Durante décadas, una empresa podía vender un producto industrial en toda la Unión Europea con relativamente pocas barreras, mientras que una operadora de telecomunicaciones seguía teniendo que adaptarse a múltiples regulaciones nacionales para prestar esencialmente el mismo servicio. Esa contradicción ayuda a comprender por qué Bruselas parece haber llegado a la conclusión de que el verdadero problema europeo no es únicamente el tamaño de las empresas, sino la fragmentación del propio mercado.
El 12 de octubre de 2025 publiqué un post en el blog en el que analizaba la posibilidad de una hipotética fusión entre Telefónica y Vodafone Group como una respuesta lógica al problema de escala que arrastra el sector europeo de las telecomunicaciones. En aquel momento, la tesis parecía razonable. Europa sufría una evidente fragmentación empresarial frente a los grandes operadores estadounidenses y chinos, mientras que el recién publicado Informe Draghi insistía en la necesidad de ganar tamaño, capacidad inversora y músculo tecnológico para preservar la competitividad del continente.
Meses después, el panorama ha comenzado a cambiar. No porque Europa haya renunciado a la necesidad de alcanzar una mayor escala, sino porque las instituciones comunitarias parecen estar redefiniendo el camino para conseguirla. Las recientes iniciativas impulsadas desde Bruselas, inspiradas tanto por las recomendaciones de Mario Draghi como por las propuestas de Enrico Letta para profundizar el mercado único, apuntan hacia una dirección diferente a la que inicialmente parecía dominar el debate.
Las noticias aparecidas en las últimas semanas sobre una posible adquisición de Vodafone España por parte de Telefónica, el reparto de SFR en Francia o la futura implantación de un "pasaporte único europeo" para las telecomunicaciones permiten observar con mayor claridad hacia dónde se está orientando la política industrial comunitaria. Paralelamente, los acontecimientos que rodean al programa FCAS y la respuesta coordinada de la industria europea de defensa ofrecen un ejemplo práctico de cómo Bruselas está abordando la búsqueda de escala en sectores estratégicos.
Todo ello obliga a replantear algunas de las conclusiones que parecían válidas en octubre de 2025. La cuestión ya no parece ser si Europa necesita más escala —porque la necesita—, sino cómo pretende alcanzarla. Y la respuesta que comienza a emerger desde las instituciones europeas apunta menos hacia las grandes fusiones nacionales y más hacia la construcción de mercados integrados, ecosistemas industriales compartidos y consorcios capaces de operar a escala continental.
El 12 de octubre del año 2025 escribí un post en el blog cuyo título era, “FUSIÓN TELEFÓNICA+VODAFONE GROUP, LA GÉNESIS DE UN ACTOR QUE SE ALINEARÍA CON EL INFORME DRAGHI” https://tinyurl.com/5bdd9ajn Tomando como referencia el planteamiento que hice en el post y el contexto regulatorio europeo dominado por las conclusiones del Informe Draghi, las ventajas atribuidas a una hipotética fusión entre Telefónica y Vodafone Group se fundamentaban principalmente en la creación de un operador paneuropeo con una escala significativamente superior lo existente actualmente. El razonamiento de fondo era que Europa sufría una excesiva fragmentación de operadores nacionales frente a los grandes grupos estadounidenses y chinos, lo que limitaba su capacidad de inversión, innovación y desarrollo tecnológico. El propio debate impulsado por el Informe Draghi insistía en la necesidad de aumentar el tamaño empresarial en sectores estratégicos para reforzar la competitividad continental en base a una mayor escala. Desde esta perspectiva, la fusión “parecía” que permitiría concentrar recursos financieros, infraestructuras de red, espectro radioeléctrico y capacidades tecnológicas. Un operador de mayor dimensión supuestamente podría destinar más capital a redes 5G, futuras infraestructuras 6G, centros de datos, servicios cloud, inteligencia artificial y ciberseguridad, reduciendo además duplicidades operativas existentes entre ambas compañías.
La tesis que se ponía de manifiesto era que una mayor escala permitiría mejorar la productividad de las inversiones y acelerar el despliegue tecnológico en distintos mercados europeos. Otra ventaja señalada era la posibilidad de crear un verdadero "campeón europeo" de las telecomunicaciones. La industria europea llevaba años denunciando que competía en desventaja frente a grandes grupos tecnológicos estadounidenses y frente a empresas asiáticas respaldadas por mercados domésticos mucho más grandes en clientes. La unión de Telefónica y Vodafone Group habría generado una entidad con una presencia relevante en numerosos países europeos, reforzando el peso estratégico de Europa en un sector considerado esencial para la soberanía digital. Asimismo, se consideraba que una empresa de mayor tamaño tendría una capacidad financiera más sólida para afrontar las enormes necesidades de inversión que la transformación digital europea exige. El debate abierto por el Informe Draghi subrayaba precisamente que Europa necesitaba movilizar cantidades masivas de capital (200.000 millones de €) para no perder competitividad tecnológica frente a otras regiones del mundo. En cuanto a los posibles inconvenientes, el principal era el riesgo de una reducción significativa de la competencia. La Comisión Europea ha mostrado históricamente una gran cautela ante operaciones que reducen el número de grandes operadores en un mercado nacional, especialmente cuando se pasa de cuatro actores relevantes a tres.
La preocupación fundamental es que una menor competencia pueda traducirse en precios más elevados, menor presión para innovar y una reducción de las opciones disponibles para consumidores y empresas. Otro inconveniente importante era el enorme desafío regulatorio. Una operación de esta magnitud habría requerido la aprobación de las autoridades europeas de competencia y probablemente habría estado condicionada a la venta de activos, cesiones de espectro o compromisos de acceso a redes para otros operadores. Estas exigencias regulatorias podrían haber reducido parte de las sinergias económicas perseguidas con la fusión. También existía el riesgo de una excesiva concentración de poder en el sector. Aunque la creación de grandes operadores podía favorecer la inversión, algunos analistas advertían de que el fortalecimiento de unos pocos grupos dominantes podría generar estructuras de mercado cercanas al oligopolio, dificultando la entrada de nuevos competidores y reduciendo el dinamismo competitivo que había caracterizado al mercado europeo de telecomunicaciones durante décadas. En síntesis, la ventaja central que atribuía la tesis favorable a la fusión era la creación de un operador europeo de gran escala capaz de alinearse con la filosofía del Informe Draghi: más tamaño, más capacidad inversora, mayor autonomía tecnológica y una mejor posición competitiva frente a Estados Unidos y China. El principal inconveniente, no menor, era que ese incremento de escala podía lograrse a costa de una menor competencia en los mercados europeos, generando dudas regulatorias y riesgos potenciales para consumidores y empresas.
Hoy podemos leer en la prensa la noticia donde se nos informa que Telefónica mantiene abiertas conversaciones con Zegona para una posible adquisición de Vodafone España, aunque las diferencias económicas entre ambas partes continúan siendo significativas. Según la información publicada, los contactos no se han interrumpido, pero Telefónica considera elevadas las exigencias financieras planteadas por el actual propietario de Vodafone España. En este contexto, la operadora presidida por Marc Murtra no tendría urgencia por cerrar una operación de esta magnitud, ya que el paso del tiempo podría favorecer su posición negociadora. El artículo señala que Telefónica dispone de varios incentivos para prolongar las negociaciones. Entre ellos destacan la posibilidad de presionar a la baja el precio de compra, evaluar con mayor detalle la evolución del proceso de transformación de Vodafone España y mantener abiertas otras alternativas estratégicas dentro del sector.
Asimismo, la compañía podría beneficiarse de una mayor claridad regulatoria antes de afrontar una operación que supondría una concentración sin precedentes en el mercado español de las telecomunicaciones. La información también destaca la importancia de los recientes acontecimientos en Francia, donde Orange, Bouygues Telecom e Iliad han acordado repartirse los activos de SFR, la segunda mayor operadora francesa, en una operación valorada en más de 20.000 millones de euros. El acuerdo implica el desmantelamiento de SFR como empresa independiente y el regreso del mercado francés a una estructura compuesta por tres grandes operadores móviles. Según las fuentes citadas por el periódico, tanto las autoridades francesas de competencia como las instituciones europeas parecen dispuestas a autorizar esta operación con limitadas exigencias regulatorias. Este precedente es considerado relevante para Telefónica, ya que podría indicar una mayor disposición de los reguladores europeos a aceptar procesos de consolidación en el sector de las telecomunicaciones. El artículo recuerda además que Marc Murtra ha defendido públicamente la necesidad de reducir la fragmentación existente en el mercado europeo de telecomunicaciones. Según esta visión, la consolidación permitiría a los operadores europeos ganar escala, aumentar su capacidad de inversión e innovación tecnológica y competir en mejores condiciones frente a grandes compañías estadounidenses y asiáticas. En este sentido, Telefónica ha trasladado a las instituciones europeas la necesidad de flexibilizar el marco regulatorio para facilitar operaciones corporativas de mayor tamaño https://tinyurl.com/ym9j9usu
La hipótesis planteada en octubre del año 2025 en el post que escribí se ha quedado obsoleto tras el discurrir de los acontecimientos sobre una posible fusión entre Telefónica y Vodafone Group. Entonces partía de una idea que en aquel momento parecía lógica: si Europa sufría una excesiva fragmentación de operadores de telecomunicaciones y necesitaba ganar escala para competir con Estados Unidos y China, la solución podía consistir en crear grandes grupos empresariales mediante fusiones y adquisiciones. Bajo esta visión, la unión de estos dos grandes operadores europeos permitiría construir un campeón con mayor capacidad financiera, tecnológica y comercial, alineándose aparentemente con las recomendaciones del Informe Draghi.
Sin embargo, los acontecimientos regulatorios y políticos producidos durante los meses posteriores, permiten observar que la dirección elegida por las instituciones europeas (Comisión Europea) parece ser distinta. Tanto el Informe Draghi como el Informe Letta parten de un diagnóstico común: Europa está excesivamente fragmentada y esa fragmentación limita la productividad, la inversión y la capacidad de competir globalmente. No obstante, la solución que comienza a perfilar la Comisión Europea no consiste principalmente en promover grandes fusiones entre operadores nacionales, sino en eliminar las barreras que impiden que las compañías puedan actuar como verdaderas empresas europeas dentro de un mercado único. Para lo cual habilitaran lo que se conoce como “pasaporte único europeo”.
La diferencia es fundamental. Una fusión como la hipotética integración entre Telefónica y Vodafone Group busca aumentar el tamaño de una empresa concreta. El planteamiento que empieza a desarrollar Bruselas busca aumentar el tamaño del mercado accesible para todas las empresas europeas. Son dos enfoques completamente diferentes.
Durante años, las grandes operadoras han defendido que la falta de escala era consecuencia de la existencia de demasiados operadores. Sin embargo, la Comisión Europea parece estar llegando a una conclusión diferente: el problema principal no es que existan demasiadas empresas, sino que siguen existiendo demasiadas fronteras regulatorias dentro de la propia Unión Europea. Actualmente, una operadora que quiera desplegar una estrategia paneuropea debe enfrentarse a múltiples normativas nacionales, diferentes condiciones de licencia, distintos procedimientos administrativos, regulaciones divergentes y marcos regulatorios que siguen organizados esencialmente a escala estatal. Como consecuencia, incluso las grandes telecos europeas continúan funcionando como una suma de negocios nacionales en lugar de operar como auténticas compañías continentales.
Precisamente para corregir esta situación surge la propuesta del denominado "pasaporte único europeo" en telecomunicaciones. La filosofía de esta medida es muy distinta a la de las fusiones. La idea consiste en que un operador autorizado en un Estado miembro pueda prestar servicios en toda la Unión Europea mediante un procedimiento armonizado, reduciendo drásticamente los obstáculos regulatorios que actualmente dificultan la expansión transfronteriza.
Si este modelo termina desarrollándose plenamente, la escala dejaría de depender exclusivamente de comprar competidores en cada país. Una compañía podría crecer en toda Europa sin necesidad de adquirir operadores nacionales para entrar en nuevos mercados. En otras palabras, la escala vendría de la integración efectiva del mercado europeo y no de la concentración empresarial dentro de cada Estado.
Esta diferencia resulta especialmente importante para analizar las noticias relativas a la posible compra de Vodafone España por parte de Telefónica o al reparto de SFR entre Orange, Bouygues e Iliad en Francia. Ambas operaciones representan ejemplos de consolidación nacional defensiva. Su objetivo principal consiste en aumentar la cuota de mercado dentro de un país determinado, mejorar la rentabilidad de los operadores participantes y reducir la intensidad competitiva existente en esos mercados. Pueden generar sinergias empresariales y mejorar determinados indicadores financieros, pero no eliminan las barreras estructurales que siguen fragmentando el mercado europeo.
De hecho, incluso aunque Telefónica adquiriese Vodafone España, Europa seguiría teniendo los mismos problemas regulatorios, los mismos procedimientos administrativos diferenciados y las mismas dificultades para operar de forma homogénea en los distintos Estados miembros. La dimensión de Telefónica sería mayor en España, pero el mercado europeo seguiría sin estar verdaderamente integrado.
Por esta razón, la Comisión Europea parece haber asumido que la consolidación nacional no resuelve por sí sola los problemas identificados por Mario Draghi y Enrico Letta. El objetivo que emerge de las propuestas comunitarias no es simplemente reducir el número de operadores dentro de cada país. El objetivo es construir un auténtico mercado único de telecomunicaciones, del mismo modo que Airbus logró competir globalmente no porque absorbiera a todos sus competidores nacionales, sino porque varios países europeos coordinaron recursos, capacidades industriales, financiación e innovación bajo una estructura común.
Europa no creó Airbus mediante una cadena de adquisiciones internas dentro de Francia, Alemania o España. Lo que hizo fue construir una plataforma de cooperación supranacional capaz de aprovechar la escala continental. Del mismo modo, la como publique ayer en un post, la industria naval europea está avanzando mediante alianzas, programas conjuntos y consorcios multinacionales, no mediante la simple absorción de competidores nacionales https://tinyurl.com/4fp5evwv
Aplicado al sector de las telecomunicaciones, esto significa que la Comisión parece favorecer mecanismos que permitan compartir infraestructuras, desarrollar plataformas comunes, coordinar inversiones en 5G avanzado, edge computing, ciberseguridad, inteligencia artificial, servicios cloud y futuras redes 6G, antes que promover exclusivamente grandes procesos de concentración empresarial.
Por tanto, la conclusión que puede extraerse es que la Comisión Europea no parece haber elegido las fusiones y adquisiciones, como sugieren algunas informaciones aparecidas en la prensa, como el instrumento principal para reducir la brecha competitiva que Europa mantiene frente a los hiperescaladores tecnológicos y los grandes operadores estadounidenses y chinos. La estrategia que se desprende de las propuestas inspiradas en los informes de Mario Draghi y Enrico Letta apunta más bien hacia la eliminación de las barreras regulatorias, administrativas y operativas que todavía fragmentan el mercado europeo de las telecomunicaciones. Las fusiones pueden seguir produciéndose y resultar útiles en determinados contextos nacionales, pero no constituyen el eje central de la hoja de ruta comunitaria. El verdadero objetivo parece ser la construcción de un mercado único efectivo que permita a los operadores alcanzar escala continental sin necesidad de recurrir necesariamente a procesos de concentración empresarial.
La verdadera apuesta comunitaria parece orientarse hacia algo mucho más ambicioso: eliminar las fronteras regulatorias internas, crear un mercado único efectivo para las telecomunicaciones, introducir mecanismos como el “pasaporte único europeo” y favorecer la formación de ecosistemas empresariales, alianzas y consorcios capaces de operar directamente a escala continental.
Desde esta perspectiva, la cuestión ya no sería cuántos operadores quedan en España, Francia o Alemania después de una fusión. La cuestión relevante sería si las empresas europeas pueden actuar como auténticos operadores continentales dentro de un mercado único integrado. Según la orientación que muestran los informes de Draghi y Letta y las iniciativas que empieza a desarrollar la Comisión Europea, la respuesta a la fragmentación europea parece buscarse más en la integración del mercado que en la concentración de operadores.
El 10 de junio se publicaba en la prensa que Airbus, a través de su unidad alemana de defensa y espacio, prepara junto a siete compañías alemanas una alternativa al FCAS, el futuro sistema europeo de combate aéreo. Las empresas citadas son Autoflug, Diehl Defence, Hensoldt, Liebherr, MBDA Deutschland, MTU Aero Engines y Rohde & Schwarz. Esta iniciativa surge después de que el programa conjunto entre Francia, Alemania y España quedara bloqueado por la falta de acuerdo entre Airbus, como líder industrial alemán, y Dassault Aviation, como líder industrial francés. El desacuerdo no era menor: afectaba al reparto de tareas, al liderazgo tecnológico y al peso que cada industria nacional debía tener en el desarrollo del futuro avión de combate de sexta generación https://tinyurl.com/37jbn2j8
El FCAS no era simplemente un nuevo avión. Su objetivo era sustituir a partir de 2040 a los Eurofighter de Alemania y España y a los Rafale franceses, dentro de un sistema mucho más amplio formado por un caza tripulado, drones, sensores, tecnología furtiva y una nube de combate capaz de conectar todos los elementos en tiempo real. Precisamente por esa complejidad, el proyecto exigía una cooperación industrial muy profunda entre países con intereses nacionales distintos. Francia buscaba un avión más ligero, con posible versión embarcada y capacidad nuclear, mientras que Alemania defendía una aeronave de superioridad aérea más rápida y polivalente.
Ahí aparece la primera gran enseñanza: Europa sabe que necesita proyectos comunes, pero le cuesta enormemente repartir poder dentro de ellos. Cada país quiere proteger su industria, sus empleos cualificados, su propiedad intelectual y su autonomía tecnológica. Cada empresa tractora quiere conservar liderazgo en las áreas donde se considera más fuerte. Por eso el FCAS, que nació como símbolo de la soberanía industrial europea, terminó mostrando las tensiones internas que surgen cuando varios Estados intentan construir juntos una capacidad militar de primer nivel.
El 11 de junio se publica en la prensa la respuesta de la industria española ante esa incertidumbre. Airbus Defence and Space, GMV, Grupo Oesía, Indra Group, ITP Aero y Sener firmaron una declaración conjunta para presentar una posición común, ofrecer sus capacidades al Ministerio de Defensa y expresar su voluntad de seguir participando tanto en el FCAS actual como en cualquier evolución futura del programa. La industria española quiso dejar claro que no desea quedar como actor secundario en una posible reconfiguración del proyecto europeo https://tinyurl.com/2zvj576b
España defendió que dispone de capacidades industriales, tecnológicas y de ingeniería en ámbitos clave: avión de combate tripulado de sexta generación, plataformas no tripuladas colaborativas, sensores avanzados, comunicaciones de última generación y nube de combate. Además, las empresas españolas vincularon esa madurez al programa Siagen, que habría demostrado la capacidad de coordinación de la industria nacional y su habilidad para integrar competencias complementarias bajo una estrategia común.
La reacción española es significativa porque confirma que, ante una crisis de gobernanza del FCAS, los países no se retiran del tablero, sino que intentan reposicionarse dentro de él. Alemania mueve ficha con Airbus y siete empresas nacionales; España responde mostrando unidad industrial; Francia mantiene el peso de Dassault y su experiencia en cazas de combate. Todo ello evidencia la dificultad de construir un consorcio europeo, pero también demuestra que nadie quiere quedarse fuera, porque el futuro caza de sexta generación no es solo un programa militar: es una palanca de soberanía tecnológica, empleo industrial, innovación y autonomía estratégica.
La conclusión de fondo es que los consorcios europeos son difíciles porque obligan a compartir liderazgo, tecnología, inversión y retorno industrial. Pero también son necesarios porque ningún país europeo, por separado, tiene la escala suficiente para competir en igualdad de condiciones con Estados Unidos o China. Comprar soluciones estadounidenses puede resolver necesidades a corto plazo, como ocurre con los F-35, pero no construye una base industrial europea propia ni garantiza autonomía tecnológica. Fragmentar los desarrollos nacionales, por su parte, diluye recursos, duplica costes y reduce la capacidad de Europa para competir en los grandes programas del futuro.
Por eso, ambas noticias reflejan una paradoja central: los consorcios europeos generan tensiones, retrasos y disputas, pero son el único camino realista si Europa quiere mantenerse como potencia tecnológica e industrial. El problema no es que los consorcios sean sencillos; no lo son. El problema es que la alternativa —depender de Estados Unidos, quedar por detrás de China o multiplicar proyectos nacionales inconexos— sería mucho más costosa para la autonomía estratégica europea.
La comparación entre el sector de las telecomunicaciones y el de la defensa permite observar una tendencia común en la política industrial europea. En ambos casos, Bruselas parte de un mismo diagnóstico: Europa necesita alcanzar una escala superior para competir con Estados Unidos y China. Sin embargo, la respuesta que comienza a perfilarse no consiste en favorecer de manera prioritaria grandes procesos de concentración empresarial dentro de los mercados nacionales, sino en crear estructuras que permitan operar y desarrollar proyectos a escala continental.
Mientras que en las telecomunicaciones la herramienta elegida parece ser la construcción de un auténtico mercado único mediante instrumentos como el denominado "pasaporte único europeo", en defensa la respuesta pasa por la creación de grandes consorcios industriales capaces de compartir capacidades tecnológicas, financieras e industriales entre varios países. Son soluciones distintas para sectores distintos, pero responden a una misma filosofía: alcanzar escala europea sin necesidad de eliminar necesariamente a los actores existentes mediante procesos de absorción o concentración.
El caso del programa FCAS resulta especialmente ilustrativo. Pese a las dificultades, tensiones y desacuerdos surgidos entre Francia, Alemania y España, ninguno de los participantes propone resolver el problema mediante la absorción de las industrias nacionales por parte de una única empresa dominante. Por el contrario, la solución sigue buscándose a través de fórmulas de cooperación, reparto de capacidades y gobernanza compartida. Es decir, mediante la construcción de un ecosistema industrial europeo.
Precisamente por ello, las recientes informaciones que apuntan a una posible compra de Vodafone España por parte de Telefónica o que presentan la consolidación nacional como la principal respuesta a la fragmentación europea, parecen alejarse de la dirección que actualmente está marcando la Comisión Europea. Las fusiones pueden aportar ventajas empresariales concretas y mejorar la rentabilidad de determinados operadores, pero no resuelven el problema estructural identificado por Mario Draghi y Enrico Letta: la inexistencia de un verdadero mercado único europeo.
En consecuencia, la cuestión estratégica para Europa ya no parece ser cómo crear operadores cada vez más grandes dentro de cada país, sino cómo permitir que las empresas europeas puedan actuar, competir, invertir e innovar sobre una base verdaderamente continental. La escala que persigue Bruselas no sería tanto la de las compañías individuales como la del propio mercado europeo. Y esa diferencia, lejos de ser un matiz, constituye probablemente el cambio de paradigma más importante que se está produciendo actualmente en la política industrial de la Unión Europea.
Para terminar el post quiero manifestar que llegados a este punto, la cuestión ya no parece residir en si Telefónica puede o no ejecutar una operación corporativa de gran envergadura. La cuestión verdaderamente relevante es si la estrategia que actualmente defiende Marc Murtra sigue alineada con la dirección que está adoptando Europa.
Y es precisamente aquí donde aparece una creciente contradicción. Mientras Telefónica continúa insistiendo en la necesidad de consolidar operadores mediante fusiones y adquisiciones para alcanzar la escala necesaria, la Comisión Europea parece estar orientando sus esfuerzos hacia un objetivo muy diferente: la construcción de un auténtico mercado único capaz de proporcionar esa misma escala sin necesidad de reducir el número de actores existentes.
La paradoja resulta evidente. Cuanto más insiste Telefónica en la necesidad de concentrar operadores nacionales, más parece avanzar Bruselas hacia un modelo basado en la eliminación de barreras regulatorias, la interoperabilidad, la cooperación industrial y la creación de plataformas continentales. En otras palabras, mientras la compañía parece seguir buscando soluciones propias del siglo XX, la Comisión Europea comienza a diseñar herramientas adaptadas a los desafíos del siglo XXI.
La misma lógica puede observarse en otros sectores estratégicos. La industria aeronáutica, la defensa europea o la construcción naval no están intentando resolver sus problemas mediante una sucesión de absorciones nacionales. Por el contrario, avanzan hacia estructuras de cooperación complejas, imperfectas y en ocasiones conflictivas, pero concebidas para aprovechar la escala europea sin destruir la diversidad industrial existente. FCAS, los programas navales multinacionales o las iniciativas industriales europeas actuales son ejemplos de una tendencia que apunta hacia los consorcios y los ecosistemas compartidos, no hacia la concentración empresarial como solución universal.
Desde esta perspectiva, el riesgo para Telefónica no es que una adquisición concreta pueda fracasar o no llegar a materializarse. El verdadero riesgo es que la compañía esté interpretando correctamente el diagnóstico —Europa necesita más escala— pero equivocándose en la terapia. Porque si la Comisión Europea termina desarrollando plenamente instrumentos como el “pasaporte único europeo” y profundizando en la integración del mercado, gran parte de las ventajas estratégicas que hoy se atribuyen a las fusiones nacionales perderían relevancia frente a las oportunidades derivadas de operar sobre un mercado continental verdaderamente integrado.
La historia económica está llena de ejemplos de empresas que identificaron correctamente un problema, pero persistieron en una solución que había dejado de responder a la realidad. La evidencia que hoy se acumula en sectores tan diversos como las telecomunicaciones, la defensa, la aeronáutica o la industria naval parece apuntar en una misma dirección: Europa está intentando construir escala mediante integración, cooperación y mercado único. Continuar interpretando ese proceso exclusivamente en clave de fusiones nacionales supone correr el riesgo de quedarse anclado en un paradigma que Bruselas parece estar dejando atrás.
No es necio quien sostiene una tesis que parecía razonable en un determinado momento histórico. La necedad comienza cuando las evidencias se acumulan sobre la mesa y, aun así, se persiste en ignorarlas. Y las evidencias que hoy emergen desde la Comisión Europea, desde los informes Draghi y Letta y desde los principales sectores estratégicos europeos parecen señalar que el futuro pasa menos por la concentración empresarial y más por la integración continental.
Ya lo dijo Jean Monnet: “No estamos coaligando Estados, estamos uniendo hombres.”







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