Cuenta la tradición griega que, después de diez años intentando conquistar Troya sin conseguirlo, los griegos decidieron cambiar de estrategia. Construyeron un enorme caballo de madera, ocultaron soldados en su interior y fingieron abandonar el asedio. Los troyanos encontraron aquella gigantesca estructura ante sus murallas y, convencidos de que se trataba de una ofrenda y de una señal de victoria, decidieron introducirla en la ciudad. Aquello que parecía un regalo terminó convirtiéndose en el instrumento de su destrucción.
Lo verdaderamente interesante de esta historia no es el engaño en sí, sino la facilidad con la que una propuesta aparentemente beneficiosa puede conseguir que sus destinatarios acepten precisamente aquello que deberían examinar con mayor desconfianza. Los troyanos no fueron derrotados por la fuerza del caballo, sino por aceptar sin suficiente espíritu crítico la explicación que justificaba su presencia.
La enseñanza conserva toda su vigencia. Cuando alguien presenta una medida como imprescindible para garantizar la seguridad, la prosperidad o el futuro colectivo, conviene preguntarse: quién la propone, qué intereses representa y qué consecuencias reales tendrá su aceptación. Las grandes palabras no convierten automáticamente los intereses particulares en necesidades colectivas, ni una solución repetida hasta la saciedad deja de ser cuestionable porque se presente como inevitable.
En ocasiones, el engaño más eficaz no consiste en negar la existencia de un problema, sino en utilizar un problema verdadero para introducir una solución que beneficia fundamentalmente a quien la propone. Y ahí reside la paradoja: el diagnóstico puede ser acertado, mientras que el remedio constituye precisamente la parte más interesada del discurso.
Porque no todos los caballos que se presentan como salvadores vienen a defender la ciudad. Algunos solo necesitan que alguien les abra las puertas.
Murtra, Gayo y Ochoa insisten en que Europa necesita grandes operadores, menos regulación y mayor concentración empresarial para superar su retraso tecnológico. Pero ¿qué dicen realmente los datos? ¿Y qué responsabilidad tienen las propias decisiones estratégicas de Telefónica en las dependencias que ahora denuncia?
Los informes de la Comisión Europea y BEREC, junto con algunas operaciones empresariales de Telefónica, revelan contradicciones difíciles de ignorar.
Porque una cosa es defender la soberanía digital europea y otra muy distinta utilizarla para justificar intereses corporativos. En este post analizamos las cifras, desmontamos los argumentos y planteamos una pregunta incómoda: ¿quieren construir una Europa tecnológicamente independiente o un mercado con menos competidores?
TELEFÓNICA ALERTA DEL RETRASO DE EUROPA EN INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y RECLAMA MAYOR ESCALA EMPRESARIAL, INVERSIÓN Y AUTONOMÍA TECNOLÓGICA
La transformación de la economía mundial impulsada por la inteligencia artificial está poniendo de manifiesto las dificultades de Europa para competir con las grandes potencias tecnológicas. En este contexto, Telefónica ha advertido de que el continente europeo está perdiendo posiciones frente a Estados Unidos y Asia en el desarrollo y aprovechamiento económico de la inteligencia artificial, una situación que considera preocupante para su competitividad, soberanía digital y autonomía tecnológica. Así lo ha manifestado Borja Ochoa, presidente de Telefónica España y máximo responsable del negocio entre empresas (B2B) de la compañía, durante su intervención en el Congreso de Directivos de la Asociación para el Progreso de la Dirección (APD), celebrado ayer miércoles. El directivo ha señalado que la inteligencia artificial está evolucionando a un ritmo extraordinariamente acelerado y que Europa necesita modificar tanto sus estructuras empresariales como sus mecanismos regulatorios para responder a una transformación tecnológica que afecta directamente a la productividad y a la organización de las compañías. Estas declaraciones, recogidas en la información publicada por Forbes España sobre el retraso europeo en inteligencia artificial, también han sido desarrolladas por Europa Press en su cobertura de la intervención del presidente de Telefónica España, que recoge las principales advertencias realizadas por el responsable de la operadora.
Uno de los aspectos centrales de la intervención de Ochoa ha sido la diferencia entre la evolución de la inteligencia artificial y las anteriores transformaciones tecnológicas. El responsable de Telefónica ha explicado que la IA presenta una velocidad de adopción especialmente elevada y que su incorporación a los procesos empresariales está estrechamente relacionada con las mejoras de productividad. Según sus declaraciones, esta circunstancia obliga a las organizaciones a revisar sus modelos de funcionamiento, sus procedimientos internos y la utilización de sus recursos tecnológicos. Telefónica pretende convertirse en una compañía de referencia en la aplicación de la inteligencia artificial, incorporando estas herramientas tanto a sus procesos de negocio como al trabajo cotidiano de sus empleados. Para avanzar en este objetivo, la operadora está desarrollando un programa de transformación incluido en su planificación estratégica, que contempla una revisión profunda de sus actividades y de la manera en que utiliza la tecnología. Ochoa ha precisado que la compañía ha analizado entre el 80 % y el 90 % de sus procesos internos y, a partir de ese diagnóstico, ha diseñado una reorganización de determinadas operaciones apoyándose en las posibilidades que ofrecen las nuevas herramientas digitales. Paralelamente, está impulsando la incorporación de soluciones de inteligencia artificial entre sus trabajadores y adaptando su estructura organizativa a las necesidades derivadas de esta transformación. El directivo ha señalado que una parte importante del crecimiento previsto en el plan estratégico de Telefónica está vinculada a la ejecución de estas iniciativas, según recoge también la información de Business Insider España sobre la transformación interna de la operadora y sus objetivos en inteligencia artificial.
La preocupación expresada por Telefónica adquiere especial relevancia al examinar la posición europea dentro del mercado tecnológico internacional. Durante su intervención, Ochoa aportó diferentes cifras para ilustrar la pérdida de peso relativo de Europa en las sucesivas etapas de desarrollo de la economía digital. Según los datos expuestos por el directivo, Europa obtiene actualmente alrededor del 4% de los ingresos mundiales relacionados con la inteligencia artificial, frente al 23% atribuido a Internet, el 19% a la telefonía móvil y el 15% a los servicios de computación en la nube. Estas cifras, presentadas por Ochoa como indicadores de la posición competitiva europea, muestran una reducción de la participación del continente en los mercados tecnológicos que han ido adquiriendo protagonismo durante las últimas décadas. El presidente de Telefónica España también sostuvo que la inversión estadounidense en inteligencia artificial es once veces superior a la realizada en el conjunto de Europa, una comparación que utilizó para destacar las diferencias existentes en capacidad financiera y desarrollo tecnológico. Conviene precisar que estos porcentajes y esta relación de inversión corresponden a las cifras expuestas por el directivo durante el encuentro y que las informaciones publicadas no detallan la metodología empleada para calcularlas. En cualquier caso, sus declaraciones sitúan la financiación y la capacidad de desarrollar tecnología propia entre los principales asuntos que, a juicio de la operadora, deben abordar las instituciones y las empresas europeas.
La autonomía tecnológica constituye otro de los elementos fundamentales de la posición defendida por Telefónica. Ochoa ha advertido de los riesgos que puede representar una dependencia excesiva de tecnologías desarrolladas y controladas fuera del continente europeo, especialmente en un momento en el que la inteligencia artificial está adquiriendo una importancia creciente para las empresas y las administraciones públicas. La principal preocupación de Telefónica es que Europa termine dependiendo de proveedores tecnológicos extranjeros para desarrollar actividades esenciales de su economía digital, sin disponer de capacidades propias suficientes para garantizar su autonomía. Esta cuestión también ha sido abordada por el presidente del grupo, Marc Murtra, quien durante el Mobile World Congress celebrado en Barcelona en marzo de 2026 defendió la necesidad de fortalecer la industria tecnológica europea y desarrollar capacidades propias en ámbitos como la inteligencia artificial, la ciberseguridad y las infraestructuras digitales. En aquella intervención, Murtra reclamó una mayor dimensión empresarial, un entorno regulatorio favorable a la creación de tecnología y una mayor rapidez en la adopción de decisiones. Su planteamiento coincide con las prioridades expuestas ahora por Ochoa y refleja una posición corporativa mantenida a lo largo del año, tal como se recoge en el análisis de El País sobre la necesidad de desarrollar grandes proveedores tecnológicos europeos.
La dimensión de las empresas europeas de telecomunicaciones ocupa un lugar destacado dentro de este debate. Ochoa ha señalado que el mercado europeo presenta una estructura mucho más fragmentada que el estadounidense, circunstancia que, según su planteamiento, dificulta la concentración de recursos necesaria para afrontar inversiones tecnológicas de gran magnitud. En su intervención comparó la existencia de aproximadamente 35 o 40 operadores en Europa con los tres grandes operadores del mercado estadounidense. Telefónica considera que las empresas europeas necesitan alcanzar una mayor escala para disponer de recursos suficientes con los que invertir en inteligencia artificial, infraestructuras digitales y nuevas tecnologías. Esta posición se corresponde con la defendida anteriormente por Murtra, quien ha solicitado a las autoridades comunitarias que faciliten el crecimiento de las compañías europeas para aumentar su capacidad de inversión. El debate sobre la consolidación del sector se desarrolla en un mercado donde la expansión de los centros de datos, la infraestructura informática y los sistemas de inteligencia artificial exige importantes recursos financieros. En agosto de 2026, la información publicada por El País sobre la búsqueda de hiperescaladores tecnológicos europeos recogía una estimación de Moody's Ratings según la cual seis grandes compañías estadounidenses vinculadas a los servicios tecnológicos y de infraestructura digital destinarían conjuntamente alrededor de 700.000 millones de dólares a inversiones de capital durante 2026. Esta cifra, referida a las inversiones de capital de esas compañías y no exclusivamente a inteligencia artificial, permite contextualizar la magnitud de los recursos movilizados por los principales grupos tecnológicos internacionales.
La regulación europea constituye igualmente uno de los principales puntos de atención para la operadora. Durante su intervención, Ochoa reclamó que las normas comunitarias se adapten con mayor rapidez a las características actuales del mercado tecnológico. Como ejemplo, mencionó la regulación sobre acceso a infraestructuras, cuyo planteamiento original se remonta a aproximadamente dos décadas, y cuestionó su adecuación a las necesidades presentes del sector. El directivo considera necesario actualizar el marco regulatorio europeo y acelerar los procesos de decisión para que las empresas puedan responder a una evolución tecnológica que introduce novedades de manera continua. Este planteamiento se incorpora a un debate más amplio dentro de la Unión Europea sobre cómo impulsar la innovación sin renunciar a las garantías jurídicas, la protección de los ciudadanos y la gestión de los riesgos asociados a la inteligencia artificial. La necesidad de simplificar determinados procedimientos regulatorios y favorecer un entorno de inversión más competitivo también ha sido abordada en encuentros empresariales recientes, como el Policy Day de Telefónica dedicado a los retos de la soberanía tecnológica europea, en el que representantes institucionales y empresariales analizaron la necesidad de movilizar financiación, reforzar las infraestructuras digitales y energéticas y reducir las dependencias tecnológicas críticas.
Las dificultades europeas para desarrollar un ecosistema tecnológico competitivo también están relacionadas con la disponibilidad de financiación, la formación de profesionales especializados y la capacidad de las empresas para transformar las innovaciones en aplicaciones productivas. La inteligencia artificial requiere recursos informáticos, centros de datos, conectividad, programas especializados y personal capacitado para diseñar, implantar y supervisar los sistemas. En este contexto, la competitividad europea depende tanto de la inversión en nuevas tecnologías como de la capacidad de las empresas para incorporarlas eficazmente a sus actividades y obtener mejoras verificables de productividad. Esta perspectiva también ha sido destacada por Borja Ochoa en las declaraciones recogidas por Directivos y Empresas sobre el papel de la inteligencia artificial y la soberanía tecnológica en la competitividad empresarial. En ellas, el responsable de Telefónica España explicó que la transformación de las organizaciones no debe limitarse a incorporar herramientas tecnológicas, sino que debe incluir el análisis y rediseño de los procesos, la formación de los trabajadores, el control de los costes y la evaluación de los resultados obtenidos. También destacó la importancia de que los equipos directivos impulsen estos cambios y de que las empresas conozcan dónde se almacenan sus datos, quién controla sus operaciones y hasta qué punto dependen de tecnologías desarrolladas por terceros.
En España, la posición de Telefónica también se ha traducido en iniciativas empresariales y contactos institucionales relacionados con el desarrollo de la inteligencia artificial. En septiembre de 2026, Marc Murtra trasladó al ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, el interés de la compañía en participar activamente en las iniciativas públicas destinadas a impulsar esta tecnología. Según informó Cinco Días en su información sobre la intención de Telefónica de liderar el despliegue de la inteligencia artificial en España, el encuentro se produjo en el contexto de la presentación del plan estatal IA360 y permitió abordar las posibilidades de colaboración entre la operadora y las administraciones. Telefónica ha desarrollado diferentes proyectos de inteligencia artificial aplicada a la automatización empresarial, la gestión de redes, la atención al cliente y el análisis de información. Entre las iniciativas comunicadas figuran soluciones de asistentes virtuales, herramientas de análisis y automatización para empresas y proyectos tecnológicos vinculados a la utilización de inteligencia artificial en infraestructuras de telecomunicaciones. La estrategia de Telefónica combina la transformación de sus propias operaciones con el desarrollo de servicios tecnológicos para otras empresas y administraciones públicas. Esta orientación empresarial está relacionada con la importancia que la compañía concede al mercado corporativo y a la incorporación de herramientas de inteligencia artificial en actividades económicas concretas.
La reorganización de Telefónica también está relacionada con la integración de sus diferentes capacidades tecnológicas y comerciales. La operadora ha decidido integrar operativamente Telefónica Tech dentro de la estructura de Telefónica España, manteniendo la independencia jurídica de la filial, pero situando su gestión bajo la división nacional presidida por Borja Ochoa. Esta medida busca coordinar las actividades relacionadas con inteligencia artificial, ciberseguridad, computación en la nube y servicios digitales con la oferta tradicional de conectividad de la compañía. El objetivo empresarial es simplificar la estructura comercial y ofrecer a empresas y administraciones una propuesta tecnológica más integrada, capaz de combinar telecomunicaciones, servicios digitales e inteligencia artificial. La reorganización, descrita en la información de Cinco Días sobre los planes tecnológicos y corporativos de Telefónica, forma parte del proceso de transformación mediante el que la compañía pretende reforzar su posición en el mercado empresarial y ampliar la presencia de sus soluciones digitales.
La necesidad de fortalecer las capacidades tecnológicas europeas también ha sido abordada por Telefónica desde una perspectiva institucional. Durante el encuentro celebrado en el Espacio Fundación Telefónica bajo el título Retos de la soberanía tecnológica europea: visión empresarial, representantes del sector público y de grandes compañías analizaron las condiciones necesarias para reforzar la autonomía digital del continente. Entre las cuestiones examinadas figuraron la inversión en conectividad, inteligencia artificial, supercomputación y ciberseguridad, así como la necesidad de fortalecer las infraestructuras digitales y energéticas y reducir dependencias críticas en ámbitos como los datos, los semiconductores y las cadenas de suministro. Según recoge la información sobre el encuentro organizado por Telefónica para analizar la soberanía tecnológica europea, los participantes también destacaron la importancia de contar con una regulación más sencilla y predecible, procedimientos administrativos ágiles y mecanismos que faciliten la inversión empresarial. La soberanía tecnológica europea no depende únicamente de la regulación, sino también de la capacidad efectiva para financiar, desarrollar, desplegar y mantener tecnologías e infraestructuras propias. Este planteamiento proporciona un contexto adicional a las declaraciones de Borja Ochoa y permite situarlas dentro de las prioridades estratégicas que la compañía viene defendiendo públicamente.
Las declaraciones realizadas en el Congreso de Directivos de APD reflejan, en definitiva, la preocupación de Telefónica por la posición de Europa en una transformación tecnológica que está modificando los procesos productivos y las necesidades de inversión de las empresas. La operadora considera que el continente debe mejorar su capacidad para desarrollar tecnologías propias, fortalecer sus infraestructuras digitales, favorecer una mayor dimensión empresarial y adaptar los mecanismos regulatorios a la velocidad de evolución del sector. Al mismo tiempo, las instituciones comunitarias mantienen el objetivo de compatibilizar la innovación con la protección de los derechos y la gestión de los riesgos asociados a la inteligencia artificial. El mensaje central trasladado por Telefónica es que Europa necesita aumentar su capacidad de inversión, reducir determinadas dependencias tecnológicas y acelerar su adaptación a la inteligencia artificial para mejorar su posición frente a Estados Unidos y Asia. Las cifras expuestas por Ochoa, los programas de transformación interna de la compañía y las posiciones expresadas por otros responsables empresariales e institucionales sitúan este debate entre las cuestiones relevantes para el futuro de la competitividad tecnológica europea.
TELEFÓNICA Y EL DISCURSO DEL MIEDO TECNOLÓGICO: CUANDO LA SOBERANÍA DIGITAL EUROPEA SE CONVIERTE EN COARTADA PARA LOS INTERESES CORPORATIVOS
Murtra, Gayo y Ochoa presentan la concentración empresarial como una respuesta estratégica al retraso tecnológico europeo. Sin embargo, las cifras de inversión en investigación y desarrollo, las conclusiones de los reguladores y las propias decisiones de Telefónica cuestionan que la reducción de competidores constituya el camino necesario hacia la soberanía digital. El problema no es reconocer las debilidades de Europa, sino utilizar esas debilidades para defender medidas cuya utilidad pública sigue sin demostrarse.
1. El apocalipsis tecnológico europeo y sus beneficiarios empresariales
Existe una constante cada vez más reconocible en las declaraciones de los principales directivos de Telefónica: cuanto más complejo se vuelve el escenario tecnológico internacional, más sencilla parece ser la solución que proponen (la falta de ideas y credibilidad se vuelve más acusada). Europa pierde competitividad frente a Estados Unidos y China porque su mercado está fragmentado, sus empresas no disponen de suficiente dimensión, la regulación limita su capacidad de actuación y las instituciones comunitarias no comprenden la velocidad a la que se transforma la economía digital. La conclusión, repetida con diferentes formulaciones por Marc Murtra, Emilio Gayo y Borja Ochoa, termina desembocando en una misma reivindicación: facilitar la consolidación empresarial, flexibilizar las condiciones regulatorias y permitir que las grandes operadoras europeas alcancen una escala superior (y de ese bucle no salen). La aparente contundencia del diagnóstico contrasta, sin embargo, con la escasa atención que se presta a una cuestión fundamental: demostrar que las soluciones propuestas resolverían efectivamente las debilidades tecnológicas que se denuncian y no se limitarían a mejorar la posición competitiva y financiera de quienes las reclaman.
Las recientes declaraciones de Borja Ochoa, presidente de Telefónica España, constituyen un ejemplo especialmente ilustrativo de esta estrategia argumental. El directivo ha advertido de que Europa obtiene apenas el 4% de los ingresos mundiales relacionados con la inteligencia artificial, frente a participaciones superiores en anteriores etapas de desarrollo tecnológico, y ha señalado que la inversión estadounidense en inteligencia artificial multiplica por once la europea. A partir de estas cifras, cuya metodología no aparece suficientemente detallada en la información de partida, plantea la necesidad de acelerar la transformación empresarial y adaptar las condiciones regulatorias. El problema no reside en reconocer la existencia de una brecha tecnológica, que está ampliamente documentada, sino en utilizar esa realidad para construir una interpretación interesada en la que la fragmentación del mercado aparece como uno de los grandes obstáculos y la concentración empresarial como una respuesta prácticamente inevitable.
El maniqueísmo del planteamiento consiste precisamente en presentar un problema multidimensional como si respondiera fundamentalmente a una única deficiencia estructural. Europa dispone de un tejido industrial, científico y tecnológico heterogéneo, con fortalezas en determinados sectores y debilidades en otros, mientras que Estados Unidos concentra una parte extraordinariamente elevada de la inversión mundial en software, plataformas digitales e infraestructuras de computación. Confundir esas diferencias de especialización productiva con un simple problema de dimensión de las operadoras de telecomunicaciones supone reducir artificialmente la complejidad del debate. Más preocupante todavía resulta que esa simplificación desplace la atención de las decisiones estratégicas adoptadas por los propios equipos directivos durante décadas, como si las grandes compañías europeas hubieran sido espectadoras pasivas de una transformación tecnológica sobre la que no tuvieron capacidad de decisión.
La regulación puede condicionar la actividad empresarial, pero no decide por los directivos qué tecnologías desarrollar, qué activos vender, qué plataformas integrar ni cuánto invertir en investigación propia.
2. El Scoreboard europeo: los datos que cuestionan el relato de Telefónica
La primera comprobación de las afirmaciones de Telefónica debe realizarse mediante indicadores objetivos de inversión tecnológica. Para ello, el documento más relevante es el EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025 de la Comisión Europea, publicado el 22 de diciembre de 2025 por el Centro Común de Investigación. Este informe analiza las 2.000 empresas que más invierten en investigación y desarrollo en el mundo, responsables de más del 90% de la I+D financiada por el sector empresarial, y permite identificar tanto la distribución geográfica de la inversión como los sectores que concentran los mayores recursos. Sus conclusiones confirman que existe una brecha importante entre Europa y Estados Unidos, pero también revelan que esa diferencia está estrechamente relacionada con la especialización tecnológica de las empresas, particularmente con el dominio estadounidense en software, hardware avanzado y plataformas digitales. No se trata, por tanto, de una cuestión que pueda reducirse al número de operadores de telecomunicaciones existentes en cada mercado.
Tabla 1. Distribución mundial de la inversión empresarial en I+D
Ejercicio 2024. Datos publicados en diciembre de 2025.
|
Indicador |
Unión Europea |
Estados Unidos |
China |
Japón |
|
Empresas entre las 2.000 mayores inversoras |
318 |
674 |
525 |
192 |
|
Participación en la I+D mundial analizada |
16,2 % |
47,1 % |
16,1 % |
7,8 % |
|
Inversión aproximada en I+D |
234.300 M€ |
681.200 M€ |
232.800 M€ |
112.800 M€ |
|
Crecimiento nominal de la I+D en 2024 |
2,9 % |
7,8 % |
3,9 % |
7,1 % |
|
Relación de inversión respecto a la UE |
1,00 |
2,91 |
0,99 |
0,48 |
Fuente: Comisión Europea, Scoreboard 2025. Importes aproximados calculados a partir de los porcentajes regionales publicados.
Los resultados permiten extraer varias conclusiones que deberían ocupar un lugar central en cualquier debate serio sobre la competitividad europea. Las compañías estadounidenses incluidas en el Scoreboard invierten aproximadamente 2,9 veces más en investigación y desarrollo que las europeas, mientras que China presenta una participación prácticamente equivalente a la de la Unión Europea. Además, el crecimiento de la inversión estadounidense en 2024, del 7,8%, supera ampliamente el 2,9% registrado por las empresas europeas, lo que indica que la distancia puede ampliarse si persisten las tendencias actuales. Sin embargo, estas cifras no demuestran que la causa de la diferencia sea la fragmentación de las telecomunicaciones europeas. Lo que muestran es una distribución desigual de la inversión empresarial, cuya explicación exige examinar la composición sectorial, los modelos de negocio y las estrategias de innovación de las compañías.
La cuestión resulta todavía más evidente cuando se analiza dónde se concentra la inversión mundial. Según el mismo informe de la Comisión Europea sobre inversión industrial en I+D, cuatro sectores representan más del 80% de la investigación y desarrollo de las 2.000 empresas estudiadas: software TIC, hardware TIC, salud y automoción. Las empresas estadounidenses dominan especialmente las dos primeras categorías, mientras que Europa mantiene una posición relevante en automoción y otras actividades industriales. Esta distribución ayuda a comprender por qué las grandes plataformas digitales estadounidenses acumulan una capacidad investigadora extraordinaria, pero también demuestra que el problema europeo no consiste simplemente en carecer de empresas suficientemente grandes. Consiste, fundamentalmente, en no disponer de una presencia comparable en los segmentos tecnológicos que concentran una proporción creciente del valor económico mundial.
Tabla 2. Sectores que concentran la inversión mundial en investigación y desarrollo
|
Sector |
Participación mundial en I+D |
Inversión aproximada |
|
Software TIC |
24,9 % |
360.100 M€ |
|
Hardware TIC |
22,0 % |
318.200 M€ |
|
Industria sanitaria |
19,9 % |
287.800 M€ |
|
Automoción |
13,6 % |
196.700 M€ |
|
Resto de sectores |
19,6 % |
283.400 M€ |
|
Total |
100 % |
1.446.200 M€ |
Fuente: EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025. Importes aproximados derivados de los porcentajes publicados.
El software y el hardware TIC concentran conjuntamente el 46,9% de la inversión mundial analizada, mientras que las empresas estadounidenses representan el 77% de la I+D del sector de software TIC. Este dato sitúa el problema en una dimensión bastante diferente de la que domina el discurso de los directivos de Telefónica. La ventaja estadounidense no procede exclusivamente de disponer de grandes compañías, sino de que esas compañías han desarrollado plataformas, sistemas operativos, infraestructuras de computación, herramientas de inteligencia artificial y ecosistemas tecnológicos capaces de operar globalmente. Son empresas que controlan una parte fundamental de las tecnologías sobre las que se desarrolla la economía digital, mientras que numerosas operadoras europeas concentran su actividad en proporcionar conectividad y comercializar servicios que utilizan tecnologías desarrolladas por terceros (hacen de agregadores).
Esta diferencia entre posiciones dentro de la cadena de valor es determinante. Una compañía puede alcanzar una facturación elevada, disponer de millones de clientes y controlar extensas redes de telecomunicaciones sin poseer las plataformas tecnológicas que capturan una parte creciente de los beneficios de la digitalización. Por eso, cuando Murtra, Gayo u Ochoa defienden que las operadoras necesitan aumentar su tamaño, deberían explicar qué relación existe entre ese crecimiento y el desarrollo efectivo de capacidades tecnológicas propias. Una fusión puede incrementar ingresos, reducir determinados costes y mejorar la capacidad financiera de una empresa, pero no convierte automáticamente a un operador de telecomunicaciones en un desarrollador de inteligencia artificial, software avanzado o plataformas de computación. La escala empresarial no sustituye a la especialización tecnológica, del mismo modo que disponer de más clientes no equivale a poseer más conocimiento industrial.
3. Los hiperescaladores: una dimensión tecnológica que las fusiones no garantizan
El análisis de las grandes plataformas estadounidenses permite identificar otro aspecto esencial. El Scoreboard europeo de 2025 sitúa a Amazon como el mayor inversor empresarial mundial en investigación y desarrollo, con aproximadamente 65.000 millones de euros en el año 2024, mientras que las cinco mayores compañías del ranking concentran alrededor del 15% de la inversión mundial de las 2.000 empresas analizadas. Esta acumulación de recursos permite financiar proyectos tecnológicos de enorme complejidad, desarrollar infraestructuras de computación, contratar personal investigador y sostener inversiones cuyo retorno puede requerir varios años. También plantea problemas de concentración económica y dependencia tecnológica, pero constituye una realidad que no puede explicarse exclusivamente mediante el número de competidores presentes en sus respectivos mercados.
Tabla 3. Indicadores de concentración de la inversión tecnológica
|
Indicador |
Magnitud |
|
I+D mundial de las 2.000 mayores empresas |
1.446.000 M€ |
|
Participación aproximada de las cinco mayores inversoras |
15% |
|
I+D conjunta aproximada de esas cinco empresas |
216.900 M€ |
|
I+D estimada de Amazon |
65.000 M€ |
|
Participación del software TIC en la I+D mundial |
24,9% |
|
Participación estadounidense en I+D del software TIC |
77% |
|
Crecimiento del capex de empresas estadounidenses de software TIC |
50,5% |
|
Crecimiento del capex agregado mundial de las empresas analizadas |
7,7% |
Fuente: Comisión Europea, EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025. La inversión conjunta de las cinco mayores compañías es una aproximación basada en su participación agregada.
La información resulta particularmente significativa cuando se incorpora la inversión de capital. En el año 2024, el gasto agregado en activos productivos de las empresas incluidas en el Scoreboard aumentó un 7,7%, mientras que entre las compañías estadounidenses de software TIC el incremento alcanzó el 50,5%, impulsado fundamentalmente por la expansión de centros de datos e infraestructuras vinculadas a la inteligencia artificial. Conviene distinguir rigurosamente esta inversión de capital de la destinada a investigación y desarrollo: construir centros de datos, adquirir equipamiento o ampliar instalaciones no equivale contablemente a financiar investigación científica, aunque ambas actividades puedan formar parte de una misma estrategia tecnológica. Precisamente por eso, cualquier comparación entre la inversión europea y estadounidense debe identificar qué magnitudes utiliza. Mezclar I+D, inversión de capital y financiación de empresas emergentes bajo una única etiqueta de inversión en inteligencia artificial puede producir resultados espectaculares, pero metodológicamente poco esclarecedores.
Esta cuestión también ha sido abordada desde una perspectiva crítica en el post del blog «Del “palletismo” 1.0 al 2.0: Telefónica y el naufragio anunciado en el Scoreboard europeo de I+D», publicado en diciembre de 2025. El análisis confronta la inversión de las grandes plataformas tecnológicas estadounidenses con la de las operadoras europeas y plantea una cuestión que merece especial atención: la diferencia entre invertir en tecnologías que generan propiedad intelectual y limitarse fundamentalmente a desplegar infraestructuras o comercializar servicios basados en soluciones ajenas. Aunque las comparaciones entre sectores requieren cautela metodológica, el argumento central resulta pertinente: el tamaño de una empresa no determina automáticamente su capacidad de innovación, especialmente cuando su estrategia tecnológica continúa dependiendo de plataformas desarrolladas por terceros como sucede a Telefónica.
Aquí aparece una diferencia estratégica que el discurso de Telefónica apenas desarrolla. Las grandes plataformas estadounidenses están ampliando simultáneamente sus capacidades de investigación, sus infraestructuras de computación y sus ecosistemas comerciales, mientras que buena parte de las reivindicaciones de las operadoras europeas se concentra en modificar las condiciones de competencia de sus mercados tradicionales. La concentración de operadores puede contribuir a determinadas economías de escala, pero no garantiza que los recursos obtenidos se destinen a crear tecnologías capaces de disputar el dominio de los hiperescaladores. Para que esa relación pudiera sostenerse sería necesario conocer qué inversiones adicionales se comprometerían, qué proyectos tecnológicos se desarrollarían, qué propiedad intelectual se generaría y qué mecanismos permitirían verificar los resultados.
La verdadera brecha no se encuentra únicamente entre empresas grandes y pequeñas, sino entre quienes desarrollan las plataformas que estructuran la economía digital y quienes dependen de ellas para comercializar sus servicios.
4. La soberanía tecnológica según Telefónica: vender infraestructuras y comercializar plataformas ajenas
La defensa de la soberanía tecnológica constituye uno de los elementos más recurrentes del discurso de Telefónica. Ochoa advierte de que Europa corre el riesgo de depender de proveedores extranjeros para desarrollar actividades esenciales, mientras Murtra insiste en la necesidad de fortalecer la industria tecnológica europea y disponer de mayores capacidades propias. Ambas preocupaciones resultan legítimas, especialmente en un contexto internacional caracterizado por tensiones geopolíticas, concentración de proveedores y creciente importancia estratégica de los datos y la inteligencia artificial. Sin embargo, la credibilidad de esas reivindicaciones exige examinar las decisiones empresariales adoptadas por la propia operadora, porque existe una diferencia considerable entre defender públicamente la autonomía tecnológica y desarrollar un modelo de negocio que reduzca efectivamente las dependencias estructurales.
El 8 de mayo de 2019, Telefónica anunció oficialmente la venta de once centros de datos a Asterion Industrial Partners por 550 millones de euros. La operación incluía instalaciones situadas en siete países, con una capacidad conjunta de 29 megavatios, y contemplaba una plusvalía estimada de aproximadamente 260 millones de euros antes de impuestos y minoritarios. La compañía explicó que la transacción se acompañaría de un contrato de prestación de servicios de alojamiento que permitiría mantener su oferta comercial y continuar atendiendo a sus clientes. Se trataba, por tanto, de una operación mediante la cual Telefónica transmitía la propiedad de determinados activos físicos mientras conservaba el acceso operativo necesario para seguir prestando servicios.
Tabla 4. La venta de centros de datos de Telefónica en 2019
|
Indicador |
Dato documentado |
|
Fecha del anuncio |
8 de mayo de 2019 |
|
Comprador |
Asterion Industrial Partners |
|
Centros de datos incluidos |
11 |
|
Países afectados |
7 |
|
Capacidad instalada conjunta |
29 MW |
|
Precio anunciado |
550 M€ |
|
Plusvalía estimada antes de impuestos y minoritarios |
260 M€ |
|
Plusvalía estimada / precio de venta |
47,3% |
|
Acuerdo operativo posterior |
Contrato de servicios de alojamiento |
Fuente: Comunicación oficial de Telefónica sobre la operación de 2019.
La operación plantea una cuestión que no puede resolverse recurriendo únicamente a la necesidad de optimizar recursos financieros. Si el control de determinadas infraestructuras digitales constituye una condición estratégica para garantizar la autonomía tecnológica, resulta razonable preguntar por ejemplo al consejero delegado Emilio Gayo, ¿por qué una compañía que hoy reivindica ese principio decidió desprenderse de activos de centros de datos y mantener posteriormente su utilización mediante contratos de servicios? No se trata de afirmar que la venta fuera necesariamente equivocada, porque su valoración exigiría conocer la rentabilidad de los activos, las necesidades financieras de la empresa y las alternativas disponibles. Se trata de exigir coherencia entre las decisiones de gestión y el discurso institucional. La compañía puede argumentar que el control comercial y operativo resulta suficiente para su modelo de negocio, pero entonces debería explicar, ¿qué entiende exactamente por soberanía tecnológica y por qué considera imprescindible para Europa un grado de autonomía que no siempre parece haber priorizado en sus propias decisiones patrimoniales?
La venta fue comunicada públicamente por Telefónica, por lo que no sería correcto atribuir a Emilio Gayo una ocultación de la operación sin pruebas adicionales. La crítica relevante no reside en negar la publicidad de aquella decisión, sino en exigir al actual equipo directivo una explicación sobre su coherencia con la estrategia tecnológica que hoy defiende. Porque la soberanía no puede utilizarse como un concepto de geometría variable: imprescindible cuando sirve para reclamar cambios regulatorios, pero secundario cuando determinadas operaciones financieras aconsejan desprenderse de activos.
La misma contradicción aparece en el negocio de servicios en la nube. Telefónica ha desarrollado alianzas con grandes proveedores tecnológicos internacionales, entre ellos Google Cloud, para comercializar soluciones destinadas a empresas y administraciones. En mayo de 2026, ambas compañías anunciaron una alianza para ofrecer soluciones de nube soberana a organizaciones españolas. La propuesta incorpora garantías relevantes de residencia de datos, seguridad, cifrado y gestión operativa, pero no implica necesariamente que Telefónica controle las tecnologías fundamentales sobre las que funcionan los servicios. La distinción es esencial, porque disponer de capacidades de integración y comercialización no equivale a poseer la infraestructura tecnológica, el software y los sistemas que hacen posible la prestación.
Tabla 5. Integración tecnológica frente a soberanía efectiva
|
Dimensión |
Integración de plataformas extranjeras |
Desarrollo de capacidades europeas propias |
|
Infraestructura física |
Puede pertenecer a terceros |
Puede permanecer bajo control europeo |
|
Software fundamental |
Dependencia del proveedor |
Capacidad de desarrollo y mantenimiento propio |
|
Propiedad intelectual |
Control limitado sobre componentes externos |
Mayor control sobre tecnologías desarrolladas |
|
Datos |
Posibilidad de residencia y protección contractual |
Posibilidad de control técnico y jurídico más amplio |
|
Actualizaciones |
Dependencia parcial o total del proveedor |
Mayor autonomía sobre evolución tecnológica |
|
Sustitución del proveedor |
Condicionada por interoperabilidad y costes de migración |
Potencialmente más flexible con estándares abiertos |
|
Captura de valor |
Repartida entre integrador y proveedor |
Mayor posibilidad de retener valor tecnológico en Europa |
Fuente: elaboración analítica. La comparación no constituye una auditoría de los contratos concretos de Telefónica.
La distinción permite identificar el verdadero alcance de las soluciones denominadas soberanas. Una nube puede ofrecer residencia europea de datos, mecanismos de cifrado y controles operativos sin que ello implique independencia respecto del fabricante de la plataforma. La soberanía jurídica sobre la información, la autonomía operativa y la soberanía tecnológica constituyen dimensiones relacionadas, pero no equivalentes. Una empresa europea puede proporcionar garantías importantes a sus clientes utilizando tecnología estadounidense y, al mismo tiempo, continuar dependiendo del proveedor para actualizar componentes esenciales, mantener determinados servicios o acceder a nuevas funcionalidades. Por eso resulta problemático utilizar el concepto de soberanía sin especificar qué capacidades se controlan realmente y cuáles permanecen en manos de terceros.
La paradoja de Telefónica es que denuncia una dependencia tecnológica europea que su propio negocio de integración no necesariamente contribuye a eliminar. Integrar tecnología no es lo mismo que desarrollarla, comercializar servicios no equivale a controlar sus componentes fundamentales y poner una etiqueta de soberanía sobre una solución no modifica automáticamente la nacionalidad ni el control de la tecnología que la sustenta.
5. BEREC desmonta la supuesta incompatibilidad entre competencia e inversión
La defensa de una mayor concentración empresarial constituye probablemente el elemento más controvertido del discurso que hoy abandera la Telefónica de Murtra, Gayo y Ochoa. Ochoa ha comparado la existencia de aproximadamente 35 o 40 operadores europeos con los tres grandes operadores estadounidenses para ilustrar la supuesta fragmentación del mercado comunitario. Sin embargo, esa comparación presenta limitaciones evidentes, porque enfrenta una unión de 27 Estados con diferentes estructuras económicas, territoriales y regulatorias con un único mercado nacional. Además, el número agregado de operadores no permite conocer por sí solo la intensidad de la competencia, las barreras de entrada, las condiciones mayoristas ni el poder de mercado de cada empresa. Utilizar esa cifra como argumento general para defender la consolidación supone simplificar una realidad económica que requiere un análisis mucho más preciso.
El 6 de octubre de 2026, el Organismo de Reguladores Europeos de las Comunicaciones Electrónicas (BEREC) publicó el informe «Europe’s telecom sector delivers great value for money and shows progress, but still has ground to cover on some dimensions». Sus conclusiones introducen una perspectiva especialmente incómoda para el discurso de las grandes operadoras: los consumidores europeos se benefician de servicios de banda ancha comparativamente asequibles, el sector mantiene una situación financiera globalmente resistente y el marco regulatorio comunitario ha contribuido a crear mercados dinámicos que favorecen la innovación y la inversión. El organismo también reconoce debilidades en determinadas prestaciones y la necesidad de continuar desplegando redes de nueva generación, pero no respalda la idea de que el modelo europeo esté condenado al estancamiento por exceso de competencia (este informe ni Ochoa, Murtra o Gayo se lo leyeron, y si lo hicieron no sacaron las conclusiones correctas a tenor de sus declaraciones).
La conclusión más relevante del informe aparece en su análisis de las operaciones de consolidación. BEREC señala expresamente que la evidencia examinada no demuestra que una mayor escala produzca automáticamente más inversión, innovación o competitividad. Añade que las operaciones de concentración pueden generar efectos negativos para los consumidores y que los estudios considerados identifican incrementos de precios a corto y medio plazo después de determinadas fusiones, incluso cuando se establecen medidas correctoras. Esta conclusión no constituye una prohibición general de las concentraciones empresariales, pero sí cuestiona directamente la pretensión de presentarlas como una respuesta necesaria al retraso tecnológico europeo.
Tabla 6. Conclusiones de BEREC sobre competencia, inversión y consolidación
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Aspecto analizado |
Conclusión del regulador |
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Precios de banda ancha |
Europa presenta algunos de los precios más bajos entre las jurisdicciones comparadas |
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Comparación con Estados Unidos |
Los precios europeos son significativamente inferiores |
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Situación financiera |
El sector europeo mantiene resiliencia global |
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Competencia |
Contribuye a mejorar precios y condiciones para los consumidores |
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Regulación europea |
Ha favorecido mercados dinámicos, inversión e innovación |
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Concentración empresarial |
No existe evidencia clara de que produzca automáticamente mayor inversión |
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Fusiones y precios |
Se han observado incrementos de precios tras determinadas operaciones |
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Despliegue de redes |
Existen avances, aunque todavía quedan necesidades de cobertura |
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Velocidades de descarga |
Europa mantiene desventajas frente a algunos referentes internacionales |
Fuente: BEREC, informe comparativo publicado el 6 de octubre de 2026.
Estas conclusiones tienen una importancia considerable porque desmontan la relación automática entre concentración, rentabilidad e inversión. Cuando dos operadores se fusionan, pueden obtener economías de escala, reducir duplicidades y mejorar determinados indicadores financieros, pero también pueden disminuir las alternativas disponibles para los consumidores y debilitar la presión competitiva. El incremento de recursos obtenido por una empresa tras una concentración no garantiza que esos fondos se destinen a desplegar nuevas redes o desarrollar tecnologías propias. También pueden utilizarse para reducir deuda, financiar adquisiciones, remunerar a los accionistas o mejorar los márgenes de explotación. Por tanto, sostener que una menor competencia producirá necesariamente mayor innovación exige demostrar cómo se transformarán las ganancias de eficiencia en inversiones adicionales y qué mecanismos permitirán comprobar que esos compromisos se cumplen.
El contraste entre el discurso corporativo y las conclusiones regulatorias ha sido desarrollado también en el blog en el siguiente post «BEREC pone contra las cuerdas la estrategia de Murtra y Gayo para Telefónica», publicado en octubre de 2026. Su tesis central resulta pertinente: la existencia de un mercado europeo competitivo no constituye por sí misma una explicación suficiente del retraso tecnológico, especialmente cuando el regulador identifica beneficios relevantes para los consumidores y no encuentra pruebas claras de que la consolidación garantice mayores inversiones.
La comparación con Estados Unidos tampoco permite concluir que un mercado más concentrado produzca automáticamente mejores resultados. La experiencia internacional muestra que las diferencias de cobertura, calidad, precios y adopción tecnológica dependen de múltiples factores, entre ellos la densidad de población, la geografía, las políticas públicas, las condiciones de acceso a infraestructuras y las estrategias de inversión. Precisamente por eso, el análisis de BEREC debe utilizarse en toda su complejidad y no únicamente seleccionando los indicadores que favorezcan una posición determinada. Europa presenta ventajas en asequibilidad y determinados ámbitos de despliegue, pero también mantiene retrasos en algunas prestaciones. La existencia simultánea de fortalezas y debilidades es incompatible con la narrativa de un modelo europeo globalmente fracasado por exceso de competencia.
El oligopolio que hoy proponen los directivos de Telefónica no constituye una política industrial, y la reducción del número de competidores no puede presentarse como una garantía de progreso tecnológico cuando también puede reducir los incentivos para mejorar precios, servicios e innovación.
6. La regulación europea: proteger la competencia no es impedir el progreso
La insistencia de Telefónica en modificar el marco regulatorio europeo merece analizarse desde una perspectiva más amplia que la estrictamente empresarial. El mercado interior de la Unión Europea se fundamenta en principios de competencia, integración económica, protección de los consumidores y desarrollo sostenible, entre otros objetivos. Los artículos 101 y 102 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, explicados en la documentación oficial de la Comisión Europea sobre las normas de competencia, establecen mecanismos para impedir determinadas restricciones de la competencia y abusos de posición dominante. Estas normas no prohíben la existencia de grandes compañías ni impiden las fusiones cuando resultan compatibles con el funcionamiento del mercado, pero tampoco permiten considerar la rentabilidad de los operadores como un interés superior a los derechos de los consumidores.
La cuestión adquiere especial importancia cuando se utiliza la soberanía tecnológica para justificar una relajación de las condiciones de competencia. Europa necesita empresas capaces de competir internacionalmente, pero también necesita mercados en los que los ciudadanos dispongan de alternativas reales, las pequeñas empresas puedan acceder a infraestructuras y los nuevos operadores encuentren condiciones razonables de entrada. La concentración puede generar determinadas eficiencias, pero sus beneficios deben evaluarse frente a los riesgos de incremento de precios, reducción de opciones comerciales y debilitamiento de la innovación. Por eso, una política industrial rigurosa debería exigir compromisos verificables antes de aceptar que una operación empresarial constituye una contribución al interés general.
La contradicción del discurso corporativo aparece cuando se presenta la regulación como un obstáculo externo sin reconocer que también ha contribuido a configurar un mercado europeo caracterizado por servicios relativamente asequibles y una importante capacidad de despliegue. El propio informe de BEREC de octubre de 2026 destaca el papel del marco regulatorio en la promoción de la competencia y en la generación de valor para los consumidores. Eliminar controles no garantiza que las empresas inviertan más, del mismo modo que facilitar fusiones no asegura que las compañías resultantes desarrollen tecnologías propias. Las instituciones europeas deben modernizar sus procedimientos cuando existan ineficiencias demostrables, pero esa modernización no debería confundirse con una transferencia de poder económico desde los consumidores hacia un número cada vez menor de operadores.
La competitividad europea no puede medirse exclusivamente por los márgenes de sus grandes empresas. También debe evaluarse por la calidad de los servicios, los precios, la innovación, la capacidad de elección y los beneficios que el desarrollo tecnológico proporciona a la sociedad.
7. Airbus: la escala europea también puede construirse mediante cooperación industrial
Uno de los aspectos más discutibles del discurso de Murtra, Gayo y Ochoa es presentar la concentración empresarial como si constituyera prácticamente la única vía para alcanzar escala tecnológica. Europa dispone de una experiencia histórica que permite cuestionar esa interpretación: Airbus. Su desarrollo demuestra que la cooperación industrial entre diferentes países puede generar capacidades tecnológicas de dimensión internacional mediante la coordinación de inversiones, la especialización productiva, la integración de conocimiento y el establecimiento de objetivos estratégicos compartidos. Naturalmente, la industria aeronáutica presenta características diferentes de las telecomunicaciones y Airbus constituye una gran empresa integrada, por lo que su experiencia no puede trasladarse mecánicamente a otros sectores. Sin embargo, el principio que ilustra resulta fundamental: la escala industrial europea también puede construirse mediante proyectos cooperativos y no exclusivamente mediante operaciones destinadas a reducir el número de competidores en los mercados nacionales.
La Unión Europea reúne 27 países con capacidades científicas, industriales y empresariales diferentes, pero potencialmente complementarias. Esa diversidad puede generar dificultades de coordinación, aunque también representa una fuente de conocimiento, especialización y oportunidades de cooperación. Una estrategia europea de inteligencia artificial podría impulsar infraestructuras compartidas de computación, programas conjuntos de investigación, plataformas interoperables, tecnologías abiertas y mecanismos de financiación transfronterizos capaces de aprovechar las fortalezas de diferentes Estados miembros. Del mismo modo, las operadoras podrían colaborar en determinados proyectos tecnológicos precompetitivos sin necesidad de fusionarse comercialmente, siempre que esos acuerdos respetaran las normas de competencia y no se utilizaran para coordinar precios o restringir el mercado.
Tabla 7. Dos modelos para construir escala tecnológica europea
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Dimensión |
Concentración mediante fusiones |
Cooperación industrial europea |
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Objetivo inmediato |
Integración de empresas y operaciones |
Desarrollo de capacidades compartidas |
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Efecto sobre competidores |
Puede reducir su número |
Puede preservar la competencia comercial |
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Economías de escala |
Integración operativa y financiera |
Compartición de investigación e infraestructuras |
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Riesgo competitivo |
Mayor poder de mercado |
Riesgos de coordinación que deben controlarse |
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Desarrollo tecnológico propio |
No está garantizado |
Puede establecerse como objetivo explícito |
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Participación de distintos países |
Depende de la estructura empresarial |
Puede diseñarse para integrar capacidades nacionales |
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Beneficio para consumidores |
Debe demostrarse caso por caso |
Depende de los resultados y de su traslado al mercado |
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Principal limitación |
Riesgo de concentración sin innovación adicional |
Complejidad de gobernanza y coordinación |
Fuente: elaboración analítica a partir de principios de política industrial y competencia.
La tabla permite identificar una diferencia esencial: la escala tecnológica no es necesariamente equivalente a la escala corporativa. Una infraestructura europea de computación puede atender a empresas de diferentes países sin exigir que todas ellas se integren en una única compañía. Un programa conjunto de investigación puede movilizar recursos de múltiples operadores sin eliminar la competencia en servicios. Una plataforma tecnológica compartida puede contribuir a reducir dependencias exteriores mientras permite que diferentes empresas desarrollen aplicaciones y productos propios. Estas alternativas requieren coordinación, financiación y mecanismos de gobernanza, pero no pueden descartarse simplemente porque resulten menos convenientes para determinadas estrategias de consolidación empresarial.
Europa no necesita elegir entre empresas pequeñas e irrelevantes o grandes oligopolios nacionales. Puede construir capacidades tecnológicas compartidas, desarrollar proyectos industriales comunes y mantener simultáneamente la competencia en los mercados donde esta beneficia a los consumidores.
8. Las cifras alarmistas de Ochoa: cuando falta la metodología
Las afirmaciones de Borja Ochoa sobre la participación europea del 4% en los ingresos mundiales relacionados con la inteligencia artificial y sobre una inversión estadounidense once veces superior merecen un examen especialmente cuidadoso. Ambas cifras pueden corresponder a indicadores concretos y resultar válidas dentro de una metodología determinada, pero su utilización pública exige identificar con precisión qué actividades se contabilizan, qué empresas se incluyen, qué periodo se analiza y qué criterios geográficos se aplican. No es lo mismo medir los ingresos de fabricantes de modelos de inteligencia artificial que incorporar servicios de integración, aplicaciones empresariales, plataformas de computación o software que utiliza funciones de IA. Tampoco equivale comparar inversión privada en empresas emergentes, gasto empresarial en investigación, inversión de capital en centros de datos o financiación pública de programas tecnológicos.
La diferencia no es un detalle estadístico. El Scoreboard 2025 de la Comisión Europea muestra que Estados Unidos invierte aproximadamente 2,9 veces más que la Unión Europea en I+D dentro del universo de las 2.000 mayores empresas, mientras que Ochoa menciona una relación de once a uno en inteligencia artificial. Ambas magnitudes podrían ser correctas simultáneamente si se refieren a conceptos distintos, pero precisamente por eso resulta imprescindible conocer la metodología antes de utilizar la segunda como fundamento de una propuesta de transformación regulatoria. Una comparación sin definición suficiente puede transmitir una imagen de retraso generalizado que no se corresponde necesariamente con todos los ámbitos tecnológicos.
Tabla 8. Contraste de las principales afirmaciones cuantitativas
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Afirmación o indicador |
Valor |
Alcance y cautela metodológica |
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Participación europea en ingresos mundiales de IA, según Ochoa |
4% |
Metodología no detallada en el documento de partida |
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Relación de inversión EE. UU./Europa en IA, según Ochoa |
11 a 1 |
Es necesario identificar categorías y periodo |
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Relación de I+D empresarial EE. UU./UE, Scoreboard |
2,91 a 1 |
Comparación verificable para las 2.000 mayores empresas |
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Participación europea en I+D empresarial mundial analizada |
16,2% |
Dato oficial del Scoreboard |
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Participación estadounidense en I+D empresarial mundial analizada |
47,1% |
Dato oficial del Scoreboard |
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Crecimiento de I+D empresarial en la UE |
2,9% |
Ejercicio 2024 |
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Crecimiento de I+D empresarial en Estados Unidos |
7,8% |
Ejercicio 2024 |
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Participación estadounidense en I+D del software TIC |
77% |
Dato sectorial, no de toda la economía digital |
Fuentes: declaraciones atribuidas a Borja Ochoa en el documento analizado y EU Industrial R&D Investment Scoreboard 2025.
La tabla no permite refutar automáticamente las afirmaciones de Ochoa, porque compara indicadores de naturaleza diferente, pero sí demuestra que una discusión rigurosa exige evitar equivalencias que no están justificadas. Una cifra de inversión once veces superior puede resultar llamativa y servir para transmitir urgencia, pero no demuestra por sí sola que la fragmentación de las telecomunicaciones sea la causa del problema ni que las fusiones constituyan su solución. Entre el diagnóstico cuantitativo y la propuesta regulatoria falta una relación causal que debería sustentarse mediante estudios económicos específicos, compromisos de inversión y evaluaciones de impacto.
Cuando una empresa reclama modificaciones regulatorias que pueden alterar la estructura competitiva de un mercado, no basta con presentar cifras alarmantes: debe demostrar que las medidas propuestas producirán beneficios verificables para el conjunto de la sociedad.
9. La responsabilidad de los equipos directivos: la gran ausente del relato
La interpretación del retraso tecnológico europeo que trasladan los principales responsables de Telefónica presenta otra omisión relevante: la responsabilidad de las decisiones empresariales adoptadas durante las últimas décadas. Las grandes operadoras no han sido sujetos pasivos de la transformación digital. Han decidido qué tecnologías desarrollar, qué actividades externalizar, qué empresas adquirir, qué infraestructuras conservar y qué prioridades establecer en sus programas de inversión. También han elegido sus alianzas tecnológicas y sus modelos de relación con los grandes proveedores internacionales. Esas decisiones han condicionado su posición actual dentro de la economía digital y deben formar parte de cualquier explicación rigurosa sobre sus dificultades para competir en ámbitos como la inteligencia artificial o la computación en la nube.
La cuestión resulta especialmente pertinente cuando se observa la trayectoria de Telefónica. La venta de centros de datos anunciada en 2019, el desarrollo de servicios de integración tecnológica y las alianzas con proveedores internacionales como Google Cloud responden a decisiones estratégicas empresariales. Algunas pueden haber contribuido a mejorar la eficiencia o la posición comercial de la compañía, pero también es necesario examinar si han permitido desarrollar capacidades tecnológicas propias o si han reforzado un modelo basado fundamentalmente en comercializar e integrar soluciones externas. La respuesta requiere información detallada sobre inversión en investigación, desarrollo de propiedad intelectual, dependencia de proveedores y resultados económicos de las diferentes líneas de negocio.
En este contexto, la transformación interna mediante inteligencia artificial anunciada por Ochoa constituye una iniciativa potencialmente positiva, pero no debe confundirse con una estrategia de soberanía tecnológica. Revisar entre el 80% y el 90% de los procesos empresariales para identificar oportunidades de automatización puede mejorar la productividad, reducir costes y transformar la organización del trabajo. Sin embargo, adoptar herramientas de inteligencia artificial desarrolladas por terceros no equivale necesariamente a crear tecnologías fundamentales propias. Una empresa puede convertirse en un usuario avanzado de inteligencia artificial y continuar dependiendo de los proveedores que desarrollan los modelos, las plataformas y las infraestructuras que utiliza.
La diferencia entre adopción tecnológica e innovación propia debería ocupar un lugar central en el debate. Si Telefónica pretende desempeñar un papel protagonista en la soberanía digital europea, sería razonable conocer qué proporción de sus inversiones tecnológicas se destina a desarrollar capacidades propias, qué proyectos de investigación mantiene, qué tecnologías controla y qué dependencias pretende reducir. Sin esa información, la apelación a la soberanía corre el riesgo de convertirse en una declaración de intenciones cuya relación con la estrategia empresarial resulta difícil de evaluar. Resulta demasiado cómodo atribuir las debilidades tecnológicas de una industria a la regulación y a la fragmentación del mercado sin examinar simultáneamente las decisiones de quienes han dirigido sus principales empresas.
10. El interés público frente al beneficio privado: quién asume los costes y quién obtiene los resultados
El debate sobre la soberanía tecnológica europea no puede resolverse exclusivamente desde la perspectiva de las grandes compañías. Telefónica tiene intereses empresariales legítimos y sus directivos pueden defender estrategias orientadas a mejorar su rentabilidad, aumentar su dimensión o reforzar su posición competitiva. Sin embargo, esos objetivos no coinciden necesariamente con los intereses de los consumidores, las pequeñas empresas, los trabajadores o las administraciones públicas. Una operación de concentración puede resultar favorable para los accionistas sin generar beneficios equivalentes para los usuarios, del mismo modo que una alianza tecnológica puede ampliar los ingresos comerciales de una operadora sin contribuir significativamente a reducir la dependencia europea respecto de proveedores extranjeros.
La cuestión adquiere especial importancia cuando las compañías reclaman apoyo institucional, modificaciones regulatorias o políticas públicas destinadas a facilitar sus inversiones. Si la soberanía tecnológica constituye un objetivo estratégico colectivo, las medidas adoptadas deberían acompañarse de compromisos verificables sobre desarrollo tecnológico, propiedad intelectual, inversión adicional, empleo cualificado, interoperabilidad y beneficios para los consumidores. También deberían establecerse mecanismos de evaluación que permitieran comprobar si las ventajas concedidas a determinadas empresas se traducen realmente en resultados de interés general. De lo contrario, existe el riesgo de que una política presentada como instrumento de autonomía europea termine favoreciendo fundamentalmente la concentración económica de determinados operadores.
La magnitud de las inversiones necesarias exige una reflexión especialmente rigurosa. El Scoreboard de la Comisión Europea muestra que las compañías europeas incluidas entre las 2.000 mayores inversoras mundiales destinan aproximadamente 234.000 millones de euros anuales a investigación y desarrollo, frente a más de 680.000 millones de las estadounidenses. Esta diferencia no puede corregirse mediante una simple reorganización del mercado de telecomunicaciones. Requiere movilizar recursos hacia sectores tecnológicos estratégicos, desarrollar capacidades empresariales propias y mejorar los mecanismos de financiación e innovación. La concentración de operadores podría desempeñar algún papel en determinados proyectos, pero no constituye una respuesta suficiente ni necesariamente la más eficiente.
Por tanto, el criterio para evaluar cualquier propuesta debería ser su contribución efectiva a reducir dependencias y mejorar la capacidad tecnológica europea. No basta con que una compañía aumente su tamaño o mejore su rentabilidad. Debe demostrarse que esos cambios generan capacidades industriales adicionales y beneficios verificables para la sociedad. La soberanía tecnológica no puede convertirse en un mecanismo mediante el cual se invoca el interés general para justificar ventajas corporativas cuyos resultados públicos permanecen indefinidos.
11. Europa necesita una política tecnológica, no una doctrina de concentración empresarial
La información examinada permite identificar una conclusión que contradice el núcleo del discurso de los directivos de Telefónica: el problema tecnológico europeo es mucho más profundo que la dimensión de sus operadoras. El Scoreboard de la Comisión Europea demuestra que existe una brecha importante de inversión en investigación y desarrollo, particularmente en los sectores digitales dominados por grandes plataformas estadounidenses. El informe de BEREC de octubre de 2026 confirma que el modelo europeo de telecomunicaciones presenta fortalezas relevantes en asequibilidad y resiliencia, aunque mantenga debilidades que requieren inversión y mejoras. La trayectoria empresarial de Telefónica, por su parte, muestra que la compañía ha combinado la comercialización de servicios tecnológicos con decisiones de desinversión y alianzas internacionales que deben examinarse cuando se reivindica una mayor autonomía industrial.
Estas evidencias no permiten concluir que toda concentración empresarial sea perjudicial ni que el marco regulatorio europeo deba permanecer inalterado. Lo que cuestionan es la pretensión de convertir las fusiones y la flexibilización regulatoria en respuestas generales a problemas que tienen causas diferentes. La innovación tecnológica requiere inversión, talento, investigación, financiación, infraestructuras y capacidad para transformar conocimiento en productos competitivos. Ninguno de esos elementos aparece automáticamente porque desaparezca un operador del mercado. Del mismo modo, una empresa puede alcanzar una dimensión considerable y continuar dependiendo de tecnologías externas si no modifica sus prioridades industriales.
Europa necesita una estrategia capaz de combinar cooperación tecnológica, competencia comercial y desarrollo de capacidades propias. La experiencia de Airbus demuestra que la coordinación industrial entre Estados puede contribuir a construir proyectos de dimensión internacional, mientras que el desarrollo de infraestructuras compartidas, programas de investigación y plataformas interoperables ofrece alternativas a la simple concentración de mercados nacionales. La Unión Europea no debe renunciar a crear grandes empresas, pero tampoco debería asumir que su tamaño constituye por sí solo una garantía de innovación. Lo importante es qué tecnologías desarrollan, qué conocimiento generan, qué dependencias reducen y qué beneficios proporcionan a la sociedad.
La diferencia entre ambas perspectivas es fundamental. Una política centrada en facilitar fusiones puede mejorar determinadas condiciones financieras de las empresas participantes. Una política centrada en desarrollar capacidades tecnológicas propias pretende modificar la posición de Europa dentro de la economía digital mundial. Ambos objetivos pueden coincidir en determinadas circunstancias, pero no son equivalentes y no deberían confundirse deliberadamente.
12. Conclusión: cuando la soberanía europea termina pareciéndose demasiado al interés de Telefónica
Las declaraciones de Borja Ochoa, junto con las posiciones defendidas por Marc Murtra y Emilio Gayo, reflejan una estrategia discursiva que merece un examen crítico mucho más exigente del que habitualmente recibe. La dirección de Telefónica identifica problemas reales de competitividad tecnológica, pero sus propuestas conceden un protagonismo extraordinario a medidas que también favorecerían sus intereses empresariales: mayor dimensión corporativa, reducción de restricciones regulatorias y condiciones más favorables para la consolidación del sector. Esa coincidencia no demuestra por sí sola que exista una intención de manipular el debate, pero obliga a cuestionar la supuesta neutralidad de un diagnóstico cuyas soluciones parecen conducir reiteradamente hacia los mismos objetivos corporativos.
Los datos de la Comisión Europea muestran que la distancia con Estados Unidos se concentra especialmente en investigación, software, hardware y plataformas digitales, mientras que BEREC cuestiona la imagen de un sector europeo incapaz de invertir por exceso de competencia. Al mismo tiempo, las decisiones estratégicas de Telefónica evidencian que la compañía ha optado en diferentes momentos por vender determinados activos, mantener relaciones operativas mediante contratos y comercializar tecnologías desarrolladas por proveedores internacionales. Son decisiones empresariales legítimas, pero su existencia impide aceptar sin más un discurso que presenta la autonomía tecnológica como una prioridad absoluta y la concentración de operadores como una condición imprescindible para alcanzarla.
La pregunta que deberían responder Murtra, Gayo y Ochoa no es cuántos competidores desean tener en los mercados europeos, sino, ¿qué tecnologías fundamentales pretende desarrollar Telefónica, qué recursos comprometerá para conseguirlo y cómo contribuirán sus propuestas a reducir las dependencias estructurales de Europa? También deberían explicar, ¿qué beneficios concretos obtendrán los consumidores si se facilita una mayor concentración empresarial y qué garantías existirán para evitar que las ganancias de eficiencia se traduzcan fundamentalmente en mayores márgenes corporativos?
Porque Europa no necesita que sus grandes operadoras sean necesariamente más grandes. Necesita que sus empresas sean tecnológicamente más capaces, que sus infraestructuras resulten menos dependientes, que sus inversiones generen conocimiento propio y que sus ciudadanos puedan beneficiarse de mercados competitivos y servicios de calidad. La concentración empresarial puede ser un instrumento útil en determinadas circunstancias, pero no constituye una política industrial por sí misma ni puede sustituir al desarrollo tecnológico.
La soberanía digital europea no consiste en garantizar que Telefónica tenga menos competidores. Consiste en conseguir que Europa tenga menos dependencias tecnológicas.
Lo primero puede mejorar la posición de mercado de una operadora. Lo segundo puede transformar la capacidad industrial de todo un continente. Confundir ambos objetivos significa sustituir una estrategia de desarrollo tecnológico por una reivindicación corporativa presentada bajo el lenguaje del interés general.
Y ahí reside la principal debilidad del discurso de los nuevos profetas del apocalipsis digital europeo como realizó ayer Ochoa o anteriormente Murtra y Gayo: mientras advierten solemnemente de los peligros de depender de las grandes plataformas extranjeras, no explican suficientemente cómo sus propuestas permitirían dejar de depender de ellas. Mientras reclaman autonomía, comercializan tecnologías ajenas. Mientras invocan la necesidad de controlar infraestructuras, deben explicar decisiones anteriores de desinversión. Y mientras presentan la concentración como respuesta al retraso innovador, los datos muestran que la verdadera brecha se encuentra en el desarrollo de tecnología propia y en la capacidad de financiarla.
El futuro tecnológico de Europa no puede quedar subordinado a la conveniencia de los planes corporativos de Telefónica. Porque una cosa es defender la soberanía digital europea y otra muy distinta utilizarla como argumento para reclamar un mercado con menos competidores, mayor poder empresarial y una regulación más favorable.
Europa necesita empresas que desarrollen tecnología, no únicamente empresas que reclamen mejores condiciones para comercializar la que desarrollan otros.
Y si la gran solución al retraso tecnológico europeo consiste en permitir que las operadoras tengan menos competencia mientras continúan dependiendo de las mismas plataformas estadounidenses, entonces no estaremos construyendo soberanía digital. Estaremos construyendo oligopolios europeos sobre tecnología extranjera.
Una operación que podrá resultar muy conveniente para determinados balances empresariales, pero que difícilmente puede presentarse como el gran proyecto de autonomía tecnológica que necesita Europa.
EPÍLOGO. EL CABALLO DE TROYA DE MURTRA, GAYO Y OCHOA: CUANDO LA SOBERANÍA EUROPEA SIRVE PARA INTRODUCIR LOS INTERESES CORPORATIVOS POR LA PUERTA GRANDE
Al comienzo de este post recordábamos la historia del caballo de Troya. Los griegos no consiguieron conquistar la ciudad mediante la fuerza y decidieron recurrir a una estrategia mucho más eficaz: presentar como una ofrenda beneficiosa aquello que escondía una amenaza. Los troyanos aceptaron el regalo porque creyeron en la explicación que acompañaba su llegada, sin examinar suficientemente lo que contenía. La enseñanza no está únicamente en el engaño, sino en la capacidad de revestir un interés particular con la apariencia de un beneficio colectivo hasta conseguir que quienes deberían cuestionarlo terminen defendiéndolo. Y precisamente ahí es donde la historia encuentra su paralelismo con el discurso que Marc Murtra, Emilio Gayo y Borja Ochoa vienen construyendo alrededor de la soberanía tecnológica europea. Naturalmente, no estamos ante una conspiración militar ni podemos afirmar que exista una voluntad deliberada de engañar. Estamos ante algo que puede analizarse con hechos: una estrategia argumental que utiliza una preocupación legítima —la dependencia tecnológica de Europa— para defender una solución —mayor concentración empresarial y flexibilización regulatoria— cuya eficacia para resolver ese problema no ha quedado demostrada. En esta versión contemporánea de la fábula, el caballo es una propuesta de reorganización del mercado cuidadosamente envuelta en palabras como soberanía, autonomía estratégica, competitividad e innovación. Y quienes reclaman que se le abran las puertas son precisamente los directivos de una compañía que tendría mucho que ganar si las autoridades aceptaran sus reivindicaciones.
Porque conviene dejar algo meridianamente claro: Europa tiene un problema real de dependencia tecnológica, pero de esa realidad no se desprende que Telefónica deba tener menos competidores. La distancia entre ambas afirmaciones es justamente el espacio que Murtra, Gayo y Ochoa deberían cubrir con pruebas y compromisos verificables, no con declaraciones reiteradas. La Comisión Europea documenta una importante brecha de inversión empresarial en investigación y desarrollo respecto de Estados Unidos, especialmente en software y tecnologías digitales. Pero esos datos no identifican la competencia entre operadores europeos como la causa principal de esa diferencia. Por su parte, BEREC ha puesto de relieve las ventajas del mercado europeo en términos de asequibilidad y ha cuestionado que la consolidación empresarial produzca necesariamente mayores inversiones, al tiempo que advierte de los posibles efectos negativos de determinadas fusiones sobre los precios. El diagnóstico de una debilidad tecnológica no constituye una autorización para imponer cualquier remedio, y mucho menos uno que coincide tan convenientemente con los intereses económicos de quienes lo prescriben. Presentar la concentración como una condición indispensable para la soberanía europea, sin demostrar la relación causal entre ambas, no es una conclusión científica ni una evidencia regulatoria: es una tesis empresarial que debe someterse al mismo escrutinio que cualquier otra reivindicación interesada.
La contradicción se vuelve todavía más incómoda cuando abandonamos las declaraciones institucionales y examinamos las decisiones empresariales. En 2019, Telefónica vendió once centros de datos por 550 millones de euros y mantuvo posteriormente determinados servicios mediante acuerdos contractuales. Años después, la compañía reivindica el control de las infraestructuras y la autonomía tecnológica como prioridades estratégicas para Europa. Ambas posiciones no son necesariamente incompatibles: vender unos activos concretos puede responder a razones financieras u operativas legítimas, y una empresa puede revisar su estrategia con el paso del tiempo. Pero esa posibilidad no elimina la obligación de explicar la aparente contradicción. Si determinadas infraestructuras digitales resultan esenciales para la soberanía tecnológica, ¿qué criterio justificó desprenderse de ellas? ¿Qué capacidades propias se desarrollaron con los recursos obtenidos? ¿Qué dependencias se redujeron? ¿Qué diferencia existe entre la autonomía que ahora se reclama para Europa y el modelo de gestión de activos que Telefónica decidió aplicar? Lo que no resulta intelectualmente aceptable es elevar la soberanía tecnológica a principio irrenunciable cuando sirve para reclamar ventajas regulatorias y tratarla como una cuestión secundaria cuando se examinan las decisiones patrimoniales de la propia compañía. El argumento no se invalida porque una empresa haya vendido centros de datos, pero pierde credibilidad si sus responsables evitan explicar cómo encaja esa decisión en la estrategia que hoy presentan como imprescindible.
La misma exigencia de coherencia se aplica a las alianzas con proveedores tecnológicos extranjeros. Telefónica puede comercializar soluciones avanzadas, integrar servicios de computación y ofrecer garantías relevantes de residencia y protección de datos mediante acuerdos con grandes plataformas internacionales. Nada de ello es ilegítimo ni carece de valor para sus clientes. Pero integrar tecnología ajena no equivale a desarrollarla, comercializar una plataforma no significa controlar su propiedad intelectual y ofrecer servicios denominados soberanos no demuestra, por sí solo, independencia tecnológica respecto del proveedor que los hace posibles. Esa distinción debería ser elemental para unos directivos que sitúan la autonomía estratégica en el centro de su discurso. Si el problema europeo consiste en depender de tecnologías fundamentales desarrolladas fuera del continente, entonces la respuesta debe medirse por las capacidades propias que se construyen, no únicamente por el número de clientes que una operadora consigue incorporar a sus servicios. Una compañía no se convierte en protagonista de la soberanía tecnológica por repetir esa expresión en sus intervenciones públicas; debe demostrar qué tecnologías controla, cuáles desarrolla y de cuáles ha dejado efectivamente de depender. Todo lo demás puede ser una estrategia comercial respetable, pero no debería confundirse con la transformación industrial que Europa necesita.
Y aquí aparece el mecanismo más preocupante de este caballo de Troya argumental: la repetición como sustituto de la demostración. Primero se afirma que Europa está perdiendo la carrera tecnológica; después se señala que sus operadores están demasiado fragmentados; a continuación se sostiene que necesitan mayor dimensión; finalmente se concluye que las autoridades deben facilitar las fusiones y revisar la regulación. La secuencia se repite con tanta insistencia que acaba adquiriendo la apariencia de un razonamiento inevitable. Pero entre sus diferentes eslabones existen preguntas esenciales que continúan sin respuesta. ¿Qué inversiones adicionales se realizarían gracias a una concentración? ¿En qué tecnologías europeas propias se materializarían? ¿Qué propiedad intelectual se generaría? ¿Cómo se evitaría que las ganancias de eficiencia terminaran destinándose prioritariamente a reducir deuda, aumentar márgenes o remunerar a los accionistas? ¿Qué garantías tendrían los consumidores frente a una eventual reducción de la competencia? Repetir una conclusión no demuestra sus premisas. Insistir en una afirmación no la convierte en evidencia. Y envolver una reivindicación corporativa en el lenguaje de la soberanía europea no transforma automáticamente sus beneficios privados en beneficios públicos. La reiteración puede aumentar la familiaridad de un mensaje, pero no su solidez. Un argumento sin pruebas sigue siendo un argumento sin pruebas, aunque se pronuncie desde una presidencia, una consejería delegada o la tribuna de un congreso empresarial.
La dureza de esta crítica no exige acusar a Murtra, Gayo y Ochoa de falsedades deliberadas que no podamos demostrar. Basta con señalar lo que sí puede documentarse: sus propuestas favorecen objetivos empresariales identificables; las decisiones de Telefónica obligan a matizar su discurso sobre autonomía tecnológica; y los informes examinados no avalan la supuesta inevitabilidad de la concentración como respuesta al retraso europeo. Eso es suficiente para cuestionar con severidad la consistencia de su argumentación. Quienes dirigen grandes compañías tienen derecho a defender sus intereses, pero no a exigir que esos intereses sean aceptados sin examen como si representaran necesariamente el interés general. Y quienes reclaman cambios regulatorios de gran alcance tienen una responsabilidad añadida: explicar sus costes, sus beneficiarios, sus riesgos y los resultados concretos que se comprometen a alcanzar. La carga de la prueba corresponde a quienes piden modificar las reglas del mercado, no a los ciudadanos que exigen saber por qué deberían aceptar menos competencia a cambio de una promesa de soberanía tecnológica.
El verdadero problema no es que los directivos de Telefónica defiendan una estrategia favorable a su compañía. Eso forma parte de sus responsabilidades empresariales. Lo cuestionable es presentar esa estrategia como si fuera la consecuencia obligada de un diagnóstico sobre el futuro de Europa, mientras se deja en segundo plano la responsabilidad de las propias decisiones corporativas y se minimizan las alternativas de cooperación industrial, inversión tecnológica y desarrollo de capacidades compartidas. Europa no necesita aceptar una falsa disyuntiva entre resignarse a la dependencia extranjera o facilitar la concentración de sus operadores. Puede impulsar investigación, infraestructuras comunes, estándares abiertos, cooperación transfronteriza y proyectos industriales capaces de generar conocimiento propio sin renunciar a una competencia efectiva donde esta beneficia a los consumidores. La experiencia europea demuestra que la colaboración industrial y la construcción de capacidades estratégicas pueden adoptar formas distintas de la simple eliminación de rivales comerciales. Reducir el número de empresas no es lo mismo que reducir la dependencia tecnológica. Confundir ambas cosas puede resultar rentable para algunos operadores, pero no constituye una estrategia de soberanía para un continente.
Volvamos, por tanto, a las murallas de Troya. En la leyenda, el error no fue escuchar a quienes presentaban el caballo como una ofrenda; fue aceptar su explicación sin comprobar qué había dentro. En el debate europeo, el error sería conceder a Murtra, Gayo y Ochoa que la gravedad del retraso tecnológico convierte automáticamente sus reivindicaciones empresariales en soluciones de interés público. No es necesario negar la amenaza para rechazar un remedio insuficientemente justificado. No es necesario defender una regulación inmutable para exigir pruebas antes de debilitar la competencia. Y no es necesario cuestionar la legitimidad de una empresa para denunciar las contradicciones entre sus palabras y sus decisiones. Precisamente porque la soberanía tecnológica europea es demasiado importante, no puede dejarse a merced de argumentos que se apoyan más en la insistencia que en la demostración.
El caballo de Troya de la soberanía tecnológica no lleva soldados escondidos: lleva una reivindicación corporativa presentada como necesidad histórica. Su envoltorio es atractivo, porque habla de independencia, innovación y futuro. Su contenido, sin embargo, exige una inspección rigurosa: menos competidores, mayor concentración y una regulación más favorable para las grandes operadoras, sin que se haya demostrado que esas medidas vayan a producir las capacidades tecnológicas que Europa necesita. Esa es la cuestión que debería preocupar a las instituciones comunitarias y a los ciudadanos. No quién pronuncia el discurso más solemne sobre la soberanía, sino quién está dispuesto a demostrar, con inversiones, tecnología propia y resultados verificables, que sus propuestas sirven realmente para alcanzarla.
Y si, después de examinar los datos, las decisiones empresariales y las conclusiones regulatorias, Murtra, Gayo y Ochoa continúan repitiendo los mismos argumentos sin responder a esas contradicciones, la crítica deberá ser todavía más exigente. Porque la persistencia de un discurso no corrige sus debilidades; únicamente hace más difícil justificar que se sigan ignorando las objeciones conocidas. La credibilidad de un dirigente no depende del número de veces que repita una consigna, sino de su capacidad para sostenerla cuando los hechos la ponen a prueba. Y cuando la respuesta a las contradicciones consiste en insistir de nuevo en la misma receta, lo que se evidencia no es necesariamente una estrategia visionaria, sino la insuficiencia de una explicación que necesita ser repetida porque no termina de quedar demostrada.
EUROPA NO NECESITA QUE LE VENDAN UN CABALLO DE TROYA ENVUELTO EN LA BANDERA DE LA SOBERANÍA DIGITAL.
NECESITA TECNOLOGÍA PROPIA, INVERSIÓN VERIFICABLE, RESPONSABILIDAD DIRECTIVA Y UNA POLÍTICA INDUSTRIAL QUE NO CONFUNDA EL INTERÉS GENERAL CON LA CONVENIENCIA DE LOS GRANDES OPERADORES.
Y, sobre todo, necesita recordar una enseñanza que los habitantes de Troya aprendieron demasiado tarde: cuando alguien insiste en que abramos las puertas porque su propuesta representa nuestra salvación, lo primero que debemos hacer no es agradecer el regalo, sino comprobar qué contiene y quién se beneficia realmente de que lo aceptemos.
Porque el mayor peligro para la soberanía tecnológica europea no es únicamente depender de las plataformas extranjeras. Es permitir que esa dependencia se utilice como argumento para concentrar más poder económico sin demostrar que así conseguiremos superarla.
Ya lo dijo Upton Sinclair: «Es difícil conseguir que un hombre comprenda algo cuando su salario depende de que no lo comprenda».


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