Como anécdota, la dimensión del cambio que representa el D2D quedó perfectamente retratada en una remota zona montañosa de Gales a comienzos de 2025. El ingeniero Rowan Chesmer buscó deliberadamente un valle en el que no existiera cobertura móvil terrestre y, después de enfrentarse a carreteras inundadas, caminos nevados y árboles caídos, sacó un teléfono móvil convencional, sin modificaciones ni equipamiento satelital especial, y realizó una videollamada. Al otro lado estaba la consejera delegada de Vodafone, Margherita Della Valle. Entre ambos no había ninguna antena móvil proporcionando cobertura al teléfono: la señal salió directamente del smartphone hacia uno de los satélites BlueBird de AST SpaceMobile situado a más de 500 kilómetros sobre la Tierra y regresó después a la red terrestre. Era el 29 de enero de 2025 y aquella prueba se convirtió en la primera videollamada satelital realizada desde una zona sin cobertura utilizando un smartphone convencional. Vodafone documentó posteriormente cómo se realizó la prueba.
La historia contiene además un detalle que explica mejor que cualquier definición técnica por qué las operadoras están prestando tanta atención al D2D. Durante las pruebas, los ingenieros solo disponían inicialmente de dos o tres oportunidades diarias para conectarse, coincidiendo con el paso del satélite sobre el horizonte; cuando AST SpaceMobile puso sus cinco BlueBird a disposición del proyecto llegaron a disponer de hasta doce ventanas de conexión y los propios ingenieros hicieron una apuesta informal sobre qué satélite conseguiría completar la primera llamada. Lo que entonces parecía una competición entre técnicos alrededor de un teléfono perdido en un valle galés anticipaba en realidad una transformación mucho mayor: la torre de telefonía móvil empezaba a trasladarse al espacio. Y esa es precisamente la dimensión de la batalla que ahora se libra en Europa: quién controla los satélites, quién controla el espectro y, sobre todo, quién controla la infraestructura que permitirá que un teléfono convencional continúe conectado cuando desaparezca la última antena terrestre.
Europa se prepara para disputar una de las próximas fronteras de las telecomunicaciones: conectar directamente los teléfonos móviles con satélites. La reorganización del espectro europeo de 2 GHz ha situado a Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone ante la posibilidad de crear un consorcio para competir en Direct to Device (D2D) y evitar que una infraestructura estratégica quede dominada por actores como Starlink. Pero detrás de la batalla por las frecuencias aparece una cuestión bastante más profunda.
Durante los últimos años, Marc Murtra ha defendido que Europa necesita escala y ha situado las fusiones y la consolidación de operadores en el centro de esa respuesta. Ahora, sin embargo, Telefónica explora junto a tres de sus principales competidores otra forma de conseguirla: cooperar, compartir recursos y actuar conjuntamente a escala continental sin fusionarse. El D2D abre así una discusión que va mucho más allá de los satélites: qué significa realmente tener escala en Europa y si para conseguirla hacen falta necesariamente compañías más grandes o, antes que eso, un verdadero mercado único y nuevas formas de cooperación entre quienes siguen compitiendo.
Telefónica se ha situado, junto a Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, en el núcleo de las conversaciones para constituir un consorcio de grandes operadores europeos con el objetivo de optar a una parte del espectro satelital de la Unión Europea que quedará disponible a partir de mayo de 2027. La iniciativa se encuentra todavía en una fase preliminar y, por tanto, las cuatro compañías mantienen conversaciones pero no existe por el momento una decisión definitiva sobre la constitución formal del consorcio ni sobre la presentación de una oferta conjunta. Las operadoras, además, han declinado realizar comentarios sobre las negociaciones. El proyecto tiene como objetivo concurrir conjuntamente a la futura asignación de una parte de la banda de 2 GHz, actualmente utilizada por las estadounidenses EchoStar y Viasat, cuyas concesiones expiran en mayo de 2027. La relevancia de estas frecuencias ha aumentado considerablemente con el desarrollo de las constelaciones de satélites de órbita baja y, especialmente, con la posibilidad de utilizarlas para prestar servicios Direct to Device (D2D), es decir, comunicaciones directamente entre satélites y teléfonos móviles. Para las grandes operadoras europeas, el control de una parte de este espectro supondría posicionarse en un segmento que está adquiriendo una importancia creciente dentro de las telecomunicaciones y que permite extender determinados servicios móviles más allá de la cobertura proporcionada por las redes terrestres tradicionales https://tinyurl.com/mk3vnrkm
La posición de Telefónica dentro de estas conversaciones adquiere especial relevancia porque coincide con el planteamiento que su presidente, Marc Murtra, ha defendido públicamente respecto al futuro tecnológico y estratégico de Europa. Apenas unos días antes de conocerse las conversaciones entre las cuatro operadoras, Murtra había reclamado que Europa desarrollase capacidades satelitales propias que redujeran su dependencia de tecnologías extranjeras como Starlink. El presidente de Telefónica utilizó como ejemplo la guerra de Ucrania y el peso adquirido por las comunicaciones proporcionadas por la compañía de Elon Musk para señalar las implicaciones estratégicas que puede tener depender de infraestructuras controladas desde fuera de Europa. De este modo, aunque no consta que Telefónica vaya a liderar formalmente el eventual consorcio, su participación en las conversaciones encaja con la posición expresada públicamente por su presidente. Lo que sí puede afirmarse a partir de las informaciones disponibles es que Telefónica figura como uno de los cuatro operadores que negocian la posible creación de la alianza, junto con Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, y que Murtra se ha pronunciado expresamente a favor de reforzar la autonomía europea en las comunicaciones satelitales. No existe, en cambio, información que permita atribuir a Telefónica una participación concreta en el capital del futuro consorcio, su presidencia o una función de dirección sobre los otros tres operadores, por lo que cualquier interpretación en ese sentido iría más allá de los datos publicados.
El contexto regulatorio resulta determinante para comprender por qué Telefónica y las otras grandes operadoras europeas estudian precisamente ahora esta alianza. La Comisión Europea presentó el 27 de mayo de 2026 una propuesta para reorganizar la utilización de las frecuencias de la banda de 2 GHz una vez finalicen las actuales concesiones, con la intención de dividir el espectro disponible en tres bloques y utilizar esta redistribución para reforzar las capacidades satelitales europeas y disminuir la dependencia respecto de proveedores tecnológicos de terceros países. Uno de esos bloques estaría reservado a una entidad controlada mayoritariamente por compañías europeas y destinado a servicios D2D, y es precisamente esta parte del espectro la que estaría en el centro del interés de Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom. Otro bloque se vincularía a las comunicaciones soberanas europeas y al proyecto IRIS², mientras que el restante quedaría abierto a operadores internacionales, lo que permitiría la participación de grupos estadounidenses. La propuesta todavía debe completar su tramitación europea y requiere la aprobación definitiva correspondiente, de manera que el modelo de reparto no está cerrado. Su orientación, sin embargo, consiste en aprovechar la finalización de unas concesiones actualmente en manos de compañías estadounidenses para incrementar el peso de las empresas europeas en un recurso considerado estratégico. Aunque jurídicamente las frecuencias radioeléctricas pertenecen a los Estados, en este caso la decisión sobre su futura asignación se articula a escala comunitaria y la banda se encuentra armonizada en Europa, una característica especialmente relevante porque permite plantear servicios satelitales de alcance paneuropeo.
Las frecuencias actualmente concedidas a EchoStar y Viasat comprenden dos bandas de 2x15 MHz, con 15 MHz para la transmisión desde el satélite y otros 15 MHz para el enlace en sentido contrario. Cuando fueron adjudicadas originalmente estaban concebidas para servicios continuados de radio, como los utilizados por determinadas flotas de transporte, pero su explotación ha sido limitada. El desarrollo de las constelaciones de órbita terrestre baja ha transformado sustancialmente su importancia, porque ahora pueden utilizarse para proporcionar conectividad directamente a dispositivos móviles y se han convertido, por tanto, en un recurso estratégico para la evolución de las telecomunicaciones. Para Telefónica, formar parte del eventual consorcio significaría participar desde el principio en la pugna por ese recurso y posicionarse dentro de la futura arquitectura europea de integración entre las redes móviles terrestres y las comunicaciones satelitales. Los servicios D2D permiten transmitir voz, mensajería y datos directamente a teléfonos móviles sin necesidad de desplegar una infraestructura terrestre adicional en el lugar en el que se encuentra el usuario, lo que abre posibilidades para extender determinados servicios a zonas rurales, marítimas o territorios en los que la cobertura convencional resulta insuficiente.
En la actualidad, Starlink constituye la principal referencia internacional en el desarrollo de conectividad mediante grandes constelaciones de órbita baja, pero la compañía de SpaceX no dispone de espectro propio en la Unión Europea que le permita operar independientemente determinados servicios móviles directos, lo que hace necesarios acuerdos con los titulares de las frecuencias correspondientes. Esta circunstancia ayuda a explicar el valor estratégico que tendría para las grandes telecos controlar conjuntamente el bloque reservado a operadores europeos. La eventual participación de Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, cuatro de los principales grupos de telecomunicaciones del continente y con una presencia especialmente significativa en mercados como España, Alemania, Francia y Reino Unido, podría colocar a la futura entidad en una posición importante dentro de la relación entre las redes móviles europeas y los proveedores de infraestructura satelital. Para Telefónica, la operación supondría participar en una estructura europea con derechos sobre un recurso esencial para el desarrollo de servicios D2D, aunque el alcance concreto de esa posición dependerá tanto del resultado de las negociaciones entre las cuatro compañías como del diseño regulatorio que finalmente apruebe la Unión Europea.
La creación del consorcio presenta, sin embargo, una dificultad inmediata que resulta fundamental para entender el proyecto: tener acceso al espectro no equivale a disponer de los satélites necesarios para utilizarlo. Europa no cuenta actualmente con una gran constelación comercial propia preparada para ofrecer de manera inmediata servicios masivos D2D comparables a los que están desarrollando los operadores estadounidenses, lo que genera un desfase entre mayo de 2027, cuando expiran las actuales concesiones, y la disponibilidad de una infraestructura espacial europea suficientemente desarrollada. Aquí entra en juego IRIS², la gran iniciativa comunitaria destinada a dotar a Europa de una infraestructura satelital soberana, cuyo despliegue se articula a través de SpaceRISE, el consorcio formado por Eutelsat, Hispasat y SES y encargado de diseñar, construir y operar la infraestructura correspondiente. Tras la adquisición de Hispasat e Hisdesat por parte de Indra, esta última asumirá el coste económico correspondiente a la participación de Hispasat en el proyecto. IRIS² está concebido como un instrumento de autonomía estratégica europea para comunicaciones gubernamentales, de seguridad y comerciales, pero su infraestructura todavía necesita varios años para alcanzar su despliegue previsto.
Esta circunstancia significa que, aunque el consorcio formado por Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom llegara a constituirse y obtuviera las frecuencias, no dispondría inmediatamente de una constelación europea propia de dimensiones suficientes para explotarlas plenamente. Las informaciones apuntan a que, ante la ausencia de una infraestructura europea de gran escala disponible desde el primer momento, el adjudicatario podría verse obligado a alquilar temporalmente capacidad a constelaciones estadounidenses mientras se completa el desarrollo de las alternativas europeas. Se trata, no obstante, de una posibilidad planteada por analistas del sector y no de una decisión adoptada por las compañías, por lo que no puede darse por hecho que ese vaya a ser el modelo finalmente utilizado. Esta aparente contradicción —intentar reducir la dependencia de proveedores estadounidenses mientras inicialmente podría seguir siendo necesaria parte de su infraestructura— refleja precisamente la distancia que existe entre disponer del recurso regulatorio, en este caso el espectro, y disponer de toda la infraestructura espacial necesaria para explotarlo de manera autónoma https://tinyurl.com/4nb9n6ex
También existen diferencias importantes entre la situación de los cuatro posibles integrantes del consorcio. Deutsche Telekom mantiene un acuerdo comercial con Starlink, mientras que Vodafone posee el 50 % de una sociedad conjunta con la estadounidense AST SpaceMobile. Esta última relación puede resultar especialmente relevante porque el borrador planteado por Bruselas exige que la entidad que aspire al bloque reservado esté bajo control europeo, y una estructura participada al 50 % por capital no comunitario podría no cumplir esa condición, lo que obligaría a modificar su configuración para poder integrarse en una oferta que tenga que satisfacer los requisitos de control europeo. En el caso de Telefónica, las informaciones disponibles no identifican un condicionante equivalente derivado de una sociedad conjunta al 50% con un proveedor satelital estadounidense. Este elemento diferencia su posición de la descrita para Vodafone, aunque no permite concluir por sí mismo que Telefónica vaya a asumir el liderazgo de la alianza. Lo acreditado hasta ahora es su presencia en las conversaciones y la coincidencia entre el objetivo estratégico perseguido por la posible alianza y las posiciones públicas defendidas por Marc Murtra.
La operación tampoco dependerá exclusivamente de que las cuatro compañías alcancen un acuerdo entre ellas. Una eventual sociedad conjunta entre Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone podría tener que ser examinada desde el punto de vista de la competencia, debido al peso conjunto de los cuatro operadores y a la importancia estratégica del recurso que pretenden gestionar. La combinación de cuatro de los principales grupos históricos europeos alrededor de un mismo bloque de espectro constituiría una cooperación empresarial de una dimensión poco habitual en las telecomunicaciones del continente, y la Dirección General de Competencia de la Comisión Europea tendría que estudiar la compatibilidad de la estructura resultante con las normas comunitarias. Esto añade una segunda dimensión regulatoria al proyecto: por una parte está la aprobación del nuevo modelo de distribución del espectro y, por otra, las implicaciones que podría tener que cuatro grandes operadores se agrupasen para concurrir conjuntamente a su adjudicación. Por ello, incluso en el supuesto de que las negociaciones empresariales concluyan satisfactoriamente, todavía existirían pasos regulatorios relevantes antes de que la alianza pudiera convertirse en una estructura plenamente operativa.
Todo este movimiento debe entenderse dentro de una política comunitaria más amplia dirigida a reducir la dependencia europea de proveedores tecnológicos extranjeros en infraestructuras consideradas estratégicas. La reorganización de la banda de 2 GHz, el despliegue de IRIS² y la posible alianza entre los grandes operadores responden a partes diferentes de un mismo problema: disponer de infraestructura espacial, frecuencias y compañías europeas capaces de convertir ambos elementos en servicios de telecomunicaciones. Es precisamente en este último ámbito donde Telefónica puede ocupar una posición significativa. La compañía no aparece en las informaciones como constructora de la constelación IRIS² ni como responsable de fabricar o desplegar los satélites. Su papel potencial se encuentra en otra capa de la infraestructura: la explotación de las telecomunicaciones y la integración de la conectividad satelital con las redes móviles, compartiendo esa posición con Orange, Vodafone y Deutsche Telekom si finalmente se constituye el consorcio. Esta distinción resulta esencial para no confundir ambas iniciativas: SpaceRISE es el consorcio encargado del desarrollo de la infraestructura asociada a IRIS², mientras que la alianza que negocian Telefónica y las otras tres operadoras tendría como objetivo concurrir al bloque de espectro reservado para operadores europeos y desarrollar servicios de conexión directa a dispositivos. No se trata, por tanto, con la información disponible, de que Telefónica se incorpore al consorcio constructor de IRIS², sino de la posible creación de otra alianza específicamente vinculada al espectro y a los servicios D2D.
La posición defendida por Marc Murtra proporciona finalmente una dimensión estratégica especialmente relevante a la participación de Telefónica. El presidente de la operadora ha vinculado expresamente las comunicaciones satelitales con la autonomía tecnológica y la seguridad europea, señalando los riesgos derivados de depender de infraestructuras extranjeras en situaciones críticas. Las conversaciones conocidas posteriormente sitúan a Telefónica entre las compañías que podrían trasladar ese planteamiento al terreno empresarial mediante una oferta conjunta por espectro europeo. A día de hoy, sin embargo, el elemento fundamental sigue siendo que el proyecto no está cerrado: Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom están negociando, pero todavía no han adoptado una decisión definitiva sobre la constitución del consorcio ni sobre la presentación de la oferta, y tampoco está aprobado definitivamente el nuevo esquema regulatorio europeo. Lo que existe actualmente es una convergencia entre la estrategia de Bruselas para reforzar la soberanía tecnológica europea, las conversaciones empresariales de las cuatro grandes telecos y la posición pública de Telefónica, expresada por Marc Murtra, favorable a reducir la dependencia europea de infraestructuras satelitales extranjeras. Si esas piezas terminan encajando, Telefónica podría formar parte del grupo de operadores encargado de trasladar esa política europea de autonomía satelital al mercado de las comunicaciones móviles. Por ahora, su posición concreta y acreditada es la de uno de los cuatro grandes operadores que negocian la formación del consorcio y, al mismo tiempo, la de una compañía cuyo presidente ha defendido públicamente el objetivo estratégico que subyace a la iniciativa. Cualquier afirmación adicional sobre un liderazgo de Telefónica, el reparto de participaciones, la estructura societaria definitiva o la adjudicación del espectro iría más allá de lo que permiten afirmar las informaciones disponibles.
Para comprender el alcance del movimiento que están estudiando Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone es necesario situarlo dentro de la transformación que está experimentando el mercado mundial de las telecomunicaciones por la llegada de los servicios Direct to Device (D2D). La posibilidad de conectar directamente teléfonos móviles convencionales con satélites de órbita baja está reduciendo progresivamente la separación que tradicionalmente existía entre las redes móviles terrestres y las comunicaciones por satélite. Lo que inicialmente se planteaba fundamentalmente como una tecnología complementaria para proporcionar cobertura en zonas sin servicio terrestre está evolucionando hacia un mercado en el que los operadores satelitales pueden adquirir espectro, establecer acuerdos con operadores móviles e integrar comunicaciones desde el espacio con redes terrestres. Starlink, la constelación de SpaceX, ha adquirido una posición especialmente relevante en esta transformación, tanto por la dimensión alcanzada por su infraestructura orbital como por el desarrollo de su servicio Direct to Cell. Estados Unidos ha sido el principal escenario de esta evolución y permite entender por qué el control del espectro se está convirtiendo en una cuestión estratégica también para Europa. La regulación estadounidense avanzó en esta dirección en 2024 con el marco denominado Supplemental Coverage from Space (SCS) de la Federal Communications Commission (FCC), que abrió la posibilidad de que operadores satelitales proporcionaran cobertura complementaria utilizando, mediante acuerdos con las compañías terrestres titulares, espectro ya destinado a servicios móviles. Starlink inició precisamente su despliegue D2D en Estados Unidos asociado a T-Mobile, utilizando inicialmente las frecuencias de la operadora para extender desde el espacio la cobertura de su red.
El salto estratégico se produjo cuando SpaceX dejó de limitarse a utilizar espectro de terceros mediante acuerdos y decidió adquirir directamente frecuencias con las que desarrollar la siguiente generación de Starlink Direct to Cell. En septiembre de 2025, SpaceX y EchoStar anunciaron un acuerdo por aproximadamente 17.000 millones de dólares para transferir a la compañía de Elon Musk las licencias AWS-4 y H-Block, correspondientes inicialmente a unos 50 MHz de espectro. El acuerdo contemplaba hasta 8.500 millones de dólares en efectivo y otros 8.500 millones en acciones de SpaceX, además de aproximadamente 2.000 millones destinados a cubrir determinados pagos de intereses de la deuda de EchoStar. La operación no era simplemente una inversión financiera en frecuencias: EchoStar especificó al anunciarla que SpaceX utilizaría esas licencias para desarrollar y desplegar una nueva generación de la constelación Starlink Direct to Cell, mientras que los clientes de Boost Mobile obtendrían acceso al futuro servicio mediante un acuerdo comercial a largo plazo. Posteriormente, en noviembre de 2025, la operación se amplió para incorporar otros 15 MHz de espectro AWS-3 por una contraprestación adicional de 2.600 millones de dólares, elevando el conjunto de las adquisiciones acordadas a 65 MHz y aproximadamente 19.600 millones de dólares. La FCC aprobó posteriormente las transferencias.
La importancia de esa adquisición reside en que Starlink comenzó a dejar de depender exclusivamente del espectro que le proporcionaban operadores móviles asociados. Hasta entonces, el modelo estadounidense de cobertura suplementaria desde el espacio descansaba en gran medida sobre la cooperación entre la compañía satelital y el operador terrestre titular de las frecuencias. La compra de espectro a EchoStar modifica esa relación porque proporciona a SpaceX derechos propios sobre un recurso indispensable para desarrollar su red móvil. Los documentos presentados por EchoStar ante la SEC detallan que las frecuencias adquiridas incluyen derechos sobre las bandas AWS-4 y H-Block y que parte de ellas dispone de posibilidades de utilización tanto satelital como terrestre. En agosto de 2026, la propia presidenta de SpaceX, Gwynne Shotwell, confirmó que la compañía pretende explotar también esa vertiente terrestre y desarrollar Starlink como un servicio móvil completo, una estrategia que coloca a la compañía en disposición de competir en ámbitos que hasta ahora habían estado fundamentalmente reservados a los operadores tradicionales. El anuncio tuvo una reacción inmediata en el mercado estadounidense y afectó a las cotizaciones de Verizon, AT&T y T-Mobile, aunque los analistas citados por Reuters también advirtieron de que construir una red móvil nacional capaz de competir directamente con los grandes operadores exige tiempo, infraestructura y una inversión considerable. Por tanto, la amenaza competitiva es real y ha sido reconocida por el mercado, pero no significa que Starlink pueda sustituir de manera inmediata las redes terrestres existentes.
La respuesta de las grandes operadoras estadounidenses permite apreciar hasta qué punto el D2D ha dejado de considerarse únicamente un complemento marginal de las redes móviles. El 16 de mayo de 2026, pocos días después de que la FCC aprobara la transferencia de las frecuencias de EchoStar a SpaceX, AT&T, T-Mobile y Verizon anunciaron un principio de acuerdo para constituir conjuntamente una empresa dedicada a los servicios Direct to Device por satélite. La iniciativa resulta especialmente significativa porque reúne alrededor de una misma estructura a los tres grandes operadores móviles estadounidenses, tradicionalmente competidores entre sí. Según la información publicada sobre el proyecto, en ese momento la futura sociedad todavía no tenía definidos públicamente elementos esenciales como el reparto de espectro, la estructura de gobierno, el compromiso de capital o el calendario de lanzamiento. Por ello no puede afirmarse que las operadoras estadounidenses se hayan unido literalmente para “salvar” su negocio de telefonía móvil, pero sí puede afirmarse que su reacción colectiva se produjo en un momento en el que SpaceX había adquirido espectro propio y estaba reforzando sustancialmente su capacidad para desarrollar servicios móviles desde Starlink.
La evolución posterior ha hecho todavía más explícita esa transformación. SpaceX ha manifestado públicamente su intención de utilizar las frecuencias adquiridas a EchoStar para construir también infraestructura terrestre y convertir Starlink en un servicio móvil propiamente dicho, capaz de competir por clientes con Verizon, AT&T y T-Mobile. La compañía parte además de una ventaja específica en el componente espacial: dispone de una infraestructura orbital de una escala muy superior a la de sus competidores actuales y de una plataforma comercial Starlink ya desplegada internacionalmente. Esto no elimina las ventajas que conservan las grandes operadoras móviles en espectro, infraestructura terrestre, distribución y base de clientes, pero sí introduce un competidor procedente de fuera del modelo tradicional de telecomunicaciones que puede combinar satélites, espectro propio, conectividad D2D y, según los planes anunciados por SpaceX, infraestructura celular terrestre. Es precisamente esta convergencia entre redes espaciales y terrestres la que está modificando las fronteras competitivas del sector. Reuters señalaba en agosto de 2026 que las ambiciones móviles de SpaceX habían inquietado al mercado estadounidense, mientras que la compañía confirmaba su intención de desarrollar el componente terrestre de las frecuencias adquiridas.
El espectro se ha convertido así en una de las piezas centrales de la competencia D2D. Los satélites son indispensables para proporcionar cobertura desde el espacio, pero necesitan frecuencias autorizadas sobre las que comunicarse con millones de dispositivos sin producir interferencias con otras redes. La decisión de SpaceX de comprometer cerca de 19.600 millones de dólares para adquirir 65 MHz a EchoStar muestra el valor estratégico que la compañía atribuye a disponer de derechos propios sobre ese recurso. La diferencia respecto de la primera etapa de Starlink Direct to Cell es sustancial: en lugar de depender únicamente de que un operador móvil le permita utilizar sus frecuencias, SpaceX está construyendo una posición propia sobre el espectro y ha expresado su intención de utilizarla tanto para servicios satelitales como para desarrollar capacidades terrestres. El movimiento no convierte automáticamente a Starlink en sustituto de Verizon, AT&T o T-Mobile, pero sí reduce su dependencia respecto de los operadores tradicionales y amplía el número de capas de la cadena de telecomunicaciones en las que SpaceX puede participar directamente.
Este antecedente estadounidense es especialmente relevante para interpretar lo que está ocurriendo ahora en Europa. La cuestión de la soberanía europea no deriva simplemente de que Starlink sea una compañía estadounidense, sino de la posibilidad de que una infraestructura de comunicaciones cada vez más importante para ciudadanos, empresas y administraciones dependa de redes, tecnología y decisiones empresariales situadas fuera de la Unión Europea. El propio presidente de Telefónica, Marc Murtra, ha utilizado el caso de Ucrania para defender la necesidad de que Europa disponga de capacidades satelitales propias y reduzca su dependencia de Starlink. Esa preocupación coincide con la orientación que está adoptando la Comisión Europea al reorganizar el espectro de 2 GHz que quedará disponible en mayo de 2027. Bruselas pretende reservar una parte para actores bajo control europeo precisamente en un momento en el que el D2D está pasando de ser una tecnología destinada a cubrir zonas sin señal a convertirse en una nueva capa de las redes móviles. Las informaciones sobre las conversaciones entre Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone deben situarse dentro de este proceso: Europa está intentando evitar que la consolidación del D2D reproduzca una dependencia de proveedores estadounidenses en una infraestructura considerada estratégica.
Existe, además, una diferencia relevante entre la posición que Starlink ha conseguido construir en Estados Unidos y la que mantiene actualmente en Europa. SpaceX todavía no dispone en la Unión Europea de derechos propios equivalentes que le permitan desarrollar de manera independiente el mismo modelo de servicio móvil, por lo que necesita acuerdos con titulares locales de frecuencias. Precisamente por ello adquiere especial importancia la reorganización europea de la banda de 2 GHz cuando expiren en mayo de 2027 las actuales concesiones de EchoStar y Viasat. La propuesta de la Comisión Europea pretende reservar una parte de esas frecuencias para una entidad controlada mayoritariamente por compañías europeas y destinada a servicios D2D. Es justamente ese bloque el que ha despertado el interés de Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, que mantienen conversaciones preliminares para estudiar una oferta conjunta.
De este modo, lo sucedido en Estados Unidos proporciona un antecedente directo para entender la dimensión estratégica del posible consorcio europeo. Allí, Starlink pasó de prestar cobertura satelital apoyándose en el espectro de un operador tradicional a invertir miles de millones de dólares en adquirir frecuencias propias y anunciar posteriormente su intención de desarrollar un servicio móvil más amplio; paralelamente, AT&T, T-Mobile y Verizon plantearon una cooperación conjunta en D2D. En Europa, donde Starlink todavía depende de acuerdos con titulares de espectro para determinadas prestaciones móviles, la Comisión Europea está intentando utilizar la redistribución de la banda de 2 GHz para garantizar una presencia específicamente europea en este nuevo mercado. Es en ese punto donde aparece Telefónica, junto a Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, estudiando la posibilidad de controlar conjuntamente una parte del recurso que determinará quién puede prestar y en qué condiciones determinados servicios satelitales directos al móvil en el mercado comunitario. El movimiento, todavía preliminar, se produce por tanto en un momento en el que la evolución estadounidense ha demostrado que la competencia entre las telecomunicaciones terrestres y satelitales está dejando paso a una convergencia entre ambas y que el control del espectro se está convirtiendo en una de las principales posiciones estratégicas de esa transición.
La dimensión económica potencial ayuda a entender por qué el control del espectro se está convirtiendo en una cuestión estratégica para las grandes operadoras. Europa parte todavía de un mercado Direct-to-Device (D2D) pequeño, pero las previsiones apuntan a un crecimiento extraordinariamente rápido durante la próxima década. Global Market Insights estima que el mercado europeo de conectividad satelital D2D generó alrededor de 123,7 millones de dólares en 2025, unos 106 millones de euros al cambio actual, pero proyecta que alcance 2.706,8 millones de dólares en 2035, aproximadamente 2.330 millones de euros, lo que supone una tasa de crecimiento anual compuesta cercana al 35%. La previsión resulta coherente con la aceleración que ya está registrando el sector: Omdia señalaba en abril de 2026 que el 22% de los operadores móviles europeos ya había lanzado, estaba probando o había anunciado acuerdos relacionados con servicios D2D, aunque la comercialización continúa en una fase inicial y se concentra fundamentalmente en mensajería y servicios básicos de datos.
La magnitud potencial del negocio se aprecia todavía mejor al observar las previsiones mundiales. Omdia calcula que solamente los servicios D2D dirigidos a smartphones podrían generar 11.990 millones de dólares —unos 10.300 millones de euros— en 2030 y alcanzar 411 millones de usuarios activos mensuales, mientras que Gartner, utilizando un perímetro más amplio para el mercado D2D mediante constelaciones LEO (por sus siglas en inglés, Low Earth Orbit), eleva la oportunidad mundial hasta 20.200 millones de dólares, aproximadamente 17.400 millones de euros, para ese mismo año. No se trata, por tanto, únicamente de extender cobertura móvil a lugares donde no llegan las antenas terrestres. El D2D está comenzando a configurar una nueva capa del mercado de las telecomunicaciones en la que convergen operadores móviles, propietarios de espectro y grandes constelaciones satelitales, y es precisamente en esa transición donde Starlink ha adquirido una posición relevante y donde Telefónica y las principales operadoras europeas intentan posicionarse.
Hay, sin embargo, una cuestión incómoda que Telefónica y, sobre todo, Marc Murtra deberían explicar a propósito de este movimiento. La oportunidad que representa el Direct to Device (D2D) parece haber llevado a la compañía a aceptar precisamente una de las fórmulas capaces de proporcionar escala europea sin necesidad de fusionar operadores: la creación de consorcios en los que varias compañías siguen compitiendo entre sí pero ponen en común recursos para afrontar inversiones o proyectos que difícilmente podrían abordar individualmente con la misma dimensión continental. Eso es, en esencia, lo que Telefónica está estudiando ahora con Deutsche Telekom, Orange y Vodafone: cuatro competidores que no necesitan convertirse en una única compañía para presentarse conjuntamente a una oportunidad estratégica europea. Y resulta inevitable confrontar ese planteamiento con buena parte del discurso que Murtra ha mantenido desde que asumió la presidencia ejecutiva de Telefónica el 18 de enero de 2025, porque durante gran parte de su mandato ha identificado reiteradamente la necesidad de ganar escala en Europa con la consolidación empresarial y las fusiones entre operadoras. En febrero de 2025 ya defendía que debía producirse una consolidación del mercado europeo y que Telefónica quería desempeñar un papel protagonista; pocos días después, en el Mobile World Congress, fue todavía más explícito: “Es hora de permitir que las grandes telecos europeas se consoliden y crezcan para crear capacidad tecnológica”. No fue una declaración aislada, sino una línea argumental que Telefónica ha mantenido posteriormente y que Murtra volvió a defender en el MWC de 2026 bajo una formulación igualmente inequívoca: “Necesitamos escala”, vinculando nuevamente esa escala a la consolidación del sector. Posición de Murtra sobre la consolidación europea — Telefónica Murtra sobre escala y consolidación en el MWC 2026
El problema de ese planteamiento no está en el diagnóstico de partida. Que las telecomunicaciones europeas sufren fragmentación, menor escala y una capacidad inversora inferior a la de los grandes actores estadounidenses y chinos es precisamente uno de los problemas estructurales identificados en el debate europeo sobre competitividad. La cuestión discutible es convertir ese diagnóstico casi automáticamente en una defensa de las fusiones como instrumento fundamental para resolverlo. Murtra sostuvo en abril de 2025 que Telefónica no abordaría una consolidación europea sin plantear previamente operaciones «intramercado», y posteriormente insistió en realizar operaciones de consolidación siempre que fueran económicamente rentables. Incluso en septiembre de 2025 Reuters describía las adquisiciones como una pieza central de su estrategia para conseguir mayor escala, mientras Telefónica estudiaba oportunidades en Alemania, Reino Unido, España y Brasil. La escala, en el discurso de Murtra, aparecía así estrechamente vinculada a comprar, fusionar y concentrar operadores. Declaraciones de Murtra sobre consolidación intramercado Reuters — estrategia de Telefónica y consolidación europea
Pero Bruselas está construyendo simultáneamente otra vía para atacar el problema de escala europeo: hacer que el mercado único sea realmente único. Aquí resulta fundamental separar dos conceptos que a menudo se mezclan. Una cosa es reducir el número de operadores mediante fusiones y otra muy diferente eliminar las barreras que obligan a una empresa de telecomunicaciones a enfrentarse a 27 marcos nacionales para operar a escala comunitaria. La propuesta de Digital Networks Act (DNA) de la Comisión Europea incorpora precisamente un régimen de “Single Passport” o pasaporte único, mediante el cual un proveedor que quiera ofrecer redes o servicios de comunicaciones electrónicas en uno, varios o todos los Estados miembros puede presentar una única notificación ante la autoridad reguladora de uno de ellos. El propio texto legislativo establece que esa confirmación única sirve de base para operar en varios o en todos los Estados miembros bajo el régimen general previsto por el reglamento. La filosofía es sustancialmente diferente: antes de concluir que Europa necesita menos compañías para conseguir escala, Bruselas intenta conseguir que esas compañías puedan actuar sobre un mercado continental y no sobre una suma de 27 mercados administrativos. Propuesta oficial de Digital Networks Act y Single Passport — EUR-Lex
Y es precisamente aquí donde el D2D deja a Murtra frente a una contradicción difícil de ignorar. Para enfrentarse a una oportunidad tecnológica que puede convertirse en una pieza estratégica de las telecomunicaciones europeas, Telefónica no está esperando a comprar Orange, Vodafone o Deutsche Telekom, ni necesita que cualquiera de ellas absorba a otra. Está haciendo algo mucho más pragmático: sentarse con sus principales competidores europeos y estudiar un consorcio para reunir escala, recursos y capacidad de negociación alrededor de un activo estratégico común —el espectro satelital— manteniendo cada compañía su independencia. Las conversaciones continúan siendo preliminares y no existe todavía una decisión definitiva sobre la constitución del consorcio, algo que debe quedar claro, pero el mero hecho de que las cuatro operadoras estén estudiando esta fórmula demuestra que la cooperación empresarial puede proporcionar escala para determinados proyectos europeos sin que esa escala tenga que proceder necesariamente de una fusión societaria. El propio proyecto que estamos analizando sitúa a Telefónica entre los cuatro operadores que estudian conjuntamente el bloque europeo de espectro D2D.
La paradoja resulta todavía más evidente cuando se observa el tamaño de la oportunidad. El D2D no es un proyecto experimental menor que permita improvisar una fórmula societaria para salir del paso. Las estimaciones recopiladas para este análisis sitúan el mercado europeo de conectividad D2D en unos 123,7 millones de dólares en 2025 y proyectan alrededor de 2.706,8 millones en 2035, con un crecimiento anual cercano al 35%, mientras Omdia estimaba ya en 2026 que el 22% de los operadores europeos había lanzado, probado o anunciado acuerdos relacionados con esta tecnología. Es decir, cuando aparece una oportunidad suficientemente importante, cuando Starlink avanza y cuando el control del espectro amenaza con determinar quién ocupará una posición dominante en la siguiente capa de conectividad móvil, Telefónica descubre que cuatro grandes competidores europeos pueden intentar construir escala sentándose alrededor de una misma mesa en lugar de fusionándose entre ellos.
Eso no demuestra que las fusiones hayan dejado de ser necesarias ni que un consorcio pueda resolver todos los problemas estructurales de las telecomunicaciones europeas. Sería igualmente simplista sustituir un dogma por otro. Las fusiones, el mercado único, las empresas conjuntas y los consorcios son instrumentos distintos y pueden resultar adecuados para problemas diferentes. Pero precisamente por eso resulta cuestionable que durante tanto tiempo se haya presentado la consolidación societaria como si fuera prácticamente la respuesta inevitable al problema europeo de escala. El propio caso D2D muestra que existe otra herramienta: compartir inversiones, tecnología, infraestructura o recursos estratégicos entre operadores europeos allí donde resulte económicamente racional, manteniendo al mismo tiempo la competencia en el mercado minorista. Y no es una extravagancia teórica: Telefónica está explorando ahora exactamente esa posibilidad con tres de sus mayores competidores europeos.
Por eso la pregunta relevante para Murtra no debería formularse en términos de si ahora «cree» o «no cree» en las fusiones. Su posición continúa siendo favorable a ellas y, de hecho, hace apenas unos días volvió a mostrarse optimista sobre una mayor concentración del sector después de los cambios que está introduciendo Bruselas en su política de competencia. Murtra y la concentración del sector europeo — septiembre de 2026 La pregunta verdaderamente incómoda es, ¿Por qué la cooperación paneuropea que ahora parece suficientemente válida para enfrentarse a Starlink no ocupó un lugar comparable en su discurso sobre cómo solucionar el problema de escala europeo? Si Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone pueden poner recursos en común para disputar el espectro D2D, ¿por qué el debate sobre la escala se planteó insistentemente alrededor de fusiones y adquisiciones y no con la misma intensidad alrededor de consorcios europeos capaces de compartir inversiones en infraestructura, cloud, edge computing, ciberseguridad, inteligencia artificial, redes abiertas o tecnologías estratégicas?
Y existe otra razón para exigir esa explicación. Estados Unidos acaba proporcionando precisamente el precedente que refuerza la lógica del consorcio. Frente al avance de Starlink en D2D, AT&T, T-Mobile y Verizon —competidores directos y feroces en el mercado estadounidense— han planteado una cooperación conjunta alrededor de esta tecnología. La respuesta no exige necesariamente que AT&T compre Verizon ni que T-Mobile desaparezca dentro de otra compañía: permite combinar recursos en una capa tecnológica determinada y continuar compitiendo en las demás. El movimiento europeo que ahora estudian Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone reproduce esa misma lógica de cooperación selectiva. En el caso europeo, además, el incentivo resulta particularmente poderoso porque Starlink ha adquirido una posición de enorme relevancia en D2D y Europa intenta impedir que una infraestructura estratégica vuelva a depender fundamentalmente de tecnología y compañías estadounidenses. El texto que sirve de base a este análisis ya recoge cómo SpaceX ha reforzado su posición mediante la adquisición de espectro a EchoStar y cómo las operadoras estadounidenses reaccionaron posteriormente planteando su propia cooperación en D2D.
Por eso no hay base documental suficiente para afirmar que Murtra haya dado un “giro de 180 grados”, que haya abandonado las fusiones o que haya cambiado de posición porque se haya quedado solo. Afirmarlo como hecho sería atribuirle una motivación que las fuentes no acreditan. Hay algo más preciso y, quizá, más incómodo: su estrategia actual incorpora una herramienta de escala —el consorcio paneuropeo— que relativiza la idea de que la consolidación societaria sea la vía privilegiada para construir campeones europeos. Murtra sigue defendiendo las fusiones, mientras Telefónica demuestra simultáneamente con sus propios actos que existen proyectos estratégicos en los que la escala puede alcanzarse cooperando entre competidores. Esa coexistencia no es necesariamente incoherente, pero obliga a explicar por qué una fórmula que ahora parece válida frente a Starlink apenas ha ocupado el centro de su argumentario sobre la escala europea.
Más aún cuando la propia arquitectura regulatoria europea está desplazándose. El Single Passport de la DNA pretende que una compañía deje de pensar necesariamente en 27 autorizaciones nacionales y pueda plantearse desde el comienzo una actividad europea, mientras la revisión de las reglas de competencia abre también mayor espacio para considerar inversión, innovación, resiliencia y escala al analizar concentraciones. No estamos, por tanto, ante una elección binaria entre «Bruselas contra las fusiones» y «Murtra a favor de las fusiones». La realidad regulatoria de 2026 es bastante más compleja: la Comisión está intentando simultáneamente profundizar el mercado único y revisar cómo evalúa determinadas concentraciones, y el propio Murtra ha celebrado recientemente lo que calificó como un giro «copernicano» de Bruselas respecto a estas últimas. Murtra celebra el cambio de Bruselas sobre las fusiones
Ahí está precisamente la crítica que Telefónica no debería esquivar. Si el objetivo verdadero es conseguir escala europea, el debate no puede reducirse a cuántos operadores deben desaparecer mediante fusiones. También debe preguntarse qué recursos pueden compartir los operadores que permanecen, qué infraestructuras pueden construir conjuntamente, qué inversiones estratégicas pueden mutualizar y qué barreras nacionales debe eliminar Bruselas para que puedan operar realmente sobre 450 millones de consumidores. El D2D está proporcionando a Telefónica una oportunidad para demostrarlo. El consorcio todavía puede no materializarse, pero su simple negociación introduce una alternativa tangible al discurso tradicional de la consolidación: cuatro compañías independientes intentando conseguir conjuntamente una escala que ninguna posee por separado.
Murtra no necesita renunciar a las fusiones para reconocer esa evidencia. Lo que sí debería explicar es por qué ha necesitado que Starlink convierta el D2D en una amenaza estratégica para que Telefónica aparezca ahora explorando con tanta claridad la vía del consorcio paneuropeo. Porque si compartir recursos entre Deutsche Telekom, Orange, Vodafone y Telefónica es una respuesta válida cuando está en juego el futuro de la conectividad satelital europea, resulta legítimo preguntar por qué esa misma filosofía de cooperación no ha tenido hasta ahora un protagonismo equivalente en su receta para resolver el problema de escala. No sabemos si estamos ante una rectificación estratégica, una solución específica para el D2D o simplemente la utilización de instrumentos diferentes para problemas diferentes. Atribuirle cualquiera de esas motivaciones sin una explicación de Murtra sería elucubrar. Pero la contradicción aparente entre su discurso anterior y la fórmula que Telefónica explora ahora existe, está documentada y merece una explicación.
Hay una cuestión adicional que termina de cerrar el círculo y que resulta particularmente relevante para evaluar la posición mantenida por Marc Murtra sobre el problema de escala de las telecomunicaciones europeas. El D2D no solamente demuestra que varios grandes operadores pueden reunir recursos alrededor de un proyecto continental sin necesidad de fusionarse. Demuestra además que una parte sustancial del problema de escala europeo no reside exclusivamente en el tamaño individual de cada compañía, sino en las barreras que durante años han impedido que esas compañías operen sobre Europa como si fuera realmente un único mercado. Esta distinción no es una construcción teórica posterior al debate. El informe presentado por Enrico Letta en abril de 2024, “Much More Than a Market”, identificaba expresamente la fragmentación regulatoria de las comunicaciones electrónicas y del espectro como uno de los obstáculos para la aparición de operadores paneuropeos o, al menos, multinacionales europeos de mayor dimensión. Letta reclamaba una política de espectro mucho más unificada y advertía de que la falta de armonización de las reglas nacionales de asignación dificultaba precisamente la prestación de servicios móviles paneuropeos. Informe Letta — Much More Than a Market
La evaluación realizada posteriormente por las instituciones europeas al preparar la nueva regulación resulta todavía más significativa porque incorpora expresamente el Direct to Device dentro de ese mismo problema. La documentación del Consejo de la Unión Europea sobre el futuro marco de las comunicaciones electrónicas reconoce que tanto los informes de Letta como de Draghi identificaron que el mercado único europeo de comunicaciones continúa fragmentado y que los operadores siguen encontrando barreras para operar de manera transfronteriza y ganar escala, con consecuencias sobre su capacidad de invertir, innovar y competir con sus rivales globales. Pero el documento añade algo particularmente importante para este análisis: esas barreras afectan también a los servicios satelitales, cuya autorización continúa siendo nacional y fragmentada a pesar de que se trata por naturaleza de un mercado transfronterizo y de que el D2D tiene capacidad para proporcionar cobertura ubicua y continua en toda la Unión Europea. Consejo de la UE — evaluación del marco europeo de comunicaciones electrónicas
El D2D se convierte así en un ejemplo casi perfecto del problema que Europa lleva años intentando resolver. Un satélite no entiende de las fronteras administrativas que separan España de Francia, Francia de Alemania o Alemania de Polonia, y una red destinada a conectar directamente dispositivos desde el espacio obtiene buena parte de sus economías de escala precisamente cuando puede plantearse sobre una geografía extensa. Sin embargo, Europa ha mantenido históricamente buena parte de la autorización de las comunicaciones electrónicas y del espectro vinculada a los Estados miembros. La Comisión identifica ahora esa fragmentación como una barrera al crecimiento transfronterizo y propone corregirla mediante un marco mucho más europeo. Por eso la reorganización comunitaria de la banda de 2 GHz y el futuro Single Passport de la Digital Networks Act no son cuestiones separadas del debate sobre escala: constituyen otra respuesta al mismo problema que Murtra ha planteado reiteradamente en términos de consolidación empresarial.
Y aquí aparece una diferencia fundamental. Fusionar compañías proporciona escala corporativa; eliminar las fronteras regulatorias proporciona escala de mercado. No son la misma cosa y tampoco son necesariamente alternativas incompatibles, pero confundirlas conduce a un diagnóstico incompleto. Una Telefónica más grande mediante adquisiciones continuaría encontrándose con un mercado europeo fragmentado si persistieran 27 regímenes administrativos diferentes. En cambio, una Telefónica que pudiera desarrollar determinados servicios desde el principio sobre un mercado continental tendría acceso a una escala potencial mucho mayor aunque siguieran existiendo Orange, Deutsche Telekom y Vodafone como compañías independientes. Precisamente por eso la Comisión intenta reducir las barreras transfronterizas mientras revisa simultáneamente su política de competencia. Europa puede discutir cuántos operadores necesita, pero antes tiene que conseguir que esos operadores tengan realmente un mercado europeo sobre el que competir.
El caso del D2D hace visible esa diferencia de una manera especialmente clara. La propuesta europea sobre la banda de 2 GHz parte de un recurso armonizado que permite pensar en servicios de alcance continental y reserva uno de los bloques para una entidad bajo control mayoritariamente europeo. Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone están estudiando precisamente concurrir conjuntamente a ese recurso. Es decir, la escala que necesitan para disputar esta nueva capa de las telecomunicaciones a actores como Starlink puede surgir simultáneamente de tres elementos que no requieren una fusión: un recurso europeo armonizado, un mercado capaz de ser abordado continentalmente y un consorcio que permita compartir capacidades entre competidores. El proyecto todavía es preliminar y no existe una decisión definitiva sobre su constitución, pero su arquitectura potencial resulta relevante porque representa una manera diferente de construir escala. El propio proyecto analizado en este post confirma que la banda se encuentra armonizada en Europa y que esa característica permite plantear servicios satelitales paneuropeos.
Pero existe un antecedente todavía más comprometedor para reducir todo el debate sobre escala a las fusiones: Telefónica ya conoce perfectamente el modelo de consorcio paneuropeo porque lo está utilizando en otra infraestructura estratégica europea. En marzo de 2026, la propia compañía anunció junto con la Comisión Europea el lanzamiento de EURO-3C, una infraestructura soberana paneuropea que integra capacidades de telecomunicaciones, Edge, Cloud e Inteligencia Artificial mediante un modelo federado, abierto y seguro. Y aquí el dato resulta difícil de pasar por alto: el consorcio está liderado por Telefónica y reúne a más de 70 entidades europeas, con un presupuesto de 75 millones de euros financiado mediante Horizonte Europa. No estamos hablando, por tanto, de una posibilidad académica sobre cómo podría organizarse Europa. Telefónica participa activamente —y en este caso lidera— una estructura de cooperación continental destinada precisamente a construir capacidades tecnológicas europeas. Telefónica — lanzamiento de EURO-3C
Este precedente introduce una pregunta bastante más difícil para Murtra que la simple acusación de haber cambiado de opinión. En marzo de 2025 sostuvo públicamente que había llegado el momento de permitir que las grandes telecos europeas “se consoliden y crezcan para crear capacidad tecnológica”, vinculando la fragmentación empresarial europea con la pérdida de capacidad frente a Estados Unidos y China. Un año después volvió a defender que “necesitamos escala” y relacionó expresamente esa escala con fusiones y adquisiciones, llegando a plantear una suerte de contrato por el que se permitiera ganar tamaño a las operadoras a cambio de aumentar la inversión tecnológica. Telefónica — intervención de Murtra en el MWC 2025 Telefónica — intervención de Murtra en el MWC 2026
Sin embargo, en ese mismo MWC de 2026 Telefónica estaba presentando EURO-3C, un consorcio de más de 70 entidades europeas liderado por la propia compañía para desarrollar infraestructura tecnológica soberana. Y apenas unos meses después aparece Telefónica estudiando otra estructura cooperativa, esta vez junto con Deutsche Telekom, Orange y Vodafone, para disputar el futuro espectro europeo D2D. Los hechos no permiten concluir que Murtra haya abandonado su defensa de las fusiones; al contrario, continúa defendiéndolas. Tampoco permiten afirmar que haya cambiado de estrategia porque se haya quedado aislado. Pero sí permiten formular una pregunta mucho más precisa: si Telefónica utiliza consorcios paneuropeos para construir capacidades en Telco-Edge-Cloud-IA y ahora estudia otro para construir posición en D2D, ¿Por qué el consorcio y las estructuras federadas no han ocupado en el discurso de Murtra sobre la escala un lugar comparable al que concede reiteradamente a las fusiones y adquisiciones?
La pregunta adquiere todavía más relevancia porque la propia Telefónica reconoce institucionalmente que el sector europeo está fragmentado a nivel de los Estados miembros, mientras que la Comisión está intentando atacar precisamente esa dimensión territorial mediante la integración del mercado. Telefónica sostiene en su documentación de política pública que esa fragmentación debilita la capacidad inversora y reclama reducir las barreras a la consolidación. Es una posición empresarial legítima y públicamente defendida. Pero el D2D introduce ahora una evidencia complementaria: la capacidad de inversión puede reforzarse también agrupando recursos para proyectos determinados sin eliminar la independencia empresarial de quienes los aportan. Telefónica — posicionamiento sobre Consolidación y Escala
Existe además una diferencia económica que merece ser subrayada. Una fusión concentra empresas enteras; un consorcio concentra recursos alrededor de un objetivo concreto. En D2D, cuatro operadores pueden compartir el acceso al espectro, coordinar inversiones o construir una plataforma común y continuar compitiendo entre ellos en fibra, 5G, servicios empresariales, precios, contenidos y atención al cliente. Esa arquitectura permite obtener determinadas economías de escala allí donde son necesarias sin trasladar necesariamente esa concentración al conjunto del mercado minorista. Esto no demuestra que un consorcio sea siempre superior a una fusión ni que pueda sustituirla en cualquier circunstancia. Lo que demuestra el propio comportamiento empresarial de Telefónica es algo bastante más limitado pero difícilmente discutible: hay problemas europeos de escala para los que la compañía considera suficientemente válida la cooperación entre competidores sin integración societaria.
Y el D2D contiene todavía otra advertencia para Europa: ganar escala empresarial no resuelve automáticamente la dependencia tecnológica. Telefónica podría fusionarse mañana con otro operador europeo y seguiría sin disponer por ello de una constelación equivalente a Starlink. El propio proyecto analizado en este post muestra que obtener el espectro tampoco soluciona inmediatamente esa carencia: Europa todavía no dispone de una gran constelación comercial preparada para proporcionar de inmediato servicios D2D masivos comparables a los que están desarrollando los actores estadounidenses, mientras IRIS² necesita todavía años para completar su despliegue. La escala financiera de una operadora y la soberanía tecnológica de un continente son, por tanto, problemas relacionados pero distintos. Para conseguir la segunda hacen falta espectro, satélites, cloud, semiconductores, inteligencia artificial, ciberseguridad, financiación, estándares, investigación y capacidad industrial. Fusionar dos telecos puede aumentar su tamaño; no fabrica automáticamente ninguna de esas capacidades.
Esta distinción resulta especialmente relevante porque el propio Murtra ha ampliado progresivamente su discurso sobre soberanía. En junio de 2026 defendió que Europa necesita desarrollar tecnología propia en inteligencia artificial, computación cuántica y sistemas autónomos, además de simplificar la regulación y asumir mayores riesgos tecnológicos. Telefónica — Murtra sobre soberanía tecnológica europea Es un planteamiento mucho más amplio que la simple consolidación de operadores y, paradójicamente, encaja mejor con la arquitectura que ahora estamos viendo en D2D: Europa proporcionando un marco común y espectro armonizado; diferentes compañías aportando redes, clientes, tecnología y financiación; y consorcios permitiendo sumar esas capacidades sin necesidad de convertirlas todas en una única empresa.
El D2D puede acabar siendo, por ello, el banco de pruebas más interesante para comprobar qué significa realmente “escala europea”. Si Telefónica, Orange, Vodafone y Deutsche Telekom consiguen conjuntamente una posición competitiva frente a Starlink manteniéndose como empresas independientes, habrá quedado demostrado que para determinadas infraestructuras estratégicas la escala puede construirse mediante integración regulatoria y cooperación industrial. Si, por el contrario, el proyecto fracasa por falta de inversión, dificultades de gobernanza, problemas regulatorios o ausencia de infraestructura satelital suficiente, habrá argumentos para cuestionar hasta dónde puede llegar ese modelo. Hoy todavía no conocemos el resultado y sería elucubrar anticiparlo. Lo que conocemos es que las cuatro compañías están explorando la fórmula y que Telefónica ya lidera otro gran consorcio tecnológico paneuropeo.
Por eso la contradicción que Murtra debería aclarar no consiste realmente en elegir entre fusiones o consorcios. Esa sería una simplificación del problema. La cuestión es otra: ¿qué entiende exactamente Murtra por escala europea y qué instrumento considera adecuado para conseguirla en cada capa de las telecomunicaciones? Si la respuesta es consolidación para los mercados nacionales, mercado único para eliminar fronteras regulatorias y consorcios para las grandes infraestructuras tecnológicas paneuropeas, existe una estrategia coherente que puede ser explicada. Pero si la respuesta continúa siendo que Europa necesita fundamentalmente operadores más grandes mediante fusiones, entonces Telefónica tendrá que explicar por qué sus propias actuaciones en EURO-3C y ahora en D2D demuestran que está construyendo capacidades tecnológicas europeas mediante una vía distinta.
Esa es probablemente la pregunta que falta para cerrar el post. No se trata de acusar a Murtra de algo que no pueda probarse, sino de confrontar su discurso con los instrumentos que utiliza la propia Telefónica. El presidente de la compañía ha sostenido que Europa necesita escala para competir con los gigantes estadounidenses y chinos; Letta identificó que una parte del problema reside en la fragmentación del mercado y del espectro; la Comisión intenta reducir esa fragmentación mediante un marco continental; Telefónica lidera ya un consorcio europeo de más de 70 entidades en EURO-3C; y ahora estudia asociarse con sus tres grandes rivales europeos para competir en D2D. Cuando todas esas piezas se colocan juntas, la discusión deja de “fusiones sí o fusiones no”. La cuestión verdaderamente importante pasa a ser por qué durante tanto tiempo se ha identificado el problema europeo de escala fundamentalmente con el tamaño de las empresas cuando una parte de la solución puede encontrarse en el tamaño efectivo del mercado sobre el que operan y en su capacidad para compartir inversiones estratégicas sin dejar de competir.
Y esa pregunta resulta todavía más pertinente si se recuerda la formulación utilizada por el propio Murtra ante los accionistas de Telefónica en 2025: “No habrá consolidación europea [...] sin consolidación previa a nivel intramercado”. Telefónica explicaba entonces que el proceso debía comenzar dentro de cada país para generar una escala rentable que permitiera desplegar redes avanzadas, innovar y atraer talento. Telefónica — Junta General de Accionistas 2025 Frente a esa secuencia —primero consolidar dentro de los mercados nacionales y después construir escala europea—, el D2D plantea ahora prácticamente el recorrido inverso: cuatro operadores que siguen separados en sus respectivos mercados nacionales intentan saltar directamente al nivel continental mediante una estructura común para explotar un recurso europeo armonizado. No invalida la estrategia de consolidación de Murtra, pero sí proporciona un contrapunto empírico que merece una explicación.
Para terminar el post quiero manifestar que el D2D deja finalmente una cuestión que trasciende el espectro, los satélites e incluso la amenaza que representa Starlink para la autonomía tecnológica europea. Deja una pregunta sobre la dirección estratégica de Telefónica bajo la presidencia de Marc Murtra. ¿Por qué una compañía de la dimensión de Telefónica puede modificar prioridades cuando cambia el mercado, puede corregir una decisión cuando aparecen nuevos datos e incluso puede abandonar una tesis cuando los acontecimientos demuestran que existe una alternativa mejor? Eso forma parte de la gestión empresarial. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar es que cada cambio termine presentándose como si siempre hubiera formado parte de una estrategia perfectamente coherente. Y el D2D coloca a Murtra precisamente ante la obligación de explicar dónde termina la adaptación razonable a las circunstancias y dónde comienza la rectificación de un planteamiento anterior.
Desde su llegada a la presidencia de Telefónica el 18 de enero de 2025, Murtra ha convertido la falta de escala europea en uno de los ejes de su discurso. El diagnóstico tenía fundamentos ampliamente documentados: Europa mantiene un mercado de telecomunicaciones fragmentado, sus operadores tienen una dimensión inferior a algunos de sus grandes competidores internacionales y los informes de Enrico Letta y Mario Draghi habían advertido de los problemas que esa fragmentación provoca sobre inversión, innovación y competitividad. Pero una cosa era compartir el diagnóstico y otra aceptar necesariamente la receta. Murtra vinculó reiteradamente la obtención de escala con la consolidación empresarial, las adquisiciones y las fusiones, llegando a defender que no habría consolidación europea sin una consolidación previa dentro de los mercados nacionales. Esa posición no apareció de manera accidental en una entrevista: fue repetida ante inversores, accionistas y en algunas de las principales tribunas públicas del sector. El post ha documentado cómo esa asociación entre escala y consolidación se convirtió en una de las líneas argumentales de su presidencia.
Y entonces aparece el D2D. Ante una tecnología capaz de modificar la arquitectura futura de las redes móviles, ante una Starlink que ha avanzado rápidamente en Estados Unidos y ante la oportunidad de acceder a espectro europeo estratégico, Telefónica no plantea como condición previa que desaparezca ninguno de sus competidores. Se sienta con ellos. Deutsche Telekom continúa siendo Deutsche Telekom, Orange continúa siendo Orange, Vodafone continúa siendo Vodafone y Telefónica continúa siendo Telefónica. Cuatro rivales que estudian poner recursos en común para competir a escala continental sin necesidad de convertirse previamente en una sola compañía. El proyecto ni siquiera está cerrado y sería incorrecto presentarlo como una alianza definitivamente constituida, pero su negociación basta para demostrar algo que debería formar parte del debate: para determinados proyectos estratégicos, la propia Telefónica considera posible conseguir escala mediante cooperación entre competidores y no exclusivamente mediante concentración empresarial.
Y ahí es donde Murtra debe una explicación. No porque utilizar un consorcio sea contradictorio por definición con defender fusiones —no lo es—, sino porque su discurso sobre la escala europea ha concedido a la consolidación empresarial un protagonismo muy superior al otorgado a otras fórmulas que ahora la propia Telefónica está utilizando. La contradicción resulta todavía más difícil de ignorar cuando comprobamos que el D2D ni siquiera constituye el primer ejemplo: Telefónica lidera EURO-3C, un consorcio paneuropeo de más de 70 entidades destinado a desarrollar capacidades soberanas en telecomunicaciones, Edge, Cloud e Inteligencia Artificial. Es decir, Telefónica conoce la cooperación paneuropea, la práctica y la lidera. Y ahora estudia reproducir esa lógica con algunos de sus principales competidores alrededor del D2D. El propio comportamiento de la compañía demuestra, por tanto, que construir escala europea puede significar algo bastante más amplio que comprar al vecino.
Además, Bruselas está atacando simultáneamente el problema desde otra dirección. La futura Digital Networks Act y su planteamiento de un Single Passport persiguen reducir las barreras que obligan a pensar Europa como 27 mercados administrativos separados. Esa diferencia es fundamental porque una cosa es aumentar el tamaño de una empresa y otra aumentar el tamaño efectivo del mercado sobre el que esa empresa puede operar. Fusionar dos operadores proporciona escala corporativa; eliminar fronteras regulatorias proporciona escala de mercado; y reunir empresas alrededor de inversiones estratégicas proporciona escala industrial. Son tres instrumentos diferentes. Una política empresarial verdaderamente europea debería ser capaz de explicar qué papel corresponde a cada uno, en lugar de convertir sucesivamente cada instrumento en la solución del momento. El D2D demuestra precisamente que una oportunidad paneuropea puede plantearse mediante espectro armonizado, mercado continental y cooperación entre compañías que siguen siendo competidoras.
Por eso el problema ya no consiste en discutir eternamente si Murtra tiene razón o no cuando reclama fusiones. Puede haber operaciones de consolidación que tengan sentido económico y otras que no lo tengan. Tampoco consiste en sostener que los consorcios sean la solución universal. No lo son. El problema es la coherencia estratégica. Si Telefónica considera que necesita consolidación dentro de determinados mercados, un mercado único para operar continentalmente y consorcios para afrontar determinadas infraestructuras tecnológicas, que lo explique así. Sería una estrategia discutible, pero perfectamente reconocible y susceptible de ser evaluada. Lo que no debería ocurrir es que los accionistas tengan que reconstruir a posteriori cuál es la estrategia a partir de una sucesión de declaraciones, operaciones potenciales y cambios de instrumento.
Y aquí deberían entrar también los accionistas dominicales de Telefónica. SEPI, CriteriaCaixa y STC no están en el capital de una compañía cualquiera ni pueden limitar su papel a contemplar desde la primera fila cómo cada nueva coyuntura se convierte en un nuevo relato estratégico. Su responsabilidad como accionistas de referencia debería llevarles a exigir que las decisiones relevantes respondan a una hoja de ruta reconocible, con objetivos, prioridades, recursos y criterios de retorno suficientemente claros. No se trata de reclamarles que intervengan en la gestión ordinaria ni de exigir que impidan a la dirección adaptar la compañía cuando cambia la tecnología. Precisamente lo contrario: adaptarse es imprescindible; improvisar no puede convertirse en una estrategia.
Porque el D2D introduce una pregunta que los dominicales deberían formular en el consejo con especial claridad: ¿Cuál es exactamente el modelo de Telefónica para ganar escala en Europa? ¿Consolidación nacional mediante fusiones? ¿Adquisiciones transfronterizas? ¿Consorcios paneuropeos? ¿Infraestructuras federadas? ¿Un mercado único apoyado en el pasaporte europeo? ¿Una combinación de todas ellas? Si es esto último —que perfectamente puede serlo—, entonces hace falta explicar qué problema resuelve cada instrumento, cuánto capital está dispuesta a comprometer Telefónica, qué capacidades pretende controlar y cuáles está dispuesta a compartir, y cuál es el criterio que determina cuándo debe comprar, cuándo asociarse y cuándo competir sola. Eso es una estrategia. La simple sucesión de oportunidades no lo es.
El caso D2D resulta especialmente revelador porque desmonta cualquier explicación excesivamente sencilla del problema europeo. Una Telefónica mayor como consecuencia de una fusión seguiría sin fabricar por ello una constelación equivalente a Starlink. Europa necesita espectro, satélites, redes, cloud, semiconductores, inteligencia artificial, financiación y capacidad industrial. El propio post muestra que incluso disponer del espectro no proporciona inmediatamente los satélites necesarios y que IRIS² necesita todavía tiempo para completar su despliegue. La soberanía tecnológica europea, por tanto, no se construye simplemente sumando clientes y EBITDA mediante adquisiciones. La escala empresarial puede ayudar a financiar tecnología; no sustituye la obligación de construirla.
Eso hace todavía más pertinente el cambio que observamos ahora. Cuando aparece Starlink, cuando el D2D comienza a convertirse en una nueva capa de las telecomunicaciones y cuando Bruselas coloca sobre la mesa un recurso estratégico común, Telefónica encuentra en la cooperación con sus competidores una fórmula suficientemente válida como para sentarse a negociarla. No sabemos todavía si ese consorcio llegará a constituirse, si obtendrá el espectro o qué estructura terminará adoptando. Tampoco sabemos si Murtra considera esta fórmula una excepción específica para el D2D o parte de una concepción más amplia de la escala europea. Precisamente porque no lo sabemos, debería explicarlo.
Los dominicales deberían evitar que esa explicación llegue después, cuando la decisión esté tomada y corresponda construir el relato que la justifique. La estrategia debe explicar las decisiones antes de que ocurran; no convertirse en una narración retrospectiva destinada a demostrar que cualquier decisión que se tome era inevitable. Esa es la diferencia entre gobernar una compañía y administrar su comunicación. Telefónica necesita flexibilidad para reaccionar ante un sector que está cambiando a enorme velocidad, pero también necesita que accionistas, inversores y mercado puedan distinguir una adaptación estratégica de un bandazo provocado por las circunstancias.
Por eso sería igualmente injustificado afirmar que Murtra ha dado un giro de 180 grados porque se haya quedado solo. No existe evidencia pública que permita establecer esa motivación y convertirla en un hecho sería precisamente la clase de elucubración que este análisis pretende evitar. Lo que sí está documentado es algo suficientemente importante como para no necesitar exagerarlo: Murtra continúa defendiendo las fusiones mientras la Telefónica que preside utiliza y explora mecanismos de cooperación paneuropea que demuestran que determinadas economías de escala pueden obtenerse sin ellas. El propio post recoge esta tensión y señala correctamente que los hechos no permiten concluir que haya abandonado su defensa de la consolidación.
Ahí reside la crítica. Cambiar de instrumento cuando cambia el problema puede ser inteligencia estratégica; cambiar el relato cada vez que cambia el instrumento sería otra cosa. Telefónica tiene ahora la oportunidad de demostrar en D2D que existe detrás de sus movimientos una concepción coherente de cómo competir en Europa. Murtra debería explicarla y los dominicales deberían exigírsela. No dentro de dos años, cuando sepamos si el consorcio funcionó, sino ahora, cuando todavía se está decidiendo qué posición quiere ocupar Telefónica en esta nueva arquitectura.
Porque una compañía con la historia, el tamaño y la importancia estratégica de Telefónica no puede permitirse que sus grandes decisiones parezcan una sucesión de volantazos convenientemente revestidos después de estrategia. Puede fusionarse cuando una fusión cree valor, cooperar cuando un consorcio sea más eficiente y competir sola cuando posea los recursos necesarios. Lo que debe existir por encima de todas esas decisiones es una dirección reconocible. Los accionistas dominicales tienen la responsabilidad de exigir que la haya y de impedir que los cambios de rumbo se queden en movimientos de cara a la galería, presentados cada vez como una nueva gran visión de futuro.
El D2D puede terminar siendo un gran acierto para Telefónica. También puede no serlo. Todavía es demasiado pronto para saberlo. Lo que ya puede exigirse es coherencia. Si Murtra ha llegado a la conclusión de que la escala europea también se construye mediante consorcios, mercados continentales y recursos compartidos, debería incorporarlo claramente a su estrategia. Si sigue considerando que la consolidación empresarial es la pieza fundamental, debería explicar cómo encaja esta nueva vía con aquella tesis. Y si ambas forman parte de un mismo proyecto, corresponde demostrar dónde está la lógica que las une.
Eso es lo que los dominicales deberían reclamar: menos relato a posteriori y más estrategia a priori. Menos necesidad de presentar cada giro como una continuidad y más claridad sobre hacia dónde se dirige Telefónica. Porque rectificar puede ser una virtud; adaptarse puede ser una obligación; pero convertir cada bandazo en una nueva bandera estratégica no debería ser una opción para una compañía de la dimensión de Telefónica.
Ya lo dijo Sun Tzu: «La estrategia sin táctica es el camino más lento hacia la victoria. La táctica sin estrategia es el ruido antes de la derrota.»









No hay comentarios:
Publicar un comentario