viernes, 17 de abril de 2026

TELEFÓNICA Y LA SOBERANÍA DIGITAL: EUROPA FRENTE A LA COARTADA CORPORATIVA

 

Europa tiene la mejor llave, pero no la casa. Posee con la compañía ASML una tecnología crítica para fabricar los chips más avanzados del mundo, pero sigue dependiendo de terceros en cloud, software, plataformas y buena parte de la cadena de valor digital. Esa paradoja explica bastante bien el debate actual: mientras EuroStack plantea reconstruir la casa entera, algunas grandes operadoras siguen discutiendo sobre cómo agrandar una de sus “habitaciones”. Ahí está, en esencia, la distancia entre una estrategia de soberanía digital y una agenda empresarial de consolidación.

 

La soberanía digital europea ha dejado de ser una consigna abstracta para convertirse en una cuestión central de poder económico, capacidad industrial y autonomía estratégica. En un contexto marcado por la dependencia tecnológica exterior, la fragmentación del mercado y la presión competitiva de las grandes plataformas globales, el debate ya no gira solo en torno a la innovación o a la regulación, sino también en torno a quién controla las infraestructuras, captura el valor y fija las condiciones de desarrollo del ecosistema digital europeo. En ese marco debe leerse tanto el informe EuroStack – A European Alternative for Digital Sovereignty como la posición defendida por Telefónica en favor de una mayor consolidación del sector de las telecomunicaciones.

Sin embargo, aunque ambos discursos parten de un diagnóstico parecido sobre la debilidad estructural de Europa, no conducen a la misma respuesta. EuroStack plantea una estrategia amplia de reconstrucción de capacidades europeas mediante una pila digital común, inversión coordinada, interoperabilidad, gobernanza compartida y política industrial. Telefónica, por el contrario, traduce ese problema general a la lógica específica del operador de red y hace de la escala empresarial, la simplificación regulatoria y una mayor flexibilidad en materia de fusiones el eje de su propuesta. La comparación entre ambos enfoques permite entender no solo la distancia entre una visión sistémica y una agenda sectorial, sino también un problema más profundo: hasta qué punto el discurso de la soberanía digital está siendo utilizado para defender intereses corporativos que no siempre coinciden ni con el diseño institucional europeo ni con los intereses de los propios accionistas.

El 13 de febrero de 2025, según la ficha oficial de Bertelsmann Stiftung y la página DOI de la propia editorial se publicaba el informe, EuroStack – A European Alternative for Digital Sovereignty, el cual sostiene que Europa debe dejar de abordar lo digital como una suma de políticas dispersas y empezar a tratarlo como una cuestión de poder económico, autonomía estratégica y capacidad industrial. La idea central no es la autosuficiencia absoluta, que el propio texto considera inviable e incluso indeseable, sino construir capacidades propias allí donde hoy existen dependencias críticas, de forma que Europa pueda cooperar con terceros sin quedar subordinada a ellos. En ese sentido, el informe presenta EuroStack no como un simple programa tecnológico, sino como un marco político-industrial para reforzar el mercado único, reducir vulnerabilidades y sostener la competitividad europea en la próxima década https://bit.ly/48S3Hkq


El diagnóstico del informe es muy severo. Afirma que más del 80% de las tecnologías e infraestructuras digitales europeas son importadas, lo que genera una dependencia estructural frente a Estados Unidos y China. Pone ejemplos muy concretos: Amazon, Microsoft y Google concentran casi el 70% del mercado europeo de cloud IaaS, mientras que el mayor proveedor europeo apenas alcanza el 2%; las empresas de la UE solo representan el 7% del gasto mundial en I+D en software e internet; y Europa apenas fabrica el 9% de los microchips que consume, aunque usa alrededor del 20% del total mundial, lo que refleja una dependencia estructural en la fase de fabricación avanzada. Esa debilidad no impide reconocer que Europa posea un activo industrial decisivo: ASML, empresa neerlandesa cuya tecnología de litografía EUV es indispensable para producir chips avanzados y que el propio informe EuroStack describe como un monopolio que otorga a Europa una posición de ventaja en la cadena global de valor https://bit.ly/4mvZZTe

La precisión necesaria es que ese liderazgo europeo se refiere a la litografía EUV para nodos avanzados, no al conjunto completo de la maquinaria litográfica, ya que ASML también comercializa sistemas DUV y la fotolitografía en sentido amplio no se reduce solo a EUV. En consecuencia, puede afirmarse sin exageración que ni Estados Unidos ni China disponen hoy de un proveedor comercial equivalente al de ASML en litografía EUV https://bit.ly/4dSKIKb

A ello se suma un problema de escala y de retención empresarial: de las 50 mayores compañías tecnológicas del mundo solo cuatro son europeas, y cerca del 30% de los “unicornios” europeos trasladaron su sede fuera de la UE entre 2008 y 2021. Para el informe, esta situación erosiona la capacidad europea de innovar, fijar reglas, proteger infraestructuras críticas y defender su propia democracia.

Como respuesta, el documento propone construir una pila digital común europea” articulada por capas: recursos críticos, chips, redes, dispositivos e IoT, nube, software y, en la parte superior, datos e inteligencia artificial. Sobre esa arquitectura plantea componentes concretos: EuroChips, EuroConnect, SovereignCloud, DataCommons, SovereignAI, EuroOS y SmartEurope IoT. Todo ello debería regirse por principios muy definidos: soberanía y seguridad, interoperabilidad y reducción de dependencias propietarias, sostenibilidad, tratamiento de los datos como bien común, infraestructura soberana descentralizada, gobernanza inclusiva y refuerzo de la democracia. El informe insiste en que el objetivo no es regular por regular, sino alinear inversión, contratación pública, estandarización, política industrial y competencia para que las capacidades europeas dejen de estar fragmentadas.

Dentro de esa estrategia, la IA ocupa una posición central. El texto la considera el principal acelerador de productividad y el gran instrumento para cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y China. Recuerda que desde 2017 el 70% de los modelos fundacionales de IA se han desarrollado en Estados Unidos, mientras China gana peso rápidamente. Por eso defiende plataformas soberanas de IA, espacios de datos federados y una integración estrecha entre IA, cloud, computación de alto rendimiento, chips y sectores industriales europeos. El marco financiero propuesto también es ambicioso: 300.000 millones de euros en diez años, junto con un European Sovereign Tech Fund y una dotación inicial de 10.000 millones para demostradores y productos mínimos viables del EuroStack.

En lo relativo a la consolidación europea del sector de las telecomunicaciones, el informe es especialmente claro. Afirma que la liberalización de los mercados nacionales no logró crear un verdadero mercado europeo de telecomunicaciones y que esa fragmentación sigue siendo un lastre estructural. Señala que Europa tiene cientos de operadores móviles, frente a mercados mucho más concentrados en Estados Unidos y China, y que esta dispersión reduce las economías de escala, empeora la eficiencia inversora y retrasa la innovación. Añade que la fragmentación normativa, incluyendo requisitos de seguridad no homogéneos entre Estados miembros, agrava todavía más el problema. A eso se suma que los operadores europeos, aunque mantienen presencia internacional, tienen un ingreso medio por usuario más bajo que en otras regiones, lo que limita su capacidad para financiar redes avanzadas y explica en parte el retraso europeo en el despliegue y adopción de 5G.

El informe también subraya que el problema ya no es solo entre operadores tradicionales. La capa de red está siendo progresivamente condicionada por grandes proveedores extranjeros de nube y plataformas digitales, que suministran servicios virtualizados esenciales para 5G y compiten de hecho con las telecos. Además, empresas como Alphabet o Meta han pasado a ser actores relevantes del “backbone” de telecomunicaciones a través de inversiones en cables submarinos y satélites de órbita baja, mientras que servicios como Starlink refuerzan nuevas dependencias en conectividad espacial. Por eso el documento habla de “soberanía de red” como una prioridad europea, no solo en equipos y 5G/6G, sino también en DNS, cables submarinos, satélites y seguridad física y cibernética de la infraestructura.

Desde esa lógica, la consolidación del sector aparece en el informe como una condición necesaria para que Europa tenga un ecosistema de telecomunicaciones más competitivo. El texto no la plantea como una concentración sin límites, sino como una consolidación acompañada de garantías para el interés público y los consumidores. En concreto, sostiene que iniciativas como el futuro Digital Networks Act podrían servir para corregir la fragmentación del mercado, elevar la seguridad y facilitar la consolidación de las telecos, al tiempo que una revisión de la política de competencia debería dar más peso a objetivos como la seguridad y la sostenibilidad, y no solo al análisis clásico de precios y cuota de mercado. La tesis de fondo es que, si Europa quiere redes sólidas y operadores capaces de invertir, no puede seguir con un mapa excesivamente atomizado. 

A partir de ahí, el informe asocia esa consolidación con una agenda tecnológica muy precisa: acelerar la adopción de 5G industrial, integrar 5G con edge cloud, impulsar arquitecturas como SCION, desarrollar OpenRAN para reducir dependencias de suministradores cerrados, reforzar el liderazgo europeo en 6G y añadir criptografía cuántica y seguridad poscuántica a las redes de nueva generación. Su idea es que la consolidación, por sí sola, no basta: debe ir unida a inversión, armonización regulatoria, seguridad común y conexión con el resto de capas del EuroStack. Solo así la red europea dejaría de ser un punto débil y pasaría a ser una base industrial y estratégica de primer orden.

En conjunto, el informe transmite una conclusión muy nítida: Europa no va retrasada solo por falta de tecnología, sino por fragmentación, falta de escala y ausencia de una dirección común. En telecomunicaciones eso se ve con especial claridad. El texto considera que sin un mercado más integrado, operadores más fuertes, seguridad homogénea y una política industrial coordinada, Europa seguirá dependiendo de capacidades ajenas precisamente en una de las capas que sostienen toda la economía digital. EuroStack se presenta, por tanto, como el intento de convertir esa debilidad en una estrategia común de soberanía, competitividad y capacidad industrial europea.

El 17 de abril se publicaba en un blog de Telefónica el siguiente post, “¿Puede Europa ejercer la soberanía digital?” https://bit.ly/3Qfhg7f Leído con rigor lo que dice Telefónica en ese texto es que la UE no tiene hoy soberanía digital plena ni suficiente autonomía estratégica y que, para acercarse a ella, Europa debería apoyarse en tres palancas: agilidad en las decisiones políticas y regulatorias, refuerzo del Mercado Único y creación de grandes empresas europeas capaces de competir globalmente. En ese artículo, por tanto, EuroStack funciona sobre todo como prueba del déficit europeo de autonomía y como argumento para reclamar más escala económica y empresarial en Europa.

Cuando Telefónica traslada ese planteamiento general al terreno específico de las telecomunicaciones, su posición sí se vuelve mucho más concreta. En sus textos oficiales de 2025 y 2023 sostiene que la escala necesaria para invertir en redes no se logra principalmente con fusiones transfronterizas, sino con consolidación dentro de los mercados nacionales, porque la rentabilidad de la red depende de una base suficiente de clientes en la zona donde esa infraestructura se despliega. Por eso afirma que “la escala no es negociable” y que, sin escala en los mercados nacionales, la visión paneuropea seguirá siendo inalcanzable. Además, acompaña esa tesis con una defensa de la simplificación regulatoria y de una revisión del control de concentraciones que deje de mirar casi exclusivamente el precio a corto plazo y pase a valorar inversión, innovación, resiliencia y escala. Dicho con precisión, Telefónica no pide en estas fuentes una desregulación general e indiscriminada, sino menos fricción normativa y un marco de competencia más favorable a fusiones que aumenten capacidad de inversión https://bit.ly/4dUeaPW

El informe EuroStack coincide con Telefónica en el diagnóstico básico sobre el sector. Afirma que Europa padece un mercado de telecomunicaciones fragmentado, con cientos de operadores móviles frente a mercados mucho más concentrados en Estados Unidos y China; que esa fragmentación reduce economías de escala y eficiencia inversora; y que la baja rentabilidad de las telecos europeas limita la inversión y retrasa el despliegue y adopción del 5G. También añade que un futuro Digital Networks Act podría reducir la fragmentación, reforzar la seguridad y facilitar la consolidación de las telecos, y que la política de competencia debería ponderar mejor objetivos de interés público como la seguridad y la sostenibilidad. En esto, la convergencia con Telefónica es clara https://bit.ly/4mw3EAs

La diferencia importante aparece cuando se observa qué lugar ocupa esa consolidación dentro del proyecto general. En Telefónica, la consolidación empresarial es una palanca central: primero hay que permitir escala operativa suficiente a los operadores, y para ello hacen falta fusiones intramercado, simplificación regulatoria y un control de concentraciones más dinámico. En EuroStack, en cambio, la consolidación telco aparece como una pieza más dentro de un diseño mucho más amplio: una pila digital común europea, inversión coordinada, infraestructuras interoperables, gobernanza compartida, comunidad open source, partenariados público-privados y un modelo federado que combine autonomía europea con coordinación entre Estados, industria e instituciones. El informe insiste en “scaling through federation”, en alianzas para co-desarrollar y co-gobernar tecnologías y en consolidar y alinear esfuerzos públicos y privados; es decir, su eje no es la operación societaria, sino la integración funcional e industrial del ecosistema. Eso se desprende del texto de manera bastante nítida.

Por eso, la comparación exacta entre ambas posturas sería esta: Telefónica y EuroStack comparten el diagnóstico de fragmentación, falta de escala, menor capacidad inversora y necesidad de revisar el marco de competencia, pero divergen en el instrumento prioritario para corregirlo. Telefónica piensa el problema desde la economía del operador de red y concluye que la salida pasa por permitir campeones empresariales más fuertes en cada mercado nacional. EuroStack piensa el problema desde la soberanía digital europea en sentido amplio y concluye que la salida pasa por federar capacidades, coordinar política industrial, construir infraestructuras comunes y alinear inversión, regulación, estándares y contratación pública; dentro de ese marco, la consolidación de telecos puede ayudar, pero no define por sí sola la estrategia https://bit.ly/3O9kOaD   

Hay además una matización importante. EuroStack no es contrario a la consolidación, pero la presenta de forma condicionada: debe servir para reforzar competitividad, seguridad y resiliencia, y debe hacerse salvaguardando el interés del consumidor. Telefónica, por su parte, también intenta mantener esa legitimidad pública, pero desplaza el foco: insiste en que el bienestar del consumidor no debe medirse solo por el precio, sino también por calidad, innovación y capacidad de inversión. Ahí no hay contradicción frontal, pero sí una diferencia de énfasis: EuroStack mantiene una lógica de equilibrio entre estrategia industrial y gobernanza pública; Telefónica empuja más claramente hacia una reinterpretación del derecho de la competencia favorable a operaciones de concentración https://bit.ly/41FG36T

La conclusión, sin añadir nada que no esté respaldado por los textos, es la siguiente: Telefónica utiliza el marco de soberanía digital y el diagnóstico de dependencia que también está en EuroStack para justificar una agenda propia de escala empresarial, simplificación regulatoria y revisión del control de concentraciones. EuroStack, en cambio, usa ese mismo diagnóstico para defender una agenda mucho más amplia de federación tecnológica, política industrial común y construcción de una infraestructura digital europea integrada. Por tanto, ambas posturas son compatibles en parte, pero no equivalentes: Telefónica convierte la consolidación por fusiones en una prioridad operativa del sector; EuroStack la admite como instrumento útil, aunque subordinado a una estrategia sistémica más ambiciosa https://bit.ly/4tNVpCk

Conviene subrayar, además, que la disonancia entre el planteamiento de Telefónica y el del informe EuroStack no se encuentra tanto en el diagnóstico de partida como en el objeto mismo que cada uno considera prioritario. EuroStack no nace como una propuesta para corregir únicamente la situación competitiva del sector de las telecomunicaciones, sino como una estrategia de reordenación de toda la arquitectura digital europea, desde los chips, las redes y la nube hasta el software, los datos, la inteligencia artificial y la identidad digital. Telefónica, por el contrario, interpreta ese problema general desde la posición específica del operador de red y desplaza el centro del debate hacia la escala empresarial y la rentabilidad de las infraestructuras de telecomunicaciones. Por eso, aunque ambos discursos utilicen el lenguaje de la soberanía digital, no están hablando exactamente del mismo plano de intervención.

Esta diferencia se aprecia con claridad en el mecanismo que cada uno propone para corregir la debilidad europea. En EuroStack, la respuesta se articula en torno a una lógica de federación, interoperabilidad, coordinación industrial, inversión común y construcción de infraestructuras compartidas a escala europea. La idea central es integrar capacidades dispersas y alinearlas mediante estándares comunes, gobernanza pública y cooperación entre Estados, instituciones e industria. En Telefónica, en cambio, la palanca principal se sitúa en la consolidación empresarial dentro de los mercados nacionales, en la simplificación regulatoria y en una revisión del control de concentraciones que permita a los operadores alcanzar una escala suficiente para sostener las inversiones necesarias. Dicho de forma precisa, EuroStack plantea una integración funcional e industrial del ecosistema digital europeo, mientras que Telefónica prioriza una recomposición estructural del mercado de telecomunicaciones para mejorar su capacidad inversora.

También resulta relevante señalar que EuroStack vincula la soberanía digital con la reducción de dependencias respecto de soluciones propietarias y con una mayor apertura e interoperabilidad del ecosistema, de modo que el valor no quede concentrado en unos pocos actores dominantes. Telefónica, por su parte, pide una mayor permisividad respecto de las fusiones para reforzar a los grandes operadores. No se trata de una contradicción absoluta, pero sí de una tensión evidente: mientras EuroStack aspira a limitar dependencias y corregir desequilibrios de poder en el conjunto de la pila digital, Telefónica solicita una flexibilización del marco competitivo precisamente para facilitar una mayor concentración en su propio sector. La discrepancia, por tanto, no reside en la necesidad de ganar escala, sino en el modo de entender esa escala y en el lugar que debe ocupar dentro de la estrategia europea.

Debe añadirse, además, que incluso una consolidación más intensa del sector de las telecomunicaciones no resolvería por sí sola el núcleo del problema descrito por EuroStack. El informe insiste en que las dependencias europeas no se localizan únicamente en las redes, sino también en la nube, el software, los sistemas operativos, los datos y la inteligencia artificial. Desde esa perspectiva, una mejora de la rentabilidad de los operadores puede aliviar una parte del problema, pero no equivale a construir soberanía digital europea en sentido amplio. La consolidación telco puede ser un instrumento útil, pero no sustituye la necesidad de una política industrial coordinada ni de una infraestructura digital común que reduzca la dependencia europea en todas las capas del ecosistema tecnológico.

En ese contexto se entiende mejor el problema concreto en el que hoy se encuentra Telefónica. Su reclamación de mayor permisividad no responde a una abstracción doctrinal, sino a la situación de un sector europeo caracterizado por la fragmentación, la baja rentabilidad relativa, la presión inversora asociada al despliegue de nuevas redes y servicios, y la competencia creciente de grandes actores tecnológicos que operan en capas superiores de la economía digital (OTTs). Desde esa posición, Telefónica utiliza el marco de la soberanía digital para defender una agenda de escala, simplificación regulatoria y reinterpretación del derecho de la competencia. EuroStack, en cambio, emplea ese mismo marco para justificar una respuesta mucho más amplia, basada en la federación tecnológica, la gobernanza común y la coordinación público-industrial. Ahí reside la diferencia de fondo: Telefónica convierte la soberanía digital en un argumento a favor de una mayor flexibilidad para la concentración empresarial, mientras que EuroStack la concibe como una estrategia sistémica de reconstrucción de capacidades europeas.


La lección que deja este contraste es clara. La soberanía digital no puede convertirse en una coartada retórica para trasladar al regulador europeo las carencias estratégicas, operativas o de asignación de capital de las propias operadoras. Si una compañía invoca el interés de Europa, la autonomía estratégica o la defensa de los stakeholders, debe acreditar que su planteamiento genera valor estable, refuerza su posición competitiva y mantiene una relación coherente con el marco institucional europeo que dice querer fortalecer. Cuando esa coherencia no aparece, el discurso de la soberanía corre el riesgo de quedar reducido a un argumento instrumental al servicio de una agenda corporativa más estrecha.

Desde esa perspectiva, la cuestión de fondo no es solo regulatoria, sino también de gobierno corporativo. Los accionistas, que son los propietarios reales de estas compañías, tienen derecho a exigir que la dirección sea evaluada no por la ambición del relato, sino por la consistencia entre estrategia, ejecución y resultados. Si durante años se reclaman cambios normativos, mayor permisividad competitiva y más escala empresarial sin que ello se traduzca en una mejora suficientemente visible del retorno, de la fortaleza industrial o de la posición estratégica de la compañía, la exigencia de rendición de cuentas se vuelve inevitable. No basta con atribuir al entorno europeo la responsabilidad del rezago si la respuesta empresarial tampoco ha demostrado capacidad para corregirlo.

Por eso, el debate final no debería girar únicamente en torno a si Bruselas debe permitir más fusiones, sino también en torno a qué tipo de dirección corporativa necesita hoy el sector para crear valor en un entorno tecnológicamente más complejo y políticamente más exigente. Las retribuciones elevadas de la alta dirección solo encuentran legitimidad cuando van acompañadas de disciplina estratégica, asignación eficiente del capital, resultados sostenibles y una defensa efectiva del interés social de la empresa. En ausencia de esa correspondencia, la distancia entre gestores y accionistas deja de ser una percepción y pasa a convertirse en un problema de credibilidad.

En definitiva, EuroStack plantea una reconstrucción de capacidades europeas; Telefónica, una flexibilización del marco para reforzar la escala de los operadores. Entre una cosa y otra hay un espacio que no puede llenarse solo con discurso. Ahí es donde debe situarse la exigencia del accionista: pedir menos apelaciones abstractas a la soberanía digital y más pruebas concretas de creación de valor, de rigor estratégico y de alineación real entre lo que la dirección reclama para Europa y lo que efectivamente entrega a los propietarios de la compañía.

Para terminar el post quiero manifestar que es ahí donde vuelve a cobrar sentido la imagen del comienzo: Europa tiene la mejor llave, pero no la casa. Posee activos decisivos como ASML, capacidad industrial en determinados segmentos y un mercado que, por tamaño, debería permitir una estrategia tecnológica propia. Sin embargo, sigue sin controlar de forma suficiente el conjunto de la cadena de valor digital. Precisamente por eso, la respuesta que hoy busca la Comisión Europea no se limita a ensanchar una parte del edificio, sino a construir una arquitectura completa de soberanía digital: chips, redes, cloud, software, datos, inteligencia artificial, ciberseguridad e infraestructuras comunes bajo una lógica de integración, interoperabilidad y coordinación industrial europea.

Desde esa perspectiva, el problema de algunas grandes operadoras es que siguen insistiendo en un mantra que no coincide plenamente con esa visión de conjunto. Su discurso vuelve una y otra vez sobre la escala, la consolidación y la necesidad de un marco más permisivo para las fusiones. Esa posición puede entenderse desde la lógica de un sector sometido a presión inversora, baja rentabilidad y competencia creciente de grandes plataformas tecnológicas. Pero una cosa es explicar una necesidad empresarial y otra distinta presentarla como si agotara por sí sola el interés general europeo. La Comisión no está planteando la soberanía digital como un simple salvavidas para balances sectoriales, sino como una reconstrucción de capacidades comunes en toda la economía digital.

Ahí reside la verdadera distancia. Mientras Bruselas busca una soberanía digital en clave de globalidad europea, esto es, articulando mercado único, resiliencia, gobernanza, industria, derechos e infraestructuras compartidas, algunas operadoras reducen ese mismo debate a una agenda centrada en aliviar sus propios condicionantes competitivos. El riesgo de esa reducción es evidente: confundir una estrategia europea de autonomía tecnológica con una demanda corporativa de mayor flexibilidad regulatoria. Y eso no es lo mismo.

Por eso, la anécdota inicial no era solo una imagen expresiva, sino el resumen exacto del problema. Si Europa tiene la llave pero no la casa, la tarea no consiste únicamente en reforzar a quienes ocupan una de sus estancias, sino en decidir cómo se construye, se gobierna y se protege el conjunto del edificio. Esa es la lógica de EuroStack. Lo demás, por legítimo que sea desde el punto de vista empresarial, pertenece a otro plano. Y cuando ambos planos se confunden, la soberanía digital deja de ser una estrategia de reconstrucción europea para convertirse en una simple coartada discursiva al servicio de intereses más estrechos.

Ya lo dijo Jean Monnet: “Europa se hará en las crisis y será la suma de las soluciones que se den a esas crisis.”

 

 


 

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