martes, 20 de octubre de 2026

LA SOBERANÍA EUROPEA NO SE FUSIONA NI SE SUBASTA: CONSORCIOS FRENTE A LA PRESIÓN DE TRUMP Y EL MODELO EMPRESARIAL DE MURTRA


En el año 2006, Estados Unidos vivió una controversia que resulta especialmente reveladora a la luz de las actuales amenazas contra Europa por las frecuencias de Starlink. La empresa Dubai Ports World, propiedad del Gobierno de Dubái, había alcanzado un acuerdo para adquirir la compañía británica P&O, operación que incluía la gestión de terminales portuarias en varios puertos estadounidenses. Aunque la operación había recibido inicialmente el visto bueno del procedimiento de revisión de seguridad nacional, la oposición política en el Congreso fue tan intensa que la empresa terminó anunciando que transferiría sus operaciones portuarias estadounidenses a una entidad norteamericana. Lo significativo es que no se discutía la venta de los puertos ni de su soberanía, sino quién podía gestionar determinadas instalaciones consideradas sensibles para la seguridad nacional. El episodio está documentado en el informe del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense sobre el caso Dubai Ports World.

La enseñanza política resulta difícil de ignorar: cuando Estados Unidos consideró que una actividad portuaria podía afectar a sus intereses estratégicos, la presión institucional y política impidió que la operación siguiera adelante en los términos previstos. Veinte años después, cuando Europa pretende regular un recurso tan sensible como las frecuencias satelitales, Washington amenaza con represalias si sus decisiones perjudican las expectativas comerciales de una empresa privada estadounidense. Son situaciones jurídicamente diferentes, pero ambas plantean una cuestión común: el derecho de los poderes públicos a proteger infraestructuras y capacidades estratégicas. La ley del embudo aparece cuando se defiende ese derecho para Estados Unidos, pero se cuestiona que Europa pueda ejercerlo dentro de sus propias competencias. 

       Foto: puerto comercial de los Ángeles, el mayor de Estados Unidos

La Administración Trump vuelve a aplicar la vieja ley del embudo: lo ancho para Estados Unidos y lo estrecho para Europa. Washington considera legítimo intervenir en el mercado, bloquear operaciones empresariales y proteger sus industrias cuando están en juego sus intereses estratégicos. Sin embargo, cuando la Unión Europea pretende reforzar su autonomía tecnológica y regular el acceso a frecuencias satelitales esenciales para sus comunicaciones, la respuesta estadounidense es amenazar con represalias económicas «devastadoras» para defender los intereses de Starlink, la empresa de Elon Musk.

¿Por qué Estados Unidos puede proteger sus tecnologías e infraestructuras estratégicas y Europa debe renunciar a defender las suyas? Esa es la contradicción que analizo en este artículo, junto con los precedentes de Qualcomm y U.S. Steel y las posibilidades que ofrece la cooperación entre grandes operadoras europeas para desarrollar capacidades tecnológicas propias.

Europa no necesita enfrentarse a Estados Unidos, pero tampoco puede aceptar que la cooperación entre aliados signifique subordinación económica, industrial y tecnológica. La autonomía estratégica no es proteccionismo por definición: es la capacidad de decidir sobre nuestros propios intereses sin someternos a las amenazas de Washington.

ESTADOS UNIDOS AMENAZA A EUROPA POR STARLINK: LA AUTONOMÍA ESTRATÉGICA EUROPEA FRENTE A LA PRESIÓN COMERCIAL DE WASHINGTON

La disputa por las frecuencias satelitales revela una contradicción en la política estadounidense: defender sus propias industrias estratégicas mientras cuestiona que la Unión Europea proteja las suyas

Las relaciones económicas y tecnológicas entre Estados Unidos y la Unión Europea atraviesan un nuevo episodio de tensión que merece una atención especial, no tanto por las consecuencias inmediatas que pueda tener para una empresa concreta como por el precedente político que plantea. El embajador estadounidense ante la Unión Europea, Andrew Puzder, ha advertido de posibles represalias de consecuencias «devastadoras» para empresas europeas si Bruselas mantiene sus planes de reservar determinadas frecuencias de comunicaciones por satélite para objetivos estratégicos comunitarios. La controversia afecta a los intereses de Starlink, la red de comunicaciones espaciales desarrollada por SpaceX, empresa controlada por Elon Musk, y ha sido recogida por el Financial Times, por la agencia italiana ANSA y por la información publicada por Expansión el 19 de octubre. La noticia original puede consultarse en Expansión: información sobre las amenazas estadounidenses por Starlink, mientras que la información internacional se encuentra en Financial Times y ANSA. Lo verdaderamente preocupante no es que Washington defienda los intereses comerciales de una compañía estadounidense, algo perfectamente legítimo, sino que un representante oficial vincule una decisión regulatoria europea con la amenaza de perjudicar económicamente a empresas de la Unión. Esa diferencia es esencial para comprender el alcance del conflicto y para evitar que el debate quede reducido a una disputa empresarial entre Starlink y sus posibles competidores.

El origen inmediato del enfrentamiento se encuentra en la futura asignación de las frecuencias de la banda de 2 GHz utilizadas para prestar determinados servicios móviles por satélite. Las autorizaciones europeas actualmente vigentes en esta banda llegan a su vencimiento en mayo de 2027, lo que obliga a establecer un nuevo marco para su utilización. El interés económico y estratégico de estas frecuencias ha aumentado con el desarrollo de los servicios conocidos como Direct-to-Device (D2D), que permiten establecer comunicaciones entre dispositivos móviles y satélites, especialmente en lugares donde la cobertura terrestre resulta insuficiente o cuando las infraestructuras convencionales sufren interrupciones. La Comisión Europea presentó el 27 de mayo de 2026 una propuesta para regular el procedimiento comunitario de selección y autorización de operadores que presten servicios móviles por satélite. La documentación puede consultarse en la propuesta oficial de la Comisión Europea sobre servicios móviles por satélite. El propósito declarado de Bruselas es coordinar la utilización de un recurso radioeléctrico limitado, favorecer la competencia y atender necesidades de conectividad que también afectan a la seguridad y a las comunicaciones públicas. Según las informaciones publicadas sobre el proyecto, el planteamiento contempla diferentes ámbitos de utilización del espectro, incluidos servicios vinculados a necesidades estratégicas europeas y actividades comerciales abiertas a operadores internacionales. Conviene subrayar que la propuesta no equivale a una prohibición general de Starlink en Europa, ni supone que la compañía estadounidense vaya a quedar excluida de toda posibilidad de participar en el mercado comunitario. Lo que se discute es cómo organizar el acceso a determinadas frecuencias y qué condiciones deben establecerse para garantizar una utilización compatible con los objetivos europeos de competencia, seguridad y desarrollo tecnológico.

La importancia de esta distinción aumenta cuando se considera la posición que Starlink ha alcanzado en las comunicaciones espaciales. SpaceX dispone de una amplia infraestructura de satélites de órbita baja y ha adquirido una experiencia operativa considerable en un sector que exige inversiones elevadas, capacidad tecnológica y autorizaciones regulatorias. Su desarrollo constituye un éxito industrial estadounidense que no necesita ser minimizado para defender una política europea diferente. Precisamente porque Starlink cuenta con ventajas significativas, resulta razonable que las instituciones europeas estudien cómo evitar que el crecimiento de un mercado emergente termine acompañado de una dependencia excesiva de un único proveedor. El espectro radioeléctrico no es un recurso ilimitado y su adjudicación condiciona la capacidad futura de las empresas para prestar servicios, ampliar coberturas y desarrollar aplicaciones. Por ello, la regulación debe equilibrar la eficiencia en su utilización, la viabilidad comercial de los proyectos, la competencia y las necesidades estratégicas. Una reserva de frecuencias para determinados objetivos europeos puede suscitar preguntas legítimas sobre proporcionalidad, transparencia y trato a los operadores extranjeros; esas cuestiones deben examinarse jurídicamente. Pero tampoco puede aceptarse que cualquier medida destinada a desarrollar capacidades comunitarias sea considerada ilegítima por el mero hecho de reducir las oportunidades comerciales de una empresa estadounidense. El derecho de una compañía a competir no debe confundirse con un derecho automático a obtener todos los recursos regulatorios que considera necesarios para su expansión.

Las declaraciones de Andrew Puzder introducen en este debate una dimensión política que va más allá de la competencia empresarial. Según las informaciones publicadas, el embajador ha cuestionado que Europa pretenda reforzar la posición de sus compañías mediante restricciones que, a su juicio, perjudicarían a empresas estadounidenses. Washington puede sostener esa posición, expresar sus objeciones y utilizar los procedimientos jurídicos o diplomáticos disponibles para defenderla. Sin embargo, advertir de consecuencias económicas «devastadoras» para empresas europeas supone trasladar el desacuerdo desde el análisis de una regulación concreta hacia una forma de presión comercial sobre las instituciones comunitarias. Conviene precisar que, hasta donde reflejan las informaciones citadas, se trata de una amenaza de posibles represalias y no de la aprobación de un paquete de sanciones ya definido. No se han identificado en este episodio medidas concretas, empresas destinatarias ni un calendario de aplicación. Esta precisión no resta gravedad política a las declaraciones; permite situarlas correctamente. La cuestión no es afirmar que Estados Unidos ya haya castigado a Europa por este conflicto, sino constatar que un representante de su Administración ha utilizado públicamente la posibilidad de ese castigo como argumento frente a una decisión europea todavía sometida a su procedimiento regulatorio.

El episodio resulta especialmente significativo cuando se compara con la política que Estados Unidos aplica para proteger sus propios intereses industriales y tecnológicos. La Administración Trump ha defendido una concepción de la seguridad económica en la que determinadas empresas, infraestructuras y capacidades productivas reciben una consideración estratégica que justifica la intervención del poder público. Esta orientación no comenzó con Trump ni se limita a su partido, pero durante sus presidencias ha adquirido expresiones particularmente visibles. El precedente de Qualcomm, en 2018, permite comprobar que Washington no considera intocable la libertad de mercado cuando entiende que una operación empresarial puede afectar a una tecnología esencial para su seguridad nacional. El 12 de marzo de aquel año, Donald Trump prohibió mediante una orden presidencial la adquisición de Qualcomm por Broadcom, compañía entonces domiciliada en Singapur, después de que las autoridades estadounidenses examinaran los posibles riesgos de la operación. La intervención se produjo en el marco de las competencias relacionadas con el control de inversiones extranjeras y la seguridad nacional. No fue una simple recomendación política ni una declaración de preocupación: fue una decisión estatal que impidió una adquisición empresarial. La comparación con el conflicto actual exige reconocer que el bloqueo de una inversión extranjera y la adjudicación de frecuencias radioeléctricas son procedimientos jurídicamente distintos. Sin embargo, ambos afectan a la misma cuestión de fondo: si los poderes públicos pueden establecer límites a determinadas operaciones económicas cuando consideran necesario proteger capacidades tecnológicas o infraestructuras estratégicas. Estados Unidos ha respondido afirmativamente a esa pregunta en su propio territorio.

Otro precedente relevante es la intervención estadounidense en la adquisición de U.S. Steel por la empresa japonesa Nippon Steel. El 3 de enero de 2025, el entonces presidente Joe Biden bloqueó inicialmente la operación invocando razones de seguridad nacional y la importancia estratégica de la industria siderúrgica estadounidense. Posteriormente, la Administración Trump revisó la situación y, en junio de 2025, permitió avanzar en la operación bajo condiciones destinadas a preservar determinados intereses nacionales. Entre los elementos del acuerdo figuró una participación especial del Gobierno estadounidense, conocida como golden share o acción de oro, asociada a derechos de intervención sobre ciertas decisiones empresariales relevantes. El resultado fue una operación en la que la entrada de capital extranjero quedó condicionada por garantías exigidas desde Washington. La relevancia de este caso no reside en presentar todas las decisiones estadounidenses como equivalentes, sino en demostrar que administraciones de distinto signo han considerado legítimo utilizar instrumentos públicos para proteger sectores industriales considerados esenciales. Qualcomm afectaba a tecnologías avanzadas de comunicaciones; U.S. Steel, a una actividad industrial tradicional vinculada a la capacidad productiva nacional. En ambos casos, el argumento estratégico desempeñó un papel determinante. Resulta difícil sostener que la protección de capacidades industriales sea una necesidad legítima para Estados Unidos y, al mismo tiempo, cuestionar por principio que Europa establezca instrumentos proporcionados para preservar las suyas.

Esta es la contradicción política que merece destacarse, sin necesidad de exagerarla ni de ignorar las diferencias entre los sistemas jurídicos. Estados Unidos dispone de instituciones y procedimientos específicos para controlar determinadas inversiones extranjeras, proteger tecnologías sensibles y establecer condiciones sobre actividades que considera estratégicas. La Unión Europea, por su parte, tiene competencias para regular el funcionamiento de su mercado, coordinar la utilización del espectro y desarrollar políticas industriales dentro de los límites de sus tratados y compromisos internacionales. Ninguna de estas competencias convierte automáticamente en legítima cualquier decisión adoptada en su nombre. Las restricciones europeas deberán justificarse por sus objetivos, su proporcionalidad y su compatibilidad con las normas aplicables. Pero la existencia de posibles efectos negativos sobre una empresa extranjera no demuestra, por sí sola, que una regulación sea discriminatoria o injustificada. También es necesario examinar si favorece la entrada de nuevos operadores, si reduce vulnerabilidades reales, si permite una competencia efectiva y si existen medios menos restrictivos para alcanzar los mismos fines. La defensa rigurosa de la autonomía europea no consiste en reclamar para Bruselas una libertad ilimitada de intervención, sino en exigir que se reconozca su derecho a proteger intereses estratégicos mediante instrumentos legales, transparentes y proporcionados.

Además, la orientación europea hacia una mayor autonomía tecnológica no constituye una improvisación motivada por el conflicto con Starlink. Durante los últimos años, diferentes informes encargados o promovidos por las instituciones comunitarias han identificado problemas estructurales que afectan a la competitividad, la seguridad y la capacidad de respuesta de la Unión. El informe de Mario Draghi, The Future of European Competitiveness, publicado en septiembre de 2024, analiza las dificultades de inversión, innovación y escala que limitan el desarrollo económico europeo. Puede consultarse en la documentación oficial de la Comisión Europea sobre el informe Draghi. El informe de Enrico Letta, Much More Than a Market, presentado en abril de 2024, plantea la necesidad de profundizar en el mercado único y superar fragmentaciones que impiden aprovechar plenamente la dimensión económica de Europa. Por su parte, el informe de Sauli Niinistö, Safer Together: Strengthening Europe's Civilian and Military Preparedness and Readiness, presentado en octubre de 2024, aborda las necesidades de preparación y resiliencia de la Unión ante crisis capaces de afectar a servicios esenciales e infraestructuras críticas. Aunque sus ámbitos de análisis son diferentes, los tres trabajos convergen en una preocupación fundamental: Europa necesita fortalecer sus capacidades propias y mejorar la coordinación entre sus Estados miembros para afrontar un entorno internacional en el que la tecnología, la industria y la seguridad están cada vez más relacionadas. Esta orientación también se refleja en iniciativas posteriores de la Comisión, como la Brújula para la Competitividad. La autonomía estratégica europea no es, por tanto, una reacción contra Starlink ni una respuesta emocional a las declaraciones de un embajador estadounidense; forma parte de un diagnóstico institucional sobre vulnerabilidades económicas y tecnológicas que Europa necesita corregir.

La guerra de Ucrania ha proporcionado una demostración especialmente clara de la importancia de las comunicaciones espaciales. Desde el inicio de la invasión rusa a gran escala en febrero de 2022, Starlink ha desempeñado un papel relevante en el mantenimiento de servicios de conectividad utilizados en ámbitos civiles y militares. Esta contribución tecnológica debe reconocerse porque ayuda a comprender el valor operativo de una infraestructura que puede funcionar cuando las redes terrestres sufren daños o interrupciones. Al mismo tiempo, la experiencia ucraniana ha puesto de relieve los riesgos que aparecen cuando determinadas comunicaciones esenciales dependen de decisiones comerciales, técnicas o contractuales de proveedores privados. Reconocer la utilidad de Starlink no obliga a considerar deseable que Europa carezca de alternativas propias para situaciones de emergencia o necesidades estratégicas. Tampoco sería riguroso afirmar, sin un análisis técnico específico, que la futura distribución europea de frecuencias vaya a perjudicar necesariamente las comunicaciones en Ucrania. La relación entre las autorizaciones comunitarias, las condiciones técnicas de prestación de servicios y la conectividad disponible en territorio ucraniano requiere una evaluación diferenciada. Lo que sí permite concluir la experiencia reciente es que la seguridad de las comunicaciones críticas depende tanto de la calidad de la tecnología como de las garantías de continuidad, la diversidad de proveedores y la capacidad de las autoridades para mantener los servicios en circunstancias excepcionales.

En este contexto debe situarse el programa europeo IRIS², destinado a desarrollar capacidades de conectividad segura por satélite. Su importancia no reside en reproducir exactamente el modelo comercial de Starlink, sino en atender necesidades europeas específicas relacionadas con comunicaciones gubernamentales, seguridad y resiliencia. Las infraestructuras espaciales públicas o vinculadas a objetivos estratégicos y los servicios comerciales de conexión directa entre satélites y teléfonos móviles no son necesariamente equivalentes ni intercambiables. Sus arquitecturas, clientes, prestaciones y condiciones de funcionamiento pueden ser diferentes. Sin embargo, forman parte de un mismo problema estratégico: la necesidad de disponer de capacidades suficientes para evitar que una interrupción contractual, un desacuerdo político o una dependencia tecnológica excesiva comprometan servicios esenciales. Europa no necesita expulsar a los proveedores internacionales para mejorar su seguridad; necesita desarrollar alternativas fiables y garantizar que las infraestructuras críticas puedan seguir funcionando cuando surjan problemas con alguno de esos proveedores. Esa distinción permite defender una política industrial europea sin convertirla en una propuesta de aislamiento tecnológico.

La actualidad empresarial ha aportado, además, un ejemplo concreto de cómo puede organizarse una respuesta europea. El 19 de octubre de 2026, Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone anunciaron la firma de una carta de intenciones para estudiar una posible candidatura conjunta a las futuras frecuencias europeas destinadas a servicios móviles por satélite. La iniciativa fue recogida por Reuters, Cinco Días y The Verge, y puede examinarse directamente en el comunicado oficial de Telefónica. Las cuatro operadoras no han anunciado una constelación de satélites propia ni han confirmado todavía la constitución de una empresa conjunta definitiva. Lo que han comunicado es su intención de explorar una candidatura común y una fórmula de colaboración que aproveche sus redes terrestres, su experiencia comercial y su presencia en los mercados europeos, con participación de un proveedor especializado de capacidad espacial. La propuesta contempla, según la información empresarial difundida, un modelo de acceso abierto y no discriminatorio para otros operadores móviles europeos. Es importante no atribuir a esta iniciativa resultados que todavía no existen: su viabilidad técnica, financiera y comercial deberá demostrarse. Sin embargo, el acuerdo sí representa un hecho relevante porque muestra que grandes compañías europeas competidoras pueden identificar un interés industrial compartido y estudiar una respuesta conjunta ante un desafío tecnológico de dimensión internacional.

Esta iniciativa enlaza directamente con el debate que planteé en mi artículo del 19 de octubre, «Telefónica y Murtra: a la fuerza ahorcan… ¡El lobo vino del espacio!», sobre las alternativas de organización industrial disponibles para las telecomunicaciones europeas. En ese análisis cuestionaba la tendencia a presentar las fusiones y adquisiciones como una condición prácticamente inevitable para alcanzar la dimensión necesaria frente a los grandes grupos tecnológicos estadounidenses y chinos. La colaboración entre Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone obliga a distinguir entre aumentar el tamaño de una empresa mediante la concentración de su propiedad y desarrollar capacidades compartidas mediante acuerdos entre compañías que conservan su independencia. Ambas fórmulas pueden facilitar inversiones y generar economías de escala, pero no producen necesariamente los mismos efectos sobre la competencia. Una fusión reduce el número de empresas independientes y puede modificar la estructura competitiva de un mercado; un consorcio puede permitir compartir investigación, infraestructuras, riesgos y costes sin eliminar a sus participantes como operadores diferenciados. Esta última posibilidad no significa que todos los consorcios sean beneficiosos ni que todas las fusiones deban rechazarse. Los acuerdos entre competidores también pueden restringir la competencia si facilitan la coordinación comercial, excluyen a terceros o consolidan posiciones de dominio. Precisamente por eso necesitan un diseño cuidadoso y el correspondiente control jurídico. Lo que no resulta convincente es presentar la concentración empresarial como la única respuesta posible a las necesidades de inversión y desarrollo tecnológico de Europa, cuando existen instrumentos de cooperación industrial que merecen ser examinados con el mismo rigor.

La historia industrial ofrece precedentes que ayudan a comprender el potencial de la cooperación europea, aunque ninguno de ellos deba utilizarse como garantía de éxito para nuevos proyectos. Airbus representa un ejemplo de integración de capacidades industriales de diferentes países que permitió construir una actividad aeronáutica europea con presencia internacional. ArianeGroup forma parte, por su parte, del esfuerzo por mantener capacidades europeas en el acceso al espacio. Son organizaciones distintas, surgidas en contextos diferentes y con modelos empresariales que no pueden trasladarse mecánicamente a las telecomunicaciones. Su interés reside en demostrar que la cooperación transnacional puede servir para reunir conocimientos, inversiones y capacidades productivas que difícilmente alcanzarían la misma dimensión mediante proyectos nacionales aislados. La experiencia también enseña que estas iniciativas necesitan una gobernanza eficaz, objetivos definidos, financiación continuada y capacidad para responder a las condiciones reales del mercado. Europa dispone de empresas, universidades, centros de investigación y proveedores especializados con competencias relevantes, pero la fragmentación de determinadas decisiones industriales y financieras dificulta que esos recursos se conviertan en proyectos de suficiente escala. Los consorcios no resuelven automáticamente ese problema, aunque pueden constituir uno de los instrumentos para afrontarlo. La cuestión estratégica no consiste simplemente en crear empresas europeas más grandes, sino en organizar mejor las capacidades existentes para desarrollar tecnologías competitivas y reducir dependencias que afectan a intereses esenciales.

El impulso de estos proyectos requiere también una política de financiación coherente. Las comunicaciones espaciales, los semiconductores, la inteligencia artificial, la computación avanzada y otras tecnologías estratégicas exigen inversiones importantes, periodos de desarrollo prolongados y una capacidad para asumir riesgos que no siempre resulta accesible para las empresas por separado. El informe Draghi identifica precisamente la insuficiencia de inversión y las dificultades para movilizar capital como algunos de los problemas que limitan la competitividad europea. La respuesta no puede consistir únicamente en reclamar a las compañías que inviertan más sin abordar las condiciones que dificultan esas inversiones. Una política industrial europea necesita combinar capital privado, instrumentos de financiación comunitarios, investigación aplicada y mecanismos de colaboración capaces de repartir riesgos y aprovechar capacidades existentes en distintos Estados miembros. La Unión cuenta con herramientas como los Proyectos Importantes de Interés Común Europeo (IPCEI), que permiten apoyar determinadas iniciativas transfronterizas bajo condiciones específicas, y con programas de investigación como Horizonte Europa. Estos instrumentos no deben confundirse con autorizaciones generales para subvencionar cualquier proyecto ni con soluciones suficientes por sí solas. Su utilidad depende de que los recursos se destinen a objetivos verificables y produzcan resultados tecnológicos e industriales. Si Europa considera estratégicas determinadas infraestructuras, debe estar dispuesta a movilizar inversiones proporcionadas a esa prioridad, pero también a exigir que los proyectos financiados demuestren su utilidad, su viabilidad y su contribución efectiva al interés común.

Existe una condición adicional que resulta indispensable para valorar correctamente cualquier iniciativa presentada como europea: la autonomía estratégica no depende exclusivamente de la nacionalidad de las empresas que comercializan un servicio, sino también de quién controla las tecnologías, las infraestructuras y las decisiones esenciales para prestarlo. En el caso de la colaboración que estudian las cuatro operadoras, la futura capacidad espacial procedería de un socio especializado todavía por concretar. Esa fórmula puede resultar comercialmente razonable y permitir un desarrollo más rápido de servicios, pero obliga a examinar las dependencias que permanecerían dentro del sistema. Si los elementos fundamentales de la infraestructura espacial, el mantenimiento tecnológico o determinadas funciones críticas quedaran bajo control externo, Europa podría reforzar su posición comercial sin alcanzar necesariamente una autonomía operativa equivalente. La respuesta no consiste en exigir que cada componente sea fabricado dentro de la Unión ni en negar el valor de la cooperación internacional. Consiste en identificar las dependencias relevantes y establecer garantías suficientes de continuidad, seguridad, acceso, sustitución de proveedores y capacidad de decisión. Una estrategia europea creíble debe medir la autonomía por las capacidades que realmente conserva y puede utilizar, no solamente por la sede social de las compañías que participan en un proyecto. Este criterio debería aplicarse también a los contratos públicos, a las inversiones financiadas con recursos comunitarios y a los proyectos relacionados con comunicaciones, datos, defensa y otras infraestructuras críticas.

La protección de esas capacidades debe ser compatible con el mantenimiento de una competencia efectiva. Sería contradictorio defender la autonomía estratégica frente a una dependencia exterior y terminar sustituyéndola por estructuras empresariales europeas cerradas, sin incentivos suficientes para innovar o mejorar sus servicios. Los consorcios industriales pueden ofrecer ventajas importantes cuando permiten compartir costes, desarrollar estándares, financiar investigación o desplegar infraestructuras de utilización común. Pero su diseño debe evitar que la cooperación tecnológica se convierta en una coordinación indebida de precios, mercados o decisiones comerciales. También debe examinarse la posibilidad de acceso de terceros cuando resulte relevante para preservar la competencia. La política de competencia de la Comisión Europea proporciona el marco institucional para analizar estos riesgos. La defensa de la industria europea no debería identificarse con la protección indiscriminada de determinadas empresas, sino con la creación de condiciones que permitan desarrollar tecnología, mejorar la productividad, sostener empleo cualificado y ofrecer servicios competitivos. La autonomía estratégica debe beneficiar al conjunto de la economía y no convertirse en una justificación para eliminar controles sobre las grandes compañías comunitarias. Europa necesita una política industrial más ambiciosa, pero precisamente por ello debe exigir más transparencia, mejores resultados y una evaluación rigurosa de los efectos de las ayudas públicas y de los acuerdos empresariales.

El enfrentamiento por Starlink se inscribe, además, en un desacuerdo más amplio entre Washington y Bruselas sobre la regulación de las grandes compañías tecnológicas. Las objeciones estadounidenses a determinadas decisiones europeas, incluida la aplicación de la Ley de Mercados Digitales, reflejan diferencias reales sobre el alcance de la intervención pública y sus efectos sobre empresas con una presencia internacional considerable. La Administración estadounidense puede considerar que algunas normas perjudican de forma desproporcionada a sus compañías; las instituciones europeas sostienen que necesitan garantizar condiciones de competencia y proteger el funcionamiento de su mercado. Esas posiciones deben examinarse a partir de las normas concretas y de sus efectos, no mediante una presunción automática de buena o mala fe. Ahora bien, la importancia económica de las empresas estadounidenses no puede convertirse en un argumento para limitar de antemano la capacidad regulatoria de la Unión Europea. Del mismo modo, la necesidad de proteger intereses europeos no exime a Bruselas de justificar sus decisiones. La cooperación transatlántica en investigación, inversión y desarrollo tecnológico sigue siendo valiosa para ambas partes, y Europa no tiene interés en destruirla. Pero esa cooperación será más equilibrada si las instituciones comunitarias pueden adoptar decisiones propias sin que cada discrepancia relevante se transforme en una amenaza de represalias comerciales. Una alianza económica sólida requiere reglas, negociación y respeto recíproco; no puede descansar en que una de las partes renuncie a desarrollar sus propias capacidades para evitar la reacción de la otra.

También conviene considerar el contexto político estadounidense, aunque sin atribuirle consecuencias que todavía no pueden conocerse. El próximo 3 de noviembre de 2026 se celebrarán las elecciones legislativas de medio mandato, en las que se renovará la totalidad de la Cámara de Representantes y aproximadamente un tercio del Senado. Sus resultados podrían modificar el equilibrio de fuerzas entre la Administración Trump y el Congreso, incrementar el control parlamentario sobre determinadas decisiones o dificultar algunas iniciativas legislativas y presupuestarias. Sin embargo, no sería riguroso anticipar una mayoría concreta, dar por hecho un cambio de política comercial ni presentar una eventual derrota electoral republicana como el final automático de la capacidad de actuación presidencial. El sistema constitucional estadounidense atribuye al presidente facultades ejecutivas importantes y establece mecanismos específicos de control y equilibrio entre instituciones. Una mayoría adversa en el Congreso podría aumentar la fiscalización de la Casa Blanca, pero no eliminaría por sí sola todas sus competencias. Incluso la posibilidad de iniciar un procedimiento de impeachment debe distinguirse de una eventual destitución: la acusación corresponde a la Cámara de Representantes, mientras que la condena exige una mayoría cualificada de dos tercios de los senadores presentes. Introducir hipótesis sobre ese desenlace sin hechos que las sustenten desviaría la atención del asunto principal. La necesidad de una política europea de autonomía tecnológica no depende del resultado de las elecciones estadounidenses ni de la permanencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Las vulnerabilidades identificadas por los informes europeos son estructurales y requieren respuestas capaces de mantenerse durante años, con independencia de los cambios políticos que puedan producirse al otro lado del Atlántico.

Esta consideración permite separar dos cuestiones que a menudo se confunden. La primera es la crítica a determinadas decisiones de la Administración Trump, especialmente cuando utiliza amenazas económicas para defender intereses empresariales estadounidenses frente a políticas europeas. La segunda es la valoración de las relaciones entre Europa y Estados Unidos en su conjunto. La existencia de presiones comerciales injustificadas no convierte automáticamente a todas las empresas estadounidenses en adversarias de Europa, ni elimina décadas de cooperación económica, científica, industrial y de seguridad. Numerosas tecnologías, inversiones y actividades productivas europeas se desarrollan en colaboración con compañías norteamericanas. Romper indiscriminadamente esos vínculos no garantizaría una mayor autonomía y podría generar costes considerables. El problema aparece cuando una relación de cooperación se transforma en una dependencia que reduce las posibilidades reales de decisión de una de las partes. Europa necesita conservar la apertura a la inversión y al conocimiento internacional, pero también identificar aquellas actividades en las que la falta de proveedores alternativos puede comprometer servicios esenciales. La autonomía estratégica no significa prescindir de Estados Unidos; significa que la Unión Europea pueda cooperar con Estados Unidos sin que sus intereses fundamentales queden subordinados a las decisiones comerciales o políticas de Washington.

Desde esta perspectiva, el conflicto por las frecuencias satelitales debería servir para impulsar una política industrial europea más coordinada y exigente. La Unión dispone de un mercado de gran dimensión, una base científica considerable, empresas internacionalizadas y capacidades industriales relevantes. Sin embargo, esas ventajas no se traducen automáticamente en liderazgo tecnológico cuando las inversiones permanecen fragmentadas, los proyectos carecen de continuidad o las empresas encuentran dificultades para alcanzar una escala suficiente. Los informes de Draghi y Letta ofrecen argumentos para abordar estos problemas desde la integración económica y la competitividad; el de Niinistö recuerda que determinadas dependencias también afectan a la seguridad y a la capacidad de respuesta ante crisis. La respuesta europea debería combinar el desarrollo de infraestructuras estratégicas, el apoyo a la investigación, la movilización de financiación y la creación de condiciones favorables para consorcios industriales transnacionales. Esos consorcios pueden resultar especialmente útiles cuando permiten reunir capacidades complementarias sin exigir que las empresas participantes desaparezcan como competidores independientes. Su utilidad debe evaluarse proyecto por proyecto, atendiendo a sus resultados y a sus efectos sobre el mercado. La cooperación industrial europea no debería ser una excepción improvisada ante una amenaza exterior, sino una opción estable dentro de una estrategia destinada a transformar las capacidades científicas y empresariales del continente en tecnología, inversión productiva y empleo cualificado.

Esta estrategia necesita objetivos concretos. No basta con anunciar iniciativas calificadas de estratégicas ni con asignar recursos públicos sin comprobar sus resultados. En comunicaciones espaciales, como en otros sectores tecnológicos, resulta necesario determinar qué capacidades se pretende desarrollar, qué dependencias se busca reducir, cuáles son los riesgos que deben cubrirse y qué garantías de continuidad necesitan los servicios. También es importante definir cómo pueden participar proveedores especializados, pequeñas y medianas empresas, universidades y centros de investigación, evitando que los grandes proyectos terminen concentrando recursos sin generar un tejido industrial suficientemente amplio. La colaboración transnacional puede favorecer la circulación de conocimiento, la especialización productiva y la creación de cadenas de valor más resistentes, pero esos beneficios no aparecen automáticamente por el hecho de constituir un consorcio. Exigen una gobernanza adecuada, compromisos de inversión, mecanismos de evaluación y objetivos tecnológicos verificables. La autonomía estratégica debe poder medirse en capacidades desarrolladas, tecnologías disponibles, infraestructuras operativas y posibilidades reales de sustitución de proveedores. De otro modo, corre el riesgo de convertirse en una expresión política repetida con frecuencia, pero insuficientemente vinculada a resultados económicos e industriales. La credibilidad de la política industrial europea dependerá de su capacidad para convertir los diagnósticos institucionales en proyectos que funcionen y que aporten beneficios duraderos al conjunto de la Unión.

El debate sobre Starlink permite formular, finalmente, una conclusión que considero especialmente importante. Estados Unidos ha demostrado mediante decisiones concretas que está dispuesto a intervenir en operaciones empresariales cuando entiende que afectan a sus intereses nacionales. Lo hizo al impedir la adquisición de Qualcomm y volvió a poner de manifiesto esa orientación mediante las condiciones impuestas en la operación de U.S. Steel. Europa, por su parte, está intentando definir instrumentos propios para reducir dependencias tecnológicas y preservar capacidades relacionadas con sus comunicaciones y su seguridad. Las situaciones no son jurídicamente idénticas y las propuestas europeas deben superar sus correspondientes controles de legalidad y proporcionalidad. Pero no existe una razón convincente para aceptar que Washington pueda proteger sus capacidades estratégicas y que Bruselas deba renunciar, por principio, a proteger las suyas. La advertencia de represalias económicas contra empresas europeas introduce una presión que resulta difícil de conciliar con el respeto que debería presidir las relaciones entre aliados. El desacuerdo sobre una regulación puede discutirse, negociarse y, cuando corresponda, someterse a los procedimientos jurídicos pertinentes. Lo que merece una crítica firme es la pretensión de condicionar la autonomía regulatoria europea mediante la amenaza de consecuencias económicas especialmente graves. La Unión Europea no debe confundir la cooperación transatlántica con la obligación de aceptar que los intereses comerciales estadounidenses prevalezcan sobre sus propias prioridades industriales y de seguridad.

La iniciativa de Telefónica, Deutsche Telekom, Orange y Vodafone adquiere en este contexto un significado que supera su posible resultado empresarial. Todavía es un proyecto preliminar, no una alternativa operativa consolidada frente a Starlink. Su desarrollo dependerá de decisiones técnicas, financieras, regulatorias y comerciales que siguen pendientes. Sin embargo, muestra una posibilidad que Europa debería explorar con mayor determinación: la cooperación entre empresas independientes para afrontar inversiones tecnológicas que requieren una escala superior a la que muchas compañías pueden asumir por separado. Esa fórmula no excluye otras opciones empresariales ni garantiza el éxito, pero demuestra que el debate sobre la dimensión industrial europea no debe quedar encerrado en la alternativa entre empresas nacionales fragmentadas y grandes fusiones que reduzcan el número de competidores. Los consorcios, las infraestructuras compartidas, los proyectos de investigación conjuntos y los instrumentos de financiación comunitaria pueden contribuir a construir capacidades industriales de dimensión europea manteniendo, cuando resulte posible, la independencia de las compañías participantes. La fortaleza económica de Europa no depende únicamente del tamaño de sus empresas, sino también de su capacidad para cooperar, innovar y desarrollar infraestructuras que respondan a intereses compartidos.

Europa necesita, en definitiva, dejar de considerar su autonomía estratégica como un objetivo aplazable o subordinado a la evolución de sus relaciones con Washington. La Unión debe mantener una relación de cooperación estrecha con Estados Unidos, pero esa relación no puede impedirle desarrollar una política industrial propia ni establecer prioridades justificadas sobre recursos e infraestructuras esenciales. La respuesta más eficaz frente a las presiones comerciales no consiste necesariamente en reproducir el mismo lenguaje de amenazas, sino en disminuir las vulnerabilidades que permiten ejercerlas. Para ello hacen falta inversión, coordinación entre Estados miembros, cooperación empresarial, investigación, competencia efectiva y una evaluación rigurosa de los resultados. También hace falta una voluntad política sostenida para defender las competencias europeas cuando se ejercen dentro de la legalidad y responden a objetivos legítimos de interés general.

La autonomía estratégica europea no debe construirse contra Estados Unidos, pero tampoco puede construirse bajo la condición de no perjudicar nunca los intereses comerciales de sus grandes compañías. Europa tiene derecho a desarrollar sus propias capacidades tecnológicas, a proteger sus infraestructuras críticas y a decidir cómo utiliza sus recursos estratégicos dentro del marco jurídico aplicable. Los consorcios industriales europeos pueden desempeñar un papel decisivo en ese esfuerzo si permiten compartir inversiones, alcanzar escala y mantener una competencia efectiva. Porque una Europa que carece de alternativas depende de las decisiones de otros; una Europa que dispone de capacidades propias puede negociar, cooperar y competir con mayor libertad. Y esa capacidad de decidir, no la confrontación con sus aliados, es el verdadero sentido de la autonomía estratégica europea.

EPÍLOGO. EUROPA NO PUEDE SEGUIR ACEPTANDO LA LEY DEL EMBUDO DE WASHINGTON: O CONSTRUYE SU PROPIA FORTALEZA INDUSTRIAL O SE RESIGNA A DEPENDER DE OTROS

La historia con la que comenzaba este post, aquella controversia de 2006 en la que Estados Unidos impidió, mediante una intensa presión política, que una compañía controlada desde Dubái asumiera la gestión de determinadas terminales portuarias estadounidenses, permite comprender mejor la contradicción que hoy representa la Administración Trump. Entonces, Washington consideró que la seguridad nacional justificaba intervenir en una operación empresarial que afectaba a instalaciones estratégicas. No se discutía la propiedad de los puertos ni la soberanía estadounidense sobre ellos, sino la gestión de unas infraestructuras cuya importancia económica y estratégica nadie cuestionaba. Veinte años después, cuando la Unión Europea pretende establecer las condiciones de utilización de determinadas frecuencias satelitales, un recurso limitado y relevante para el futuro de sus comunicaciones, la Administración estadounidense amenaza con represalias económicas si las decisiones europeas perjudican los intereses de una compañía privada como es Starlink. La contradicción resulta difícil de justificar: Estados Unidos se reserva el derecho de proteger sus puertos, sus industrias y sus tecnologías, pero cuestiona que Europa pueda proteger sus comunicaciones y desarrollar capacidades propias. Son situaciones jurídicamente diferentes, pero comparten una cuestión política fundamental: quién tiene derecho a decidir sobre recursos e infraestructuras considerados estratégicos. Y Europa no tiene menos derecho que Estados Unidos a defender sus intereses legítimos.

Lo que estamos presenciando no demuestra una decadencia general e irreversible de Estados Unidos, que continúa siendo una potencia económica, científica y tecnológica de primer orden. Sí pone de manifiesto, en cambio, el deterioro de una determinada concepción de las relaciones transatlánticas bajo la Administración Trump, en la que la presión comercial amenaza con sustituir al respeto entre aliados. Washington puede defender a sus empresas, como hacen las autoridades europeas y chinas con las suyas, pero no debería pretender que esa defensa otorgue a sus compañías una posición privilegiada frente a las decisiones legítimas de otros poderes públicos. La Unión Europea no es una dependencia administrativa de Estados Unidos ni su mercado interior constituye una prolongación del mercado estadounidense. Tiene instituciones, competencias, intereses económicos y responsabilidades propias ante sus ciudadanos. La soberanía europea, ejercida a través de las competencias de la Unión y de sus Estados miembros, no puede quedar condicionada a que sus decisiones resulten comercialmente convenientes para Elon Musk o políticamente aceptables para Donald Trump. Defender esa posición no exige hostilidad hacia la sociedad estadounidense ni hacia sus empresas. Exige algo mucho más elemental: reciprocidad, respeto institucional y capacidad de decisión.

Pero sería demasiado cómodo limitar la crítica a Washington. Europa también debe asumir su responsabilidad por las dependencias industriales y tecnológicas que ha permitido consolidar. Durante demasiado tiempo, la fragmentación de sus mercados, la insuficiencia de determinadas inversiones y la dificultad para coordinar proyectos entre Estados miembros han debilitado su capacidad para competir en sectores que exigen enormes recursos financieros, conocimiento especializado y una dimensión internacional. Ningún país europeo, actuando aisladamente, dispone en todos esos ámbitos de una combinación de mercado, capital, infraestructura y capacidad tecnológica comparable a la que pueden movilizar Estados Unidos o China. Esto no significa que Europa carezca de empresas líderes ni de conocimientos avanzados; significa que la suma de veintisiete estrategias nacionales no equivale necesariamente a una estrategia industrial europea. Cuando las grandes potencias organizan sus capacidades a escala continental, persistir en respuestas fragmentadas supone aceptar una desventaja estructural que ningún discurso sobre la competitividad puede corregir por sí solo. Europa tiene recursos, conocimiento y empresas capaces de competir; lo que necesita es convertir esas fortalezas dispersas en proyectos industriales compartidos.

Aquí aparece una cuestión que algunos responsables empresariales siguen tratando como si pudiera resolverse exclusivamente mediante fusiones y adquisiciones. La dimensión industrial no se consigue únicamente comprando competidores, reduciendo el número de operadores o concentrando la propiedad de las empresas. También puede alcanzarse mediante consorcios que compartan inversiones, investigación, infraestructuras y riesgos, sin necesidad de eliminar la independencia comercial de sus participantes. Esta alternativa adquiere una importancia especial en las telecomunicaciones, donde el desarrollo de nuevas redes, servicios satelitales y tecnologías avanzadas requiere recursos que difícilmente pueden justificarse desde una perspectiva exclusivamente nacional. Frente a la escala estadounidense y china, los consorcios industriales europeos constituyen una de las herramientas más necesarias y prometedoras para reunir capacidades sin convertir la concentración empresarial en un fin en sí mismo. No son una solución automática ni están exentos de riesgos para la competencia, pero ofrecen una respuesta que merece mucho más protagonismo del que habitualmente recibe en el debate sobre el futuro del sector.

Por eso resulta pertinente cuestionar la insistencia de directivos como Marc Murtra en situar la consolidación del mercado europeo de telecomunicaciones en el centro de sus propuestas industriales. El problema no consiste en negar que determinadas operaciones de concentración puedan generar eficiencias o facilitar inversiones. Consiste en presentar el aumento del tamaño empresarial mediante fusiones como si fuera la respuesta decisiva a dificultades que también tienen que ver con la falta de coordinación, la financiación, la investigación y la ausencia de proyectos tecnológicos compartidos. Las métricas relevantes no son únicamente los ingresos, el número de clientes o la capitalización bursátil de una compañía resultante de una fusión. También importan la inversión efectiva en investigación y desarrollo, las capacidades tecnológicas que se generan, la propiedad intelectual que permanece en Europa, la calidad de las infraestructuras y la reducción comprobable de dependencias estratégicas. Una empresa puede hacerse más grande sin que Europa se vuelva tecnológicamente más autónoma; un consorcio bien diseñado puede desarrollar capacidades comunes sin necesidad de que desaparezcan sus empresas participantes. Esa diferencia debería ocupar un lugar central en las decisiones empresariales y regulatorias. Ignorarla o relegarla a un segundo plano supone empobrecer el debate industrial europeo precisamente cuando más falta hace examinar todas las alternativas.

La reciente carta de intenciones suscrita por cuatro grandes operadoras europeas para estudiar una candidatura conjunta a las frecuencias satelitales refuerza la necesidad de ese debate. No constituye todavía una solución tecnológica operativa ni garantiza que el proyecto llegue a materializarse, pero demuestra que empresas que compiten entre sí pueden reconocer un interés compartido y explorar fórmulas de cooperación. Ese hecho plantea una pregunta incómoda para quienes han defendido durante años que la respuesta fundamental a los desafíos del sector pasa por concentrar operadores: si es posible cooperar para abordar una inversión estratégica sin fusionarse, ¿por qué no se ha concedido a esta vía una atención comparable? La respuesta debe buscarse en estudios económicos y tecnológicos rigurosos, no en consignas empresariales. Europa necesita compañías capaces de invertir y competir, pero también necesita mercados abiertos, innovación y proyectos que produzcan resultados verificables. La política industrial europea no puede quedar reducida a facilitar operaciones corporativas; debe orientarse a construir capacidades que Europa necesite y pueda controlar.

La experiencia de los puertos estadounidenses y el conflicto actual por las frecuencias satelitales conducen así a una conclusión que no debería admitir ambigüedades. Estados Unidos protege sus intereses estratégicos. China protege los suyos. Europa tiene el mismo derecho y la responsabilidad de hacer lo propio. Eso no significa copiar sin matices las políticas de otras potencias ni justificar cualquier restricción comercial. Significa defender, con arreglo a la legalidad europea y a los compromisos internacionales, las infraestructuras, las tecnologías y las capacidades industriales que resulten esenciales para el bienestar y la seguridad de los ciudadanos. Tampoco significa conceder ayudas indiscriminadas a grandes empresas o tolerar acuerdos que perjudiquen a los consumidores. Los intereses estratégicos de Europa no son necesariamente los intereses particulares de sus mayores grupos empresariales: son los de sus ciudadanos, sus trabajadores, su tejido productivo y su capacidad colectiva para decidir su futuro. Esa distinción es fundamental para que la autonomía estratégica no termine convertida en una nueva justificación de privilegios corporativos.

Europa debe abandonar definitivamente la idea de que su seguridad económica puede descansar en la buena voluntad de Washington. La Administración Trump ha mostrado, mediante sus amenazas en este conflicto, hasta qué punto una discrepancia regulatoria puede convertirse en un instrumento de presión comercial. La respuesta europea no debería ser una escalada retórica, sino una política sostenida que reduzca la eficacia de esas presiones: más inversión propia, más cooperación tecnológica, más proyectos industriales transfronterizos y una defensa firme de las competencias comunitarias. No se trata de pedir permiso para competir, sino de desarrollar la capacidad real de hacerlo. Y esa capacidad difícilmente surgirá de veintisiete respuestas nacionales desconectadas cuando los competidores operan con recursos y mercados de dimensión continental.

La ley del embudo de Washington debe terminar donde comienzan las competencias y los intereses legítimos de Europa. Si Estados Unidos pudo invocar su seguridad nacional para impedir que una empresa extranjera gestionara determinadas terminales de sus puertos, no puede pretender que Europa renuncie a regular sus propias frecuencias satelitales por temor a perjudicar a Starlink. Y si los Estados europeos carecen individualmente de la escala necesaria para afrontar determinados desafíos tecnológicos, la respuesta no puede seguir siendo la resignación, la fragmentación o la concentración empresarial presentada como única salida. Debe ser la construcción de capacidades europeas compartidas, con los consorcios industriales como instrumento fundamental, inversión suficiente y objetivos verificables. Europa no tiene que elegir entre obedecer a Washington o enfrentarse a él: tiene que aprender a decidir por sí misma. Porque una Europa que necesita autorización ajena para defender sus intereses estratégicos no ejerce plenamente su autonomía; simplemente administra su dependencia.

Ya lo dijo Mustafa Kemal Atatürk: “La soberanía no se da, se toma”.


 

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