Un caso especialmente ilustrativo es el de UiPath. La compañía nació en Bucarest, Rumanía, en 2005, desarrollando tecnología de automatización de procesos empresariales. Diez años después, en 2015, se constituyó jurídicamente en Delaware y terminó estableciendo su sede principal en Nueva York, aunque mantuvo una importante presencia operativa y de desarrollo en Bucarest. La propia compañía recoge hoy esa trayectoria en sus documentos regulatorios: una empresa tecnológica creada en Europa que, al alcanzar escala internacional, trasladó el centro corporativo hacia Estados Unidos.
El recorrido terminó en Wall Street. UiPath salió a bolsa en la Bolsa de Nueva York en abril de 2021, donde cotiza con el símbolo PATH, según confirma la propia información para inversores de la compañía. En abril de 2026 celebró allí el quinto aniversario de su salida a bolsa.
La anécdota encaja especialmente bien con el problema que describe el Informe Draghi: Europa puede generar la tecnología, los fundadores y las primeras etapas de una compañía, pero el salto hacia la financiación, la estructura societaria y los mercados de capitales globales puede terminar produciéndose en Estados Unidos. En el caso de UiPath no desapareció el vínculo europeo —Bucarest continúa siendo uno de sus principales centros corporativos—, pero su sociedad matriz es estadounidense, su sede global está en Nueva York y su cotización se realiza en la NYSE.
Es una imagen bastante gráfica de la cuestión que atraviesa todo el post: la dificultad europea no consiste únicamente en crear buenas startups, sino en conseguir que cuando se conviertan en grandes compañías también encuentren en Europa el capital, el mercado y las estructuras necesarias para seguir creciendo desde aquí.
Europa sabe crear conocimiento, formar talento y poner en marcha startups. Lo que todavía hace con mucha menos frecuencia que Estados Unidos es convertir esas empresas jóvenes en grandes compañías tecnológicas capaces de escalar, atraer capital, consolidar mercados y permanecer en el continente. Esa diferencia aparece en el número de unicornios, en la financiación disponible para las scaleups, en el peso de la I+D empresarial y también en el papel que desempeñan las grandes corporaciones europeas como inversores, clientes y tractores de nuevos proyectos tecnológicos.
España refleja esa misma tensión. El ecosistema emprendedor ha crecido, han aparecido nuevos unicornios y algunas compañías están cerrando rondas de financiación que hace pocos años eran poco habituales. Sin embargo, la distancia con los grandes polos tecnológicos mundiales sigue siendo muy amplia, y el problema no parece estar únicamente en crear startups, sino en acompañarlas cuando necesitan cientos de millones para crecer y competir a escala internacional.
El diagnóstico coincide en varios frentes. El Informe Draghi advierte de las dificultades europeas para transformar innovación en empresas globales; el EU Industrial R&D Investment Scoreboard muestra el menor peso de Europa en la inversión digital frente a Estados Unidos y China; y el caso de Telefónica permite analizar, desde una gran corporación, hasta qué punto la innovación abierta y la inversión en startups pueden convertirse realmente en una nueva fuente de crecimiento y no quedarse únicamente en una política complementaria de innovación.
Este análisis recorre esos tres niveles —España, Europa y Telefónica— con datos públicos y métricas comparables. El objetivo no es atribuir responsabilidades ni construir relaciones causales que las cifras no demuestran, sino examinar una cuestión concreta: por qué Europa sigue produciendo menos gigantes tecnológicos de nueva generación pese a disponer de talento, investigación, grandes empresas, infraestructuras y un ecosistema emprendedor cada vez más desarrollado.
España, Europa y el reto de convertir startups en gigantes tecnológicos
España ha conseguido sumar nuevos nombres al reducido grupo de compañías tecnológicas privadas valoradas en más de 1.000 millones de dólares. Es una señal del crecimiento que ha experimentado el ecosistema emprendedor español durante los últimos años, aunque la comparación internacional continúa mostrando una diferencia considerable respecto a los grandes centros mundiales de innovación.
Cuando se utiliza una definición estricta de unicornio —una startup privada cuya última valoración conocida supera los 1.000 millones de dólares—, España mantiene una presencia reducida dentro del mapa mundial. Según el análisis internacional de BestBrokers utilizado como punto de partida de esta comparación, en agosto de 2026 existen alrededor de 1.830 unicornios en todo el mundo, de los cuales 938 se encuentran en Estados Unidos. China aparece en segunda posición con 310, India alcanza 89 y Reino Unido, con 80, es el primer país europeo.
La concentración resulta significativa porque Estados Unidos reúne por sí solo más de la mitad de los unicornios mundiales contabilizados por este análisis. La diferencia no se limita al número de empresas. Estados Unidos dispone de un mercado de capital riesgo mucho más profundo, universidades de investigación de primer nivel y grandes concentraciones empresariales y tecnológicas desarrolladas durante décadas. China combina un enorme mercado doméstico con un potente sector tecnológico, mientras India ha experimentado una rápida digitalización sobre una base de consumidores extraordinariamente amplia.
Europa opera a una escala distinta. Reino Unido mantiene el liderazgo continental con 80 unicornios, seguido de Alemania con 47 y Francia con 34. España forma parte del mapa europeo de innovación, pero todavía no se encuentra entre sus principales potencias en creación de compañías privadas valoradas por encima de los 1.000 millones de dólares.
De acuerdo con la metodología utilizada en el análisis de partida, España cuenta en 2026 con siete unicornios privados: Cabify, Factorial, Job&Talent, Multiverse Computing, Perk —la antigua TravelPerk—, Recover y Xoople. Su diversidad permite comprobar que el ecosistema español ya no se concentra en una única actividad: movilidad, recursos humanos, contratación, inteligencia artificial, viajes corporativos, materiales reciclados y observación terrestre mediante satélites forman parte de esa nueva generación empresarial.
Dos compañías explican especialmente el avance registrado durante 2026: Multiverse Computing y Xoople, vinculadas respectivamente a dos áreas que están atrayendo importantes cantidades de capital internacional: inteligencia artificial y espacio.
Multiverse Computing cerró una operación de financiación de hasta 500 millones de euros, con una valoración previa a la inversión de aproximadamente 1.500 millones de euros. Su tecnología CompactifAI utiliza técnicas basadas en redes tensoriales para reducir el tamaño y las necesidades computacionales de los modelos de inteligencia artificial, una cuestión especialmente relevante ante el aumento de la potencia de cálculo y de los recursos necesarios para ejecutar los modelos más avanzados. La operación contó también con una participación pública significativa: la inversión anunciada a través de la Sociedad Española para la Transformación Tecnológica elevó el apoyo público acumulado comunicado hasta aproximadamente 166 millones de euros.
Xoople representa otra vertiente tecnológica. La compañía cerró una Serie B de 115 millones de euros y trabaja en una constelación propia de satélites destinada a observar sistemáticamente los cambios producidos en la superficie terrestre. La información generada puede utilizarse posteriormente en infraestructuras, agricultura, logística, seguros, gestión de riesgos y sistemas de inteligencia artificial. Aunque la compañía no hizo pública una valoración exacta tras aquella operación, su consejero delegado confirmó a TechCrunch que se encontraba en «territorio unicornio».
A estas incorporaciones se suma la evolución de compañías que ya habían alcanzado esa categoría. Perk, todavía denominada TravelPerk cuando realizó su operación de enero de 2025, captó 200 millones de dólares y elevó su valoración aproximadamente hasta 2.700 millones de dólares. Factorial alcanzó posteriormente una valoración próxima a 2.500 millones de dólares tras captar 150 millones.
Estas operaciones se producen dentro de un ecosistema mucho mayor de lo que refleja el número estricto de unicornios. El Spain Tech Ecosystem Report 2026 estima que el ecosistema tecnológico español alcanza aproximadamente 125.000 millones de euros de valor, unas 2,3 veces el nivel de 2020, mientras que durante 2025 las startups españolas captaron alrededor de 3.100 millones de euros de capital riesgo. El mismo análisis señala que más de 600 inversores diferentes participaron en operaciones vinculadas a startups españolas y que casi una de cada cinco compañías emergentes creadas desde 2021 está relacionada con la inteligencia artificial.
Por tanto, el problema español no puede reducirse a una ausencia de emprendedores, startups o inversión. La diferencia aparece especialmente cuando las empresas necesitan abandonar las primeras etapas y captar cantidades mucho mayores para competir internacionalmente. Es en el tránsito desde startup hasta scaleup y, finalmente, hasta gran compañía tecnológica donde la distancia entre Europa y Estados Unidos se vuelve especialmente visible.
Los datos recopilados en el texto permiten dimensionarla. Los fondos estadounidenses de venture capital gestionan aproximadamente 930.000 millones de euros, frente a unos 150.000 millones en la Unión Europea. La diferencia aumenta en las fases avanzadas: la inversión estadounidense destinada a compañías en crecimiento alcanzó aproximadamente 133.000 millones de dólares en 2024, frente a unos 21.300 millones en la UE.
El resultado es una situación aparentemente contradictoria. España dispone de un ecosistema tecnológico valorado en unos 125.000 millones de euros y está registrando algunas de las mayores rondas de financiación de su historia, pero continúa teniendo una representación reducida entre los grandes unicornios mundiales. Multiverse Computing y Xoople mejoran esa posición, pero no eliminan la distancia existente respecto a los grandes mercados de creación y financiación de empresas tecnológicas.
El problema que Draghi identifica en Europa
Esta diferencia española forma parte de un problema europeo más amplio. El informe sobre el futuro de la competitividad europea dirigido por Mario Draghi identifica precisamente como una de las debilidades estructurales del continente la dificultad para convertir su capacidad científica, tecnológica y emprendedora en grandes compañías capaces de crecer y competir mundialmente.
El diagnóstico de Draghi no parte de que Europa carezca de investigadores, emprendedores o ideas. El problema aparece después: Europa encuentra muchas más dificultades que Estados Unidos para transformar esa capacidad innovadora en grandes empresas tecnológicas.
Draghi utilizó una comparación especialmente significativa al presentar su informe ante el Parlamento Europeo: durante los últimos cincuenta años no se había creado desde cero en la Unión Europea ninguna empresa que hubiera alcanzado una capitalización superior a 100.000 millones de euros, mientras varias de las compañías estadounidenses con valoraciones superiores al billón habían sido creadas durante ese mismo periodo.
La cuestión afecta directamente a los unicornios. El informe contabiliza que entre 2008 y 2021 se fundaron en Europa 147 unicornios y 40 trasladaron posteriormente su sede fuera del continente. En términos aproximados, cerca del 30% de los unicornios europeos terminaron trasladando su sede al extranjero y la gran mayoría se dirigieron a Estados Unidos.
La financiación aparece como uno de los elementos fundamentales. Las compañías europeas de elevado potencial que necesitan cantidades crecientes de capital encuentran en Estados Unidos un mercado financiero más profundo y, simultáneamente, un mercado interior de gran tamaño en el que pueden alcanzar escala con mayor rapidez. Europa combina una menor disponibilidad de capital para las fases de crecimiento con un mercado todavía fragmentado en determinados ámbitos.
Las diferencias son especialmente visibles en las tecnologías que están determinando la nueva competencia económica. En inteligencia artificial, el Informe Draghi recoge que el 61% de la financiación mundial destinada a startups de IA se dirigía a compañías estadounidenses, frente al 17% correspondiente a China y solamente el 6% a compañías de la Unión Europea. En computación cuántica, las empresas europeas recibían alrededor del 5% de la financiación privada mundial frente a aproximadamente el 50% captado por las estadounidenses.
El problema afecta también al talento. Draghi señaló que las estadísticas de las compañías que trasladan posteriormente su sede ni siquiera recogen completamente el fenómeno, porque no contabilizan a los europeos que se desplazan a Estados Unidos para estudiar o trabajar y posteriormente crean allí directamente sus empresas.
La Comisión Europea ha incorporado buena parte de este diagnóstico a su estrategia para startups y scaleups. El problema se describe mediante dos grandes «valles de la muerte». El primero aparece cuando una innovación no consigue transformarse en un producto comercializable. El segundo se produce cuando una compañía que ya ha demostrado su viabilidad necesita grandes cantidades de financiación para crecer y competir internacionalmente.
La Comisión añade otra cifra relevante: Europa alberga alrededor del 8% de las scaleups mundiales. Entre los obstáculos identificados aparecen la fragmentación del mercado, las diferencias regulatorias, una menor disposición de determinados inversores a asumir riesgos, las dificultades para transformar investigación en productos y la ausencia de un mercado de capitales plenamente integrado.
Estudios posteriores de la Comisión sobre las empresas que abandonan la UE identifican como factores relevantes un acceso más sencillo al capital riesgo, la proximidad a mercados grandes y unificados, determinados entornos regulatorios y una mayor disponibilidad de profesionales experimentados en áreas comerciales y de ventas. También introducen una precisión importante: el traslado no implica necesariamente que toda la actividad desaparezca de Europa. Muchas empresas cambian su sede jurídica o funciones directivas mientras mantienen en sus países de origen equipos de investigación, ingeniería y desarrollo tecnológico.
El diagnóstico puede resumirse, por tanto, sin necesidad de atribuir causas que los datos no permiten demostrar: Europa es capaz de generar startups, investigación y talento, pero encuentra mayores dificultades para financiar y retener las empresas cuando necesitan convertirse en grandes corporaciones tecnológicas.
El otro problema europeo: dónde invierten sus grandes empresas
La financiación mediante capital riesgo no explica por sí sola la diferencia. Existe otro elemento que puede observarse analizando la composición de las grandes corporaciones que realizan investigación y desarrollo: los sectores empresariales llamados a ejercer un papel tractor en la transformación digital tienen en Europa un peso considerablemente menor que en Estados Unidos y, progresivamente, China.
El EU Industrial R&D Investment Scoreboard elaborado por el Joint Research Centre de la Comisión Europea proporciona una referencia para medirlo. Su edición de 2025 estudia las 2.000 compañías que más invierten en investigación y desarrollo del mundo, responsables conjuntamente de más del 90% de la I+D financiada por el sector empresarial.
Estas compañías invirtieron aproximadamente 1,446 billones de euros en I+D durante 2024. Las empresas estadounidenses concentraron el 47,1%, las de la Unión Europea el 16,2% y las compañías chinas el 16,1%. Además, la inversión empresarial estadounidense aumentó un 7,8% durante el ejercicio, frente a un 2,9% en la Unión Europea.
Pero la diferencia fundamental aparece al observar los sectores. Cuatro actividades concentran más del 80% de la inversión empresarial mundial recogida por el Scoreboard: software y servicios TIC, 24,9%; hardware TIC, 22%; salud, 19,9%; y automoción, 13,6%.
Europa mantiene una posición extraordinariamente importante en automoción y conserva empresas industriales de primer nivel. Estados Unidos, sin embargo, domina precisamente las actividades relacionadas con software, servicios digitales y otras tecnologías TIC, mientras China ha aumentado rápidamente su participación.
La evolución de la I+D digital es particularmente significativa. La participación de las compañías de la UE en la I+D digital mundial descendió del 13,7% al 8,9%, mientras China aumentó desde el 7,1% hasta el 19,4% y las compañías estadounidenses concentraron el 53%.
La concentración empresarial permite apreciar todavía mejor esa diferencia. Alphabet y Meta representaban conjuntamente 72.000 millones de euros y el 12,6% de toda la I+D digital mundial considerada por el Scoreboard, una cantidad superior a la inversión conjunta de todas las compañías digitales de la Unión Europea incluidas en el análisis.
La representación europea entre los grandes inversores digitales es limitada. De las 58 compañías digitales de la UE presentes en la clasificación analizada, solamente SAP, Siemens, Nokia, Ericsson y ASML figuraban entre los treinta mayores inversores mundiales en I+D digital.
Este desequilibrio tiene importancia para el desarrollo de startups y scaleups porque un ecosistema tecnológico no depende exclusivamente de emprendedores y fondos de capital riesgo. Necesita también grandes corporaciones capaces de financiar investigación, comprar productos y empresas, contratar proveedores innovadores, proporcionar clientes de gran tamaño y convertir tecnologías emergentes en negocios de escala industrial.
Debe hacerse, no obstante, una precisión fundamental: el EU Industrial R&D Investment Scoreboard no mide inversión en startups ni capital riesgo corporativo. Mide inversión empresarial reconocida como investigación y desarrollo. Por tanto, sus cifras no permiten concluir directamente que una determinada compañía europea apoye mucho o poco a las startups. Sí permiten comprobar el peso relativo de las corporaciones europeas dentro de la I+D empresarial mundial.
Las telecomunicaciones y la pérdida de peso en las capas digitales
Las telecomunicaciones constituyen un caso especialmente interesante. Europa conserva grandes operadores y fabricantes de tecnología de redes, pero su posición no es equivalente a la de las grandes plataformas estadounidenses que concentran crecientes cantidades de inversión en software, nube, centros de datos e inteligencia artificial.
Ericsson y Nokia continúan siendo actores tecnológicos relevantes y el Scoreboard les atribuye aproximadamente 4.500 y 4.400 millones de euros de inversión en I+D, respectivamente. Sin embargo, son fundamentalmente fabricantes de equipamiento y tecnología de telecomunicaciones, no operadores tradicionales.
La situación de Telefónica, Deutsche Telekom, Orange o Vodafone es distinta. Estas empresas realizan enormes inversiones en infraestructura y gestionan redes esenciales para la economía europea, pero no ocupan posiciones equivalentes a las grandes compañías estadounidenses de software, plataformas, nube e inteligencia artificial dentro del ranking mundial de I+D.
Aquí resulta imprescindible diferenciar I+D de inversión en infraestructura. El despliegue de fibra, 5G, centros de red y otros activos requiere miles de millones de euros, pero se contabiliza fundamentalmente como capital expenditure o capex. Capex e I+D son conceptos distintos, de modo que el Scoreboard no mide la totalidad del esfuerzo inversor realizado por las operadoras.
La concentración de la inversión tecnológica estadounidense, mientras tanto, sigue aumentando. Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Apple ocupan las cinco primeras posiciones del Scoreboard y representan conjuntamente aproximadamente el 15% de toda la inversión en I+D realizada por las 2.000 mayores compañías de la clasificación. Durante la última década, esas cinco empresas duplicaron su participación en la inversión mundial en I+D recogida por el estudio.
La inteligencia artificial está reforzando esta tendencia. El Scoreboard señala que el capex de las compañías estadounidenses de software TIC aumentó un 50,5% en 2024, impulsado en buena medida por la construcción de centros de datos y de la infraestructura necesaria para desplegar inteligencia artificial. Las empresas que ya ocupan las primeras posiciones mundiales en investigación están realizando simultáneamente grandes inversiones físicas para comercializar esa tecnología.
El Informe Draghi relaciona el problema de las telecomunicaciones europeas con la fragmentación del mercado. Su diagnóstico sostiene que la fragmentación dificulta alcanzar la escala necesaria para realizar mayores inversiones y plantea avanzar hacia un verdadero mercado europeo de telecomunicaciones, armonizar determinadas cuestiones relacionadas con el espectro y considerar los compromisos de inversión e innovación en el análisis de operaciones de concentración.
La comparación refleja, en definitiva, estructuras empresariales diferentes. Europa conserva importantes operadores de telecomunicaciones y una industria de redes relevante; Estados Unidos concentra buena parte de sus mayores corporaciones en software, nube, plataformas, semiconductores e inteligencia artificial, precisamente las actividades que están protagonizando el aumento mundial de la inversión tecnológica.
Compañias de telecomunicaciones que aparecen en el ranking EU Industrial R&D Investment Scoreboard del año 2025
España reproduce a menor escala este problema. El análisis de Cotec sobre el Scoreboard contabiliza 26 compañías españolas entre las 800 mayores inversoras en I+D de la Unión Europea, equivalentes al 3,3% de la clasificación. Entre ellas aparecen Banco Santander, Amadeus, Telefónica, Grifols, Iberdrola, Indra, Inditex, Acciona, PharmaMar, Almirall, Repsol, Gestamp y Ferrovial.
La conclusión que permiten extraer estas cifras es más precisa que afirmar simplemente que Europa «no invierte». Europa dispone de grandes empresas industriales y realiza una inversión considerable en investigación, pero la composición sectorial de esa inversión es diferente de la estadounidense. La UE mantiene importantes fortalezas en automoción y empresas tecnológicas líderes como ASML, SAP, Ericsson y Nokia. Estados Unidos concentra una proporción mucho mayor de su músculo empresarial en software, plataformas digitales, nube, hardware avanzado e inteligencia artificial.
Telefónica: quince años de startups y la cuestión de la escala
El caso de Telefónica permite llevar esta cuestión desde las grandes cifras europeas hasta una empresa concreta. La operadora reúne muchas de las condiciones que deberían facilitar una relación estrecha con el ecosistema tecnológico: millones de clientes, presencia internacional, redes, capacidad financiera, conocimiento tecnológico y acceso directo a grandes empresas y administraciones.
Las cifras, sin embargo, muestran una realidad que requiere distinguir dos cuestiones. Telefónica ha construido durante quince años un amplio ecosistema de innovación abierta y ha invertido en un número considerable de startups. Lo que debe analizarse es si esa actividad ha adquirido suficiente escala para convertirse, además, en una nueva fuente estructural de crecimiento para el grupo.
Esta cuestión puede relacionarse con el marco desarrollado por Clayton Christensen en El dilema del innovador. Su teoría no afirma simplemente que las grandes empresas ignoren las nuevas tecnologías. El problema aparece porque las compañías establecidas asignan racionalmente recursos hacia sus mejores clientes, sus mercados existentes y las actividades que proporcionan retornos previsibles. Los nuevos mercados pueden ser inicialmente demasiado pequeños para satisfacer las necesidades de crecimiento de una gran corporación, incluso cuando posteriormente puedan adquirir dimensiones enormes.
Aplicar literalmente la teoría de Christensen a todas las startups participadas por Telefónica sería incorrecto, porque no toda startup constituye una innovación disruptiva en el sentido definido por el autor. Pero su marco permite formular una pregunta verificable: ¿qué peso económico ha concedido Telefónica a la creación de nuevos negocios procedentes del ecosistema emprendedor frente a las dimensiones de su actividad tradicional?
La respuesta atraviesa tres presidencias. César Alierta presidió Telefónica entre 2000 y 2016, José María Álvarez-Pallete desde 2016 hasta enero de 2025 y Marc Murtra ocupa la presidencia ejecutiva desde enero de 2025.
Fue precisamente durante la presidencia de Alierta cuando nació Wayra en 2011. Por tanto, no puede sostenerse que Telefónica permaneciera al margen del ecosistema emprendedor. Wayra nació como una aceleradora destinada a identificar empresas tecnológicas en España y Latinoamérica y posteriormente amplió su presencia internacional.
La dimensión de Telefónica en aquel momento permite contextualizar la iniciativa. En 2011 comunicaba 60.737 millones de euros de ingresos y 983 millones de inversión en I+D. Ese mismo ejercicio creó Telefónica Digital para desarrollar las oportunidades relacionadas con la nueva economía digital.
La apuesta se amplió posteriormente mediante Telefónica Open Future, que integró Wayra y distintos instrumentos de inversión. En 2015 la compañía afirmaba haber comprometido 349 millones de euros en venture capital desde 2009 y haber invertido en más de 600 startups. Paralelamente, comunicaba una inversión total en I+D+i próxima a 6.600 millones de euros. Ambas cifras corresponden a conceptos diferentes y no pueden compararse directamente como si fueran una misma categoría contable, pero permiten observar las distintas escalas de actividad.
Álvarez-Pallete recibió, por tanto, una estructura de innovación abierta ya desarrollada. Durante su presidencia Wayra evolucionó desde el concepto tradicional de aceleradora hacia un modelo que buscaba conectar directamente las startups con las unidades de negocio de Telefónica, de manera que la relación no se limitara a obtener una rentabilidad financiera.
Esta evolución produjo ejemplos concretos de integración. En 2020, Telefónica adquirió Govertis e iHacklabs, dos startups previamente participadas por Wayra, para incorporarlas a Telefónica Tech y reforzar su actividad en ciberseguridad. Este modelo resulta especialmente relevante porque la startup deja de ser únicamente una participación financiera y pasa a aportar tecnología, productos, talento o capacidades directamente incorporables al negocio de la compañía.
Al cumplirse los primeros diez años de Wayra, Telefónica publicó un balance suficientemente amplio para evaluar el programa. Había invertido en aproximadamente 800 startups, más de 250 habían trabajado directamente con la compañía y esas relaciones habían generado unos 285 millones de euros de ingresos para las startups. Wayra había invertido directamente alrededor de 50 millones y se habían producido 75 exits.
Los datos posteriores muestran que el programa continuó creciendo. Al cierre de 2024, las diferentes iniciativas de innovación abierta de Telefónica habían movilizado más de 240 millones de euros de inversión directa e indirecta en más de 1.100 startups. La compañía mantenía participaciones en más de 530 empresas activas y 190 trabajaban directamente con Telefónica.
La relación había generado además negocio cuantificable. Las soluciones proporcionadas por estas empresas habían producido más de 520 millones de euros de ingresos para las startups y más de 830 millones para Telefónica. Estos datos son importantes porque impiden caracterizar Wayra simplemente como una iniciativa institucional o de imagen: existe un retorno comercial e industrial documentado de la colaboración entre Telefónica y las startups.
La cuestión es la escala. En 2024 Wayra realizó 37 inversiones con aproximadamente 9 millones de euros de inversión directa. El modelo desarrollado durante esos años se apoyaba, por tanto, en un número elevado de participaciones relativamente pequeñas, complementadas por fondos, acuerdos comerciales e integración tecnológica.
Esta magnitud puede ponerse en contexto con los datos del EU Industrial R&D Investment Scoreboard, que situaba a Telefónica con aproximadamente 647 millones de euros de inversión en I+D y en el puesto 364 entre las 2.000 mayores compañías mundiales analizadas. A su vez, Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Apple ocupaban las primeras posiciones y concentraban aproximadamente el 15% de toda la I+D de las empresas estudiadas.
Por tanto, los datos no sostienen que Telefónica no haya invertido en innovación ni en startups. Demuestran precisamente lo contrario. Lo que muestran también es una diferencia de escala entre esa política de innovación abierta y las dimensiones alcanzadas por las grandes plataformas tecnológicas internacionales.
La etapa Murtra
La llegada de Marc Murtra a la presidencia ejecutiva en enero de 2025 abre una tercera etapa, pero debe analizarse con una cautela que no resulta necesaria en el caso de sus dos antecesores. Su mandato es todavía demasiado corto para atribuirle los resultados acumulados durante quince años de política de innovación abierta.
Sí existen datos de sus primeros ejercicios. Wayra cerró 2025 con más de 260 millones de euros de inversión directa e indirecta acumulada desde su nacimiento y más de 1.200 startups participadas. Su cartera activa superaba las 520 compañías y más de 200 trabajaban entonces con Telefónica.
La actualización publicada en 2026 mantiene esas magnitudes: más de 260 millones invertidos en más de 1.200 startups durante quince años, más de 520 compañías activas y más de 200 colaborando con Telefónica, con una facturación conjunta de estas últimas superior a 700 millones de euros.
Telefónica ha decidido además mantener y reorientar Wayra. La estrategia anunciada para el vehículo prioriza las inversiones que puedan producir un impacto directo sobre la innovación interna y el negocio, especialmente en inteligencia artificial, ciberseguridad, redes y comunicaciones y experiencia de cliente.
Paralelamente, el plan estratégico general de Telefónica sitúa entre sus prioridades la escala europea, el crecimiento de ingresos y EBITDA, la generación de caja, la disciplina inversora y la reducción de deuda. Las cuentas consolidadas correspondientes a 2025 reflejan además 1.004 millones de euros destinados a actividades de I+D en las operaciones continuadas, relacionadas con redes, servicios de telecomunicaciones, inteligencia artificial, ciberseguridad, tecnologías cuánticas y soluciones digitales.
Esto obliga nuevamente a diferenciar conceptos. Los 1.004 millones de euros de I+D correspondientes a un solo ejercicio no son contablemente equivalentes a los más de 260 millones de inversión directa e indirecta acumulados por Wayra durante quince años. No pueden utilizarse para construir un ratio de eficiencia entre ambas actividades. Pero sí permiten dimensionar las distintas escalas económicas de la innovación realizada dentro del grupo.
De participar en startups a crear nuevos motores de crecimiento
Aquí aparece la cuestión que conecta el caso Telefónica con Christensen y, al mismo tiempo, con el problema europeo descrito anteriormente. Participar en cientos de startups no equivale necesariamente a convertir alguna de ellas en un nuevo pilar del modelo de negocio.
Una gran corporación puede desarrollar aceleradoras, invertir en compañías emergentes, comprar tecnología y generar relaciones comerciales beneficiosas sin que esas actividades modifiquen sustancialmente la composición de sus ingresos. Son objetivos diferentes.
Christensen explicaba que las innovaciones potencialmente disruptivas suelen comenzar en mercados pequeños. Precisamente por eso pueden resultar poco atractivas para una gran corporación que necesita proyectos capaces de producir rápidamente cantidades importantes de ingresos. Los recursos de la empresa establecida pueden ser enormes y, al mismo tiempo, sus propios procesos de asignación de capital pueden dificultar el desarrollo de negocios inicialmente pequeños.
El planteamiento de Christensen va además más allá de comprar startups. Cuando una innovación verdaderamente disruptiva necesita un modelo económico incompatible con la actividad tradicional, puede resultar necesario desarrollar organizaciones autónomas, joint ventures o spin-offs con procesos y prioridades propios.
Telefónica ha experimentado parcialmente con este modelo. Wayra dispone de vehículos especializados y la compañía desarrolló iniciativas como Wayra Builder para crear spin-offs a partir de conocimiento y tecnología internos.
Sin embargo, las cifras públicas disponibles no muestran hasta ahora una nueva gran compañía tecnológica global surgida de ese ecosistema que se haya convertido en un pilar material de los ingresos de Telefónica comparable a sus negocios tradicionales.
Esto no significa que Wayra haya fracasado. Sus métricas documentan inversión, exits, transferencia de tecnología y generación de negocio. Lo que esas métricas no demuestran es que la innovación abierta haya transformado la composición económica del grupo.
Esta distinción permite evaluar con mayor precisión las tres presidencias. Alierta creó Wayra y desarrolló Open Future; Álvarez-Pallete amplió el modelo y reforzó su orientación hacia las unidades de negocio; Murtra ha mantenido el vehículo y está orientándolo hacia inteligencia artificial, ciberseguridad y redes. Existe, por tanto, una continuidad institucional documentada durante quince años.
También está documentada su dimensión: más de 260 millones de euros de inversión directa e indirecta acumulada y más de 1.200 startups participadas. Y existe igualmente un resultado comercial: más de 200 compañías de la cartera trabajan con Telefónica y generan conjuntamente más de 700 millones de euros de facturación. Los datos publicados por la compañía también atribuyen a las startups con las que ha trabajado Wayra más de 1.060 millones de euros de ingresos generados para Telefónica a lo largo del programa.
Por tanto, Telefónica ha utilizado startups para incorporar tecnología y generar negocio. Lo que todavía no aparece en sus cuentas es una nueva plataforma tecnológica surgida de esa política que haya adquirido una dimensión capaz de modificar sustancialmente el perfil de crecimiento del grupo.
Y es precisamente ahí donde el caso concreto de Telefónica vuelve a conectarse con la cuestión general europea.
El salto que Europa todavía tiene pendiente
El recorrido desde los siete unicornios españoles hasta Telefónica permite observar diferentes manifestaciones de un mismo problema, sin necesidad de atribuir una única causa a todas ellas. España está creando startups tecnológicas, algunas están consiguiendo alcanzar valoraciones superiores a 1.000 millones de dólares y el valor agregado de su ecosistema ha aumentado considerablemente. Europa, por su parte, mantiene una importante capacidad científica, industrial y empresarial.
Lo que muestran los datos es que el salto posterior continúa siendo mucho más difícil.
El Informe Draghi documenta que cerca del 30% de los unicornios europeos creados entre 2008 y 2021 trasladaron posteriormente su sede fuera de Europa, fundamentalmente hacia Estados Unidos. La Comisión estima que Europa concentra aproximadamente el 8% de las scaleups mundiales y señala entre sus dificultades la fragmentación del mercado y la financiación disponible para las fases de crecimiento.
El EU Industrial R&D Investment Scoreboard añade otra dimensión al mismo problema. Las compañías estadounidenses concentran el 53% de la I+D digital mundial considerada en el análisis, frente al 8,9% correspondiente a las empresas de la Unión Europea, mientras China ha aumentado significativamente su participación.
Esto significa que el ecosistema que rodea a una startup estadounidense no solamente dispone de un mercado de capital riesgo más profundo. Está rodeado también por algunas de las mayores corporaciones tecnológicas del planeta, capaces de invertir decenas de miles de millones en investigación, adquirir empresas, contratar sus productos, incorporar talento y proporcionar canales de distribución globales.
Un ecosistema tecnológico completo necesita emprendedores, universidades, investigación, capital riesgo y grandes corporaciones capaces de actuar como clientes, inversores, compradores y tractores tecnológicos. Europa dispone de todos esos elementos, pero no con la misma escala ni con la misma concentración sectorial que Estados Unidos.
España constituye una versión más pequeña de ese problema. Sus siete unicornios actuales demuestran que existe capacidad para crear empresas de elevado valor. Multiverse Computing y Xoople muestran además que el ecosistema español puede generar compañías precisamente en algunas de las tecnologías más relevantes de la nueva economía: inteligencia artificial y espacio.
Pero crear el unicornio es solamente una etapa del proceso. El siguiente paso consiste en proporcionar capital, mercado, clientes y estructura empresarial suficientes para que una compañía valorada en 1.000 o 2.000 millones pueda convertirse posteriormente en una corporación de 10.000, 50.000 o 100.000 millones y mantener en Europa sus principales centros de decisión, investigación y crecimiento.
El caso de Telefónica muestra la misma cuestión desde la perspectiva de una gran corporación. La compañía no ha permanecido al margen de las startups: creó Wayra en 2011, ha invertido directa o indirectamente más de 260 millones de euros en más de 1.200 compañías y ha conseguido que centenares de ellas trabajen con el grupo y generen negocio. El problema no es, por tanto, la inexistencia de innovación abierta.
La cuestión es qué escala adquiere esa innovación y hasta qué punto puede convertirse en una nueva fuente estructural de crecimiento.
Quince años después, las cifras públicas no muestran todavía una scaleup surgida de ese ecosistema que se haya convertido en un nuevo pilar económico de Telefónica comparable a sus actividades tradicionales. Wayra ha generado inversiones, exits, transferencia tecnológica y relaciones comerciales; lo que no ha producido hasta ahora, según las métricas disponibles, es una gran plataforma tecnológica capaz de modificar sustancialmente la composición económica del grupo.
Ahí es donde la reflexión de Clayton Christensen conserva su utilidad. Para una gran empresa, el desafío no consiste solamente en identificar las tecnologías que pueden transformar su mercado. Consiste también en proporcionar capital, autonomía, tiempo y capacidad comercial suficientes a negocios que inicialmente son pequeños para permitir que puedan convertirse en los grandes negocios del futuro.
Y es también el punto en el que Telefónica conecta con la cuestión más amplia señalada por Draghi y por los datos de la Comisión Europea. Europa no carece de talento, investigación, startups, universidades, infraestructura ni grandes corporaciones. La dificultad documentada aparece al transformar con suficiente frecuencia todos esos recursos en nuevas compañías tecnológicas capaces de alcanzar escala mundial y permanecer en Europa.
España está demostrando que puede producir unicornios. Europa está demostrando que puede producir investigación y empresas emergentes. Grandes corporaciones como Telefónica llevan años demostrando que pueden trabajar, invertir y hacer negocio con startups. El salto que continúa pendiente es conseguir que una proporción mucho mayor de esas empresas deje de ser únicamente una startup prometedora, un unicornio o una participación dentro de un programa de innovación abierta y se convierta en una gran corporación tecnológica global.
Ese es, en última instancia, el verdadero significado de la brecha que separa a Europa de Estados Unidos: no solamente cuántas startups es capaz de crear, sino cuántas consigue financiar, escalar, retener y transformar en los gigantes tecnológicos de la siguiente generación.
Para terminar el post quiero manifestar que la historia de UiPath con la que comenzaba este análisis permite también cerrarlo. La compañía nació en Bucarest en 2005, pero cuando alcanzó dimensión internacional terminó constituyéndose en Delaware, estableciendo su sede global en Nueva York y saliendo a bolsa en Wall Street. No rompió sus vínculos tecnológicos con Rumanía, pero su trayectoria resume una de las debilidades que recorre este post: Europa es capaz de generar talento, tecnología y startups; tiene muchas más dificultades para proporcionarles el capital y la escala necesarios para convertirlas en grandes corporaciones globales desde Europa.
UiPath no es suficiente para demostrar por sí sola ese problema. Las métricas sí lo son. El Informe Draghi sobre competitividad europea recoge que entre 2008 y 2021 Europa creó 147 unicornios y 40 trasladaron posteriormente su sede al extranjero, la gran mayoría a Estados Unidos. La Comisión Europea añade que solo alrededor del 8% de las scaleups mundiales están en Europa.
La brecha se vuelve todavía más evidente en las tecnologías que están definiendo la siguiente etapa de crecimiento. Draghi señala que el 61% de la financiación mundial de startups de inteligencia artificial se dirige a compañías estadounidenses, frente al 17% de China y apenas el 6% de la Unión Europea. En computación cuántica, las compañías europeas atraen aproximadamente el 5% del capital privado mundial, frente al 50% de las estadounidenses. Europa no parte necesariamente con un problema de creación de conocimiento; la debilidad aparece cuando ese conocimiento necesita capital para convertirse en una compañía de escala mundial.
El EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025 muestra la misma distancia desde la gran empresa. Las 2.000 compañías analizadas invirtieron 1,446 billones de euros en I+D en 2024: Estados Unidos concentró el 47,1%, la Unión Europea el 16,2% y China el 16,1%. Además, la inversión de las empresas estadounidenses aumentó un 7,8%, frente al 2,9% europeo. Amazon, Alphabet, Meta, Microsoft y Apple concentran ya alrededor del 15% de toda la I+D de las 2.000 mayores compañías investigadoras del mundo.
La distancia es aún mayor en el ámbito digital. Las compañías estadounidenses concentran el 53% de la I+D digital recogida por la Comisión, frente al 8,9% de las europeas. Alphabet y Meta sumaban por sí solas unos 72.000 millones de euros, más que todas las compañías digitales de la UE incluidas en aquella medición. Esta métrica ayuda a entender por qué la cuestión no puede limitarse al capital riesgo: las startups estadounidenses crecen rodeadas de algunas de las mayores corporaciones tecnológicas del mundo, capaces de invertir, comprar compañías, contratar sus servicios y proporcionarles acceso a mercados globales.
España reproduce el problema a una escala menor. Tiene capacidad para producir compañías como Multiverse Computing o Xoople y dispone ya de siete unicornios privados según la metodología utilizada en este análisis. Sin embargo, crear un unicornio valorado en 1.000 millones de dólares es solo el comienzo; el verdadero desafío es convertirlo posteriormente en una compañía de 10.000, 50.000 o 100.000 millones y mantener en Europa su crecimiento y sus principales centros de decisión.
Telefónica muestra otra cara del mismo problema. No puede afirmarse que haya permanecido al margen de las startups: Wayra acumula más de 260 millones de euros de inversión directa e indirecta en más de 1.200 compañías, más de 200 trabajan con Telefónica y las startups vinculadas al programa han generado negocio para el grupo. La cuestión crítica está nuevamente en la escala: quince años después, las cifras públicas no muestran una scaleup surgida de ese ecosistema que se haya convertido en un nuevo pilar económico de Telefónica comparable a sus actividades tradicionales.
Ese es el punto común que permiten observar, sin necesidad de ir más allá de los datos, Europa, España y Telefónica. No existe ausencia de innovación, pero sí una brecha documentada entre innovar y escalar la innovación hasta convertirla en un nuevo gigante tecnológico.
Por eso la imagen de UiPath resulta apropiada para cerrar el recorrido. Nació en Bucarest y terminó tocando la campana en Nueva York. El reto europeo no consiste solamente en conseguir que la próxima UiPath nazca en Madrid, Barcelona, París, Berlín o Bucarest. Consiste en disponer del capital, las grandes corporaciones, el mercado y las condiciones necesarias para que pueda alcanzar escala mundial sin tener que buscar fuera de Europa los elementos decisivos para hacerlo.
La verdadera medida del éxito no será cuántos unicornios consiga crear Europa, sino cuántos sea capaces de financiar, escalar y retener hasta convertirlos en los gigantes tecnológicos de la siguiente generación.
Ya lo dijo Clayton M.
Christensen: «Los mercados que no existen no pueden analizarse.»









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