamente mayor sin que para lograrlo tenga necesariamente que concentrar el control de sus infraestructuras críticas en cada vez menos centros privados de decisión? Y esa cuestión adquiere todavía más importancia cuando hablamos de operadores incumbentes. Sus redes ya no transportan únicamente llamadas, vídeos, servicios cloud o tráfico empresarial. Sobre ellas descansan administraciones públicas, hospitales, sistemas financieros, industria, servicios de emergencia y una parte creciente de las capacidades de seguridad y defensa. Cuanto más estratégica se vuelve la red, más importante resulta distinguir entre escala económica, escala tecnológica y control estratégico.

La Comisión parece estar construyendo alrededor de esa distinción y, paradójicamente, las propias grandes operadoras pueden estar señalando parte del camino. Cuando llega el momento de afrontar la enorme ventaja de escala conseguida por Starlink, Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone no están planteando una fusión entre ellas para crear un único operador satelital europeo. Lo que están estudiando es un consorcio. Las conversaciones sobre esa posible alianza fueron recogidas por Reuters. Ese hecho no demuestra que las fusiones hayan dejado de ser útiles, pero sí demuestra que la escala europea puede construirse mediante fórmulas diferentes de la concentración societaria.

Y quizá ahí se encuentre uno de los elementos centrales del nuevo tablero europeo. La verdadera escala que Europa necesita podría no consistir necesariamente en tener menos empresas europeas, sino en conseguir que esas empresas sean capaces de compartir infraestructura, tecnología, inversión y riesgos cuando la soberanía común lo exige, manteniendo al mismo tiempo competencia, capacidades industriales y centros nacionales de control. Si la telecomunicación del futuro va a ser simultáneamente red comercial, infraestructura crítica, plataforma digital, soporte de servicios públicos y sistema de seguridad, la respuesta europea tendrá que ser necesariamente más compleja que una simple carrera de adquisiciones.

El horizonte de 2030 obliga, en definitiva, a pensar la escala de otra manera.

Marc Murtra ante el cambio de paradigma: el coste estratégico de mantener abiertas dos vías

La posición de Marc Murtra al frente de Telefónica adquiere una singularidad especial cuando se observa desde el escenario que Europa está construyendo para sus infraestructuras digitales. Su estrategia no puede calificarse de inmovilista ni de ajena a la transformación del sector. Telefónica invierte en redes, datos, ciberseguridad e inteligencia artificial, participa en proyectos europeos de comunicaciones terrestres y no terrestres y explora nuevas fórmulas de conectividad satelital. Pero, al mismo tiempo, Murtra continúa situando la consolidación del mercado entre los instrumentos fundamentales para resolver el problema de escala de las telecomunicaciones europeas. Telefónica mantiene así abiertas dos vías diferentes para alcanzar escala: concentración empresarial por un lado y cooperación industrial europea por otro. Ambas pueden coexistir, pero la cuestión es determinar cuál de ellas está adquiriendo mayor relevancia en la arquitectura que Bruselas está construyendo hacia 2030.

El Plan Estratégico Transform & Grow 2026-2030 de Telefónica mantiene como objetivo impulsar la consolidación in-market y estar preparada para aprovechar las oportunidades que puedan surgir. Murtra reforzó esa posición en el Mobile World Congress de 2026 al reclamar para Europa “escala, una regulación favorable a la tecnología y más velocidad”, relacionando la consolidación con una mayor capacidad de inversión y con la autonomía estratégica europea. El razonamiento tiene coherencia económica: operadores más eficientes y financieramente más fuertes deberían disponer de mayor capacidad para invertir. El problema aparece cuando esa estrategia se confronta con la forma en que Europa está resolviendo algunos de sus mayores desafíos tecnológicos. Bruselas está demostrando que la escala europea no tiene por qué obtenerse exclusivamente concentrando empresas; también puede construirse agregando capacidades mediante consorcios, joint ventures, infraestructuras compartidas y proyectos industriales paneuropeos.

Telefónica, de hecho, ya participa en ese segundo modelo. En marzo de 2026 comenzó a explorar con Satellite Connect Europe la integración de conectividad satelital directa al dispositivo con sus redes 4G y 5G en España y Alemania. Participa asimismo, junto a Hispasat y otras empresas y centros tecnológicos, en ENTENTE, un proyecto europeo destinado a integrar redes terrestres y no terrestres y reforzar la autonomía estratégica europea en comunicaciones espaciales seguras. Y en septiembre de 2026 Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone comenzaron a estudiar conjuntamente la posibilidad de crear un consorcio europeo de conectividad satelital directa al móvil. Reuters informó sobre esas conversaciones, que siguen siendo preliminares y no equivalen todavía a la constitución efectiva de una nueva compañía.

El contraste es significativo. Cuando las principales operadoras europeas se enfrentan a un desafío tecnológico que exige una escala difícil de alcanzar individualmente y que además afecta directamente a la autonomía estratégica europea, la fórmula que están estudiando no consiste en fusionarse, sino en asociarse. Esto no demuestra que las fusiones hayan dejado de ser útiles ni invalida el argumento económico de Murtra. Sí demuestra, sin embargo, que existen mecanismos alternativos para agregar inversión, tecnología, infraestructura y capacidad comercial sin necesidad de concentrar la propiedad de las compañías participantes. Y cuanto mayor sea la consideración estratégica de las redes, mayor importancia adquiere esa diferencia.

Es aquí donde la posición de Murtra puede someterse a una crítica más exigente. Telefónica mantiene una vela encendida a la consolidación y otra a la cooperación industrial europea. La primera pretende conseguir escala mediante concentración y sinergias; la segunda permite conseguirla mediante la agregación de capacidades manteniendo la independencia de los participantes. Mantener abiertas ambas alternativas proporciona flexibilidad, pero también plantea una cuestión de prioridades: mientras Telefónica continúa esperando posibles oportunidades de consolidación, Europa está construyendo ya los ecosistemas industriales, tecnológicos y regulatorios que determinarán una parte sustancial de las redes de la próxima década.

La Digital Networks Act (DNA), propuesta por la Comisión el 21 de enero de 2026, refuerza precisamente la importancia de este momento. La DNA busca reducir la fragmentación regulatoria, facilitar la actividad transfronteriza y favorecer la inversión en redes avanzadas, objetivos que coinciden parcialmente con las reivindicaciones de Telefónica. Pero incorpora también seguridad, resiliencia, reducción de dependencias y una mayor cooperación europea. Por tanto, sería incorrecto presentar la DNA como una legislación contraria a Murtra. Lo verdaderamente relevante es que Bruselas ya no intenta resolver únicamente un problema de tamaño empresarial: pretende construir simultáneamente un mercado único de conectividad, una infraestructura resiliente y una mayor autonomía tecnológica.

La DNA todavía debe completar el procedimiento legislativo europeo. Precisamente por eso, el periodo actual resulta especialmente importante. Las compañías no están adaptándose a un marco definitivamente cerrado, sino posicionándose mientras se decide cómo funcionará el mercado de redes digitales de la próxima década. La ventaja competitiva puede empezar a construirse antes de que entre en vigor la regulación definitiva. Participar tempranamente en consorcios significa intervenir en estándares, acumular conocimiento, desarrollar tecnología, establecer relaciones industriales y ocupar posiciones dentro de cadenas de valor que posteriormente serán mucho más difíciles de alterar.

Ése es el riesgo que afronta Telefónica y conviene expresarlo con precisión. No existe evidencia para afirmar que la compañía haya perdido ya una oportunidad concreta por mantener su apuesta por la consolidación, ni que los consorcios vayan a sustituir necesariamente a las fusiones. Pero sí existe una realidad observable: los ecosistemas europeos están formándose ahora. IRIS², 5G NTN, comunicaciones satelitales direct-to-device, proyectos de 6G, cloud, ciberseguridad y futuras redes críticas avanzan mediante estructuras de cooperación que reúnen operadores, fabricantes, empresas espaciales, instituciones y centros tecnológicos.

Esta circunstancia convierte el tiempo en una variable estratégica. El propio Transform & Grow sitúa el horizonte corporativo de Telefónica en 2030 y proyecta posteriormente una fase de mayor escala. Pero esos mismos años son los que Europa está utilizando para definir la DNA, integrar redes terrestres y satelitales y construir nuevos ecosistemas tecnológicos. El riesgo para Telefónica no consiste en participar en una futura consolidación; consiste en dedicar demasiado tiempo a esperar una determinada configuración del mercado mientras otros actores ocupan posiciones centrales en los consorcios, estándares y plataformas sobre los que funcionará ese mercado.

El caso satelital ofrece la referencia más clara. Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone compiten entre sí, pero están estudiando agregar capacidades para afrontar conjuntamente un nuevo mercado paneuropeo. Esa posibilidad contiene una enseñanza que trasciende al satélite: una compañía no necesita poseer toda la infraestructura estratégica en la que pretende participar, pero sí necesita estar suficientemente pronto en la estructura que la desarrolla, gobierna y explota.

Ahí puede encontrarse el principal desafío estratégico de Marc Murtra al frente de Telefónica hasta 2030. Telefónica necesita evolucionar desde una estrategia principalmente preparada para aprovechar oportunidades de consolidación hacia otra capaz también de crear y liderar activamente oportunidades de cooperación industrial europea. Esto no implica abandonar las fusiones ni renunciar a operaciones que puedan generar valor, reforzar su capacidad inversora y superar el escrutinio regulatorio. Implica algo más profundo: dejar de situar la concentración empresarial como respuesta preferente al problema de escala y asumirla como una herramienta más dentro de un abanico que incluye consorcios, joint ventures, infraestructuras compartidas y alianzas tecnológicas paneuropeas. Si el modelo que está emergiendo alrededor de las nuevas infraestructuras estratégicas europeas termina consolidándose, la capacidad de Telefónica para liderar y ocupar posiciones centrales en esas alianzas puede resultar tan determinante para su escala futura como las adquisiciones que consiga realizar.

Para una compañía que aspira a mantener un papel central en la soberanía tecnológica europea, la medida del éxito tampoco puede limitarse al tamaño futuro de Telefónica. Importará tanto su dimensión empresarial como la posición que consiga ocupar dentro de las plataformas tecnológicas comunes que Europa está construyendo. Liderar las telecomunicaciones europeas en 2030 puede significar disponer de una posición fuerte en los mercados nacionales, pero también ocupar lugares centrales en los consorcios que desarrollen redes no terrestres, comunicaciones críticas, edge-cloud, ciberseguridad, inteligencia artificial aplicada a redes y 6G.

Por eso la cuestión de fondo no consiste en decidir hoy entre consolidación o cooperación. Consiste en establecer dónde debe concentrar Telefónica sus esfuerzos mientras Europa redefine las reglas del sector. La estrategia de Murtra continúa concediendo a la consolidación una centralidad que los propios acontecimientos están relativizando. Telefónica participa ya en proyectos que demuestran que una parte de la escala y de la autonomía tecnológica puede conseguirse mediante cooperación industrial, financiación europea, estándares comunes y agregación de capacidades sin necesidad de integración societaria. Cuanto más rápido avance ese modelo, mayor será el coste de oportunidad de permanecer excesivamente pendiente de operaciones corporativas cuya realización depende, además, de autoridades de competencia, reguladores y circunstancias que Telefónica no controla.

El verdadero desafío para Murtra no es elegir entre comprar o asociarse, sino decidir dónde debe estar Telefónica antes de que termine de construirse el nuevo tablero europeo. En una Europa que está rediseñando simultáneamente sus reglas de conectividad, su infraestructura espacial, sus comunicaciones críticas y su autonomía tecnológica, adquirir una compañía puede seguir siendo una oportunidad. Pero ocupar desde el principio una posición central en los consorcios que definirán las redes del futuro puede convertirse en algo mucho más difícil de recuperar después.

Porque el activo estratégico que Telefónica corre el riesgo de no poder comprar mañana no es necesariamente otra operadora: es el tiempo perdido hoy para ocupar una posición central en la arquitectura tecnológica europea de la próxima década. Y quizá sea ahí donde termine resolviéndose el verdadero debate sobre la escala. Europa no está decidiendo únicamente qué tamaño deben tener sus operadoras, sino quién participará en la construcción, gobernanza y control de las redes de las que dependerán su economía, su seguridad y su autonomía estratégica. En ese nuevo tablero, comprar puede seguir siendo importante. Pero estar dentro cuando se construye la infraestructura puede acabar siendo mucho más decisivo que intentar adquirir una posición cuando todo esté ya construido.

Epílogo: Europa mueve ficha

Al principio de este artículo aparecían unos cables en el fondo del Báltico. El sabotaje de Nord Stream obligó a Europa a contemplar de otra manera infraestructuras que hasta entonces podían parecer esencialmente técnicas. La pregunta dejó de ser únicamente si funcionaban, cuánto costaban o qué capacidad ofrecían. Empezó a importar también quién podía protegerlas, sustituirlas y mantenerlas operativas cuando llegara una crisis. Después Ucrania y Starlink trasladaron la misma pregunta al espacio. Dos episodios muy diferentes terminaron señalando una misma vulnerabilidad: una infraestructura puede ser extraordinariamente eficiente y, al mismo tiempo, constituir una dependencia estratégica.

Europa parece haber entendido esa lección. GOVSATCOM, IRIS², EUCCS, la integración de redes terrestres y satelitales mediante 5G NTN, los programas de 6G y la Digital Networks Act (DNA) responden a iniciativas distintas y no deben confundirse como partes de un único programa. Pero observadas conjuntamente muestran una dirección reconocible: reducir dependencias críticas, aumentar la resiliencia y conservar capacidad europea de decisión sobre infraestructuras esenciales. Al mismo tiempo, Bruselas está utilizando consorcios, asociaciones público-privadas y cooperación industrial para obtener una escala que ninguna empresa o Estado miembro podría alcanzar aisladamente. Europa no está esperando a que aparezca un gran campeón de telecomunicaciones que resuelva por sí solo el problema de escala: está empezando a construir una escala tecnológica europea por encima de las compañías individuales.

Ahí es donde la posición de buena parte de los grandes directivos europeos merece una crítica. Marc Murtra, Tim Höttges, Christel Heydemann o Margherita Della Valle llevan años señalando correctamente problemas reales: fragmentación, rentabilidad insuficiente, menor escala frente a determinados competidores globales y dificultades para financiar inversiones crecientes. Su diagnóstico económico no desaparece porque Europa haya incorporado la soberanía a la ecuación. Lo que empieza a quedarse estrecho es una respuesta que continúe situando la consolidación empresarial como solución preferente al problema de escala. Porque el tablero sobre el que formularon esa respuesta está cambiando: las redes ya no son contempladas únicamente como activos comerciales, sino también como componentes de seguridad, resiliencia y autonomía estratégica.

Sería injusto afirmar que esas compañías permanecen al margen. No es cierto. Telefónica participa en ENTENTE y explora conectividad direct-to-device; Deutsche Telekom y Orange participan en el ecosistema industrial de IRIS²; y Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone estudian conjuntamente una posible iniciativa satelital europea. La contradicción no está, por tanto, entre participar o no participar en el nuevo modelo, sino entre participar en él y continuar interpretando el problema de escala fundamentalmente con las categorías del modelo anterior. Cuando las propias operadoras recurren a alianzas para abordar una infraestructura que ninguna podría desarrollar eficientemente por separado, están demostrando con sus decisiones que cooperación y escala pueden convivir sin necesidad de integración societaria.

Por eso decir que estos directivos están hoy «fuera del tablero» sería excesivo. Más preciso es decir que, en algunos aspectos, van a remolque de un tablero que Europa está redibujando mientras ellos continúan reclamando que se modifiquen las reglas del anterior. Bruselas no ha abandonado el mercado ni la consolidación; de hecho, la DNA pretende reducir fragmentación y facilitar operaciones transfronterizas. Pero simultáneamente está incorporando al diseño de las redes cuestiones que no se resuelven simplemente reduciendo el número de operadores: redundancia, seguridad, control nacional, interoperabilidad, capacidad espacial, cadenas de suministro y autonomía tecnológica. El resultado es un concepto de escala bastante más complejo que el tamaño del balance o el número de clientes de una compañía.

Y aquí aparece el verdadero riesgo estratégico para los grandes operadores europeos. Mientras sus directivos esperan mejores condiciones regulatorias para consolidarse, Europa no está esperando. Está adjudicando proyectos, organizando consorcios, definiendo arquitecturas, desarrollando estándares y determinando qué capacidades considera estratégicas. Participar tarde no significa necesariamente quedar excluido, pero sí puede significar incorporarse a estructuras cuyas tecnologías, relaciones industriales y posiciones de liderazgo hayan empezado ya a definirse. Por eso el tiempo importa: no como argumento especulativo sobre oportunidades supuestamente perdidas, sino porque los proyectos europeos que describe este artículo ya tienen participantes, calendarios y estructuras industriales concretas.

La paradoja es que las propias compañías pueden estar descubriendo la respuesta antes que sus discursos. Cuando cuatro grandes operadoras que compiten entre sí estudian cooperar para afrontar el desafío de la conectividad satelital, están reconociendo implícitamente que la escala puede construirse también compartiendo inversión, riesgo y tecnología. Eso no elimina las fusiones ni convierte los consorcios en una solución universal. Simplemente demuestra que la alternativa ya existe. La discusión europea ha dejado de ser únicamente cómo conseguir compañías más grandes. Empieza a ser cómo conseguir que Europa sea tecnológicamente más grande que cualquiera de sus compañías.

Y así volvemos a aquellos cables del fondo del Báltico. La enseñanza no era que Europa necesitara poseer cada cable, cada satélite, cada antena o cada operador. Era algo bastante más importante: necesitaba capacidad para seguir funcionando cuando alguno de ellos fallara o dejara de estar disponible. Ésa es también la lógica que empieza a recorrer su política tecnológica. Soberanía no significa autarquía; significa disponer de alternativas suficientes para conservar capacidad de decisión.

Europa ya está moviendo las piezas: satélites, redes críticas, 5G NTN, 6G, consorcios industriales, regulación y mecanismos de gobernanza. La cuestión para Murtra y para el resto de los grandes directivos europeos ya no es si están de acuerdo con ese tablero. Es qué posición quieren ocupar en él antes de que termine de construirse.

Porque quizá la gran equivocación estratégica de la próxima década no sea realizar o dejar de realizar una determinada fusión. Puede ser seguir mirando la escala como una cuestión de tamaño empresarial cuando Europa ha empezado a tratarla como una cuestión de capacidad tecnológica, resiliencia y soberanía.

Ya lo dijo Jean Monnet: «Europa se forjará en las crisis y será la suma de las soluciones adoptadas para esas crisis.»

 

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